La urraca

Se había hecho amigo de una urraca que había sido amiga de Schiller. Era una urraca inmemorial. El pájaro dócil voló como un boomerang, como un halcón, partió de la mano del amigo. En el vuelo chocó con cables de alta tensión. Volvió a volar otra vez y volvió a chocar. Así varias veces. Regresaba cada vez más herida. Cayó agonizante ante el amigo. Respiraba hondamente. Murió. 
    Qué tendremos en la cabeza para soñar estas cosas.

Oda a un ruiseñor

Es un poema que me gustaría aprender de memoria. No es muy largo. Son ocho estrofas. Con entusiasmo y esfuerzo (se aprende con las dos cosas) se podría guardar en la mente. No sé ni de lejos el suficiente inglés para entenderlo correctamente, y sobre todo, para gozarlo. Para un nativo debe de resultar maravilloso. Lo triste de la poesía es que se pierde mucho al traducirla. Un verso de este poema dice: "the murmurous haunt of flies on summer eves". ¿Cómo se vierte eso al español? Consulto a dos amigos: "el murmullo de las moscas persiguiéndose en las noches de verano". El motivo del poema es bien sencillo: Keats oye a un ruiseñor entre los árboles en una noche estival. Ese himno, esa música del pájaro inmortal le lleva a un arrobamiento profundo, a un momento de éxtasis "como si hubiera bebido cicuta o apurado un potente narcótico". (Se nota que Keats estudió farmacia). El tiempo se detiene. Hay en esta oda un claro deseo de disolverse, de morir; cosa que, escrita por un sabio muchacho de unos veintitrés años, llama la atención. Mucho ha sufrido ya este joven para anhelar el descanso que proporciona la muerte. Keats tenía una enorme imaginación (fancy). Me lo imagino absorto, despistado, sumido en honda meditación. Al final del poema el ruiseñor se marcha, su canto se pierde a lo lejos. Entonces el poeta se pregunta: "¿fue una visión o un sueño despierto? Huyó esa música. ¿Estoy despierto o dormido?" Y ya le tenemos de nuevo hundido en la triste y amarga realidad. 
      Me parece uno de los poemas más hermosos que se han escrito.

Muy fino Italo Svevo

Viendo las heroicidades atómicas del régimen vesánico (loco) de Corea del Norte y su divino payaso líder, que esperemos se queden en pólvora mojada, viene al pelo recordar el final de la novela "La conciencia de Zeno" de Italo Svevo. Dice el escritor de Trieste:

Tal vez gracias a una catástrofe inaudita, producida por los instrumentos, volvamos a la salud. Cuando no basten los gases venenosos, un hombre hecho como los demás, en el secreto de una habitación de este mundo, inventará un explosivo inigualable, en comparación con el cual los explosivos existentes en la actualidad serán considerados juguetes inofensivos. Y otro hombre hecho también como todos los demás, pero un poco más enfermo que ellos, robará dicho explosivo y se situará en el centro de la tierra para colocarlo en el punto en que su efecto pueda ser máximo. Habrá una explosión enorme que nadie oirá y la tierra, tras recuperar la forma de nebulosa, errará en los cielos libre de parásitos y enfermedades. 

Que nadie se alarme: Trump nos defenderá.

Que pase el siguiente

Derecho a la felicidad. Entonces aparece un enano monstruoso, un ciervo herido salta, un árbol se incendia y la India se separa, se separa, se separa del continente asiático mientras bosteza un mendigo. 

Nihil novi sub sole

Al final la vida aburre, cansa, es rutinaria. No se suman días impunemente. Eso no lo saben los jóvenes. No conocen la verdad, ese secreto tan bien guardado por la naturaleza. ¿Qué fueron las ilusiones de juventud? La vida se renueva en cada ser que nace. Cada muerto es un desertor inocente. No fiarse de la vida, pues todo es engaño. Vivir para ver, se dice. La mujer acaba de dar a luz, todo es alegría, pero ella muere. Así millones de sucesos, de tragedias. Pasa el tiempo y caen en el olvido. El tiempo que pasa siempre y todo lo trae y se lo lleva. No hay forma de construir nada permanente. Somos efímeros, estamos de paso, somos extranjeros, no dejaremos huella (aunque ahora hagamos un ruido infernal). El mundo, en fin, empezó sin la humanidad y se terminará sin la humanidad. ¡Que alguien cierre esa puerta que hay corriente!

El gorro

Una senda que discurre por un valle glaciar. Hace 15.000 años ese valle estaba cubierto de hielo. Caminaba solo por ese lugar alpino como una caricatura de Zarathustra o del Lenz de Büchner. En fin, soy un señor que frisa la cincuentena, como don Quijote, y no es hidalgo, sino que trabaja en un banco. Muy cerca del final del camino, a unos diez minutos de avistar el lago (que no se ve hasta que no se termina la caminata) noté que me faltaba el gorro. Ya me había caído un rato antes, lo eché en falta a tiempo, di la vuelta, pude encontrarlo y recogerlo. Pero esta vez lo di por perdido y renuncié a volver para buscarlo. No podía con ese eterno retorno. Llegué por fin al lago. Aguas verdes, rocas viejas, silencio mineral. Había otros caminantes. Padres jóvenes con sus niños, muchachos, parejas maduras. En esas soledades agrada ver compañía humana. Será por eso que todos los caminantes se saludan. Emprendo el regreso. A la bajada veo, al lado del sendero, algo blanco sostenido por el tallo fuerte de una hierba. Oscila al aire. Según me acerco los perfiles se afinan: es mi gorro perdido.

Eclipse de sol

Un escritor austríaco, Adalbert Stifter, muy poco conocido en España, pero un gran escritor, tiene una magnífica descripción del eclipse de sol que pudo observar en Viena el 8 de julio de 1842. Entre otras cosas dice que nunca, nunca, en toda su vida sintió una emoción tan honda como en ese momento. Creo que en nuestra vida pocos vamos a tener ocasión de contemplar un fenómeno tan inmenso, un acontecimiento cósmico, que aunque tiene una explicación sencilla -la luna se interpone entre el sol y la tierra y arroja su sombra- no deja de producir una enorme conmoción. Esa oscuridad nos hace lúcidos. Ante este fenómeno desaparecen -ay, por un momento nada más- nuestras minúsculas diferencias. Por un momento los hombres olvidan su tontería y arrogancia (una decente madre de familia es igual que una prostituta; un extremeño es igual que un catalán; un jefe de estado es igual que un parado) y se ven como lo que realmente son: pequeños, hormiguitas, nulos, ante la inmensidad. Y casi siempre en horario de oficina.

A Silvia

No todos los Cantos de Leopardi me gustan. Hay cuatro o cinco que espero me acompañen hasta el final de mi vida. Uno de esos poemas es "A Silvia" que Leopardi dedica a una muchacha vecina suya, muerta de tuberculosis en la flor de la edad. El poema es inolvidable. Hay en Leopardi una belleza y una verdad, una emoción trágica que muy pocos poetas, para mí, alcanzaron. El final de este poema dice:

All' apparir del vero
tu, misera, cadesti: e con la mano
la fredda morte ed una tomba ignuda
mostravi di lontano. 

