Museo

Se le coge cariño a los museos. El de Bellas Artes de Asturias, en Oviedo, es estupendo. Uno de esos museos provincianos bien surtidos y muy tranquilos, donde todavía puede uno quedarse largo rato contemplando un cuadro en una sala vacía. La gente no agobia. Para mirar un cuadro se necesita calma, creo yo. No hace mucho me detuve un momento frente al cuadro de Eduardo Arroyo "Toda la ciudad habla de ello" . Un cuadro de grandes dimensiones. Es una escena nocturna, con una especie de gánster enano en primer plano, mirando al frente. Pensé en las superficies lisas del cuadro, en el dibujo de las caras. Cuando volví de la visita me enteré de que su autor había muerto ese mismo día unas dos horas antes de que yo mirara su cuadro. Los hombres pasan, pero las obras quedan. Si vamos más lejos también las obras perecerán, pero, en todo caso, duran más que sus creadores. Me conforta mirar pinturas antiguas, esas pinturas cuya mano ha desaparecido hace mucho tiempo. Paisajes, retratos, bodegones. En todo buen cuadro o escultura permanece una vibración que el tiempo no puede consumir. No importa que el artista sea poco conocido (no es Goya o Velázquez). Hay obras de gran mérito que no gozan de reputación ni prestigio. Son obras olvidadas y quizá por eso tengan más encanto. En este museo de Bellas Artes de Asturias hay muchas así, de pintores o escultores regionales del XVIII, del XIX y del XX. Ciertamente, prefiero ver tranquilo un buen cuadro de autor desconocido en este museo provinciano que hacer cola de cinco horas en el Louvre para ver de refilón, a distancia, entre empujones y ruido, a la Gioconda. La masificación echa a perder la intimidad que se requiere para admirarla.

Los cuentos de Kleist

E.T.A. Hoffmann escribió historias de fantasmas, dobles, diablos y demás criaturas fantásticas (o no tanto). Es sabido que Freud se inspiró en uno de sus cuentos para acuñar ese término alemán -das Unheimliche- que designa "lo siniestro". Hoffmann escribió envuelto en la nube de alcohol que necesitaba para escribir y que acabó matándolo antes de los 50 años. Para los hispanohablantes la literatura alemana es Goethe, Schiller o Thomas Mann. Fuera de Alemania están los austrohúngaros: Zweig, Joseph Roth, Kafka, Musil, Broch... y luego Bernhard o Handke. Si pensamos en autores de lengua alemana solemos irnos a los filósofos: Kant, Fichte, Hegel, Schopenhauer, Nietzsche, Wittgenstein o Heidegger. Si hablamos de poetas nos vienen a la memoria Novalis, Eichendorff, Heine, Hölderlin, Rilke. Hay otros (muy buenos) y menos conocidos como Mörike. Están, naturalmente, los expresionistas: Trakl, Heym, Benn, Ehrenstein, Stadler. Y ahora advierto que no he citado a mujeres (qué descuido): Droste-Hülshoff, Lasker-Schüler, Ingeborg Bachmann. 
      Quizá en esta enumeración de autores no echemos en falta un nombre que es fundamental: Heinrich von Kleist (otro genio muy poco conocido para nosotros es Georg Büchner, pero merece capítulo aparte). Kleist vivió en la época de la madurez de Goethe cuando aquel era un joven escritor que aspiraba a la gloria. Kleist no es ni clásico ni romántico, es un caso excepcional. Este autor de dramas y cuentos perfectos vivió entre 1777 y 1811. Acabó mal, como muchos de los citados: su suicidio en un parque de Berlín fue legendario. Durante un tiempo estuvo buscando una "todesgefährtin", una compañera en la muerte, y lo propuso a varias mujeres, que sensatamente rechazaron. Hasta que encontró a una mujer desahuciada de cáncer, Henriette Vogel, que aceptó. Primero le disparó a ella en el pecho, luego él se pegó un tiro en la boca. Por ese suceso y no por su obra literaria fue conocido de sus contemporáneos. Kleist tiene un lugar de honor en la literatura alemana. Sus dramas eran tan violentos que causaron repulsión en el viejo Goethe. Sencillamente no lo comprendió o no quiso comprenderlo. Este nuevo fracaso laceró a Kleist, su vida es una serie ininterrumpida de calamidades, hasta que dijo "basta". Conocí a Kleist por una cita de Cioran (mal asunto). Dejando de lado sus dramas, sus cuentos están escritos en una prosa perfecta, son joyas de un estilo inigualable. Para Marcel Reich-Ranicki es el mejor estilista de la lengua alemana. Kafka no se cansaba de leer su "Michael Kohlhaas" era uno de sus relatos preferidos. La literatura parte de una falta, no hay escritores felices, el acto de escribir es una rebelión contra el mundo. Kleist fue un atormentado. Incurable inadaptado, no encajó nunca en este planeta. Pero dejó esos cuentos, no muy largos, que son un grito contra la injusticia radical de la existencia. ¿Qué tienen en común sus historias? Sus protagonistas son personas buenas, inocentes, a los que las circunstancias empujan al crimen, a la deshonra, a la muerte violenta. Un suceso fortuito, una desgracia, una injusticia, desencadenan el mecanismo fatal. En el relato "El hijo adoptivo" un honrado comerciante italiano, de viaje a Ragusa, encuentra un muchacho enfermo de peste al que adopta. El chico contagia a su hijo natural, que muere. El muchacho será con el tiempo la causa de su ruina: lo mata por intentar seducir a su madre adoptiva. En el patíbulo Antonio Piachi se niega a arrepentirse (¿recuerdan al extranjero de Camus?) y grita que quiere ir al infierno para encontrar a ese monstruo y rematar su venganza. Hacia el final de este cuento, por cierto, hay una frase calcada del "Werther" de Goethe: "no lo acompañó ningún sacerdote". En otro de sus cuentos "El terremoto de Chile" a la ruina de la catástrofe natural se une el destino trágico de una pareja de amantes. En una escena el villano "maestro Pedrillo" estrella contra la pilastra de una iglesia al bebé de don Fernando y le revienta la cabeza. Esto delante de su padre. ¿Nos parece morboso? Nada es caprichoso, ni gratuito en estas desgracias, crueldades y excesos.
     Gran paradoja: Kleist muestra con un arte insuperable, con una prosa extremadamente precisa, compacta y bella, la fatalidad.

