Un siglo después

Hoy hace cien años que se firmó el armisticio con el que terminó la I Guerra Mundial. La primera guerra que fue más una demolición que un combate entre ejércitos. ¿Cuál es la situación del mundo ahora, cien años después?

Provocación ilusoria de un accidente mortal

Como se dice (y es verdad) todo sucede muy rápido. El tiempo pierde su fluir monótono: en décimas de segundo se comprime una vida. Unos centímetros deciden entre el susto o el impacto fatal. Se desquician los ejes de la rutina, ¡oh instante de suprema lucidez! En el amor y en la violencia el corazón late muy fuerte. ¿Qué sabor singular tendrá la muerte? Ese sabor que no se niega a nadie.

Murphy censurado

En la novela "Murphy" del joven Samuel Beckett se encuentra, al final de la historia, una vez muerto el protagonista, este párrafo edificante: "unas cuantas horas más tarde, Cooper extrajo el paquete de cenizas de su bolsillo, donde lo había guardado para más seguridad, y lo arrojó con ira a un hombre que lo había ofendido gravemente. El paquete rebotó, estalló, cayó de la pared al suelo, y allí se convirtió enseguida en objeto de las patadas más variadas y científicas, muchos dribblings, pases, despejes, marcajes y desmarcajes e incluso obediencias al reglamento. A la hora de cerrar, el cuerpo, la mente y el alma de Murphy estaban liberalmente repartidos por el pavimento del salón; y antes de que otra aurora tiñera de gris la tierra habían sido barridos con la arena, la cerveza, las colillas, los vidrios, las cerillas, los escupitajos y los vómitos" Este párrafo lo recordaba de memoria James Joyce. La traducción es de Gabriel Ferrater. Como vivimos en tiempos de exquisita corrección política este texto resulta hoy ofensivo y no debe mostrarse a los adolescentes bajo pena de cárcel. Es que no nos morimos. Es que la vida tiene sentido. Aunque sólo la estupidez sea universal y eterna. En la Ilíada, corregida para escolares, Aquiles es cuidador de animales, Paris no rapta a Helena, Menelao es un cornudo tolerante y Héctor renuncia a defender Troya en aras del diálogo con los aqueos.

Una cita de Gabriel Ferrater

En el artículo titulado "Sobre la posibilidad de una crítica de arte" Gabriel Ferrater escribe: 
   "una pantagruélica sed de relaciones personales aqueja a los hombres de nuestro tiempo. Es difícil acertar los motivos esenciales de esta inmoderada alteración. Pero tal vez consigamos dibujar el contorno del fenómeno, recordando algún pasado hecho del que conservamos testimonio suficiente, y que no podemos imaginar repetido hoy día. Por ejemplo, la amistad entre d'Alembert y Lagrange. Al leer la admirable correspondencia de los dos grandes matemáticos, nos impresiona la constante implícita expresión de algo muy alejado de los hábitos y las inclinaciones de nuestra época. Por una parte, Lagrange y d'Alembert no utilizan su correspondencia como un procedimiento para intercambiar ecuaciones como si fueran naipes; se escriben, ante todo, para expresar la amistad y el respeto que sienten uno por el otro, y en sus cartas se observa una ininterrumpida fluencia de gentileza y cordialidad. Pero aquella amistad y aquel respeto no son nunca sentimentales, no operan nunca en el vacío; en cada una de sus manifestaciones, se percibe un duro núcleo de objetividad, y esta objetividad es casi siempre abstracta; los dos grandes hombres se ocupan de apoyar los derechos del amigo (en aquella época, en que estaba muy mal definida la situación jurídica y social de los científicos, éstos andaban siempre metidos en pleitos y reivindicaciones) y de facilitar su trabajo; se interesaban, en cambio, escasamente por sus deseos, e ignoran en absoluto sus sentimientos, en el estrecho sentido que hoy damos al término. Esta actitud no implica una deshumanización, como hoy dicen, o una represión de la intimidad, sino todo lo contrario: revela un formidable poder humanizador, una capacidad de incorporarse íntimamente las abstracciones, de convertirlas en savia y orientación vital. De esta fuerza humanizadora carece nuestro tiempo"
       Que cada cual reflexione sobre esto. A mí me parece que Gabriel Ferrater tiene bien ganada su fama de inteligente.