La muchacha que cantaba, reía, estaba llena de las ilusiones de la edad juvenil, trabajando contenta, "da chiuso morbo combattuta e vinta" muere. Al asomar la verdad (la verdad de nuestra condición mortal) ella, Silvia, haciendo un gesto con la mano, muda, señala una tumba vacía, desde lejos. Desde lejos.

La lógica de la aniquilación

Büchner es el autor de "La muerte de Danton", una tragedia sobre la Revolución Francesa que explica muy bien las atrocidades que ocurrieron en el siglo XX. Büchner, que sólo vivió 23 años, era un genio. Una cosa deja clara su breve obra: la injusticia atroz de la pobreza -que reduce a los hombres a la bestialidad- y la insignificancia de nuestras vidas. Aquí habla (o mejor dicho, truena) Saint Just, guillotinador y guillotinado, ante la asamblea:

Parece que en esta asamblea hay algunos oídos sensibles que no pueden soportar la palabra "sangre". Algunas consideraciones generales podrían convencerles de que no somos más crueles que la naturaleza y el tiempo. La naturaleza sigue tranquila e irresistible sus leyes y los hombres son aniquilados cuando entran en conflicto con ella. Un cambio en los componentes del aire, un recrudecimiento del fuego telúrico, la conmoción del equilibrio de una masa de agua, una epidemia, una erupción volcánica, una inundación entierran a miles. ¿Cuál es el resultado? Una insignificante, apenas perceptible alteración de la naturaleza física, que pasaría sin dejar rastro sino fuera por los cadáveres que deja en su camino. Y yo pregunto: ¿no podría una Idea aniquilar tan bien como una ley física todo lo que se le opone? ¿No podría un acontecimiento que conmociona la total forma de la naturaleza moral, esto es la Humanidad, realizarse por medio de la sangre? El espíritu del mundo se sirve en la esfera espiritual de nuestros parias, como se sirve de los volcanes y las inundaciones. ¿Qué importa que mueran de una epidemia o de una revolución? 

Este lugar inhóspito

La vieja entra riendo, de buen humor: "tengo que quitar de la cuenta a mi hijo, que murió". 
El pueblo está entre dos valles, encajonado. Dos industrias contaminan el aire. Benceno. Es pintoresco desde el coche, siempre que se pase de largo.
El sótano es inmenso, está vacío y huele a humedad.
Las barriadas geométricas, abandonadas y ruinosas. Cada calle tiene el nombre de un general o un coronel.
Entra el hijo de la vieja: un hombre joven, deforme, enano, casi sordo y sin dientes. Tiene la voz muy aguda. No pesará más de 40 kilos. 
Entra un ciego acompañado de otra persona. Está ahogado. Tiene que esperar un rato para poder hablar. Le cuelga una papada inmensa. Es muy grueso. 
Hay una tienda que parece vender prensa y material escolar. Se ha quedado en los años cuarenta. La atiende una chica. 
El puente de hierro cruza el río y las vías.
Desolación, tristeza, fracaso, muerte prematura. Hay dos garzas en el río. 
Entra un gitano, un hombre muy educado. Su hijo está en la cárcel. 
Casas en ruinas, cubiertas por la vegetación.
Este lugar inhóspito.

El contraste

El viernes, 15 de febrero de 1823, fui a visitar el sepulcro de Tasso; y lloré. Este es el primer y único placer que he tenido en Roma. El camino hasta allí es largo y no se va a ese lugar sino para ver este sepulcro; pero, ¿no se podría también venir desde América para gustar el placer de las lágrimas por dos minutos? (...) Muchos se indignan viendo las cenizas de Tasso, cubiertas e indicadas por una piedra de un palmo y medio de largo y ancho y puestas en un rincón de una iglesia cualquiera (chiesuccia). No querría de ninguna manera encontrar estas cenizas bajo un mausoleo. Comprendes la gran cantidad de afectos que surgen al considerar el contraste entre la grandeza de Tasso y la humildad de su sepultura. 

Carta de Leopardi a su hermano Carlo; Roma, 20 febrero 1823

Soneto 129

Ni el mayor asceta ha llegado a exponer con tanta elocuencia lo inútil, triste y desoladora que -por lo visto- es la satisfacción sexual. Post coitum animal triste. Es el soneto 129 de Shakespeare.

Despilfarro de espíritu en un mar de vergüenza
es la lujuria. Hasta que se satisface
la lujuria es perjura, criminal, sangrienta, llena de culpa,
salvaje, extremada, ruda, cruel, no es de fiar.

Tan pronto disfrutada, despreciada después;
buscada sin razón, apenas conseguida
odiada sin razón, como un cebo engullido
hecho a propósito para volver loco al que pica.

Loca al buscarla y loca al poseerla;
al tenerla, al buscarla, extrema siempre,
delicia en el momento, gozada una desgracia;
primero una alegría, despúes no más que un sueño.

Bien sabe el mundo esto, pero nadie
sabe eludir tal cielo que lleva a tal infierno.

En qué mundo vivimos

Si las noticias son la voz de la sociedad, un reflejo de lo que más le interesa y preocupa, un espejo donde se mira, admito que en muchas cosas -demasiadas- no la entiendo en absoluto. No sé en qué mundo vivo. 
      El titular de una noticia vista hoy en El País digital dice: "HBO sufre un "hackeo" que afecta a material inédito de algunas de sus series". 
        No entiendo la noticia. No entiendo que eso tenga que ser noticia. De sobra sé que no soy el único que no entiende semejante titular. ¡Somos millones los que no entendemos en qué mundo vivimos!

Los niños

Los niños son el reflejo de la vanidad de la vida o, mejor dicho, de la vanidad de nuestros conocimientos, pasiones políticas e importancias y absolutos varios. Para ellos aún no hay historia, ni cultura: son pura naturaleza. Víctor Hugo decía que los niños aún huelen a la eternidad de la que acaban de salir. Novalis, que donde hay un niño existe una edad de oro.
     Heráclito dice: "el tiempo es un niño que juega a los dados. Un niño gobierna el mundo" Es difícil hablar de los niños sin parecer un payaso ni caer en la cursilería, que es un vicio tan feo como la crueldad.

Perspicaz multitud

A media tarde caminan por una calle céntrica y concurrida un hombre desgarbado, corpulento, y su anciana madre a la que lleva cogida del brazo. El hombre me saluda; le devuelvo el saludo sin saber quién es. Sigo caminando, me doy la vuelta y le pregunto: "perdón, ¿nos conocemos de algo?" El hombre se para y me dice que estudiamos juntos en el colegio, me dice su nombre (no lo recuerdo). "Somos de la misma quinta". Nos damos la mano. Está bastante bebido, pero lo disimula bien. Pasa inadvertido. Sólo al hablar se delata. Miro a su madre para observar algún gesto que explique esta circunstancia. Nada. No hay expresión ninguna.

Cabra, pantera y vaca

El dolor humano se refleja en los animales. Los animales también sufren, a su manera animal, desde luego. Relaciono tres poemas dedicados a tres animales en los que se manifiesta el dolor universal: Umberto Saba (la cabra), Rilke (la pantera) y Joan Maragall (la vaca ciega). Son tres poemas extraordinarios. El poema de Rilke habla de una pantera enjaulada, el de Saba de una cabra atada, mojada por la lluvia, el de Maragall de una vaca ciega que va a beber sola. Son tres poemas de enorme tristeza y honda emoción. 
    ¿Cómo no identificarse con esos tres tristes animales? Esa es la magia de la verdadera poesía.