Lluvia de cuerpos

Vasto es el cielo. Del cielo comenzaron a caer cuerpos humanos. Primero unas gotas, luego la lluvia se intensificó. Caían cuerpos de niños, de jóvenes, de adultos y ancianos. Reventaban contra el suelo. Se esparcían los sesos, los intestinos, la sangre. Caían sobre la acera, sobre el asfalto, sobre los coches, sobre algunos transeúntes. Al principio hubo un asombro. Luego la gente dejó de sorprenderse y continuó como si nada. 

El extranjero

Si no me equivoco éste fue el libro que hizo célebre al joven Albert Camus. A los franceses de la metrópoli debió de resultarles muy chocante este relato que se desarrolla en Argelia, su colonia, y donde un francés (pied noir) relata en primera persona, monótonamente, la historia de su desgracia. Hace años que la leí y hace unos días volví a leerla. Es fresca, mantiene su potencia, me gustó mucho. Como es sabido forma parte de la trilogía que Camus preparó sobre el "absurdo". En un momento dado Meursault dice de sí mismo que no tiene imaginación, sin embargo no deja de asombrarnos la imaginación del joven Camus (debía de tener unos 27 años cuando la escribió). Su imaginación y su madurez. Entonces, cuando había pena de muerte, y el instrumento fatal era la guillotina: una guillotina que estaba a ras de suelo, no sobre un cadalso; una guillotina escondida en los muros de una cárcel. ¿Por qué mata Meursault al árabe en la playa? Es sincero cuando dice que no lo sabe: hacía mucho calor, fue el azar. Se encoge de hombros. Una serie de circunstancias fútiles llevan a un hombre a quitarle la vida a otro, y con eso el homicida se condena a muerte (o mejor dicho, "en nombre del pueblo francés" será ejecutado). Meursault es un hombre desarraigado, apático; narra su vida y su desgracia como si no fueran con él. Le daba igual casarse con María, la muerte de su madre no le hizo llorar.  Hasta que estalla al final del relato ante el capellán que viene a ofrecerle los "auxilios espirituales". A Meursault esto le parece ya el colmo, por una vez tiene un arranque de pasión (no la tenía cuando disparó los cuatro tiros) y protesta. Si no me equivoco la novelita se publicó en 1942, en plena guerra mundial. Un relato exótico para los europeos, pero que señala los rasgos esenciales del hombre moderno. Ya no podemos contar con Dios, la vida no tiene sentido. Da lo mismo. Bostezo. Monotonía de la naturaleza. Una vida mecánica, un proceso mecánico, una muerte mecánica. Ay, el absurdo y Camus. ¿Cómo no pensar en su trágica muerte? Qué triste y coherente final para un hombre que sintió como pocos la estupidez y la grandeza de nuestra "condición humana" (que diría Malraux). Visité su tumba en Lourmarin, un precioso pueblo de Provenza donde se había instalado. En la piedra su nombre era casi ilegible. No había nadie. El cielo estaba despejado aquella tarde.
    ¿Qué lector de nuestro tiempo no se siente reflejado en ese pobre hombre que espera en una cárcel argelina, bajo un sol cegador, la llegada del verdugo?

