Según envejezco

Según envejezco voy acordándome de escenas de mi remota infancia y adolescencia. En realidad no soy yo quien los busca, son esos recuerdos los que me asaltan (expresión muy acertada) sin que yo lo pida. ¡Cuánto ha cambiado el mundo! La vida es larga, muy larga. Esto es una confesión a la vez íntima y general, que diría Borges. De joven yo estaba en el mundo como cosa hecha, no lo ponía en cuestión. Ahora cada día es un asombro porque me doy cuenta de que tenemos los días contados. El poeta Brodsky dijo en una ocasión algo muy inteligente, como todo lo suyo (qué brillante y qué intenso ser humano fue Brodsky), dijo que al envejecer uno va separándose del cosmos. No recuerdo sus palabras exactas, pero la idea era ésa. El cosmos, como conjunto del universo físico. Esa separación es un proceso que culmina con la muerte. Un camino de soledad. Niños y jóvenes están, por decirlo así, dentro de la naturaleza, en su esfera. Es un hecho biológico que se encuentra en los animales. Con la edad la naturaleza nos va apartando de sus brazos. El cuerpo empieza a fallar. El tiempo se acelera. Cada sol repetido es un cometa. Ahora reconozco que envejecer es un arte. Encuentro en cada viejo, si no lo ha destruido la demencia, a un modesto filósofo. Me maravillan las creaciones de genios precoces como Rimbaud, Keats, Mozart o Einstein (no hay que olvidar que Einstein terminó su trabajo a los 37 años). Pero hoy me maravillan más las obras de algunos viejos que conservaron su potencia creadora en el arrabal de senectud: Cervantes, por ejemplo, o Kant, pasaban de los sesenta cuando escribieron el Quijote y las Críticas, respectivamente. Si tengo que seguir cumpliendo días -ya no hablo de años- que sea sin amargura, ni envidia, ni vanidad, ni rencor, ni miedo y sin esperar demasiado (o nada) de mis semejantes y semejantas (el amor es menos apasionado cuando la sangre se enfría, de aquel fuego queda una resignada tolerancia y un sano y cuerdo escepticismo). En mis años mozos también yo fui un gallardo potro. Si algo me enseña la edad es esto: uno tiene que arreglárselas solo.                                                                                                                                                     ¡Ah, ambiciones y embelecos de la juventud! Ir tirando es toda una victoria. Ya no se trata de comerse el mundo. Ya vemos en qué para todo. ¿Será esto lo que llaman sabiduría? ¡Quién sabe!

Encuesta espontánea

¡Oh, tiempos de peste! Estuviste por la tarde en un bar de pueblo, al aire libre, pisando hierba, con unos amigos. Muy agradable la charla: el curso meandriforme de la conversación, con sus vueltas y revueltas, como cosa viva que es. De vez en cuando levantabas la vista al cielo, con unas nubes formidables que filtraban los rayos oblicuos del sol. Sabes que las mirabas, a pesar de la atención que ponías, algo distraído. Es el mal de nuestra época: la distracción permanente, la falta de concentración. Estamos rodeados de prodigios, nuestro cuerpo es uno de ellos, nuestra mente también. De vuelta, ya en casa, miras el móvil y ves un aviso: se te invita a evaluar el bar donde estuviste. Pero, ¿cómo sabe ese aparatato que estuviste allí? Es la providencia de la Tecnología, hasta los pelos de nuestra cabeza están contados por ella. No es ninguna paranoia afirmar que estamos permanentemente bajo control. Un control inocente y amistoso, al menos en este caso. O eso parece. Se nos pide nuestra importante opinión. "¿Ha quedado satisfecho el señor?" No, no es la Tecnología, sino los intereses a los que sirve. En tanto individuos nuestra experiencia personal, auténtica, íntima, está pisoteada, confundida o anulada en la vulgar masa informe que consume y devora. Usurpa su puesto el aristócrata neoliberal que exige ser bien servido, ya sea en una gasolinera o en un merendero. Hasta el mismo infierno terminará por estar sometido a este tipo de evaluaciones. ¿Entran en esta alucinante valoración -que tú no has pedido- las nubes que observaste, las ideas que escuchaste, la compañía en la que estuviste, la brisa que corría y el graznido de los tres gansos? ¡Oh, tiempos de peste! 

