Hölderlin

Hoy el poeta Friedrich Hölderlin tendría que soplar 249 velas. Eso es demasiado para unos pulmones humanos. Según con qué lo comparemos (el movimiento relativo en el cielo de Aldebarán, por ejemplo) es un lapso de tiempo brevísimo, pero para nuestra vida, tan corta, es mucho tiempo. Como se sabe este poeta no tuvo apenas reconocimiento durante su vida, su admirado Schiller le despachó con bastante indiferencia, aunque -si no me equivoco- le ayudó a conseguir un puesto de bibliotecario o de preceptor, Hofmeister, una suerte de profesor particular para hijos de familias adineradas. Creo que en pocos artistas se nota tanto como en Hölderlin un choque tan violento entre la realidad del mundo, sus prosaicas exigencias, y el carácter del artista. En su tiempo Goethe supo acomodarse a la vida práctica sin renunciar a los demonios de la creación artística. Hölderlin se quebró. Hacia los 32 años de su edad se volvió loco y pasó el resto de su vida, que fue larga, sumido en la tiniebla mental, o como se dice en alemán en geistige Umnachtung. Ya sabemos que Hölderlin fue compañero de estudios de Hegel y Schelling en el seminario de Tubinga, tenían unos 19 años. Allí recibieron una excelente formación humanística orientada a una carrera eclesiástica de pastor protestante. Bien diferentes fueron los destinos de los tres jóvenes, los avatares de la vida les fueron separando. Quizá Hegel, en la cumbre de su fama, cuando era rector de la universidad de Berlín, se acordara con nostalgia de su viejo amigo. No me consta que exista testimonio sobre esto. Hegel, tras unos principios muy duros, consiguió la armonía familiar, una existencia burguesa. Se casó a tiempo con una señorita de buena familia y tuvo dos hijos. Hölderlin no tuvo esa suerte, se enamoró de la madre de sus pupilos, Susette Gontard, y fue correspondido. Pero duró poco la aventura. Ella murió poco después, cuando ya se habían separado. Hasta el colapso mental escribió el Hyperion, el Empédocles, poemas cortos y las grandes Elegías. Eso es lo que dejó. No es poco. Una nostalgia imposible se trasluce en estas obras. La vida es una tragedia extraña con algunos breves instantes de felicidad.

La lengua rusa

En ruso se omite el verbo "ser" en presente, lo que ahorra mucha tinta y saliva. "Yo, ruso". "Tú, albañil". "Ustedes, la ley". 
El ruso no tiene artículos. Es un idioma con declinaciones, hay seis casos. 
Los verbos tienen dos infinitivos: perfectivo e imperfectivo, para acciones terminadas y acciones no acabadas, respectivamente. 
Se dice que para palabras largas el alemán, pero hay palabras rusas más largas todavía. Fonéticamente es endiablado. Nunca se sabe dónde poner el acento.
El alfabeto cirílico tiene un punto exótico muy atractivo, sin ser tan marciano como el chino, el japonés, el hebreo o el árabe.
El ruso tiene la misma palabra para "Domingo" y "Resurrección"
No me gustan la arquitectura, ni los aviones, ni los coches rusos. La Unión Soviética fue más una pesadilla que un sueño. Quizá el Este tenga poco que ofrecer (si me dieran a elegir un país creo que me quedaría con Italia). Quitando Moscú y San Petersburgo, sólo hay grandes ríos, estepas y la taiga. La madre Tierra, que los rusos sienten tan profundamente.
"Mientras exista una lengua como la rusa la poesía es inevitable", dijo Joseph Brodsky. Пока есть такой язык, как русский, поэзия неизбежна.

El ruso es una lengua magnífica; una maravillosa y compleja manifestación del lenguaje.

Beckett, vía extrema

Dice Brodsky en uno de sus ensayos que una fotografía de Samuel Beckett le fascinó antes de haberlo leído. Extraño instinto. De Beckett me gusta su lenguaje: sin retórica, minimalista, osado y quaquaquaquaqua. No puede ser un autor popular, excepto en Esperando a Godot. Para mí lo mejor de Beckett es su trilogía: Molloy, Malone muere y El innombrable. Algunos relatos también: Primer Amor, Textos para Nada. Como es sabido su visión de la humanidad es profundamente pesimista, es un misántropo con humor. En un momento de su vida, hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, encontró su campo de trabajo: mendigos, ancianos decrépitos, vagabundos, desarraigados, payasos, derrotados. Personajes en el último trance de la soledad y la desesperación. La reducción es total. Trozos de cuerpos hablando. Memorias pálidas, olvido, amnesia, senilidad. No se trata de "dar voz" a los miserables, nada más lejos de Beckett que las causas humanitarias. Beckett ofrece un retrato fiel de nuestra condición: somos un desastre, no hay nada que celebrar, la vida es un montón de mierda. Llevado al extremo todo esto produce risa, como en las películas de Buster Keaton. Prisioneros de afectos enfermizos, de vínculos asfixiantes, de relaciones tóxicas, de ambientes esclavizantes. No es de extrañar que Cioran le admirara. Es asombroso que Cioran y Beckett llegaran a los ochenta años, con ese asco que le tenían a la vida, al menos eso es lo que reflejan sus obras. Eran duros, estoicos, resistentes. A estas alturas de la historia no conozco escritor que haya ido tan lejos como este irlandés que se marchó a Francia.