"El abrigo", de Gogol

Pocos escritores han descrito tan bien la miseria de ciertas vidas humanas. En "El abrigo" Gogol narra la historia de un hombre totalmente dominado por la maquinaria burocrática de la Rusia del siglo XIX. Es el hombre más triste de la Tierra, el más humilde e inofensivo. Naturalmente sus semejantes se burlan cruelmente de él, porque a todos nos gusta (salvo excepciones) hacer leña del árbol caído... El único suceso alegre de su vida es hacerse un abrigo nuevo con el cual soportar el clima de San Petersburgo. Quien se lo confecciona es un sastre borracho que pega a su mujer y desprecia a los alemanes. Su abrigo es la mayor felicidad que Akaki Akákievich ha conocido en la tierra. Gogol cuenta al principio los oscuros auspicios de su nacimiento, es un ser destinado a la tristeza, una vida fracasada antes de comenzar a caminar y hablar. Le espera la maquinaria del Estado, la miseria de un trabajo rutinario y esclavo (al que se entrega con pasión, si es que a Akaki Akákievich se le puede atribuir alguna pasión). Poco le dura la alegría a esta criatura, el mismo día que lo estrena, después de acudir a una fiesta (es muy tímido) unos desconocidos le roban el abrigo en la calle. Akaki Akákievich se desmorona. Vuelve muerto de frío al cuartucho donde vive. Se presenta ante un "personaje importante" como dice Gogol, pues este personaje no tiene nombre, es sólo un "personaje importante". Suplica se hagan las diligencias oportunas para recuperar el abrigo, pero el "personaje importante" le contesta con brutalidad "¿no sabe usted con quién está hablando"? Estas palabras rematan su destino. Nuestro héroe cae en la desesperación, enferma por el rigor del clima y muere en el delirio. Dice Gogol: "Akaki Akákievich fue trasladado al cementerio y enterrado. Y San Petersburgo siguió existiendo sin Akaki Akákievich, como si éste nunca hubiera vivido allí. Sencillamente, desapareció un ser humano sin dejar rastro, un ser humano a quien nadie pensó en proteger, a quien nadie tenía afecto, en quien nadie pensó interesarse, que ni siquiera llamó la atención de un naturalista de esos que nunca dejan de clavar un alfiler en una mosca ordinaria para examinarla bajo el microscopio; un hombre que aguantó mansamente las burlas e insultos de los funcionarios de su departamento y que fue a la tumba a consecuencia de un estúpido accidente".
      Este maravilloso relato tiene una especie de epílogo fantástico. Gogol convierte al pobre copista en un fantasma que aterra a la ciudad, un fantasma que va robando abrigos y que se venga del "personaje importante" apareciéndose ante él y quitándole también el abrigo. La piedad y la simpatía de Gogol por su pobre héroe le otorgaron esta satisfacción póstuma. 
     Pero pensemos en un Akaki Akákievich que no se convirtiera en fantasma. Ya no creemos en esas cosas.

Apuntes

"Si el paraíso terrenal existe en algún lado no puede estar muy lejos de aquí" escribió Zweig refiriéndose a Brasil. ¿A dónde tendría que irse hoy el bueno de Stefan Zweig para decir eso? Bolsonaro for President. Si hoy viviera Zweig tal vez hiciera el viaje de vuelta a Alemania, aunque me parece poco probable.

Sabiduría de los expertos en educación, pedagogía, psicología y otras artes de bien vivir. Dice el titular de una charla que ofrece uno de estos elementos: "merece la pena vivir la vida con aventura, con entusiasmo y con pasión". Nada que objetar. Suena de maravilla. Esto aparece en un espacio que patrocina, que paga, un banco, en un diario digital. El neoliberalismo llega a confundirse con Confucio. Qué sutil y astuto es. Como somos crédulos nos bajamos los pantalones y dejamos que penetre tal sabiduría por la vía rectal. 

En este mismo diario veo una noticia que dice: "la historia de la mujer que se jugaba la vida por Hitler tres veces al día". Supongo que sería una antes de desayunar, otra en la comida y otra a la cena. 

Un sueño: Thomas Bernhard tira por la ventana el contrato con su editor envuelto en un sobre.