Cinco horas con Mario

Como tantas veces sucede leí este libro por azar. Entré en una librería de viejo y el libro me escogió. Edición de bolsillo, editorial Destino: "Cinco horas con Mario". Todos conocemos ese título, nos suena por la adaptación teatral. Lo compré por cuatro euros. En tres días lo leí. De Delibes apenas había leído nada, hace muchos años "El camino". Soy un ignorante delibesiano. Veo que el libro se publicó en 1966, en la España franquista. Quién iba a decirme a estas alturas que tendría un descubrimiento: el monólogo de Carmen ante el ataúd de su marido, muerto repentinamente a los 49 años, me capturó desde las primeras frases. Basta un libro para sostener a un escritor. Quedo asombrado por la penetración psicológica del autor, qué bien conoce el alma femenina, y qué retrato tremendo hace de la España de su tiempo, del asfixiante medio social en que viven sus personajes. Delibes es realista, salvo la escena en que a Menchu se le cae el diente postizo en la piscina (que parece un rasgo onírico) todo es inteligible. El monólogo de la recién viuda tiene repeticiones, frases que vuelven, calcadas, una y otra vez. No es lo que dice solamente sino la forma de decirlo, la maestría del lenguaje: eso es lo que hace al escritor. La verborrea de Menchu ante el cadáver de su marido tiene una gran fuerza trágica. Según avanza la lectura nos damos cuenta de que la mujer jamás ha entendido a su marido, que no estaba a su altura, que está llena de prejucios, no tiene ideas propias; al final constatamos que realmente lo quería. La pobre está abrumada por la pérdida de su hombre. Y esa mujer, que nos resultaba cada vez más antipática y tonta, nos despierta al final una profunda piedad y simpatía. Qué más decir: el libro es una maravilla y Delibes un gran, un enorme escritor. ¡Larga vida a don Miguel!

Filantropías gaseosas

Se encuentran casualmente entre los lácteos y la panadería; enfrente del pasillo de la lejía y los productos de limpieza. En ese templo de la abundancia y del recreo del intestino. En ese aquelarre de la sociedad de consumo y el cloroformo. No estamos en Venezuela. -¿Qué hace esta mosca aquí? -Vaya, el que faltaba. Se frotan el hocico. Se tocan con las antenas. Se dan la mano. Sonríen. -Tienes buen color, desgraciado. -Estás cada vez más delgado, da grima verte. Tras diez segundos de diarrea verbal ("sus fórmulas de lorito real" dijo el poeta, "monstruo gris, gris profundo, profundamente oculta sus amores, sus odios...") ya están hartos el uno del otro. La situación es violenta. El que tiene menos vergüenza y más habilidad social simula con una amistosa palmada en el hombro del conocido el manotazo con el que se espanta a una mosca: -vete ya, me molestas. Con esa brusquedad se termina el cordial diálogo, no precisamente platónico. ¿Quién tendrá el orgullo y la franqueza de un Diógenes? Te escupo a la cara porque es lo único sucio que veo. ¡Ah, Chéjov! ¡Ah, humanidad!

Divertirse

Siempre tuvo esta palabra "diversión" un atractivo significado. Divertirse es desviarse, salir por un momento del camino del trabajo, la responsabilidad, los negocios y las cosas serias de la vida. La vida es un asunto serio, finalmente. Hoy nos equivocamos en esta insistencia en la diversión, como si nos tomáramos en broma nuestra navegación terrenal. La vida es trágica y este mundo un valle de lágrimas. Felices aquellos que no lo saben todavía: los niños, los jóvenes, los inexpertos. Afirmar esto no significa negarse a la broma y el juego; el juego es lo más serio del hombre. Huizinga escribió un libro célebre sobre este asunto "Homo ludens" y Schiller, si no me equivoco, insistió en este aspecto importante del juego en sus "Cartas para la educación estética del hombre". Pascal dijo que no había que imaginarse a Platón y Aristóteles como hombres siempre graves, solemnes y serios, vestidos con ropas de pedantes y que cuando se habían "divertido" haciendo sus leyes y políticas lo habían hecho jugando. Que esta era la parte menos filosófica y seria de sus vidas, la más filósofica fue vivir simple y tranquilamente. Si escribieron de política, agregaba, fue como para ordenar un hospital de locos (hôpital de fous). Divertirse es conveniente, pero vivir siempre divirtiéndose (que es a lo que se nos incita constantemente) es un error. ¿Por qué? ¿Será porque somos mortales? ¿Será porque estamos solos al final? "Vive para tí solo, si pudieres/ pues sólo para tí si mueres, mueres" dijo el estoico Quevedo. Bien lo dijo también Antonio Machado: "un golpe de ataúd en tierra es algo/ perfectamente serio"