1859

El Origen de las Especies de Charles Darwin se publicó por primera vez en noviembre de 1859. Como se sabe Darwin es, con Copérnico y Freud, miembro de esa terna que bajó del pedestal al hombre. Encuentro un parentesco entre su idea revolucionaria de la Evolución (que hoy es incuestionablemente cierta) y la Voluntad de Schopenhauer. Ciertamente la primera es un proceso que se da en la naturaleza, la segunda es un principio metafísico. Uno es inglés, el otro alemán. Darwin dice al final de su obra magna: "Como todas las formas orgánicas vivientes son los descendientes directos de las que vivieron hace muchísimo tiempo en la época cámbrica, podemos estar seguros de que jamás se ha interrumpido la sucesión ordinaria por generación y de que ningún cataclismo ha desolado el mundo entero, por tanto, podemos contar, con alguna confianza, con un porvenir seguro de gran duración. Y como la selección natural obra solamente mediante el bien para el bien de cada ser, todos los dones intelectuales y corporales tenderán a progresar hacia la perfección" Darwin, como buen inglés, es optimista. En lo que Schopenhauer ve una fuerza ciega que sólo produce sufrimiento, Darwin observa un proceso que obra mediante el bien hacia la perfección. 
          Sin embargo Darwin confiesa en una carta al botánico Asa Gray, en 1860, lo siguiente: "Respecto al aspecto teológico de la cuestión, éste es siempre doloroso para mí. Estoy confundido. No tengo intención de escribir como un ateo. Pero confieso que no puedo ver, tan fácilmente como otros, y me gustaría hacerlo, evidencia alguna de propósito o beneficencia a nuestro alrededor. Me parece que hay demasiada miseria en el mundo. No puedo persuadirme a mí mismo de que un dios benéfico y omnipotente haya creado a propósito a los Ichneumonidae con la intención expresa de que se alimenten dentro de los cuerpos vivos de las orugas, o de que un gato juegue con el ratón. Por otra parte no puedo en forma alguna contentarme con la vista de este maravilloso universo y especialmente con la naturaleza del hombre y concluir que todo es el resultado de la fuerza bruta. Me inclino a ver todo como el resultado de unas leyes determinadas, con los detalles, buenos o malos, entregados al trabajo de lo que podríamos llamar azar. Esta noción no me satisface en absoluto. Creo firmemente que el asunto es demasiado profundo para el intelecto humano. Es como si un perro se pusiera a especular sobre la mente de Newton. Que cada hombre espere y crea lo que pueda".
           Darwin fue el terror de la religión de su tiempo. Pero era muy prudente y dejaba sus dudas para la intimidad. Un intento posterior de conciliar evolución y creación divina fue el realizado por el jesuita Teilhard de Chardin, pero parece muy poco consistente. Darwin fue enterrado con todos los honores en la abadía de Westminster.

Movilización general

Que todos tengamos, adultos y adolescentes, nuestro móvil no deja de ser maravilloso. Hace 20 años nadie se imaginaba que un dispositivo portátil podría cambiarnos tan radicalmente la vida. ¿Realmente la ha cambiado? Si lo llevara un 1% de la población mundial, seguro que no. Pero lo maneja el 99%. Y no por capricho, por necesidad. Si no llevas tu aparatito contigo doquiera vayas, estás fuera. ¿Fuera de qué? Fuera de la sociedad, de la humanidad, de la historia. Todo dios anda distraído con este invento. Imposible abstraerse durante unas horas. Nos interrumpen siempre. Recuerdo que de joven leí la Crítica de la Razón Pura. Eso exige un esfuerzo y una atención prolongadas. Hoy me sería imposible. 
        Estamos de cuerpo presente, e, intermitentemente, de alma ausente. Aquí y en otra parte. Dando saltos cuánticos. Viajamos en un vagón de metro, en un autobús, en un medio de transporte público. Salimos a la calle. A nuestro alrededor andan personas mirando una pantalla, escuchando música, esquivan el bulto que somos para ellos. Nosotros hacemos lo mismo. Más cercanos los lejanos, más remotos los prójimos. Amarás a tu prójimo como a tí mismo. ¿Quién es mi prójimo? ¿Es esa comunidad virtual de amigos, conocidos, familiares, amoríos o es el cuerpo que tropieza con nosotros? Ni remedian nuestra soledad, ni nos hacen compañía. Es como si hubiéramos perdido el cuerpo. Vivimos en la antroposfera, ruido y furia de la actualidad. No descansamos nunca de nuestra propia miseria. Nos hemos olvidado de mirar al firmamento (el cielo estrellado sobre mí, de Kant), al fuego que crepita, a una puesta de sol, a un diente de león que asoma en el asfalto.
        Todo invento tiene su antecesor. Las telecomunicaciones empezaron hace siglos. Pensemos en las cartas de los emigrantes, de los enamorados, en las botellas de los náufragos. Principios del siglo XX. Gran invento el teléfono: gracias a él podíamos hablar con nuestra abuela (recuerdo una página de Proust al respecto). Todo progreso tiene su lado oscuro. Gran invento el teléfono: reuniones de trabajo en cualquier sitio, a cualquier hora, siempre dispuestos para el hostigamiento. Conversar con un desconocido por el móvil. Es todo tan irreal. Son medios fríos, sin tacto, sin ese aura que tiene la presencia de la otra persona. Obligarse a una desesperada cortesía o abandonarse al insulto. Tengo por idiota a la legión de tecnólatras que puebla este planeta. Pero estos maravillosos medios adolecen de una gran y terrible limitación: no podemos comunicarnos con los muertos. También de los muertos parece que nos olvidamos.
         La naturaleza no nos deshumaniza, aunque sea hostil, la muy puta. ¿No estamos hechos de su mismo barro? Somos los mismos hombres lo que nos deshumanizamos. 
      Y me callo, que esto se parece peligrosamente a un sermón.