Responsabilidad

En el corazón del hombre  (esto no lo conocen los niños ni los inocentes, los infelices, en el mejor sentido de la palabra) se libra una batalla entre el Bien y el Mal. ¿Sabemos por instinto o por educación cuál es cuál? En tiempos más o menos felices y de abundancia esta batalla permanece oculta; en tiempos difíciles no hay forma de eludirla. Si vivimos en un estado totalitario el dilema moral es continuo: ¿delataré a mi vecino? ¿Denuncio a mi padre? Siendo delator me recompensarán. Si me niego, me convierto en un traidor. ¿Admito ser instrumento de un poder arbitrario y cruel? ¿Odebezco las leyes si son injustas? Si la situación es desesperada, ¿doy mi trozo de pan a alguien que se muere de hambre? Eso no lo conocemos: no hemos llegado a esa degradación. No estamos en la Alemania nazi, ni en la Italia fascista, ni en la URSS de Stalin, ni en la Argentina de Videla. Son situaciones extremas, desde luego. En esos infiernos han vivido millones de personas. ¿Podemos elegir? Si nos ponen un arma en la mano y nos ordenan disparar a alguien indefenso, ¿apretaremos el gatillo? Brecht, que sabía de estas cosas, dijo con mucho acierto: "desdichado el país que necesita héroes". Un héroe puede ser, sencillamente, alguien que, contra la mayoría, dice: "no, esto no lo hago". Y asume las consecuencias.

Museo

Se les coge cariño a los museos. El de Bellas Artes de Asturias, en Oviedo, es estupendo. Uno de esos museos provincianos bien surtidos y muy tranquilos, donde todavía puede uno quedarse largo rato contemplando un cuadro en una sala vacía. La gente no agobia. Para mirar un cuadro se necesita calma, creo yo. No hace mucho me detuve un momento frente al cuadro de Eduardo Arroyo "Toda la ciudad habla de ello" . Un cuadro de grandes dimensiones. Es una escena nocturna, con una especie de gánster enano en primer plano, mirando al frente. Pensé en las superficies lisas del cuadro, en el dibujo de las caras. Cuando volví de la visita me enteré de que su autor había muerto ese mismo día unas dos horas antes de que yo mirara su cuadro. Los hombres pasan, pero las obras quedan. Si vamos más lejos también las obras perecerán, pero, en todo caso, duran más que sus creadores. Me conforta mirar pinturas antiguas, esas pinturas cuya mano ha desaparecido hace mucho tiempo. Paisajes, retratos, bodegones. En todo buen cuadro o escultura permanece una vibración que el tiempo no puede consumir. No importa que el artista sea poco conocido (no es Goya o Velázquez). Hay obras de gran mérito que no gozan de reputación ni prestigio. Son obras olvidadas y quizá por eso tengan más encanto. En este museo de Bellas Artes de Asturias hay muchas así, de pintores o escultores regionales del XVIII, del XIX y del XX. Ciertamente, prefiero ver tranquilo un buen cuadro de autor desconocido en este museo provinciano que hacer cola de cinco horas en el Louvre para ver de refilón, a distancia, entre empujones y ruido, a la Gioconda. La masificación echa a perder la intimidad que se requiere para admirarla.