Félix Pequeño

Recomiendo las Lecciones sobre el desarrollo de la matemática en el siglo XIX, de Félix Klein (1849-1925). Este señor era matemático de profesión. Como matemático no puedo juzgarle, pero como escritor es espléndido. Qué amenos sus retratos de los matemáticos, qué observaciones tan interesantes, qué psicología para entender las rarezas de algunos de estos genios, qué sentido histórico. La sensibilidad artística no abunda entre los matemáticos. Un matemático francés, después de ver una tragedia de Racine, dijo encojiéndose de hombros: "¿y esto qué prueba?" (Diderot cuenta esta anécdota a su amiga Sophie Volland y le responde: "pues que eres un pedazo de alcornoque"). Hay una anécdota parecida con el poeta Tennyson y el matemático Babbage. El que esté interesado puede buscarla en internet, es muy graciosa.
          Pues bien, el gran Félix Klein dice esto de Gauss:
"El fenómeno que aquí nos topamos no es caso aislado en el quehacer de Gauss, quien a menudo dejó inéditos sus más hermosos logros. ¿Qué puede haber ocasionado esta rara detención cerca de la meta? Quizás haya que buscar la razón en una cierta hipocondría que es patente le asaltaba a veces en medio de sus trabajos más afortunados. Testimonio peculiar de tales estados de ánimo se encuentra por ejemplo en las anotaciones a los trabajos sobre funciones elípticas entre 1807 y 1810. Ahí aparece de repente entre anotaciones puramente científicas, escrito cuidadosamente con lápiz prefiero la muerte a esta vida. Acaso hay que buscar el motivo de tales estados de ánimo en las circunstancias externas, sumamente tristes, en que a la sazón se encontraba. (...) Vivía en una casa mísera de la Turmstrasse... sus allegados, sobre todo su familia, no mostraban la menor comprensión por su trabajo titánico, en apariencia sin utilidad y meta alguna, que le apartaba de cualquier otro interés sin traerle ningún éxito externo. Se le hacían amargos reproches, y había quienes dudaban de que estuviera en su sano juicio"
                 Hay un episodio del matemático Dirichlet, que estaba casado con una hermana del compositor Mendelssohn que me recuerda automáticamente el cuento de Chéjov "La cigarra": una mujer joven y hermosa se rodea de la brillante sociedad de pintores y artistas y desprecia en secreto a su marido, médico de profesión. El hombre no destaca en las conversaciones, es taciturno, parece bobo. Al final el marido enferma de difteria y muere. Entonces su esposa descubre -demasiado tarde- que era una eminencia. Estaba casada con un gran hombre y no lo sabía. A Dirichlet le pasaba algo parecido, dice Klein:
         "la casa de los Mendelssohn en Berlín, ..., era el centro más brillante de reunión social, la señora Dirichlet supo también reunir en torno suyo durante su breve estancia en Gotinga a todas las mentes con intereses científicos y artísticos en una sociedad muy frecuentada. Se cuenta que en todas las celebraciones que tenían lugar en su casa, Dirichlet tomaba parte modesta y retraídamente. Acaso el tipo de inteligencia deslumbrante que le rodeaba, el oleaje de espumas infinitamente breves, no cuadraba del todo con la mar de fondo que agitaba la suya"
         En este libro también aparece el retrato de Niels Henrik Abel, matemático noruego. Se podría decir que es el Keats de las matemáticas. Murió de tuberculosis a los 26 años, acosado por la pobreza. Para remachar la mala suerte de este muchacho genial: días después de su muerte le llegó la invitación para ocupar un puesto de profesor en Berlín, lo que hubiera resuelto su vida. Acerca del monumento que se erigió a Abel en Oslo dice Klein:
          "A este matemático bendecido por Dios habría que erigirle un monumento como el de Mozart en Viena: un hombre llano y de aspecto en absoluto llamativo está ahí escuchando atento, rodeado por delicados genios que se ciernen a su alrededor y le traen como en un juego sus dones de otro mundo. No puedo privarme de recordar con esta ocasión el monumento totalmente distinto que se erigió en Cristiania (antigua Oslo) en memoria de Abel y que por fuerza decepcionará a cualquiera que conozca su natural. Sobre un bloque de granito que se alza a pico, un atleta juvenil como un héroe de Byron avanza hacia las alturas sobre las grises figuras de dos víctimas. En todo caso, si es que uno puede aún figurarse a tal héroe como símbolo del espíritu humano, se preguntará en vano por el significado profundo de esos dos monstruos vencidos. ¿Serán eso las ecuaciones de quinto grado y las funciones elípticas? ¿O las amarguras y preocupaciones de la vida cotidiana?"
           Hablando de Cauchy, que era reaccionario, clerical y un gran matemático dice Klein:
 "El ejemplo de Cauchy nos indica que en nuestra ciencia también cabe el tipo de actitud ideológica diametralmente opuesto. En lo que este hombre tampoco es un fenómeno aislado; más adelante encuentra compañeros de ideología en Hermite, Jordan o Pasteur, asimismo de tendencia rigurosamente clerical. Frente a ellos, Faraday o Riemann representan una ingenua piedad protestante en modo alguno estorbada por el elevado desarrollo intelectual.... Gauss, quien por fuerza ha de interesarnos en este contexto, era en lo que toca a su persona igualmente de una religiosidad sencilla y honda; en lo externo deseaba "un régimen ordenado que le garantizara tranquilidad para su trabajo"... Este breve panorama confirma lo que toda observación del ser humano enseña, que las dotes intelectuales no son decisivas en cuanto a la manera de ver el mundo"
           Y termino esta larga entrada con el retrato que Klein hace de Riemann, el matemático que, entre otros logros, imaginó la geometría que sirve de fundamento a la Teoría de la Relatividad General de Einstein:
"De apariencia asustadiza y nada desenvuelto, el joven profesor a quien miramos como a un santo los que hemos nacido después tuvo que tragarse más de una pulla de sus colegas. A menudo sufría una tristeza que a veces se crecía en genuinos ataques de melancolía. ... Retraído del mundo circundante Riemann vivió en silencio su propia vida, incomparablemente rica. Es una disposición caracterial típica del genio la que encontramos en Riemann: hacia fuera, un pacífico tipo raro, lleno de fuerza e ímpetu por dentro"
           En fin, estas Lecciones sobre el desarrollo de la matemática en el siglo XIX son una maravilla y la traducción de José Luis Arántegui, excelente.