El ruido y la furia

De todas las novelas que Faulkner escribió "El ruido y la furia" era su novela predilecta. La estoy leyendo estos días. Hoy terminé el tremendo monólogo de Quentin Compson. Estoy seguro de que se me escapan muchísimos detalles. Es una lectura muy difícil, pero apasionante. Gracias a Jorge Ordaz (que señaló, como el excelente lector que es, este detalle en una de las entradas dedicadas al maestro en su blog "Obiter Dicta") reparé en que el pobre muchacho del Sur, abrumado por la vergüenza familiar, se lava los dientes unos minutos antes de suicidarse. A mi entender éste es un rasgo de genio. Cómo es posible que un escritor sea capaz de entrar en la mente de un retrasado mental que va a cumplir 33 años, pero que tiene el intelecto de un niño de 3. Faulkner realiza ese prodigio: el monólogo de Benjy es una página única de la literatura. Yo, al menos, no conozco nada parecido. Aparte de las innovaciones técnicas y la maestría narrativa esta "corriente de conciencia" de un niño blanco de 33 años al que cuidan los negros (de lectura tan exigente como fascinante) demuestra un conocimiento asombroso de la naturaleza humana. Esto, creo yo, es lo que distingue a los genios. Vivimos unos pocos años, somos muy frágiles, la muerte nos acecha, en cualquier momento podemos volver a la nada. Nos mueven las pasiones. De alguna forma Faulkner es todos los hombres. En Faulkner están los mayores sacrificios y villanías; la abnegación, la bondad, la crueldad, la maldad, la mezquindad, la vergüenza, la inocencia, la violencia y la ternura. El amor y el odio. La desesperación y el éxtasis. Faulkner, en esta vida, que es el cuento contado por un idiota, hizo su trabajo: escribir unos cuantos libros asombrosos. Si algo comprendo al leerlo es que nuestra vida tiene una dimensión trágica. Aquellos personajes suyos, esas intrincadas genealogías, los conflictos familiares, los ritmos de la naturaleza, las pasiones humanas; todo ese grandioso mosaico que el maestro desarrolló en aquel condado ficticio del sur de los Estados Unidos, tiene un alcance universal. Ahora no me quito de la cabeza a la familia Compson. Ellos son más reales que la gente que veo por la calle.

Exhumación

Sacar de la tumba a un muerto. Los muertos mueren dos veces: la primera sucede antes del funeral; la segunda es el olvido. Hace 40 años era inimaginable lo que hoy decreta un gobierno: cambian las costumbres, las ideas, las gentes. A nadie escandaliza. Todo viene y pasa. Aquello por lo que mataron y murieron no valía nada, era un poco de viento. Era mentira. Si aquello se ha revelado de tan nulo valor, ¿en qué puedo creer ahora? La vanidad y presunción humanas hace que nos tomemos en serio a nosotros mismos. ¡Pulga universal! ¡Quintaesencia de polvo! ¿Quién era ese Dios al que tanto se invocaba? ¿Dónde está? ¿Por qué no defiende a su defensor? Habitamos un momento en un universo frío, inhumano y hermético. También nosotros (inhumanos) creamos universos fríos y herméticos (la inteligencia artificial, los robots, etc) No existen absolutos. Ni esta aseveración tiene presunción de verdad, puedo equivocarme. No creo en nada, y tampoco creo que crea en nada. Todo es de una infinita vanidad. ¡Lao-Tsé! Inacción. Paradoja. Un hombre en China hace 2500 años ya sabía de qué iba este tinglado. Montoncito de huesos, ¿dónde van a colocarte ahora?