Los cuentos de Kleist

E.T.A. Hoffmann escribió historias de fantasmas, dobles, diablos y demás criaturas fantásticas (o no tanto). Es sabido que Freud se inspiró en uno de sus cuentos para acuñar ese término alemán -das Unheimliche- que designa "lo siniestro". Hoffmann escribió envuelto en la nube de alcohol que necesitaba para escribir y que acabó matándolo antes de los 50 años. Para los hispanohablantes la literatura alemana es Goethe, Schiller o Thomas Mann. Fuera de Alemania están los austrohúngaros: Zweig, Joseph Roth, Kafka, Musil, Broch... y luego Bernhard o Handke. Si pensamos en autores de lengua alemana solemos irnos a los filósofos: Kant, Fichte, Hegel, Schopenhauer, Nietzsche, Wittgenstein o Heidegger. Si hablamos de poetas nos vienen a la memoria Novalis, Eichendorff, Heine, Hölderlin, Rilke. Hay otros (muy buenos) y menos conocidos como Mörike. Están, naturalmente, los expresionistas: Trakl, Heym, Benn, Ehrenstein, Stadler. Y ahora advierto que no he citado a mujeres (qué descuido): Droste-Hülshoff, Lasker-Schüler, Ingeborg Bachmann. 
      Quizá en esta enumeración de autores no echemos en falta un nombre que es fundamental: Heinrich von Kleist (otro genio muy poco conocido para nosotros es Georg Büchner, pero merece capítulo aparte). Kleist vivió en la época de la madurez de Goethe cuando aquel era un joven escritor que aspiraba a la gloria. Kleist no es ni clásico ni romántico, es un caso excepcional. Este autor de dramas y cuentos perfectos vivió entre 1777 y 1811. Acabó mal, como muchos de los citados: su suicidio en un parque de Berlín fue legendario. Durante un tiempo estuvo buscando una "todesgefährtin", una compañera en la muerte, y lo propuso a varias mujeres, que sensatamente rechazaron. Hasta que encontró a una mujer desahuciada de cáncer, Henriette Vogel, que aceptó. Primero le disparó a ella en el pecho, luego él se pegó un tiro en la boca. Por ese suceso y no por su obra literaria fue conocido de sus contemporáneos. Kleist tiene un lugar de honor en la literatura alemana. Sus dramas eran tan violentos que causaron repulsión en el viejo Goethe. Sencillamente no lo comprendió o no quiso comprenderlo. Este nuevo fracaso laceró a Kleist, su vida es una serie ininterrumpida de calamidades, hasta que dijo "basta". Conocí a Kleist por una cita de Cioran (mal asunto). Dejando de lado sus dramas, sus cuentos están escritos en una prosa perfecta, son joyas de un estilo inigualable. Para Marcel Reich-Ranicki es el mejor estilista de la lengua alemana. Kafka no se cansaba de leer su "Michael Kohlhaas" era uno de sus relatos preferidos. La literatura parte de una falta, no hay escritores felices, el acto de escribir es una rebelión contra el mundo. Kleist fue un atormentado. Incurable inadaptado, no encajó nunca en este planeta. Pero dejó esos cuentos, no muy largos, que son un grito contra la injusticia radical de la existencia. ¿Qué tienen en común sus historias? Sus protagonistas son personas buenas, inocentes, a los que las circunstancias empujan al crimen, a la deshonra, a la muerte violenta. Un suceso fortuito, una desgracia, una injusticia, desencadenan el mecanismo fatal. En el relato "El hijo adoptivo" un honrado comerciante italiano, de viaje a Ragusa, encuentra un muchacho enfermo de peste al que adopta. El chico contagia a su hijo natural, que muere. El muchacho será con el tiempo la causa de su ruina: lo mata por intentar seducir a su madre adoptiva. En el patíbulo Antonio Piachi se niega a arrepentirse (¿recuerdan al extranjero de Camus?) y grita que quiere ir al infierno para encontrar a ese monstruo y rematar su venganza. Hacia el final de este cuento, por cierto, hay una frase calcada del "Werther" de Goethe: "no lo acompañó ningún sacerdote". En otro de sus cuentos "El terremoto de Chile" a la ruina de la catástrofe natural se une el destino trágico de una pareja de amantes. En una escena el villano "maestro Pedrillo" estrella contra la pilastra de una iglesia al bebé de don Fernando y le revienta la cabeza. Esto delante de su padre. ¿Nos parece morboso? Nada es caprichoso, ni gratuito en estas desgracias, crueldades y excesos.
     Gran paradoja: Kleist muestra con un arte insuperable, con una prosa extremadamente precisa, compacta y bella, la fatalidad.

Lluvia de cuerpos

Vasto es el cielo. Del cielo comenzaron a caer cuerpos humanos. Primero unas gotas, luego la lluvia se intensificó. Caían cuerpos de niños, de jóvenes, de adultos y ancianos. Reventaban contra el suelo. Se esparcían los sesos, los intestinos, la sangre. Caían sobre la acera, sobre el asfalto, sobre los coches, sobre algunos transeúntes. Al principio hubo un asombro. Luego la gente dejó de sorprenderse y continuó como si nada. 