Un sueño de Walter Benjamin

En ese delicioso libro que es Dirección Única, Walter Benjamin narra un sueño que tuvo. 
        "En un sueño me vi en el gabinete de trabajo de Goethe. No se parecía en nada al de Weimar. Ante todo era muy pequeño y tenía sólo una ventana. Contra la pared, situada frente a ella, adosaba el escritorio uno de sus lados angostos. Sentado a él, el poeta, ya muy anciano, estaba escribiendo algo. Yo me había puesto a un lado, cuando él se interrumpió y me obsequió con un pequeño jarro, una vasija antigua. La hice girar entre mis manos. En la habitación hacía un calor espantoso. Goethe se levantó y se dirigió conmigo a la estancia contigua, donde habían dispuesto una larga mesa para mi parentela. Sin embargo, parecía calculada para muchas más personas de las que ésta contaba. También la habían puesto, sin duda, para mis antepasados. Tomé asiento en el extremo derecho, junto a Goethe. Concluida la cena, él se levantó con dificultad, y yo, haciendo un gesto, le rogué que me permitiera sostenerle. Al tocarle el codo, rompí a llorar de emoción"
         Estoy convencido de que Benjamin soñó ese sueño en realidad, que no es inventado. Debió de anotarlo nada más despertar. Me parece la clase de sueño vívido y emocionante que no deriva en otro, sino que se interrumpe y despertamos. Arriesgo una interpretación, casi evidente: Benjamin, como judío, sentía el desarraigo de su condición. A la vez, como intelectual, una inmensa admiración por Goethe. Me parece muy significativo que Goethe sea un anciano debilitado y que Benjamin lo sostenga, y que Goethe disponga una mesa para la familia judía de Benjamin. Con este sueño Benjamin revela un enorme deseo de ser aceptado, de pertenecer a la cultura de su lengua materna, que aquí representa Goethe, quien no fue antisemita, ni nacionalista alemán. Algo por lo que merece ser admirado.
      Ser un desarraigado, un apátrida, pertenecer a una minoría, tener una insaciable voracidad intelectual, ser el primero de la clase, crear teorías originales, subversivas: todos estos son rasgos de los judíos germánicos del siglo XX. Fueron los más brillantes, los más inteligentes, los mejores. Algunos pagaron con la vida su condición de judíos, casi todos con el exilio. Me parece que este sueño de Benjamin podría haberlo tenido también Freud, Kafka, Joseph Roth, Stefan Zweig, Hannah Arendt, Hofmannsthal, Arnold Schönberg, Paul Celan, Reich-Ranicki o Einstein. (De que lo pudiera tener Einstein no estoy tan seguro).

El buen rollo

Los humanos somos majos si tenemos el estómago lleno. En la fiesta, si se está cómodo y hay para todos, somos simpáticos, gentes de bien, amantes de la paz. En tiempos de abundancia somos maravillosos. Pero las sonrisas enseñan también los colmillos. Que llegue la escasez, que las condiciones se degraden, en una familia, o en una región, o en una nación; si estalla la guerra algunos serán capaces de las mayores atrocidades. Hay muy poca distancia entre la persona maja y el monstruo. Se trata de evitar que asome el lobo que llevamos dentro. En Siria llevan ocho años de guerra civil. Ahora la comunidad internacional quiere sentar en el banquillo a los torturadores y genocidas. Les abandonamos a su suerte y luego, para lavar nuestra conciencia, juzgamos a los malos. Suena a chiste. ¿Es que la propia comunidad internacional no fue capaz de interrumpir esas matanzas? Quizá esta pregunta parezca ingenua a los diplomáticos. La geopolítica es compleja, un arte demoníaco. Un apretón de manos, una firma y con eso entregamos a una ciudad remota a la devastación y la esclavitud, al saqueo y la masacre. Los poderosos nunca se manchan de sangre las manos, ordenan la matanza desde un despacho. El tiempo lo arrastra todo. Pensemos en Euskadi. Aquella región que se agitó en una tormenta de odio se apacigua. El tiempo lo arrastra todo. Allí hubo víctimas y verdugos; unos ejercieron el terror, otros lo padecieron. Simular concordia entre unos y otros con un brindis navideño que pretenda indicar que "aquí no ha pasado nada" da náuseas.