El soneto de Camoens

Alma minha gentil que te partiste
tao cedo desta vida, descontente,
repousa lá no Céu, eternamente,
e viva eu cá na terra sempre triste.
     Se lá no assento etéreo, onde subiste,
memoria desta vida se consente,
nao te esqueças daquele amor ardente
que já nos olhos meus tao puro viste.
     E se vires que pode merecer-te
alguna cousa a dor que me ficou
da magoa, sem remédio, de perder-te,
     roga a Deus, que teus anos encurtou,
que tao cedo de cá me leve a ver-te
quao cedo de meus olhos te levou.

Oficina de empleo

Nada exaltaría tanto como incendiar una ciudad. Nada es más domesticador que esperar nuestro turno en la oficina de empleo.
Mundo administrado. La funcionaria que le atiende. ¿Le pregunta por su fruta preferida? Ella lleva sandalias, quizá. Uñas pintadas de rojo.  

Mira el monitor donde aparecen los turnos. Lleva un papel en las manos: es un poema de Quevedo. Suena la señal sonora. Les van llamando. 

Deja pasar las horas sin sentirlas,
que no quiero medirlas,
ni que me notifiques de esa suerte
los términos forzosos de la muerte.

Son las 10:27. Comprende que las drogas sean tan antiguas como la humanidad. Nota una violencia latente (no la nota en la conciencia, sino en los intestinos). Se acerca su hora.

No me hagas más guerra;
déjame, y nombre de piadoso cobra,
que harto tiempo me sobra
para dormir debajo de la tierra. 

Le han atendido rápido y bien. Se va muy contento, muy satisfecho de sí mismo. Las 10:41. En la calle deslumbran los reflejos metálicos del sol.

Kurt Heinke

Poema de Kurt Heinke (1971)

Vacía se quedó la naturaleza
Vacía la humanidad y el sinsentido
Pilas de libros mudos
que amontona
en una casa extraña carcelaria
por la que camina
arrastrando los pies

Extraño paralelismo

Todo el mundo conoce, más o menos, la historia de "El Proceso" de Kafka. Un empleado de banca es detenido una mañana (las pesadillas de Kafka empiezan al despertar, como en "La Metamorfosis") sin saber por qué. Al final de la historia es ejecutado en un descampado, por dos agentes del sistema inhumano que lo ha sentenciado. Kafka no ahorra detalles morbosos, algunas de sus historias son de un sadismo tremendo, como "En la colonia penitenciaria". Por aquellos años, otro escritor en lengua alemana, Max Herrmann-Neisse, escribió un relato titulado "El condenado a muerte". La historia es sorprendentemente parecida a "El Proceso". Un individuo entra en la consulta de un médico y sufre toda clase de vejaciones inexplicables. Al final el médico lo tira a un hoyo, en un parque, y muere. En la literatura existen estos paralelismos, había algo en el aire de la época que permitía urdir estas historias siniestras. Ni Kafka ni Herrmann-Neisse se equivocaron. Lo que vino poco después (fosas comunes, ejecuciones en masa) les dió la razón de sobra. ¿Son cosa del pasado? ¿Escritores anacrónicos? 

Médicos

La historia, que tiene pocas cosas que alegren el ánimo (pues es sobre todo el relato de las locuras y crueldades humanas), tiene también sus momentos luminosos (o "estelares" que diría Zweig).  La historia de la medicina es interesante en este aspecto: la lucha de los médicos, algunos heroicos, contra las enfermedades. Homero decía que un médico vale por muchos hombres. Si en algo se nota el progreso (una idea que no hay que tomar con entusiasmo) es en el conocimiento, diagnóstico, tratamiento y prevención de muchas enfermedades. Vesalio, Galeno, Sydenham, Bichat, Laennec, Claude Bernard, Arnau de Vilanova, Harvey, Morgagni, Virchow, etc

Excéntricos

Tengo la impresión de que pocas personas se toman su vida en serio (¿merece la pena tomarse la vida en serio?). Se limitan a cumplir lo ordenado, a seguir las convenciones sociales. "¿Qué quieres que hagamos? ¿y qué haces tú, listillo?" replicarán usando el "nosotros" Tienen razón. Lo entiendo: es obligatorio seguir la corriente, de lo contrario la vida se hace imposible. No tenemos tiempo que dedicar a nuestra soledad, andamos atropellados, enajenados. Chapoteamos en un mar inmenso de botellas de plástico. Mientras, pasan los años y la muerte (que nunca falta a la cita) nos destruye. Nacemos originales, morimos copias, decía no sé quién. Lo terrible no es que lo mío tenga que ser de los demás, sino que lo de los demás tenga que ser mío, dijo Ortega y Gasset. Hemos de gritar, temblar, reír, bailar o trabajar con los demás (deporte, terrorismo, empresa, espectáculos). ¿Dónde terminan los demás y empieza la masa? Qué uniformes, qué parecidos somos (al menos en el exterior). Echar de menos personas excéntricas. 

Quejas del rey Lear

Hoy empieza el día levantando a un hombre (o lo que queda de él) del suelo, interrumpiendo su sueño sobre cartones, bajo un techo inhóspito. Lo peor no es el frío, ni la miseria, ni la soledad, ni la degradación: lo peor es la vergüenza de que te vean otros, la gente. ¡Esos ojos escrutadores, implacables y maliciosos! Nada se esconde más que la desgracia cuando es verdaderamente íntima. La prosperidad es expansiva, arrogante, se muestra, se pasea, alza la voz. La desgracia es muda, estúpida, no es social, se retira a un rincón oscuro, es vergonzosa (encima). Es una ley cruel pero es muy cierta: quien más elocuencia necesitaría para aliviar su dolor queda paralizado -si es un dolor extremo- y no articula palabra. Al contrario: en vez de gritar, de poner el grito en el cielo, sonríe, disimula y se calla. ¿Se oyen gorriones o son mis tripas? 

No borres mis círculos

Creo que le hemos pillado un poco la música. No debieron de entenderlo sus alumnos vamos a entenderlo nosotros... 

Hay que considerar el rechazo del paso del ser finito particular al ser como tal en su total generalidad abstracta como el primer requisito teórico e incluso práctico. Al realizar la "Aufheben" de esos cien euros, que suponen una diferencia en mi situación económica, entre si los tengo o no, o más aún, entre si soy o no, o si otra cosa es o no, puede recordarse -sin mencionar que tenga que darse una situación económica para la que la posesión de cien euros sea indiferente- que el hombre debe elevarse hasta esta abstracta generalidad en su pensamiento, en la que es de hecho indiferente que los cien euros puedan tener una relación cuantitativa con su situación económica, que sean o que no sean, tanto como le es indiferente si él es o no; esto es, si es o no es en la vida finita (pues se requiere un estado, un determinado ser) y así sucesivamente. Ya dijo un latino "si fractus illabatur orbis impavidunt ferient ruinae" (si se derrumbara el cielo le encontrarían tan tranquilo entre las ruinas) y Cristo no debió encontrarse menos en esta indiferencia.
 