El extranjero

Si no me equivoco éste fue el libro que hizo célebre al joven Albert Camus. A los franceses de la metrópoli debió de resultarles muy chocante este relato que se desarrolla en Argelia, su colonia, y donde un francés (pied noir) relata en primera persona, monótonamente, la historia de su desgracia. Hace años que la leí y hace unos días volví a leerla. Es fresca, mantiene su potencia, me gustó mucho. Como es sabido forma parte de la trilogía que Camus preparó sobre el "absurdo". En un momento dado Meursault dice de sí mismo que no tiene imaginación, sin embargo no deja de asombrarnos la imaginación del joven Camus (debía de tener unos 27 años cuando la escribió). Su imaginación y su madurez. Entonces, cuando había pena de muerte, y el instrumento fatal era la guillotina: una guillotina que estaba a ras de suelo, no sobre un cadalso; una guillotina escondida en los muros de una cárcel. ¿Por qué mata Meursault al árabe en la playa? Es sincero cuando dice que no lo sabe: hacía mucho calor, fue el azar. Se encoge de hombros. Una serie de circunstancias fútiles llevan a un hombre a quitarle la vida a otro, y con eso el homicida se condena a muerte (o mejor dicho, "en nombre del pueblo francés" será ejecutado). Meursault es un hombre desarraigado, apático; narra su vida y su desgracia como si no fueran con él. Le daba igual casarse con María, la muerte de su madre no le hizo llorar.  Hasta que estalla al final del relato ante el capellán que viene a ofrecerle los "auxilios espirituales". A Meursault esto le parece ya el colmo, por una vez tiene un arranque de pasión (no la tenía cuando disparó los cuatro tiros) y protesta. Si no me equivoco la novelita se publicó en 1942, en plena guerra mundial. Un relato exótico para los europeos, pero que señala los rasgos esenciales del hombre moderno. Ya no podemos contar con Dios, la vida no tiene sentido. Da lo mismo. Bostezo. Monotonía de la naturaleza. Una vida mecánica, un proceso mecánico, una muerte mecánica. Ay, el absurdo y Camus. ¿Cómo no pensar en su trágica muerte? Qué triste y coherente final para un hombre que sintió como pocos la estupidez y la grandeza de nuestra "condición humana" (que diría Malraux). Visité su tumba en Lourmarin, un precioso pueblo de Provenza donde se había instalado. En la piedra su nombre era casi ilegible. No había nadie. El cielo estaba despejado aquella tarde.
    ¿Qué lector de nuestro tiempo no se siente reflejado en ese pobre hombre que espera en una cárcel argelina, bajo un sol cegador, la llegada del verdugo?

Cinco horas con Mario

Como tantas veces sucede leí este libro por azar. Entré en una librería de viejo y el libro me escogió. Edición de bolsillo, editorial Destino: "Cinco horas con Mario". Todos conocemos ese título, nos suena por la adaptación teatral. Lo compré por cuatro euros. En tres días lo leí. De Delibes apenas había leído nada, hace muchos años "El camino". Soy un ignorante delibesiano. Veo que el libro se publicó en 1966, en la España franquista. Quién iba a decirme a estas alturas que tendría un descubrimiento: el monólogo de Carmen ante el ataúd de su marido, muerto repentinamente a los 49 años, me capturó desde las primeras frases. Basta un libro para sostener a un escritor. Quedo asombrado por la penetración psicológica del autor, qué bien conoce el alma femenina, y qué retrato tremendo hace de la España de su tiempo, del asfixiante medio social en que viven sus personajes. Delibes es realista, salvo la escena en que a Menchu se le cae el diente postizo en la piscina (que parece un rasgo onírico) todo es inteligible. El monólogo de la recién viuda tiene repeticiones, frases que vuelven, calcadas, una y otra vez. No es lo que dice solamente sino la forma de decirlo, la maestría del lenguaje: eso es lo que hace al escritor. La verborrea de Menchu ante el cadáver de su marido tiene una gran fuerza trágica. Según avanza la lectura nos damos cuenta de que la mujer jamás ha entendido a su marido, que no estaba a su altura, que está llena de prejucios, no tiene ideas propias; al final constatamos que realmente lo quería. La pobre está abrumada por la pérdida de su hombre. Y esa mujer, que nos resultaba cada vez más antipática y tonta, nos despierta al final una profunda piedad y simpatía. Qué más decir: el libro es una maravilla y Delibes un gran, un enorme escritor. ¡Larga vida a don Miguel!