La gula y otros vicios

En la novela inacabada "Almas muertas" de Nikolai Gógol algo que sorprende es lo mucho que comen sus personajes. Uno de ellos se zampa un esturión entero. Ya sabemos que el escritor satírico muestra las debilidades humanas y una de ellas es la gula. Los personajes de Rabelais y Cervantes comen y beben o piensan en comer y beber. Eructos, borborigmos, flatulencias, vómitos, micciones y defecaciones. Si no recuerdo mal Vitelio, emperador de Roma (año 69), era un glotón tan tremendo que producía asco verle. Era capaz de comerse una vaca. A pesar de sus penosas súplicas lo mató la plebe de Roma y tiraron su cadáver a la Cloaca Máxima. En el cine "La gran comilona" de Marco Ferreri narra la historia de cuatro burgueses, hastiados de la vida y de sí mismos, nihilistas, que se reúnen en un palacete de París para comer hasta reventar. Esta película, como "Saló o los 120 días de Sodoma" de Pasolini no es apta para conciencias dignas. Ambas provocaron gran escándalo. Yo las considero altamente (o bajamente) morales, porque nos interpelan, nos sacuden, nos repugnan, son excesivas, intolerables. Nos ponen ante un espejo cuya imagen no soportamos. Y esto me trae a la memoria lo que escribió Baudelaire en "Mi corazón al desnudo": "No comprendo cómo una mano pura puede tocar el periódico sin una convulsión de asco". -"¿Dónde está la virtud? ¿No vivimos en la degradación?" se pregunta una conciencia sensible. Hace falta valor para mirar a la cara nuestra bajeza. "Sade, mi prójimo" tituló uno de sus libros Pierre Klossowski. Pasolini y Ferreri tuvieron el valor de mostrar (de forma exagerada y deliberadamente repugnante) lo que nos empeñamos en ocultar.

Un sueño

Nada extraño, estaban dando un paseo. No era un país en guerra. No había una catástrofe. Monotonía absoluta. Era una tarde de un martes de agosto, muy buena temperatura. El cielo se había despejado. Compraron un helado en un puesto. Ella llevaba pantalones cortos y playeros, tenía tatuajes en un brazo y en un muslo. Se puso las gafas de sol en un semáforo. Nada extraño. El acompañante no parecía poseído por la felicidad, no iba flotando (esto sí que le extrañó). Sus caras no expresaban nada. No se distinguían en nada del resto de la gente. Ella tuvo un golpe hace poco más de un año, una pérdida. (Nunca vemos pasear a los muertos de los que pasean, pero existen y pesan mucho, cada vez menos, hasta que desaparecen). Les adelantó cuando pasaron junto al hombre que tocaba la trompeta. En ese momento podría darse la vuelta, enfrentarlos,  y decir el nombre de ella y sus dos apellidos y el nombre de su pueblo. Los esperó más adelante junto a una fuente. Volvieron a aparecer. Caminaban despacio, ella levantó el brazo como indicando algo y luego tiró la tarrina del helado en una papelera de la plaza. Se acercaban o se alejaban de él según su voluntad. No iban cogidos de la mano, pero horas tiene el día para la intimidad. Iban charlando de cosas banales, aunque no se acercó tanto como para oírles. ¿Qué más? Ella llevaba un bolso amarillo en el brazo derecho. ¿Era el mismo bolso de entonces? No. Y esta vez lo llevaba colgado del hombro, no del codo. Se había teñido de verde un mechón del cabello. ¿Cómo era él? Corpulento, calvo, con barba blanca, camiseta negra, unos diez años mayor. Se perdieron calle abajo, se iban acercando a ese lugar horrible que nadie de los que estaban cerca conocía. Ni ellos tampoco. Les dejó irse, como si dijéramos. ¿Podría adivinar lo que iba pensando cada uno? Eso no. Eran las criaturas del sueño.

Noche serena

Subo de excursión con mi familia al puerto de San Lorenzo (1.327 m). Son las once y media de la noche. Me acompañan mi mujer (con la que no tengo relaciones desde hace meses) y mis dos hijos (la niña de 13 años a la que sorprendí viendo pornografía en el móvil) y el niño de 7 (al que abandono a su suerte frente a la TV durante horas). Mi hogar son gritos, facturas, farsas de reconciliación, ternura torpe, apuros económicos, visitas diarias al centro comercial, vacaciones en la costa, televisión, telediarios, grupos de padres de whatsapp, sonrisas a los vecinos, masturbaciones, comida para perros, facebook, ruido. Para salir de la rutina he llevado a mi mujer y a mis dos hijos al puerto San Lorenzo. Un poco de montaña les vendrá bien, cierto que la hora es poco acostumbrada y mañana es lunes. El cielo está despejado. La bóveda celeste. Le digo a mi hija: "mira, ése es Júpiter". Tengo que abofetearla. Dejamos el coche a dos kilómetros, demasiado lejos para recuperarlo. Vemos pasar aviones continuamente. Empieza a hacer bastante frío. Mi mujer me pregunta a gritos: "¿para qué nos trajiste aquí, imbécil?" Mis hijos se asustan, empiezan a llorar. No volveremos más a casa. No volveremos más a casa. Nos quedaremos los cuatro aquí, juntos, para siempre, lejos del mal, bajo la noche serena.