Errar no es angélico

Hubiera hecho muy bien Schopenhauer si eliminara, pues le deja como un ignorante, el capítulo dedicado a la materia de El mundo como voluntad y representación. Dicho brevemente: es una serie de burradas de principio a fin. Por ejemplo, Schopenhauer defiende la teoría de la generación espontánea: "De ahí que, a consecuencia de ciertas enfermedades o caquexias se den las condiciones vitales de los epizoarios y, según la proporción de las mismas, surjan por sí mismos y sin huevo piojos (del cuero cabelludo, del pubis o del cuerpo), por compleja que pueda ser la estructura de estos insectos, pues la putrefacción de un cuerpo animal vivo da material para estas complejas producciones, al igual que el heno en el agua aporta infusorios. ¿O acaso se prefiere que los huevos de los epizoarios floten en el aire? (¡Qué pensamiento tan horripilante!)"
            Eso por lo que defiende. Ahora por lo que ataca: la teoría de los átomos. Dice: "Esta hipótesis de trémulos de átomos etéreos no sólo es una quimera, sino que iguala en torpe rusticidad a las peores ocurrencias de Demócrito; pero es bastante desvergonzado darla hoy en día como cosa hecha, consiguiendo que miles de escritorzuelos estúpidos, etc"
             Leer su "obra magna", como él la llamaba, me está causando decepción. No conocía este capítulo, por ejemplo. No hay estupidez que no haya sido defendida por algún filósofo. Así que Schopenhauer también metía la pata... ¡y de qué forma! Lo considero un aficionado a la filosofía, pero no un filósofo. Es que leyendo las barbaridades citadas no se le puede tomar en serio. Repite la misma idea una y otra vez, con distintas palabras. Tiene mucho talento para las comparaciones y los símiles y un estilo muy elocuente. Es colérico y despectivo (cuando ataca a Hegel parece un caniche ladrando a un león), pero en cambio manifiesta una perruna devoción por Goethe, al que cita montones de veces.
             Para mí Schopenhauer es un outsider, un tipo raro que se creyó en posesión de la verdad absoluta. Nulo como filósofo, pero gran escritor. Si llegué a admirarle era porque no le conocía. 