Filantropías gaseosas

Se encuentran casualmente entre los lácteos y la panadería; enfrente del pasillo de la lejía y los productos de limpieza. En ese templo de la abundancia y del recreo del intestino. En ese aquelarre de la sociedad de consumo y el cloroformo. No estamos en Venezuela. -¿Qué hace esta mosca aquí? -Vaya, el que faltaba. Se frotan el hocico. Se tocan con las antenas. Se dan la mano. Sonríen. -Tienes buen color, desgraciado. -Estás cada vez más delgado, da grima verte. Tras diez segundos de diarrea verbal ("sus fórmulas de lorito real" dijo el poeta, "monstruo gris, gris profundo, profundamente oculta sus amores, sus odios...") ya están hartos el uno del otro. La situación es violenta. El que tiene menos vergüenza y más habilidad social simula con una amistosa palmada en el hombro del conocido el manotazo con el que se espanta a una mosca: -vete ya, me molestas. Con esa brusquedad se termina el cordial diálogo, no precisamente platónico. ¿Quién tendrá el orgullo y la franqueza de un Diógenes? Te escupo a la cara porque es lo único sucio que veo. ¡Ah, Chéjov! ¡Ah, humanidad!

Divertirse

Siempre tuvo esta palabra "diversión" un atractivo significado. Divertirse es desviarse, salir por un momento del camino del trabajo, la responsabilidad, los negocios y las cosas serias de la vida. La vida es un asunto serio, finalmente. Hoy nos equivocamos en esta insistencia en la diversión, como si nos tomáramos en broma nuestra navegación terrenal. La vida es trágica y este mundo un valle de lágrimas. Felices aquellos que no lo saben todavía: los niños, los jóvenes, los inexpertos. Afirmar esto no significa negarse a la broma y el juego; el juego es lo más serio del hombre. Huizinga escribió un libro célebre sobre este asunto "Homo ludens" y Schiller, si no me equivoco, insistió en este aspecto importante del juego en sus "Cartas para la educación estética del hombre". Pascal dijo que no había que imaginarse a Platón y Aristóteles como hombres siempre graves, solemnes y serios, vestidos con ropas de pedantes y que cuando se habían "divertido" haciendo sus leyes y políticas lo habían hecho jugando. Que esta era la parte menos filosófica y seria de sus vidas, la más filósofica fue vivir simple y tranquilamente. Si escribieron de política, agregaba, fue como para ordenar un hospital de locos (hôpital de fous). Divertirse es conveniente, pero vivir siempre divirtiéndose (que es a lo que se nos incita constantemente) es un error. ¿Por qué? ¿Será porque somos mortales? ¿Será porque estamos solos al final? "Vive para tí solo, si pudieres/ pues sólo para tí si mueres, mueres" dijo el estoico Quevedo. Bien lo dijo también Antonio Machado: "un golpe de ataúd en tierra es algo/ perfectamente serio"

El ruido y la furia

De todas las novelas que Faulkner escribió "El ruido y la furia" era su novela predilecta. La estoy leyendo estos días. Hoy terminé el tremendo monólogo de Quentin Compson. Estoy seguro de que se me escapan muchísimos detalles. Es una lectura muy difícil, pero apasionante. Gracias a Jorge Ordaz (que señaló, como el excelente lector que es, este detalle en una de las entradas dedicadas al maestro en su blog "Obiter Dicta") reparé en que el pobre muchacho del Sur, abrumado por la vergüenza familiar, se lava los dientes unos minutos antes de suicidarse. A mi entender éste es un rasgo de genio. Cómo es posible que un escritor sea capaz de entrar en la mente de un retrasado mental que va a cumplir 33 años, pero que tiene el intelecto de un niño de 3. Faulkner realiza ese prodigio: el monólogo de Benjy es una página única de la literatura. Yo, al menos, no conozco nada parecido. Aparte de las innovaciones técnicas y la maestría narrativa esta "corriente de conciencia" de un niño blanco de 33 años al que cuidan los negros (de lectura tan exigente como fascinante) demuestra un conocimiento asombroso de la naturaleza humana. Esto, creo yo, es lo que distingue a los genios. Vivimos unos pocos años, somos muy frágiles, la muerte nos acecha, en cualquier momento podemos volver a la nada. Nos mueven las pasiones. De alguna forma Faulkner es todos los hombres. En Faulkner están los mayores sacrificios y villanías; la abnegación, la bondad, la crueldad, la maldad, la mezquindad, la vergüenza, la inocencia, la violencia y la ternura. El amor y el odio. La desesperación y el éxtasis. Faulkner, en esta vida, que es el cuento contado por un idiota, hizo su trabajo: escribir unos cuantos libros asombrosos. Si algo comprendo al leerlo es que nuestra vida tiene una dimensión trágica. Aquellos personajes suyos, esas intrincadas genealogías, los conflictos familiares, los ritmos de la naturaleza, las pasiones humanas; todo ese grandioso mosaico que el maestro desarrolló en aquel condado ficticio del sur de los Estados Unidos, tiene un alcance universal. Ahora no me quito de la cabeza a la familia Compson. Ellos son más reales que la gente que veo por la calle.