Si nos elevamos hasta esa abstracta generalidad en la que el puro ser y la pura nada son lo mismo (porque son lo mismo, afirma Hegel), no nos importará ser o no ser en esta vida finita. Seremos tan indiferentes a nuestra propia existencia como a esos cien euros (o táleros, como se dice en el texto).
        Hegel indica en este pasaje de su Lógica que por el pensamiento más abstracto se llega a la indiferencia total. Las últimas palabras de Arquímedes al soldado que le atravesó con la espada: "no borres mis círculos" Le importaban más sus cálculos que su vida. 


Vecinos remotos

Un niño se queja de un dolor al lado de su madre, unos pasos más allá, junto al semáforo, entre el ruido del tráfico, la madre se agacha y abraza con ternura al niño. ¡Zas! Entonces pienso: somos emociones, afectos y pasiones, principalmente. No somos únicamente racionales. Somos emociones y lenguaje. (Recordé la maravillosa escena de la Ilíada en la que Héctor, vestido con la armadura, se despide de su mujer y su hijo pequeño. El niño se asusta del fiero aspecto de su padre, vuelve la cabeza y llora). Ninguna soledad mayor que la soledad de un centro comercial, ningún lugar más inhóspito que el arcén de una autopista. El hombre está hecho para lo limitado. Cualquier tentativa de superar ese vínculo a la tierra y la comunidad inmediata, física y real, que son los vecinos y familiares que podemos ver y tocar todos los días nos hace desgraciados. 
    ¿Pero qué ocurre si los vecinos son remotos, caminan absortos en su móvil y el cielo está torturado por las estelas de los aviones?

Seguros

Las muchas facilidades que nos ofrecen no dejan de ser formas de hacernos la vida imposible. Uno se compra un perro, o se lo encuentra tirado, da igual. Inmediatamente se enamora del animal y se lo lleva consigo. En nuestra competitiva, desquiciada e implacable sociedad, fábrica de solitarios, tener una mascota es un modo de sortear la depresión o cualquier otro trastorno psicológico. Los animales domésticos no nos juzgan, dependen de nosotros, nos hacen compañía. Somos un pequeño dios para ellos. Son un gran remedio, sin duda, ya que vivimos en celdas de aislamiento y la calle es un desierto. Pero como no hay cosa bella en la que este sistema no ponga su pezuña las compañías de seguros se pelean (el negocio es suculento) por vender seguros para mascotas: cuadro veterinario, atención telefónica las 24 horas, soporte vital (o como se diga). ¡Cómo no vamos a asegurarlos si son "uno más de la familia"! ¿Me traigo un gato callejero a casa para que me contagie su indolencia y salvajismo y tengo luego que asegurar al pobre animal? Resulta conmovedor.

El doble iraní

Por lo visto en Irán existe un doble del futbolista (experto en patadas) Messi. El parecido es tan asombroso que este muchacho de 25 años, llamado Reza, provoca tumultos. Los iraníes se hacen selfies con él. El muchacho y su familia, bien conscientes de la mina de oro que tienen a su alcance, hacen lo posible por reforzar el parecido: se ha dejado barba y lleva la camiseta de ese equipo de fútbol (o como se llame ese negocio). Llega a ser tal el furor que este maniquí de un maniquí altera el orden público de la república islámica y lo han detenido por eso. Los policías se harán selfies con él. En este ambiente mundial los jóvenes de hoy tiene el deber de ignorar los viejos libros: Montaigne, Dante, San Agustín, Erasmo, Tolstoi, Voltaire, Cicerón, Séneca, Aristóteles, Emerson, etc. No les servirán de nada, no les traerán más que decepción. Si llegaran a estimarlos serían bichos raros en todos los aeropuertos del mundo, se pudrirían en una esquina sin encontrar trabajo. Es por su bien. El mundo globalizado odia a las personas críticas (no, "críticas" no es la palabra, pero no se me ocurre otra mejor): exige gente que se haga selfies con el doble iraní de Messi. Vaya, qué serios nos hemos puesto.

El final de la guerra

Hace 72 años que la Alemania nazi firmó la capitulación y con eso el final de la guerra en Europa. Ayer un barrio de Hannover tuvo que ser evacuado al encontrarse tres bombas sin explotar de aquella contienda. La operación afectó a unas 50.000 personas. La ciudad ofreció alternativas de tiempo libre: entradas gratis al museo y a las piscinas. Los cines programaron sesiones especiales. Algunos fueron al zoo con sus hijos, otros a una parrillada. Fue ayer domingo, hizo buen tiempo, un buen día para salir de la rutina. Las bombas, afirmaron los expertos, eran muy sensibles y se desactivaron en el lugar donde fueron halladas por si acaso. Los más viejos eran niños entonces: oyeron aterrorizaros las explosiones, los motores de los bombarderos. Que les expliquen eso ahora a los niños de hoy: "¿qué pasa papá, porqué tenemos que irnos de casa?"

Mi Europa

Nacer polaco a principios del siglo XX era tener todas las cartas para morir joven y de mala manera, violentamente. Czeslaw Milosz escapó de muchos peligros -ciudades en llamas entre ellos- y escribió en su lengua materna, el polaco, algunos de los mejores poemas del siglo XX. De su libro "Mi Europa", traducido por Xavier Farré (alguien que traduce del polaco merece una mención y nuestro agradecimiento) quiero destacar dos frases: "No hay que estar nunca demasiado seguro cuando se sale a pasear si uno va a volver a casa, no tan sólo porque nos puede ocurrir algo sino también porque la casa puede dejar de existir" Experiencias de un país en guerra. En un país en paz tampoco puede estarse nunca demasiado seguro de volver a casa cuando se sale a pasear aunque la casa nos espere intacta. La segunda frase es la que cierra el libro, hermosísimo final: "cuando la ambición nos aconseja elevarnos sobre las sencillas normas morales custodiadas por los pobres de espíritu, en lugar de elegirlas como nuestra aguja de la brújula entre las variabilidades, destruye lo único que puede redimir nuestras locuras y errores: el amor"

Acariciar a una mosca

Una señal inconfundible para saber si una persona ha sufrido de verdad es la falta de patetismo. Hay dos especies de alegría: la "inocente" de los inexpertos ("si no os hacéis como niños..." es una exhortación a la amnesia) y la "sabia" de los que han sido tocados por algún golpe del destino. ¿O es que sólo van a poder estar contentos los que no han hundido nunca su cabeza entre las manos? De eso nada. Muy bien. Esto marcha. Nada de sentimentalismo. Durch Leiden, Freude. Onwards! Frente a los desastres del mundo Demócrito reía y Heráclito lloraba. Prefiero la primera actitud.

Superfluo y divino

Ahora está en un cuarto claustrofóbico, las paredes son sucias, no cuelga de ellas ningún cuadro de Van Gogh (piensa en Van Gogh y no en Picasso porque siente simpatía por ese desgraciado). Dentro del cuarto, en una esquina, hay una caja fuerte. Es admirable la inteligencia humana. La caja es su función: guardar algo valioso en su interior. Es, por tanto, maciza, hermética. Sólo puede abrirla quien conozca el secreto de la clave. Nos movemos entre objetos que no fueron pensados ni fabricados para nosotros, entre cosas prestadas. ¿Quién hizo las ropas y el calzado que llevamos? ¿Quién hizo nuestro cuerpo? Iluminado por el asombro, descubre la trampa en la que se encuentra y se mete dentro de la caja fuerte. Desprecia la electricidad, aunque admite su incalculable valor: nada funciona sin ella. Bien. La cosa avanza. Sigamos. Se cierra sin pillarse los dedos. Aspira a ser feliz. Tiene autoestima, ¿acaso no vale mucho más que todas las riquezas del mundo?