Saber es poder

De Byron son esas palabras: "sorrow is knowledge" que remiten al viejo Eclesiastés, "el que aumenta la ciencia, aumenta el dolor". Francis Bacon dijo que "saber es poder".
He comprobado con la experiencia que detrás de casi todas las vivencias humanas (ignoro hasta dónde llega ese "casi") se esconde la decepción o un lado oscuro. Hay una seriedad en la vida que aumenta con la edad como una sombra se alarga al atardecer. Como el médico que calla un mal pronóstico para no lastimar al enfermo o como el sociólogo que pasea por un suburbio y conoce la miseria fatal de sus habitantes; las frías estadísticas del fracaso escolar, de la esperanza de vida más corta. En otros tiempos serían los generales del Estado Mayor que sabían que enviaban a la muerte a sus soldados en algún ataque insensato. El pueblo llano es un rebaño que se gobierna mejor si se le mantiene en la ignorancia. No vivimos en una época ilustrada. ¿Existió alguna vez? Me temo que no. Será un ideal inalcanzable.
El consuelo de los perdedores de esta vida es el poder igualatorio de la muerte, lo fútil de las grandezas humanas, la insignificancia de nuestro conocimiento si se compara con el misterio de nuestra existencia. Pero no es igual defenderse a pedradas que fabricar una bomba atómica. Unos pocos, los happy few, están en la cubierta de la galera sujetando el timón, marcando el rumbo, observando el camino de las estrellas: el resto, la mayoría, reman día y noche, maldiciendo en la oscuridad, sin conocer más que el trabajo de mover el remo.
Seguramente hay científicos que conocen ya que la catástrofe ecológica es irreversible e inminente. Y bien, la especie humana es un animal más, tan extinguible como los dinosaurios. Quien sabe observa desde arriba: como aquel personaje de El tercer hombre que veía hormigas afanosas desde las alturas de la noria del Prater de Viena.
La vida es el camino que se recorre entre dos novelas: de las Grandes esperanzas de Dickens a las Ilusiones perdidas de Balzac.

Reconocer

En una librería coincidió con una mujer cuya cara le sonaba. Había ruido alrededor, agitación, pero se distrajo un momento de la distracción y trató de recordar de dónde conocía a aquella mujer (la señora estaba buscando un libro, parece que para hacer un regalo). Buscó en su memoria y finalmente supo de qué la conocía.  Uno se queda incómodo si no logra recordar de qué conoce a una persona.
         Todo es un baile de átomos en el vacío del olvido. Nuestra memoria es un hilo frágil, la mente lúcida da coherencia al caos. ¿Llegará el día en que le pongan un espejo delante y tenga que esforzarse igual?

No salgo de mi asombro

Oigo el chirrido de los vencejos: lo único alegre que hay en este mundo de locos en el que vivimos. El confinamiento, el uso obligatorio de las mascarillas (no se discute aquí la necesidad de esas medidas) nos está alterando notablemente. Es evidente, se objetará. Una guerra (la caída en un estado de naturaleza, creo que diría Hobbes) nos convierte en criminales o en víctimas de crímenes. Quizá sean figuraciones mías, pero me parece escuchar el grito habitual en los naufragios: "¡sálvese quien pueda!" Cierto es que hay individuos que no atienden a esa llamada de pánico ni se dejan embrutecer. Goya, precioso, ven a pintar nuestra romería de San Isidro.
    Cuesta mantener el equilibrio mental y la cabeza clara. Vivimos en un mundo muy extraño. No me sorprende lo malo que nos está ocurriendo y, sin embargo, no salgo de mi asombro. Yo, que tendría que estar curado de espantos (de los espantos uno no se cura). No entiendo nada. Estoy perplejo. Mantengamos la calma.

Tiempos oscuros

Soporta y renuncia, decían los estoicos. 
Si tienes éxito tendrás amigos. Si te golpea la desgracia te quedarás solo. 
Nadie escarmienta en cabeza ajena.
A quien tiene se le dará, al que no tiene, aún lo poco que tiene se le quitará.
A nadie tendría que sorprender la ruina de un hombre, en los más afortunados esa ruina se llama vejez. Es decir, nadie se libra. Y el colmo de la miseria: la muerte. Para qué poseer nada si todo lo que tienes lo dejarás aquí, a saber en qué manos. Todo lo que tenemos se nos ha dado prestado por muy poco tiempo.
Y mientras desgranas estas perlas de sabiduría la pobreza aumenta y la pandemia entristece la vida. 
Hay que conformarse con la piscina municipal. El virus nos ha bajado los humos. Si son tan amables, dejen de anunciarnos ese vulgar paraíso de la satisfacción consumista. 
"Vivimos tiempos oscuros", dijo alguien. Qué original.