Otro hilo que se pierde

De vuelta del paseo por esta pequeña ciudad lluviosa reparé en que hace tiempo que no veo por las calles del antiguo a un catedrático emérito de Geografía de la Universidad de Oviedo, el profesor Quirós. Era un hombre barbicano, que llevaba boina, solitario, silencioso, tenía un aire triste. Una vez coincidimos en la barra de una cafetería: se sentó a mi lado, tomó un vino y se fue. Le conocía de vista, nunca le traté ni fue alumno suyo (era una eminencia en Geografía, uno de esos raros sabios del ámbito universitario). ¿Y por qué me llamaba la atención al verlo como me llamó hoy la atención el dejar de verle? Había sido profesor de Carmen cuando ella estudiaba Geografía en la Universidad y llegó a licenciarse. Mediados de los años ochenta. En alguna ocasión me habló de él. La estoy viendo ahora imitando a este hombre socarrón que a Carmen le imponía mucho respeto. Como internet resuelve muchos misterios, escribí su nombre en google, con un pálpito. Si dejamos de ver un tiempo a una persona vieja es muy probable que no volvamos a verla nunca más. Nunca más. Nunca más. Y eso, efectivamente, fue. Vi la noticia de su muerte en los diarios regionales ocurrida hace poco más de un mes. Era un hombre discreto, con cierta fama de huraño. Otro hilo que se pierde en la eternidad. Descanse en paz.

Recapitulación

Hay intelectuales que consideran que internet da oportunidad a cualquier imbécil de manifestar sus opiniones o escribir sus mamarrachadas. Una de las posibilidades que tiene cualquier imbécil es la muy sabrosa de llevar un blog (que parece que está en declive, frente a formas más atractivas como facebook o twitter). Y aquí me miro el ombligo y veo que este blog comenzó en el 2012 y que a lo tonto a lo tonto lleva seis años. Esperaba, cuando comencé, que con el tiempo me daría alguien una ínsula o un condado, en premio de mis valiosas contribuciones a la cultura. Toma, me dije, pues no es fácil la cosa: me pongo a hablar de algún poeta alemán, cito a Baudelaire, opino sobre algún suceso de actualidad, denuncio a Putin, me burlo de Trump, acreciento la fama de algún poeta amigo copiando un poema suyo, traduzco algún texto del alemán o el francés y me veré en un santiamén convertido en una figura de la talla de Umberto Eco, Fernando Savater o el mismo Borges, cargado de prestigio, acrecentada mi fama y apartando a los admirados lectores como si fueran moscas. Esto era cuando se me ocurrió la bendita idea de abrir un blog. Como el que no se consuela es porque no quiere me digo a mí mismo que tengo muy pocos lectores, pero que qué buenos son. Y si dejan comentarios (sobre todo si son anónimos) doy palmas de alegría.
     Y digo, declaro y certifico, a ese puñado de lectores míos, que "El Quijote" -que estoy leyendo estos días- es el mejor libro de cuantos se han escrito. Y que el que quiera leerlo que lo lea, y el que no que no lo haga, que nadie tiene obligación pero eso que se pierde y más estando escrito en la lengua que mamamos con la leche que nos dieron. Y que Dios os dé salud y a mí no olvide. Vale.

Rasgos fundamentales de nuestra época

Muy pretencioso sería uno si se figurara resolver un problema tan arduo como el de señalar los rasgos fundamentales del tiempo presente. Que los tiene, estoy seguro. ¿Cuáles son? Descubrirlos es harina de otro costal. Porque, ¿de qué rasgos hablamos? ¿Y qué sociedad consideramos? ¿Son rasgos universales; es decir, pueden servir para la Patagonia lo mismo que para una provincia interior de China o un archipiélago del Pacífico? Al plantear esta cuestión asoma el que podría ser un rasgo interesante: que ese rasgo o característica se puede suponer extendido a toda la redondez de la Tierra. Cada habitante de este planeta siente -de una forma más o menos consciente- que la Tierra se nos está quedando pequeña. Van desapareciendo -si queda alguna todavía- aquellas sociedades minoritarias, débiles, digamos "primitivas" para entendernos, que podrían servir como espejo; un espejo que permitía distinguir mejor unas culturas de otras. Tengo edad suficiente para haber conocido, aunque algo atenuada, la cultura rural del campo asturiano. Era otro mundo. Hoy puede uno estar en lo profundo de un bosque apartado y oír sobre su cabeza el paso continuo de los aviones mientras recibe mensajes en el móvil. El desdichado Cardenio del Quijote, que se retiró a las soledades de Sierra Morena por un amor desgraciado, estaría hoy perfectamente localizable... y a tratamiento.
A propósito de esto, recuerdo un par de textos que Paul Valéry escribió en 1919, titulados "La crisis del espíritu". Valéry habla, con admirable lucidez, de un universal y definitivo hormiguero. 
Voy al grano. Los rasgos que observo son: dominio absoluto de la ciencia y la tecnología; escepticismo creciente ante la idea de progreso; individualismo exacerbado; inquietante tendencia inquisitorial en materia de corrección política; una abrumadora cantidad de información que confunde; relación conflictiva con el pasado (especialmente el que se refiere a las atrocidades del siglo XX); incapacidad para la concentración, la reflexión y el silencio; sentimiento de exilio en relación a la naturaleza.
No sé si se me escapa algún rasgo más ni si estos que he señalado son los correctos. Lo único que sé es que ahora, mientras fumo un puro en mi exigua vivienda (o morienda) y empieza a oscurecer, intento comprender en qué clase de mundo vivo. La vida es frágil y breve. Me refiero a nuestra vida individual, la tuya y la mía. La desaparición de una hormiga no altera en absoluto la actividad frenética del hormiguero.