Caminos dudosos

Es lamentable que no se discuta o se razone sobre el amor (perdón, sí que se habla, está la prensa rosa, los amoríos del famoseo). Lo que mueve al mundo, asegura el amargado, es la codicia, la estupidez y el odio. No parece que sea el amor lo que mueva el sol y las demás estrellas. ¡Ah, Dante! "Tanto gentile e tanto onesta pare, la donna mia quand'ella altrui saluta..." La cultura inventa esta pasión, eleva el impulso animal, lo refina. Los grandes poetas han descrito el amor. Algunos novelistas son agudos psicólogos de esta pasión: Stendhal, Tolstoi, Flaubert. De pronto una persona nos atrae, tiene "un no sé qué", se convierte en una obsesión (qué torpemente me estoy expresando). El amor no es elocuente, balbucea; Quevedo, poco enamoradizo, escribió maravillosos poemas de amor. Es la pasión de Don Quijote que ve en una aldeana, Aldonza Lorenzo, (qué talento tenía Cervantes para bautizar a sus personajes) a la dama Dulcinea. Hablo del amor erótico, claro. Hay otras especies de amor: el de la madre a los hijos, que es abnegación y renuncia; el amor a algunos objetos o a un pobre animal. ¿Existe otra pasión que cause tanta alegría y tanto sufrimiento? Como dice Lope de Vega: "Desmayarse, atreverse, estar furioso" El amor es sutil, contradictorio, está lleno de sobreentendidos, es un juego secreto, muere de ausencia (o tal vez no). "An die ferne Geliebte", "a la amada lejana", se titula un ciclo de canciones de Beethoven. En nuestro mundo de masas (fútbol, publicidad, pornografía, terrorismo) no hay una gota de esta pasión. La Historia es un desierto de amor, nuestra sociedad también lo es. Vivimos tiempos cínicos e implacables donde, para sobrevivir, nos burlamos de los sentimientos tiernos. El amor es una pasión personal, toma a un individuo y lo convierte en un ángel. Es enemigo declarado de la realidad. El amor es celoso, inquieto, exigente, delicado, tiene tormentas y momentos deliciosos. Tristán e Isolda lo saben y la peluquera también lo sabría si no trabajara tantas horas (enamorarse no deja de ser un lujo). Puede ser noble, sacrificado, heroico. Pero tiene su lado oscuro. Hoy se habla de "violencia de género" (lo que antes se llamaba "crimen pasional") y de "maltrato psicológico". Cierto: el amor es una pasión peligrosa, es fuego, puede ser terrible, puede empujar al crimen y al suicidio. Dice un verso de Racine: "si Titus est jaloux, Titus est amoreux" "si Tito está celoso, Tito está enamorado". Pascal dijo: "tratemos de pensar mucho, éste es el principio de la moral". Tratemos de pensar en el amor entre anuncio y anuncio. Sin amor la vida es más tranquila, pero también más aburrida, más pobre y más triste. De mí puedo decir que lo he conocido: nada me hizo más feliz... ni más desgraciado. De su mano subí al cielo y bajé al infierno. Ausiàs March fue un gran poeta del amor: "lirio entre cardos" llamaba a su señora. Atravesando los peligros del mar va en busca de su amada, no sabe si su amor es correspondido, imaginamos lo inquieto que estará:
Veles e vents han mos desigs complir
faent camins dubtosos per la mar

El mosquito

¿Qué abandona a un ser vivo cuando muere? Es algo más que la vida. Ayer (¡ayer!) zumbaba un mosquito bastante grande en el baño (que es bastante pequeño, pero cabe un hombre desnudo y sus angustias). Ni idea de cómo vino a parar ahí. ¿Zumban los mosquitos? Da igual, sigo. Volaba, se estrellaba contra el espejo, me rozaba los ojos. Era molesto. Dí un par de manotazos, sin mucha convicción. La vida de un mosquito es corta. Los jainistas llevan un velo en la boca para no matar accidentalmente ni siquiera a un insecto, ya que toda vida es preciosa. Empieza a oscurecer. El punto de ebullición del agua. Qué bonita es la fórmula del benceno. Da igual, sigo. El mosquito estaba vivo ayer. (¡Ayer!). Hoy entré en el baño. Estaba en el suelo, quieto, inmóvil, inerte, exánime, con las seis patas dobladas. "Ahora que está muerto -pensé- me llama más la atención que cuando me molestaba" Lo recogí del suelo. Sentí un principio de lástima. Una emoción infantil. Muchos de nosotros enterramos de niños a un pájaro o un ratón con verdadero disgusto. Lo hicimos sin entender a la muerte (¿la entendemos cuando somos adultos?). Lo hicimos otorgando importancia a criaturas insignificantes, porque los niños no distinguen todavía. Ignoran el devastador, inmenso poder de la odiosísima muerte, por eso lloran por un simple ratón. Aunque la naturaleza nos trate de la misma forma -y ahí está el escándalo- los hombres no somos mosquitos. Gottfried Keller tiene un poema dedicado a la muerte de un insecto. Aunque parezca imposible ese poema emociona.

Las manos

¿Hizo la manija a la mano o la mano a la manija? ¿Pensó la puerta ser como es para resultarnos fácil?
Las manos son la herramienta por antonomasia: el instrumento de los instrumentos. ¡Cómo trabajan! No se cansan de asir, agarrar, señalar, hacer signos (saludan, ofenden, amenazan, ordenan). 
¿De quién son tus manos? Míralas bien y extráñate de ellas.
El ojo es más abstracto que las manos. Las manos tienen avidez por lo material.
Todo se construye con las manos: desde una vasija hasta un portaaviones. Con las manos se agarra el hacha del paleolítico, se usa el móvil, se toca el piano, se mueve el ratón, se cose una cremallera, se doma un caballo. Las manos llevan a la boca los alimentos, escriben, se tienden, manejan el volante.  Las manos infantiles excavan un pozo en la arena. Las manos miden distancias y tiempos. Las manos piensan. Las manos acarician y golpean. Nuestro destino está escrito en las manos. Contando las cosas con los dedos empezaron las matemáticas.
El sol asoma por la ventana, sube, no es mediodía aún. No tengo ojos para ver, veo porque tengo ojos.
Nada de lo que tenemos ha caído del cielo: lo hemos fabricado nosotros, con nuestras manos.
El sol es ciego. La naturaleza no nos conoce. Nuestras manos construyen una casa en mitad del vacío. El trabajo de las manos nos hechiza. Fuera del mundo que fabrican nuestras manos vamos a tientas.

Escaleras abajo

Nadie con un mínimo de experiencia podrá negar que este mundo es un circo en el que andan revueltos los felices y los desesperados. En algún lugar de Los Miserables, dice Víctor Hugo que en la misma calle en la que unos hombres se matan, otros juegan al billar. Se me ocurre otra imagen. Este mundo es un edificio: en el sótano se tortura, en la azotea se toma el sol. El camino del conocimiento es siempre escaleras abajo.