Moralistas

Este mundo es tan calamitoso que, de vez en cuando, hay que ser frívolo. Una persona permanentemente seria se parece más a un burro que a Séneca. Sí, vayamos de tiendas, compremos esa camiseta que nos gusta, esos zapatos que nos quedan bien. Al ermitaño le sienta bien, de tarde en tarde, una excursión por el consumo y la frivolidad. Es verdad: somos polvo y ceniza. Pero qué camiseta tan chula, ¡la quiero! ¿Y los niños de Somalia? ¿Y las ballenas? Salvemos a las abejas, a los delfines. Darfur. La guerra de Siria. Las pateras... Ahora déjame un poco en paz, conciencia pedante, alguien te enseñó mal. 
     Dedicado a sermoneadores, hipócritas y moralistas de todo pelaje. Esos que juegan con una idea, su idea, y pretenden inculcarla en los prójimos. Solemnes y moralistas, exigen que se les tome en serio y se les siga, como hicieron las ratas con el flautista.

Mascarillas

La muchedumbre es hermética: en la calle la gente no tiene expresión, al menos para una mirada distraída, que es la mirada de la gente. Sin corazón, sin emociones, robotizados, movimientos mecánicos: los semáforos, p. ej. En esto hay un automatismo terrible que es un rasgo de la modernidad. En las calles de nuestras ciudades el hombre está ausente. (Este enunciado no es ninguna novedad, basta leer algo a Musil). No lo estuvo en el pasado, creo: el ágora, el foro, la era de los pueblos. ¿Dónde encontramos hoy a tan paradójico ente? En el mundo virtual que él mismo ha creado. No nos deshumaniza un gato, ni un árbol, ni una tormenta: lo único que nos deshumaniza es el mismo hombre. Y se le da muy bien, por cierto. Hombre, humano, deshumanizar: quizá sean conceptos modernos, invenciones. El "hombre", sostenía Foucault, es una invención. Mientras escribía esto tuve que cortar la llamada a una mujer (trabajadora inocente aunque molesta) que quería "mejorar el precio de mi seguro" Esto nos ha pasado a todos muchas veces, pues el móvil es un imán y el dinero otro mayor. 
     ¿Nos ha mejorado la pandemia?, anda en el aire esta curiosa pregunta. Una escritora responde a la cuestión del periodista "Tras la experiencia vivida, ¿hemos cambiado? ¿Nos hemos convertido en mejores personas?" lo siguiente: "Hemos adquirido una sensibilidad distinta (...) La idea de que lo que nos salva es ayudarnos los unos a los otros." Pues bien, esto es música celestial; es completamente falso.
       Las mascarillas (necesarias, eso no se discute) han hecho aún más hermética a la muchedumbre. Es una visión tétrica, qué le vamos a hacer. Estamos como locos por escapar a la montaña, al campo, a la costa, al pueblo (anywhere out of the world, decía Baudelaire); como locos por poner tierra por medio entre nosotros y nuestros seres queridos por un lado y la multitud pestífera por otra.

Envidia

Vivo en un sexto piso: "qué suerte tiene el vecino del séptimo que vive más alto que yo. Y aún más afortunado el que vive en el divino octavo, con esa terraza que sólo puedo adivinar. Seguro que tiene telescopio".  
         -En el primer piso también vive gente. ¿No ves el primer piso? 
        -¿Eh?