Ariosto y la violencia contra las mujeres

El canto V del Orlando Furioso de Ludovico Ariosto comienza con una invectiva contra una clase de violencia que cualquiera reconocerá inmediatamente. Nos compara con los animales, no porque ellos hagan lo mismo, sino porque no lo hacen: el oso, el león, el lobo o el toro viven pacíficamente con sus compañeras.

Tutti gli altri animai che sono in terra,
     O che vivon quieti e stanno in pace,
     O se vengono a rissa e si fan guerra,
     Alla femina il maschio non la face
 
En cambio, el hombre... En la tercera estrofa Ariosto es contundente:
 
Parmi non sol gran mal, ma che l’uom faccia
     Contra natura e sia di Dio ribello,
     Che s’induce a percuotere la faccia
     Di bella donna, o romperle un capello:
     Ma chi le dà veneno, o chi le caccia
     L’alma del corpo con laccio o coltello,
     Ch’uomo sia quel non crederò in eterno,
     Ma in vista umana uno spirto de l’inferno.

Hora intempestiva

Nos volvemos locos por distraerla. Ya que es inevitable, me pregunto cómo será. ¡Esa sí que va a ser una experiencia! La última experiencia. Y la tenemos segura, y para más excitación ignoramos cuándo. No creo que haya mayor misterio que el de la duración de cada vida: es un secreto que se guarda con siete llaves. La vida es un vano sueño, es humo y sombra y nada. Ningún mortal sabe nada de ella: frente a ella estamos desnudos. De ella sabe tanto un centenario como un niño, tanto Einstein como su peluquero, tanto el más intrépido aventurero como la persona más sedentaria y tímida con la vida más rutinaria. Lo dejaremos todo, nos dejaremos a nosotros mismos, a este cuerpo que somos. Dejaremos a nuestros seres más queridos, sea como sea: aunque niños indefensos, aunque ancianos valetudinarios. A Mozart lo arrebató a los 35 años. Le da lo mismo. Lo más importante será nada. Nada nos importará. Nuestra pequeñísima vida, ese estrechísimo círculo de nuestras relaciones, estallará como una pompa de jabón. No oiremos lo que dirán de nosotros durante un tiempo, hasta que poco a poco se nos olvide. Volveremos al seno profundo de la materia, seremos disgregación total. Es la ley universal. Ni las estrellas se escapan. Es la que todo lo iguala. La inapelable. Mejor estar preparado porque puede destruirnos en cualquier momento. Si no se está preparado da lo mismo. Sin falta de entrenamiento ni estudio, seguro que lo haremos a la perfección.

Schiller como educador

En la sexta de sus Cartas para la educación estética del hombre, dice Schiller: "¿Por qué el individuo en Grecia es un representante calificado de su tiempo, mientras que no hay entre los modernos quien se atreva a pretender semejante galardón?" Y añade poco después: "La cultura misma es la que ha descargado ese golpe sobre la humanidad actual. Por una parte, la experiencia y el pensamiento, cada día más amplios y precisos, han hecho necesaria una división más estricta de las ciencias; por otra parte, la creciente complicación del mecanismo político ha exigido que se separen las clases y los oficios. Se ha roto la unidad interna de la naturaleza humana, una fatal hostilidad opone unas a otras sus armoniosas fuerzas" Estas cartas se escribieron hacia 1795. Schiller es optimista, pretende resolver esta ruptura con una educación en la Belleza que armonice, en lo posible, la naturaleza humana. A la vista de lo que vino después me temo que el idealista Schiller se equivocó por completo. No se aplicó jamás su remedio, por imposible. En cambio su lúcido análisis del hombre moderno es verdadero, de hecho esa ruptura de la armonía ideal (que para él se encarnó en Grecia) es total en nuestro tiempo. Bueno, yo diría que llevamos rotos más de 200 años. De catástrofe en catástrofe. Vivimos unos tiempos muy sombríos, en los que "ya no conviene, dice Schiller, el goce con el trabajo, el medio con el fin, el esfuerzo con la recompensa. Eternamente unido a una partícula del conjunto, el hombre se educa como mera partícula; llenos sus oídos del monótono rumor de la rueda que empuja, nunca desenvuelve la armonía de su esencia, y, lejos de imprimir a su trabajo el sello de lo humano, se torna él mismo un reflejo de su labor o de su ciencia". Como Chaplin en Tiempos Modernos. Lo mejor que puede pasarle a un esclavo que no tiene posibilidad de liberación es ignorar su penosa condición. Eso es lo que nos sucede. Pero, ¿no será aún más grave nuestra crisis? Lo que propone Schiller suena a música celestial.
         De la plenitud de los antiguos griegos hoy no tenemos ni idea (y fue una socidad esclavista, así que esa plenitud estaba reservada a los happy few). Que el Hombre, en tanto ideal, está arruinado es algo indiscutible. Aparte de que, por definición, es inalcanzable. No digo nada nuevo, desde luego: nada que no dijeran los poemas de Paul Celan y los maestros de la escuela de Frankfurt, Adorno y Horkheimer, hace unas cuantas décadas. No puede haber vida buena en lo falso. Si vivimos en un sistema que tritura ese ideal humano, en una época que lo hace imposible, no es de extrañar que seamos, cada uno de nosotros, fragmentos, seres incompletos, insignificantes piezas de un vasto y monstruoso engranaje. Estoy seguro de que Hölderlin tenía en mente las palabras anteriores de Schiller cuando atacó a los alemanes en su novela Hyperion. Concluyo con otra frase de la misma carta: "es preciso ser un espíritu nada vulgar para cumplir con las obligaciones profesionales y conservar, sin embargo, energías sobrantes aplicables a las libres aficiones" Al leer esta frase pensé en alguien, pero no diré en quién. 
         Schiller aún tenía un vago conocimiento de lo perdido. Que idealizó a los griegos es seguro. Nietzsche nos mostró que no eran tan maravillosos.