Distraídos, ausentes, torpes

Es conocida la anécdota de Tales de Mileto (lo mejor que nos dejaron los antiguos ha sido un puñado de anécdotas- una anécdota basta para revelar un carácter y justificar toda una vida) según la cual por ir mirando al cielo (de asuntos celestes entendía porque predijo un eclipse de sol, para pasmo de los mortales) el bueno de Tales cayó en un pozo. Una muchacha tracia, que vendría a representar la ignorancia en persona, al ver la torpeza de ese bobo se echó a reír. Torpes los sabios: no ven lo que tienen delante de los pies. Son como el albatros de Baudelaire, objeto de mofa de los marineros, del vulgo en general: "sus alas de gigante le impiden caminar"
         Otra anécdota: Tomás de Aquino comía en la mesa del rey Luis de Francia. Se pasó la comida callado, como de costumbre, abstraído, taciturno. De repente el "buey mudo" dió un puñetazo en la mesa y dijo en voz alta: "¡y esto terminará con los maniqueos!" La mesa debió de estremecerse, como el resto de los comensales, incluida Su Majestad. El filósofo no atendía a las conversaciones, su mente trabajaba en silencio y sin descanso. 
         Platón dice en uno de sus diálogos -el Teeteto me parece- que los jóvenes dotados para la filosofía parecen torpes a ojos del mundo. No saben desenvolverse en los asuntos cotidianos. El despiste de Newton era proverbial: una vez metió un reloj en una olla de agua hirviendo en lugar de un huevo. Estaba midiendo el tiempo que tardaría en cocerse (el huevo, no el reloj). ¡Qué tonto era Newton!

Modesta ambición

Quizá nuestra época, tan difícil de comprender, parezca el colmo de la sofisticación. Para cualquier mortal su tiempo es difícil de comprender. Todo lo contemporáneo es miope. Necesitaríamos unos 300 años para saber cuáles son las ideas fundamentales de nuestro tiempo, pero nadie vive tanto. Otra ventaja sería confiar esta tarea a los marcianos. Ellos podrían examinarnos "desde fuera". Pero tampoco lo veo posible. Ah, estamos limitados, tenemos una venda en los ojos. Nos falta perspectiva. 
         Una idea al vuelo: el cristianismo de los primeros siglos (hasta Constantino más o menos) fue mucho más ambicioso que nuestro tiempo tecnológico y digital. Aquellos fanáticos sin internet creían en la vida eterna, en la inmortalidad del alma, se la exigían a su Cristo. Esperaban la llegada inminente del Reino del los Cielos. ¿Hay mayor ambición? Hoy somos más modestos: nos contentamos con un nuevo modelo de móvil o un seguro de coche más barato. Si logramos un trabajo medianamente digno, entonces el delirio es total. De trascendencia, ni rastro. Todo de tejas abajo y muerto el burro la cebada al rabo. 
        Ah claro, se me olvidaba el socialismo: por fin la justicia en la Tierra. Legítima, gran ambición, por supuesto. Hace 100 años podría pasar, pero ¿quién se traga ahora ese camelo viendo a los socialistas de hoy levantando el puño, haciendo el espectáculo, en el ubicuo plató de TV que es nuestra realidad?

Palabra de Dios

Cuando se está de mierda hasta el cuello sólo queda recitar el teorema de Bolzano-Weierstrass.

La cárcel

Se levanta de la silla. Se arrima a un rincón y observa el apartamento donde vive. No hay televisión. Es de noche. Camina con pasos lentos, sólo es visible la brasa del puro. En el pasillo hay once puertas. Se da la vuelta, mira desde unos metros el haz de luz que sale de la puerta de su apartamento. Camina despacio por el pasillo, sabe que está haciendo algo excéntrico pero saludable. Hay 7.000 millones de humanos en la Tierra.

Gunnar Gustavsson

El antropólogo sueco Gunnar Gustavsson (1910-1967) escribió a finales de los años 40, anticipándose a la posmodernidad, que las relaciones humanas iban a convertirse en un plazo muy breve en algo cada vez más fantasmagórico, siniestro y abstracto y que esta nueva forma de relacionarse iba a ser origen de serios trastornos mentales. Las causas de esta transformación serían la industrialización, la tecnología, las aglomeraciones urbanas, la sociedad de consumo y las dos guerras mundiales que, según él, redujeron el valor del individuo a cero. Gustavsson está muy próximo a la crítica de la Escuela de Francfort, pero es más incisivo aún. A Theodor W. Adorno lo llamaba burlonamente "el mantecoso Teddy". Se puede entender que un pensador "excéntrico" que observaba el mundo y sus cambios desde Escandinavia tuviera esta lucidez. Con distancia se analizan mejor las cosas. Vendrá el día, afirmaba, en que los individuos, reducidos a egos cibernéticos, finjan construir, en una operación de formidable autoengaño, relaciones amistosas o eróticas a través de los medios que les ofrezca la tecnología (¿tendría en mente internet y las redes sociales?). A Gustavsson, que se declaraba "reaccionario", el esfuerzo inútil y agotador de los egos cibernéticos por establecer y prolongar relaciones sentimentales mediatizadas por la tecnología le parecía horroroso. "Cuida de tus hijos y olvida los fantasmas románticos" solía repetir. También veía en estos medios la posibilidad de calumniar, difamar, ofender y herir impunemente amparándose en el anonimato. "Es más mil veces más sano, solía decir a sus alumnos, discutir acaloradamente (se entiende que sin violencia) con alguien presente y concreto que viva en tu pueblo que felicitarle el Año Nuevo a una comunidad abstracta de egos que ni conoces ni te importan" 
      Habló de la "fractura moral" que esta clase de relaciones iba a producir. Otras expresiones que acuñó fueron "el eclipse del amor" y "trampa sentimental" Hoy estamos de lleno en ese universo tenebroso y confuso que vislumbró Gustavsson. Este antropólogo murió corneado por un reno en diciembre de 1967. El instituto de ciencias sociales de Upsala lleva su nombre.

De la vida honrada y las bendiciones que reporta

Hubo que retroceder, esconderse, huir, inventarse otra identidad. Como tantos otros compañeros deformé mi cara, me inventé un nombre, rehice mi vida en el Nuevo Mundo. Borré mi pasado. Fui un hombre trabajador, un sencillo carpintero. ¿Hay profesión más hermosa? Me he ganado la vida honradamente. Soy un tierno viejecito y mis facultades físicas y mentales están mermadas por la edad. Ahora venid a juzgarme.