Mañanas de domingo

Paso caminando al lado de unas terrazas, en la hora del vermuth o vermú o como se escriba. Mañana de domingo en un barrio de clase trabajadora: hay familias en las mesas, niños. En este momento todo es lujo, calma y voluptuosidad. Parece incluso que la vida es bella (ahora lo es). Estas dos horas de tertulia son lo mejor que puede ofrecer la vida a esta gente: el pueblo, la clase obrera o como se quiera llamar. Éstos por los que dice pelear la izquierda (yo no me fiaría nada) y a los quiere exprimir hasta el tuétano la derecha. Ellos no dirigen empresas, no son altos cargos, no tienen doctorados, ni estudios, ni prestigio. Son vidas oscuras. Nuestras vidas son los ríos... En las televisiones: fútbol o el deporte que toque. También tocan a misa, pero van muy pocos. Me da algo de pena Dios: se ha quedado sin fieles. Qué espejismo. Qué ilusión. El sol parece detenido (en realidad va a toda velocidad). Darán las tres de la tarde, quedarán desiertas las terrazas, pasará la tarde del día festivo. Y el lunes regresará para borrarles la sonrisa.

Cabo de Gata

Es noticia que se ha concedido permiso para habilitar un cortijo como hotel muy cerca de la playa de los genoveses, en el parque natural del cabo de Gata. Esto me hace recordar unos días de noviembre del 2009. En aquel mes del año las playas estaban desiertas, el hotel desierto, las carreteras sin tráfico. El paisaje volcánico era fascinante, como el azul profundo del cielo. Tenía aquel lugar un halo de misterio y de encanto. En una vuelta de la carretera vimos a una pareja que lloraba alguna muerte reciente. Ahora, en el recuerdo, la melancolía es mucho mayor, por el tiempo transcurrido y sobre todo por mi compañera. Nos gustó mucho aquel viaje. Fuimos allí muy felices. Toda aquella belleza intemporal para nosotros dos, en el amor correspondido. Con la historia de la pandemia los que aún estamos vivos andamos como locos por escapar, escapar, escapar a un sitio como el cabo de Gata. Pero si todos deseamos lo mismo (huir de las ratoneras de las grandes ciudades) no habrá lugar que se salve. 
     A mí me da igual no volver a disfrutar de aquello: ya he tenido mi parte de felicidad.

Mandan los burros

Si quieres que un burro asome las orejas, hazle escribir. Hay jefes analfabetos (parece que la condición principal para ser jefe, jefecillo, pequeño tirano, reyezuelo o gallo de un sucio corral, es la de ser ignorante, persona estúpida, con la sensibilidad de una piedra). Va uno y escribe a sus subordinados: "Mirar como van las ventas. Esto no puede seguir así." Burro, no destroces el español, usa bien la lengua que mamaste. No se dice "mirar" sino "mirad", que es imperativo: el modo verbal que mejor conoces. 
       Estos asnos microscópicos -¡hay tantos!- se pasean ufanos por su establo, ignorantes y desvergonzados como políticos.

Unos versos de Randall Jarrell

        Pain comes from the darkness
And we call it wisdom. It is pain.

Guitarra

Del salón en el ángulo oscuro... pero no es del salón, sino del dormitorio. Al regresar del trabajo el hombre vio impresa la forma de la guitarra en la manta de la cama. La asistenta la había colocado allí y volvió a ponerla en el rincón. La guitarra lleva años sin tocarse, silenciosa y cubierta de polvo. Conoció días mejores esa guitarra: días de alegría, de canciones juveniles. El hombre recuerda. Sirvió como motivo para un cuadro "Composición en rojo con guitarra" de alguien que ya no está. Ahora una mujer extranjera, que empujada por la necesidad limpia en casas ajenas de un país extraño, aparta esa guitarra en un vacío apartamento. 

Algas

En aquella playa, desierta en pleno junio, en la que ya estuviste unas tres veces -¡tres veces ya!- desde que comenzó tu época de ermitaño había grandes montones de algas. Aquí le llaman "ocle"a un tipo de alga roja que en tiempos se recogía y se usaba como abono. Unos días antes hubo una galerna y la fuerza del mar arrancó a las algas de las rocas: "esto pasa una vez cada diez años, me dijo un lugareño, es rarísimo que pase en junio". Las algas, que formaban una alfombra mullida, un colchón sobre la arena, serán recogidas de nuevo por el mar, arrastradas por las corrientes y servirán de alimento a los peces. "La naturaleza es sabia" me dijo el lugareño. Los habitantes de la ciudad, pensé, no perciben esas dinámicas, así que esa viejísima frase no tiene sentido para ellos. 
Caminar entre las algas fue regresar a mi lejana, cada vez más lejana, época de estudiante de botánica. Es curiosa la memoria; afloró al recuerdo un festival de nombres científicos que creía olvidados: Gelidium sesquipedale, Laminaria ochroleuca, Fucus vesiculosus, Chondrus crispus, Ulva lactuca (la lechuga de mar). Esas algas, verdes, rosadas, pardas, formaban un manto polícromo que tenía armonía, los colores no desentonaban (la naturaleza es sabia). Podrían ser un cuadro abstracto.