En tu loca juventud

Alguna clase de trastorno mental grave, una especie de romanticismo exacerbado o de Weltfremdheit (extrañamiento del mundo) debió de afectar a los muchachos nacidos en Alemania hacia 1890. Es el caso de una generación a la que le tocó mala fecha y mal lugar para nacer, porque estaban destinados a las trincheras en 1914. No me parece casualidad que dos importantes escritores alemanes, Hans Fallada y Johannes R. Becher, nacidos en 1893 y 1891 respectivamente, trataran de suicidarse cerca de los veinte años de edad: el primero en 1911 y el segundo en 1910. Lo singular del caso es que no lo hicieron solos: siguiendo el ejemplo de Heinrich von Kleist hicieron un pacto suicida con otra persona. Hans Fallada planeó con un amigo suyo, Hans Dietrich von Necker, un duelo a pistola en el que los dos deberían morir. Becher lo hizo con una chica llamada Fanny Fuss, en este caso a la manera de Kleist: primero él disparaba a la chica y luego a sí mismo. Para Fallada y Becher fue un suicidio frustrado: sobrevivieron de milagro, gravemente heridos. En cambio sus dos compañeros, el chico y la chica, murieron. Johannes R. Becher, conocido sobre todo como poeta, llegó a ser ministro de cultura de la DDR y Hans Fallada fue un autor de novelas de mucho éxito cuyos personajes eran gente sencilla, el hombre de la calle. Es casi seguro que ninguno de los dos se recuperó de ese trauma. Becher fue un comunista militante que buscó refugio en la URSS, el resultado fue que casi lo ejecutan durante la Gran Purga, acusado de trotskista. Intentó suicidarse varias veces. Durante la invasión nazi fue evacuado con otros alemanes al interior de la URSS, a Tashkent, donde hizo amistad con el filósofo marxista Lukács. Al acabar la guerra se instaló en la zona soviética de Berlín. En sus últimos días renegó del socialismo. Hans Fallada pasó muchas temporadas en psiquiátricos, en curas de desintoxicación (alcohol y morfina). Tuvo una vida sentimental turbulenta, en una bronca con su exmujer, estando borracho, disparó una pistola (esta vez, por fortuna, no acertó). Murió en Berlín en 1947 con su organismo arruinado por el consumo de las drogas y el alcohol. Su última novela, que es la mejor, la escribió de un tirón: se titula Jeder stirbt für sich allein, en la traducción castellana Solo en Berlín. Curioso título: "cada uno muere solo". ¿Recordaría Hans Fallada ese lejano episodio de su juventud? Becher falleció también en Berlín, en el sector oriental, de cáncer, en 1958.
       Quizá sea un fiel indicador de la salud de una época el estado mental de sus adolescentes.

El lugar del fusilamiento

En uno de los paseos errabundos que tanto nos gusta dar a mi sombra y a mí, pasé al lado de la antigua cárcel de la ciudad, hoy convertida en Archivo Provincial. Es un barrio que conocemos poco mi sombra y yo, así que es más interesante. Calles desoladas, edificios en ruinas, almacenes industriales y una vista interesante del resto de la urbe. Delicioso. Al pasar a lo largo de la calle de la cárcel vimos, en el patio del edificio, una placa conmemorativa. Mi sombra y yo somos cortos de vista, pero pudimos distinguir en la placa el rostro de un varón con gafas y un texto que se refería a algún hecho necesariamente trágico (en las cárceles no suceden cosas alegres, las prisiones son lugares dignos de respeto). Con mucho gusto nos hubiéramos acercado a la placa para leer las palabras que nos intrigaban, pero nos separaba la valla metálica que cierra el perímetro del edificio penitenciario. Es curioso querer y no poder entrar en el recinto de una prisión, pero así fue esta situación. 
      Nos quedó en la memoria esa placa y ahora puedo confirmar que mi intuición había acertado. Se trata de un recuerdo que conmemora el octogésimo aniversario del fusilamiento en la cárcel de Oviedo, el 20 de febrero de 1937, del rector de la Universidad de Oviedo, Leopoldo Alas Argüelles. Estamos en la Guerra Civil. La notoriedad y la inocencia de la víctima y el desenlace fatal nos recuerdan la pasión y muerte de García Lorca. Durante el proceso llegaron hasta del extranjero peticiones de indulto. Todo inútil. El primogénito del gran Clarín fue fusilado un sábado a las seis de la tarde. Ese mismo día otros detenidos fueron también pasados por las armas. 
     Hay una obra de teatro de Pedro de Silva, "El Rector", publicada en 2014, que trata de este trágico episodio y que ahora tengo curiosidad por leer. Recuerdo haber visto de manera distraída el cartel que anunciaba su estreno absoluto, en abril del 2018, en el teatro Campoamor. Haber pasado al lado de la cárcel, el lugar del fusilamiento, en el azar de un paseo matutino, me ha despertado a la trágica historia de esta figura de la Universidad.