Multitud

Alguien o ninguno. Da lo mismo. Se abre paso entre la gente, siendo gente. Oye al pasar conversaciones: problemas personales, dinero, dinero, críticas a un conocido, juicios, sueños. La vida tiene un radio estrecho, nuestra pequeña cueva en el mundo. Oye desde la ventana decir a alguien: "la crisis hace más ricos a los ricos y más pobres a los pobres" Es de noche: Sirio y Orión en el cielo, ajenos a la miseria humana, es lo suyo. Ve a alguien en su piso lavar un vaso, un tipo gordo y calvo que nació muy pequeño y jugaba en el parque hace poco. Futilidad total. Un extranjero, alguien o ninguno, pasea entre la multitud de una ciudad cualquiera. Nadie le conoce, no conoce a nadie. Es superfluo y lo sabe. Oye conversaciones sueltas al pasar. Un tipo airado le insulta desde una furgoneta. Mujeres arregladas y presumidas. Niños con su imbecilidad deliciosa, jugando a la pelota. Un grupo de viejas: "dios la ayuda porque ha sufrido mucho". Alguien o ninguno pasea por una ciudad cualquiera de este planeta minúsculo. Todos morirán dentro de poco, otros vendrán para repetir las mismas conversaciones, los mismos insultos y traiciones, las mismas ilusiones y agonías, las mismas locuras. Generación tras exterminio. Alguien o ninguno pasea entre la multitud. Le son indiferentes. Si uno cayera fulminado se abriría un círculo de pánico y curiosidad morbosa. El tráfico irrumpe entre los huesos frágiles. Es mediodía: se oyen platos. Es de noche: las calles desiertas. Alguien o ninguno pasea entre la multitud, con apatía y rabia contenida, sombra anónima. Camina por ese laberinto como el flaneur del poeta. Oye conversaciones banales: hablan de dinero, negocios, critican a un pariente. Sueños. Entre el ayer y el hoy, entre el hoy y el mañana y el antes y el después y el siempre y el nunca. Nada. Duramos un momento. Mientras tanto nada. Alguien o ninguno. Da lo mismo.                                    Estrellas impasibles, amorosas, ni siquiera eternas. Sublimes. Policía. Ancianos. Niños. Escaparates. Ratas. Historia. Olvido. Café. Miradas de deseo, temor y asco. Publicidad. La misma eterna comedia. El mismo tedio eterno. La misma inquietud. Alguien. Ninguno. Nadie.

El dedo todopoderoso

Nuestro maravilloso cerebro manda la señal a los nervios que accionan los músculos del dedo. De la masa gris donde duermen los recuerdos de infancia y acaso el enunciado del teorema de Arquímedes parte la orden a la provincia exterior. Como si desde Roma se enviara un edicto imperial a las legiones de Mesopotamia. El dedo índice de la mano derecha aprieta el botón del ratón y se dispara automáticamente la llamada. Así acuden, como palomas llamadas por el deseo, las figuras que esperan en el centro de la sala y miran la pantalla que emite imágenes obsesivas, repetitivas, obsesivas, repetitivas. Esto es una manifestación del amor (el amor es un tormento) y su poder de atracción. No fueron más dóciles a Cristo sus discípulos, ni más atentos estuvieron los jóvenes de Atenas a Sócrates, que estas figuras lo están a la llamada. Se le llama "turno" no "vocación". RC-098 El mecanismo es admirable: cada figura que entra recoge un papelito con una clave: dos letras un guión y un número. Delicia cartesiana. El sistema es ordenado, impecable, práctico y de una exquisita humanidad. Es una realización de la justicia. Hasta el detalle de postergar a las figuras que no pertenecen a la secta está perfectamente calculado. Los no iniciados en los misterios se van cubriendo de vergüenza, indignación, telarañas, pasmo y apetito de venganza. Su queja inútil termina en resignación. RN-001. El formidable dedo de la Capilla Sixtina, ese dedo divino que anima a la criatura de barro, no tuvo tanto poder como el dedo que aprieta el ratón y llama a las figuras que esperan en el centro de la sala, mirando a la pantalla y acuden como palomas llamadas por el deseo.

De la tontería propia y ajena

Cacarear en una oficina de banco. Saltar a la comba en un velatorio. Intimidar a un mirlo. Contar las manchas de grasa en la chaqueta de un presumido. Elevarse en un globo de feria. Charlar de física cuántica con el mendigo del barrio. Despertar a un catatónico. Escupir al Guernica de Picasso. Interrumpir una conversación bajándose los pantalones. Parar el tráfico con una cabra al hombro. Preguntar a un policía por su familia. Disertar en un bar sobre el "Contra Celso" de Orígenes. Caminar de espaldas. Poner un paraguas abierto encima de un cajero automático, pero por dentro. Abrir una lata de cerveza con un libro de Pérez-Reverte. Cantar el himno de Albania en la ducha. Llamarse Francisco. Dedicarle una elegía al músculo buccinador. Orinar contra el viento. Gritar "viva Robespierre" subido en una noria. Empapelar con musgo el Congreso de los Diputados. Afiliarse al Partido Comunista. Hundir a bastonazos un portaaviones. Insultar a la luna. Tener un ataque de ansiedad en una clase de yoga. Negarse a ser un títere. Explicar a una tortuga el Código Civil. Intentar ser amable con un escorpión. Abrazar a Rajoy. Enfriar a soplidos un reactor nuclear. Darse importancia. Escribir tonterías en un blog.

Del implacable peso de la Fortuna

El peso de la sociedad es tan avasallador que apenas queda margen de acción para el individuo. Nos arrastra la corriente. Si el individuo no es ciudadano, sino consumidor, como sucede en nuestros días, sólo vale en la medida en que pague gasolina, recibos de luz, seguro, hipotecas, facturas de teléfono, gastos escolares, el pan nuestro de cada día, etc etc. Un error que me parece fundamental señalar es el error de creer que con esfuerzo lograremos lo que nos propongamos. Esto es totalmente falso. Sería como si una piedra creyera que cae por propia voluntad, cuando es la fuerza de la gravedad la que la impulsa. Las condiciones sociales, la familia, la época, los golpes de destino, nuestro carácter (que no escogemos) nos condicionan de una manera decisiva. Frente a esto bien poco podemos hacer. Esto no es derrotismo, sino lucidez. Preferimos engañarnos, o mejor dicho, nos engañan con ese camelo. Descubrir ese error tiene algo que consuela. Nuestras fuerzas son limitadas. La vida es una cruda lucha por la supervivencia para cientos de millones de casi personas. La pobreza oprime y como se sabe cuando la pobreza entra por la puerta el amor sale por la ventana.
           El azar determina la inmensa parte de nuestra vida. Es un azar nacer. Es una lotería tener o no tener talento. ¿Por qué la naturaleza hace a unos tontos y a otros listos? ¿A unos fuertes y a otros débiles? ¿A unos vivos y a otros apáticos?
         Si no sabemos quiénes somos, a dónde vamos ni de dónde venimos, poco más podemos hacer que soportar los caprichosos giros de la Fortuna. Para una persona con suerte (trabajo, familia, dinero) es fácil la virtud y el equilibrio. El afortunado cree, por vanidad, que su felicidad y su virtud se deben a su propio mérito. Y así camina ufano por el mundo, creyéndose invulnerable, mirando por encima del hombro a tantos desgraciados. No, amigo: si tienes una familia ordenada, dinero suficiente, buenas condiciones de vida, es, sobre todo, porque el Destino no te ha mirado con sus ojos verdes y tenebrosos. 
        Construir una vida digna como una zanahoria requiere grandes dosis de sensatez, anfetaminas y desparpajo. ¿Exigirnos mucho? No creo que "si te esfuerzas lo suficiente conseguirás lo que te propongas". ¡Falso! La Fortuna tiene casi siempre (concedamos un margen para no desesperar) la última palabra.  
        Somos huéspedes fugaces en este mundo extraño, marionetas de la suerte. ¿Quién nos conoce? Lo decía Unamuno: "toda vida a la postre es un fracaso". Pues sí, fracasaremos todos, ¿y qué? ¿Fracasan los gorriones, las medusas, las arañas, las piedras? ¿Qué son el éxito y el fracaso? Un par de impostores. Mejor será que modere mi ambición, que la acomode a la pequeñez de mis fuerzas. ¡Qué minúscula se ha quedado! ¡Qué arrugada! Dejo de divagar. El asunto me supera.