Harto de mí

Estoy harto de mi. Esto, amigo Sancho, lo digo para fastidiar a los psicólogos que se ganan la vida elevando nuestra "autoestima" como si fuera una proteína cualquiera. ¿De dónde habrán sacado esos diablos una idea tan descabellada? No, basta: digamos la verdad, estoy harto de mí. Pero, ¿cómo soportarse una vida entera, desde la cuna hasta la sepultura, sin poder tomarse de vez en cuando vacaciones de uno mismo? Peor cárcel que la de la identidad no hay. Creo que quien nunca estuvo alguna vez harto de sí mismo es un indecente. No confundamos esto con el odio a uno mismo; me refiero, amigo Sancho, a un emoción más tenue, más resignada. "Acéptate como eres", me dicen a coro. ¡No me da la gana! ¡Tengo muchos defectos! El principal de todos: tener los brazos delgados como alambres. Y siempre la misma jeta en el espejo y esta triste figura, que soy flaco como una escoba. El que inventó el espejo, amigo Sancho, envenenó el alma humana. Narcisos, narcisos todos. Me parece de perlas el epitafio de aquel filósofo que dice: "liberado de ser hombre". Tengo a este difunto fuera quien fuera, amigo Sancho, por un gran sabio. "Déjese de cavilaciones, mi señor Don Quijote, y apechugue con quien es sin más murrias ni melancolías, que todos somos hijos de Dios y ha de haber de todo en el mundo. Fíjese usted en mí, ¿creerá vuesa merced que a mi me sienta bien esta panza? Pues con ella me contento y no me cambiaría ni por el mesmo Amadís, ni por el rey de Ingalaterra"

Instantánea

Un paseante camina por el laberinto del parque urbano. Se fija en un hombre solo, apartado, sentado en un banco. Tiene la cabeza hundida, parece dormir, pero está tan inmóvil que podría tomarse por muerto. En todo caso es un hombre derrotado, nadie normal adopta esa postura a plena luz del día. El caminante se mueve y llega a un punto en el que ve, en el mismo eje, la cabeza hundida de ese desdichado y unos metros más allá, en otro banco, a una pareja de chicos, muy jóvenes, muy guapos, enamorados y felices, que se hacen un selfie.

De la fragilidad de la vida

No creo que haya cosa en la que más nos engañemos: me refiero al sentimiento de que la vida es algo sólido, indestructible y firme; que se da por supuesta nuestra supervivencia en plazo indefinido. La vida tiene algo propiamente loco o demencial, es una borrachera organizada, un engaño tenaz. Sería muy llamativo para una conciencia lúcida (una conciencia angélica, digamos) observar esa seguridad con la que caminamos los mortales por este laberinto, este desierto inclemente del tiempo en medio de una naturaleza hostil. Nos acechan innumerables peligros. Somos como el agua que cae de peña en peña, hacia lo incierto, hacia abajo. Ciertamente la vida sería insoportable de tener esa extremada lucidez: sería como si contáramos cada latido del corazón como si fuera el último. Para comprender cabalmente nuestra existencia, esta caída en el tiempo, tendríamos que situarnos fuera de ella, lo que es imposible. Todos los muertos de los siglos (una suma que no deja de crecer y de borrarse) no bastan para hacernos comprender la situación en la que estamos. 
        En definitiva: cuando podríamos darnos cuenta de nuestro precario existir ya no podremos darnos cuenta de nada.