Escritores inteligentes

Leyendo un ensayo de Joseph Brodsky encuentro esta frase: "el efecto de su instrumentación (se refiere a la poesía de Anna Ajmátova) en sus temas era similar al de una persona acostumbrada a que la coloquen frente a la pared cuando de pronto la colocan ante el horizonte". No entiendo lo que quiere decir, pero adivino una idea muy brillante, una espléndida comparación. Brodsky me parece un escritor especialmente inteligente. 
          Se me ocurren unos cuantos escritores más en los que la inteligencia brilla no por su ausencia, sino por su poderoso fulgor. En este blog apareció una cita de Gabriel Ferrater en la que hacía unas observaciones muy agudas sobre los cambios en las formas de relacionarse, a propósito de la correspondencia entre D'Alembert y Lagrange. Es fácil recordar a Borges, si buscamos un autor en el que la inteligencia destaque. Otro que podría añadirse es Cesare Pavese; también W. H. Auden (que según Brodsky era la mente más brillante del siglo XX).
        Todos ellos tienen en común la capacidad para relacionar ideas o fenómenos que a primera vista nada tienen en común, un excelente talento para la crítica (pueden triturar o de ensalzar a un autor con una frase), son políglotas y creo que entenderían las más abstractas teorías de la física o las matemáticas. Ahora se me ocurre Samuel Taylor Coleridge, que decía que asistía a las conferencias del químico Humphry Davy para aumentar su arsenal de metáforas. 
         Otra figura más, esta femenina, es Sor Juana Inés de la Cruz. En la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, demuestra una asombrosa capacidad intelectual, recuerdo ese pasaje en que dice: "Estaban en mi presencia dos niñas jugando con un trompo, y apenas yo vi el movimiento y la figura, cuando empecé, con esta mi locura, a considerar el fácil moto de la forma esférica, y cómo duraba el impulso ya impreso e independiente de su causa, pues distante la mano de la niña, que era la causa motiva, bailaba el trompillo; y no contenta con esto, hice traer harina y cernerla para que, en bailando el trompo encima, se conociese si eran círculos perfectos o no los que describía con su movimiento; y hallé que no eran sino unas líneas espirales que iban perdiendo lo circular cuanto se iba remitiendo el impulso" 
          En los aforismos esta cualidad es fundamental. Uno de los maestros de este género es el polaco Stanislaw Jerzy Lec. Un aforismo suyo: "La primera obligación de la inteligencia es desconfiar de ella misma" Y otro más, y termino para no cansar: Elias Canetti. También espléndido aforista y temible crítico.

Del alemán al ruso

Quien tradujera al ruso la "Fenomenología del Espíritu" de Hegel acometía una tarea gigantesca. Geist, Bewusstsein, Aufheben, Wissenschaft, Gegenstand, Bewegung, Werden, Begriff, etc.: todos estos germánicos conceptos tuvieron que encontrar un equivalente en ruso. El intrincado y racionalísimo pensamiento de Hegel tuvo que acomodarse al espíritu de la lengua rusa. Está claro que la traducción del pensamiento de Marx a esta lengua fue la que tuvo consecuencias históricas; aunque el origen de Marx es Hegel. Entre las líneas de las versiones rusas de Marx y Engels, en ese traslado de ideas, tal vez se vislumbrara la figura de Lenin, la revolución de Octubre, Trotski, los procesos de Moscú, la hambruna de Ucrania, Stalin, Stalingrado, el Gulag, la Yezhovina, la NKVD, Gagarin, el pacto de Varsovia, la Guerra Fría, Cuba, la insurrección de Budapest, la primavera de Praga... y Pablo Iglesias. Todos estos fantasmas salieron de la cabeza de Marx y Marx salió de la cabeza de Hegel. ¿Qué falta en todo esto? Un poquito de humor. Aunque no faltó el humor negro.
     ¿Quién enseñó, por cierto, entre 1933 y 1939, a los intelectuales franceses cómo pensaba Hegel? Un ruso, Alexandre Kojève.

Profunda reflexión

Los hombres somos efímeros, lo eterno es el lenguaje. O dicho de otra forma: sólo existe el lenguaje.