Frontispicios (II)

En la entrada anterior pueden verse los frontispicios de unas obras científicas. Esos libros no fueron best-sellers, desde luego. Creo que puede afirmarse como regla general que los libros más influyentes y poderosos pasaron inadvertidos en el momento de su publicación. Excepto uno todos estaban escritos en latín, lo que ya reducía muchísimo el público lector en un tiempo en que la mayoría de la población era analfabeta. Estos libros tienen una carga tremenda de pensamiento, son bombas de relojería. Dos de ellos son obras cumbres, la plena realización de una nueva visión del mundo: aquí están Copérnico y Galileo. Los otros tres son atisbos de lo que está por venir, son obras de precursores que no llegaron a la meta, pero tuvieron una intución genial. Como a Moisés, les fue dado ver la Tierra Prometida pero no pisarla. Wallis y Cavalieri rozaron con los dedos de la mente el cálculo infinitesimal, que más tarde desarrollaron Newton y Leibniz. Saccheri fue un precursor de las geometrías no euclídeas que casi dos siglos después descubrieron Gauss, Lobatchevsky, Bolyai y Riemann. Como todos sabemos, sin la geometría de Riemann no se explica la Teoría General de la Relatividad de Einstein. Para la ciencia, como para la vida en general, vale lo que se dice en el Evangelio: "muchos son los llamados y pocos los elegidos" En la ciencia hay muchos grandes hombres injustamente postergados. Para alcanzar la gloria se necesita suerte, nacer en el momento justo. No basta sólo con la obsesión y un enorme talento.

Frontispicios






Tipos difíciles

Rousseau y Wittgenstein fueron melancólicos, taciturnos, maniáticos, solitarios, irritables y un poco lunáticos. Como pensadores de épocas distintas su filosofía es distinta, o mejor dicho, se ocuparon de asuntos diferentes. Uno afirmaba que el hombre es bueno por naturaleza y que la sociedad lo corrompe, el otro escribió que de lo que no se puede hablar hay que callarse. Esto (ya lo sé) es una simplificación. Hoy se me ocurrió compararlos pues me parece que tienen muchas cosas en común. Me refiero a su carácter. Ambos eran personas de trato difícil, una inquietud permanente les corroía, eran poco risueños. Los dos eran brutalmente sinceros, caprichosos, ambos sentían una necesidad imperiosa de confesar sus miserias, una morbosa satisfacción en autohumillarse. De sí mismos tenían una opinión más que modesta, por no decir penosa. Rousseau y Wittgenstein eran hipersensibles, el menor roce con algún semejante bastaba para enfadarlos durante semanas, eran como las mimosas sensitivas que se pliegan al más leve contacto. Los dos padecieron de manía persecutoria. Naturalmente para ser una persona de genio no es necesario ser depresivo, ni introvertido, ni imaginar que el mundo conspira contra uno. Einstein era muy sociable. En un acto social gustaba de ser el centro de todas las miradas, lo que no era difícil en su caso, pocos hombres gozaron de tanta admiración en vida. Rousseau y Wittgenstein en un acto social se habrían apartado, habrían salido de la fiesta para esconderse en un rincón, murmurando, aburridos de los demás y de sí mismos. Rousseau y Wittgenstein eran dos hombres débiles con una rara fortaleza. Creo que Luis Cernuda también fue un hombre de esta clase. Había que andarse con mucho tacto si no se quería ofenderlos. Rousseau riñó con el genial David Hume, que era una persona alegre y encima lo protegía. Wittgenstein riñó con Russell, otro genio, que también gozaba de un temperamento jovial y que también ayudó mucho a su colega. Cernuda riñó con casi todo el mundo. Si no se soportaban a sí mismos, mal podían soportar a los demás. Su intransigencia era tremenda.
        En griego a la felicidad la llamaban "eudaimonía" es decir, buen demonio. Estupenda intución. Tener un buen demonio (todos tenemos el nuestro) significa ser feliz. De Rousseau y Wittgenstein podría decirse que tenían "disdaimonía", un mal demonio que los hacía infelices. Y por citar a otro melancólico, Heráclito, que por lo poco que se sabe de él también tenía un genio de perros: "el carácter del hombre es su demonio".

Destas prisiones cargado

La torre de Segismundo no es un observatorio astronómico.
Es una cárcel, como el universo.
Está en un lugar muy apartado. Lejos de la sociedad.
Segismundo no sabe que está en la Tierra. No sabe que está en un país. No sabe si está vivo o muerto o ninguna de las dos cosas.
Se oyen lamentos, gemidos, carcajadas.
Segismundo está durmiendo. Tiene sueños. El día se convierte en noche, los sueños en pesadillas. La vigilia es una pesadilla.
Hay una TV en la celda que emite partidos de fútbol. Uno tras otro. No entiende el juego. Está tan confundido que no se da cuenta de su confusión.
Segismundo nunca ha visto a una mujer. Nunca se ha enamorado. No se pregunta si vale la pena enamorarse. No conoce esa forma de locura.
Segismundo no conoce el dinero.
Segismundo no ha trabajado en su vida. Es totalmente inútil, pero no lo sabe.
Segismundo no conoce el calendario ni las horas del día. Nota que las sombras se mueven, que la oscuridad y la luz son cosas que se alternan.
La electricidad no existe para Segismundo.
De vivir en sociedad Segismundo sería un hombre normal y corriente con un sufrimiento normal y corriente. Es decir, algunas veces casi insoportable.
No tiene envidia, ni celos, ni se enfada. Si llueve se arrima a la ventana para que le refresquen algunas gotas. Segismundo no teme a nada en particular. No sabe que es mortal. Tampoco sabe que ha nacido.
Segismundo ignora que tiene padres.
No tiene idea de Dios ni ha visto el mar ni un centro comercial.
Segismundo no ha engendrado a ningún hijo.
Oye ruido de pasos. Entra gente. Son Napoleón y Goethe. Caras nuevas. Segismundo cree que son otros carceleros. Los mira como si fueran una pared gris. Goethe cierra la puerta. Napoleón y Goethe no reparan en él. Le ignoran por completo. Conversan en francés debajo de la ventana.
Segismundo frunce el ceño. ¿Ni siquiera lo van a torturar? No entiende lo que dicen.
Napoleón y Goethe se interrumpen. Se dan la espalda, se ponen en cuclillas y defecan en el suelo de la celda.
Vuelven a la conversación. Napoleón y Goethe están un largo rato conversando muy animadamente. Se hacen una mutua reverencia y se marchan como vinieron. Cierran con llave. No han mirado a Segismundo ni una sola vez.
Entra un murciélago.
Afuera se oyen excavadoras. Deben de estar cavando una fosa común.