Ionesco

"La cantante calva" es una pieza fundacional (que se dice) del Teatro del Absurdo. Bueno. La historia es bien simple: en los alrededores de Londres vive el matrimonio Smith. Reciben la visita del matrimonio Martin y luego la de un bombero. También hay una sirvienta que anuncia la llegada del matrimonio visitante. ¿De qué hablan estos personajes? Parece que Ionesco nos está tomando el pelo. La obra se estrenó en París en 1950, no es precisamente una cosa reciente. Es muy hábil Ionesco: no dice que la realidad sea absurda ni nada parecido, los personajes dicen cosas vacías (aparentemente). Es un permanente juego que rompe la lógica de las relaciones sociales y es algo más profundo. Si ver a un hombre atándose los zapatos en la calle es un gran acontecimiento, entonces, ¿qué está pasando? ¿Y dónde está esa cantante calva? Suceden cosas extrañas sin que a nadie le llame la atención: ¿qué hace un bombero en una reunión de dos matrimonios? Es normal. Los Smith, los Martin y el bombero van perdiendo la cabeza a medida que pasa la velada: terminan por hacer juegos de palabras y finalmente sonidos sin sentido. Ya, claro: es el clímax, es entonces cuando más sentido tiene la obra.
       Yo asistí al estreno en París en 1950, antes de que naciera. Me gustó tanto que decidí nacer 17 años después. Ahora comento esa pieza (la leí esta mañana y me encantó). Mientras escribo esto (aún no he muerto) oigo a gente dar voces de alegría. Ver a un señor leyendo el periódico es un gran acontecimiento. Por eso estoy agradecido a Ionesco y a la madre que lo parió.

La mariposa en el mapa

Que levanten la mano los que conozcan a Frederic Prokosch. Dedicar un libro a un autor totalmente desconocido es un riesgo si quien lo escribe es alguien al que le interesa más el éxito que la propia literatura. Jorge Ordaz (Barcelona, 1946) ha escrito un libro La mariposa en el mapa (Luna de Abajo, 2018) que trata de su relación como lector con Frederic Prokosch. Este señor existió, efectivamente. No es una invención. Fue un prolífico escritor norteamericano nacido en Madison, Wisconsin y muerto en el sur de Francia. Un americano europeizado que parece estar en tierra de nadie: demasiado europeo para los americanos, demasiado americano para los europeos. "No recuerdo con exactitud cuándo oí hablar por primera vez de Frederic Prokosch", dice la primera frase del libro. A partir de aquí nos espera un relato espléndidamente construido, en el que se discute sobre la fama y el olvido, las modas que vienen y van, los avatares de las publicaciones, la impostura en la literatura, las identidades ficticias y la influencia de la crítica literaria. Ordaz aprovecha para hablar de libros, del destino de los libros: en el capítulo "Cosas que a veces traen los libros" hay un fascinante catálogo de objetos que aparecieron en algunos libros que Ordaz adquirió a lo largo de los años. Hay algo de autobiográfico, en cierto modo Ordaz se identifica con el destino de su héroe (el capítulo "Rechazos" es una lección para todo escritor joven que quiera hacerse un nombre). Jorge Ordaz inserta un par de homenajes a amigos suyos, letraheridos como él: Alberto Cardín, José Doval, Pedro Ugalde, todos ellos fallecidos. Es evidente que Ordaz sabe que este libro no va a ser un éxito de ventas y es lástima porque rezuma literatura por los cuatro costados: pasión por la literatura. Aquí se cuenta una historia doble: la historia de un autor (Prokosch) y la historia de un lector (Jorge Ordaz). Es una historia de amistad a través de las letras.
           Este libro demuestra, sin proponérselo, que para ser escritor se necesita haber leído mucho (la erudición de Ordaz es abrumadora) y no sólo "obras maestras" de "grandes genios". Hay, además, que tener un gusto propio, poco convencional. (¿Pero quién diablos es Prokosch?) La prueba es este libro, La mariposa en el mapa, donde Ordaz consigue rescatar de los "anaqueles polvorientos" (como diría el poeta José Luis Sevillano, otro gentleman como Ordaz) de las librerías de lance a este raro escritor americano que conoció muy joven la fama con sus dos primeras novelas (celebradas por gente como Thomas Mann o Albert Camus) y que el tiempo se ha encargado de borrar. Sin embargo, y este es el prodigio, Prokosch cobra vida en este libro que no es ensayo, ni biografía, ni novela. Despierta la curiosidad por la obra de este autor. "Este texto, dice Ordaz, es la historia del reencuentro con un autor que me ha acompañado con intermitencias durante cincuenta años y cuya vida, personalidad y obra literaria me resultan especialmente fascinantes" ¡Cincuenta años! El libro está enriquecido con ilustraciones entre las que figuran un par de cartas que Prokosch escribió en inglés a Jorge Ordaz, admirable admirador de este oscuro personaje. A los que pasen por este blog y lean esta nota les recomiendo vivamente La mariposa en el mapa, que es un rareza en el mejor sentido de la palabra. Un libro generoso que es un homenaje a Prokosch y en sentido más amplio a la literatura. Cacen, señoras y señores, esta mariposa.