El genio del feminismo

Sofía Kovalevskaya (1850-1891) fue una matemática rusa, la primera mujer en conseguir un puesto de profesora en la universidad. Nació niña, cierto, pero en el seno de una familia culta entre cuyas amistades se encontraba un tal Dostoievski. En Rusia encontró dificultades insalvables para desarrollar su talento: el remedio fue emigrar. Viajó por Europa, estudió en la erudita Alemania, recibió clases particulares del matemático berlinés Karl Weierstrass, ya que no podía asistir a las clases. Hay que decir que Weierstrass se portó muy bien con ella, reconoció su talento y la ayudó en lo que pudo. Así lo dice la historia. Kovalevskaya tuvo una vida corta, murió a los 41 años. (Tendría que escribirse una historia de vidas truncadas, pero sería interminable. ¡Qué pocos individuos se realizan!). Su matrimonio no parece que fuera feliz, su marido, Vladimir Kovalevski, paleontólogo, traductor de Darwin al ruso, se suicidó en Moscú, separado de su mujer y la hija que tenían en común. August Strindberg, el dramaturgo sueco, conocido por su misoginia, escribió ante la noticia del nombramiento de Kovalevskaya como profesora de la universidad de Estocolmo, en 1884: "que una mujer sea profesora de matemáticas es algo perjudicial y desagradable, incluso podría decirse que es una monstruosidad. La invitación de esta mujer a Suecia, que tiene profesores de sobra que la superan con mucho en conocimientos, sólo se puede explicar por la amabilidad de los suecos hacia el género femenino". Uno de estos amables suecos, el más amable, gracias al cual Kovalevskaya logró el puesto docente, fue el matemático Gösta Mittag-Leffler. Nada más pisar suelo sueco Sofía Kovalevskaya -que debía de tener una voluntad de hierro- se dedicó a estudiar a fondo el sueco, idioma que consiguió dominar, hasta poder hablarlo y escribirlo perfectamente, en menos de un año. En el siglo XIX el latín ya no era la lengua de los sabios. El sueño de esta mujer era dar clases en París, pero no lo vió realizado. Llegó a Estocolmo y allí se murió de neumonía (de vuelta de unas vacaciones en Niza) como el valetudinario Descartes. Ella murió un 10 de febrero; Descartes un 11 de febrero. ¡Cuidado con Estocolmo, que es una trampa para sabios! Ciertamente, Kovalevskaya era rusa, y los rusos entienden bastante de frío.
        Como habrá advertido el avisado lector, el título de esta entrada es un guiño a Chateaubriand.

Evocando a los clásicos

En alguna parte de las cartas a su amigo Ático (qué lecturas ya tan lejanas de mi juventud) dice Cicerón que no se le ocurre nada que escribirle y que eso es, precisamente, lo que le escribe. Ahora recuerdo algunos de los autores antiguos que leí hace veinte años: Platón, Aristóteles, Séneca, Cicerón, Luciano, Elio Arístides (que escribió un diario de sus sueños con fines terapéuticos), Lucano, Catulo, Eusebio de Cesarea, Marco Aurelio, Epicteto, fragmentos de los estoicos griegos -Cleantes, Crisipo (que murió de risa viendo a un burro comer no recuerdo qué)-, Diógenes Laercio, Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, San Agustín, San Jerónimo, Orígenes, Jámblico (que escribió una vida de Pitágoras), los presocráticos, Teofrasto, Virgilio, Horacio, Lucrecio, Porfirio, Plotino, Quinto Curcio (que escribió una vida de Alejandro Magno), Ovidio, Suetonio, Tácito, Tertuliano, San Justino, Plutarco, Ireneo de Lyon (para conocer a los gnósticos), Julio César, Calímaco, Juvenal, Hesíodo, Demóstenes, la Antología Palatina, algo de Tito Livio, Homero, Clemente de Alejandría, Jenófanes, los líricos arcaicos griegos, Heródoto, Tucídides, Teócrito, Polibio, Plauto, Terencio, Salustio, Petronio, Apuleyo, Boecio, los dos Plinios, Persio, Amiano Marcelino, Juliano el Apóstata, Símaco... me paro.
     Y también leí a aquellos que a lo largo de los siglos volvieron sobre ellos: Erasmo, Montaigne, Gibbon, Hume, Goethe, Schiller, Nietzsche, Schopenhauer, Shakespeare, San Isidoro, Fray Antonio de Guevara, Quevedo, Gracián, Cervantes, Dante, Petrarca, Pascal, Byron, Keats, algo de Rabelais, Voltaire... qué sé yo.
     Lista exhaustiva y tediosa. Pero a mí me gustan las listas, como a Umberto Eco. Con qué pasión los devoré, con qué frenesí llené de notas esas páginas. Cuando un pasaje me gustaba especialmente ponía al margen este signo (!). En general, los paganos tienen gracia; los Padres de la Iglesia me parecen antipáticos. Si algo hice en esta vida de lo que pueda estar orgulloso es de haber pasado tantas horas en compañía de estas sombras que son lo mejor que ha dado nuestra triste y cruel especie. Siempre me encontré más a gusto entre ellos que entre mis contemporáneos. Reparo en que, excepto Safo, no hay ninguna mujer. En fin, aspiro, modestamente, a no morirme imbécil. Quizá ellos me ayuden.