Lecturas del confinamiento

Ahora que están de moda los diarios del confinamiento aproveché este encierro no para escribir sino para leer. Por culpa de la pandemia (iba a decir "gracias" pero no es apropiado) pude dedicar ese divino ocio a larguísimas jornadas, sesiones maratonianas, verdaderamente locas, de apasionada y obsesiva lectura. 
Pude cumplir el sueño de leer íntegra la "Historia de la decadencia y ruina del imperio romano" de Gibbon. Había dejado la lectura interrumpida en marzo del 2014. Cuando terminé el libro, lo leí en la edición original inglesa con notas del eruditísimo Gibbon (tan importantes como el texto principal), me emocioné. Son 3000 páginas de historia de Occidente y Bizancio. Es un libro inmenso. Se puede resumir en una célebre frase del final: "I have described the triumph of barbarism and religion"
Otro libro que leí con pasión: "Los novios" de Manzoni; la novela italiana que tienen que leer por obligación los chicos italianos en la escuela. Resultado: la acaban aborreciendo. El final de la novela se sitúa en la peste que devasta la región de Milán, creo que en el año 1624, no recuerdo bien. Manzoni tiene páginas sublimes, inmortales, sobre los estragos de esa epidemia que ocasionaron los soldados alemanes al cruzar el Milanesado. 
Y finalmente otra maravilla: los libros de la "Historia de Roma" de Tito Livio sobre la segunda guerra púnica, libros XXI-XXX, la tercera década, en la edición de Alianza Editorial, que ofrece una traducción que, sin saber latín, me parece excelente. En la primera péntada brilla el astro de Aníbal, el terror de Roma. En la segunda mitad palidece la estrella del tremendo general cartaginés y se levanta el sol de Escipión Africano. Tito Livio es un autor inmenso, de una profundidad y un rigor pasmosos. 
Cuando escuché por primera vez, creo que fue en diciembre o enero, las vagas noticias de una extraña epidemia en una ciudad de China no podía imaginar que esa calamidad iba a permitirme leer estos libros maravillosos. Para mí la lectura es la mejor y más civilizada manera de pasar el tiempo. Es un pasatiempo de solitarios y yo lo soy, qué le vamos a hacer, por naturaleza y destino.

Tormenta

A la hora de los aplausos los vecinos salimos a la ventana. Algunos hacen señales con la luz de sus móviles, trazando un arco. Pocos metros de distancia nos separan, sin embargo dan la impresión de estar remotos. Qué sensación tan extraña. Parecen las señales que unos barcos se dan a otros en medio de la tormenta. 

Una cita de Freud

Volvamos, entonces, sobre uno de los supuestos que hemos insertado, con la esperanza de poder refutarlo enteramente. Hemos edificado ulteriores conclusiones sobre la premisa de que todo ser vivo tiene que morir por causas internas. Si adoptamos este supuesto tan al descuido, fue porque no nos pareció tal. Estamos habituados a pensar así, y nuestros poetas nos corroboran en ello. Quizá nos indujo a esto la consolación implícita en esa creencia. Si uno mismo está destinado a morir y antes debe perder por la muerte a sus seres más queridos, preferirá estar sometido a una ley natural incontrastable, la sublime Ἀνάγκη {Necesidad}, y no a una contingencia que tal vez habría podido evitarse. Pero esta creencia en la legalidad interna del morir acaso no sea sino una de las ilusiones que hemos engendrado para «soportar las penas de la existencia»

Sigmund Freud, "Más allá del Principio del Placer" 1920

Explosión

En estos momentos en los que la peste siega vidas cada vez con más violencia me parece que estoy soñando una pesadilla colectiva.

Un necio

Cualquier persona mínimamente cabal comprende la cuarentena y acepta con resignación las molestias que ocasiona no salir de casa para evitar la expansión de la epidemia. Pero no todos son así. Hay quien se burla de los que llevan mascarilla y los toma por cobardes. En circunstancias normales un necio es una molestia. Pero en un pandemia un necio es un peligro.