Zelif 2019

Olvidábasele al equipo de administradores, consejeros, redactores y relatores de este blog desear a los lectores que por aquí caigan un feliz año nuevo. Que les sea muy venturoso y que lo aprovechen. Los años pasan muy rápido. Feliz 2019.

Infancia

En la película Yo, la peor de todas sobre la vida de Sor Juana Inés de la Cruz hay una escena en la que la poeta mexicana toma en sus brazos a un niño recién nacido y dice, (cito de memoria): "supongo que Dios no se ha cansado de la Humanidad, pues aún nacen niños." A lo que contesta la madre, esposa del virrey de la Nueva España y gran amiga de sor Juana, sonriendo: "cómo eres, otra persona acariciaría al niño, pero a tí se te ocurre una reflexión" No hace mucho vi una escena infantil tal como ésta: un niño de unos 4 años llevaba de la mano un juguete, era un unicornio que daba unos pasos, hacía un ruido de cascabeles y relinchaba. Ante tal maravilla una niña de esa edad se acercó al fabuloso animal, atraída por la gracia de la criatura mecánica. Recuerdo ahora los versos de José Emilio Pacheco:

Hay minas especiales para no combatientes,
minas con forma de pelota y muñeca. 
Nadie podría decir nada más atroz
acerca de nosotros.

Un soneto de Keats

Cuando me asalta el miedo de morir
antes de la cosecha de mi fecunda mente,
antes de que los libros apilados
guarden como graneros el grano ya maduro;
cuando miro en el rostro de la noche estrellada
los símbolos enormes y nubosos de una pasión altiva
y pienso 
                 que ya no he de vivir jamás para trazar
sus sombras con la mano mágica del azar;
y cuando siento, hermosa criatura de una hora,
que ya no he de mirarte nunca más
ni sentir el deleite en la potencia mágica
del amor arrebatado, 
                                          entonces a la orilla
del ancho mundo quedo solo y pienso
hasta que Amor y Fama en la Nada se hunden.

When I have fears that I may cease to be
Before my pen has glean'd my teeming brain,
Before high-piled books, in charactery,
Hold like rich garners the full ripen'd grain;
When I behold, upon the night's starr'd face,
Huge cloudy symbols of a high romance,
And think that I may never live to trace
Their shadows, with the magic hand of chance;
And when I feel, fair creature of an hour,
That I shall never look upon thee more,
Never have relish in the faery power
Of unreflecting love; - then on the shore
Of the wide world I stand alone, and think
Till love and fame to nothingness do sink.

https://lyricstranslate.com/es/when-i-have-fears-cuando-tengo-miedos.html

When I have fears that I may cease to be
Before my pen has glean'd my teeming brain,
Before high-piled books, in charactery,
Hold like rich garners the full ripen'd grain;
When I behold, upon the night's starr'd face,
Huge cloudy symbols of a high romance,
And think that I may never live to trace
Their shadows, with the magic hand of chance;
And when I feel, fair creature of an hour,
That I shall never look upon thee more,
Never have relish in the faery power
Of unreflecting love; - then on the shore
Of the wide world I stand alone, and think
Till love and fame to nothingness do sink.
https://lyricstranslate.com/es/when-i-have-fears-cuando-tengo-miedos.html

When I have fears that I may cease to be
Before my pen has glean'd my teeming brain,
Before high-piled books, in charactery,
Hold like rich garners the full ripen'd grain;
When I behold, upon the night's starr'd face,
Huge cloudy symbols of a high romance,
And think that I may never live to trace
Their shadows, with the magic hand of chance;
And when I feel, fair creature of an hour,
That I shall never look upon thee more,
Never have relish in the faery power
Of unreflecting love; - then on the shore
Of the wide world I stand alone, and think
Till love and fame to nothingness do sink.
https://lyricstranslate.com/es/when-i-have-fears-cuando-tengo-miedos.html

When I have fears that I may cease to be
Before my pen has glean'd my teeming brain,
Before high-piled books, in charactery,
Hold like rich garners the full ripen'd grain;
When I behold, upon the night's starr'd face,
Huge cloudy symbols of a high romance,
And think that I may never live to trace
Their shadows, with the magic hand of chance;
And when I feel, fair creature of an hour,
That I shall never look upon thee more,
Never have relish in the faery power
Of unreflecting love; - then on the shore
Of the wide world I stand alone, and think
Till love and fame to nothingness do sink.
https://lyricstranslate.com/es/when-i-have-fears-cuando-tengo-miedos.html

When I have fears that I may cease to be
Before my pen has glean'd my teeming brain,
Before high-piled books, in charactery,
Hold like rich garners the full ripen'd grain;
When I behold, upon the night's starr'd face,
Huge cloudy symbols of a high romance,
And think that I may never live to trace
Their shadows, with the magic hand of chance;
And when I feel, fair creature of an hour,
That I shall never look upon thee more,
Never have relish in the faery power
Of unreflecting love; - then on the shore
Of the wide world I stand alone, and think
Till love and fame to nothingness do sink.