Exhumación

Sacar de la tumba a un muerto. Los muertos mueren dos veces: la primera sucede antes del funeral; la segunda es el olvido. Hace 40 años era inimaginable lo que hoy decreta un gobierno: cambian las costumbres, las ideas, las gentes. A nadie escandaliza. Todo viene y pasa. Aquello por lo que mataron y murieron no valía nada, era un poco de viento. Era mentira. Si aquello se ha revelado de tan nulo valor, ¿en qué puedo creer ahora? La vanidad y presunción humanas hace que nos tomemos en serio a nosotros mismos. ¡Pulga universal! ¡Quintaesencia de polvo! ¿Quién era ese Dios al que tanto se invocaba? ¿Dónde está? ¿Por qué no defiende a su defensor? Habitamos un momento en un universo frío, inhumano y hermético. También nosotros (inhumanos) creamos universos fríos y herméticos (la inteligencia artificial, los robots, etc) No existen absolutos. Ni esta aseveración tiene presunción de verdad, puedo equivocarme. No creo en nada, y tampoco creo que crea en nada. Todo es de una infinita vanidad. ¡Lao-Tsé! Inacción. Paradoja. Un hombre en China hace 2500 años ya sabía de qué iba este tinglado. Montoncito de huesos, ¿dónde van a colocarte ahora?

La gula y otros vicios

En la novela inacabada "Almas muertas" de Nikolai Gógol algo que sorprende es lo mucho que comen sus personajes. Uno de ellos se zampa un esturión entero. Ya sabemos que el escritor satírico muestra las debilidades humanas y una de ellas es la gula. Los personajes de Rabelais y Cervantes comen y beben o piensan en comer y beber. Eructos, borborigmos, flatulencias, vómitos, micciones y defecaciones. Si no recuerdo mal Vitelio, emperador de Roma (año 69), era un glotón tan tremendo que producía asco verle. Era capaz de comerse una vaca. A pesar de sus penosas súplicas lo mató la plebe de Roma y tiraron su cadáver a la Cloaca Máxima. En el cine "La gran comilona" de Marco Ferreri narra la historia de cuatro burgueses, hastiados de la vida y de sí mismos, nihilistas, que se reúnen en un palacete de París para comer hasta reventar. Esta película, como "Saló o los 120 días de Sodoma" de Pasolini no es apta para conciencias dignas. Ambas provocaron gran escándalo. Yo las considero altamente (o bajamente) morales, porque nos interpelan, nos sacuden, nos repugnan, son excesivas, intolerables. Nos ponen ante un espejo cuya imagen no soportamos. Y esto me trae a la memoria lo que escribió Baudelaire en "Mi corazón al desnudo": "No comprendo cómo una mano pura puede tocar el periódico sin una convulsión de asco". -"¿Dónde está la virtud? ¿No vivimos en la degradación?" se pregunta una conciencia sensible. Hace falta valor para mirar a la cara nuestra bajeza. "Sade, mi prójimo" tituló uno de sus libros Pierre Klossowski. Pasolini y Ferreri tuvieron el valor de mostrar (de forma exagerada y deliberadamente repugnante) lo que nos empeñamos en ocultar.

Un sueño

Nada extraño, estaban dando un paseo. No era un país en guerra. No había una catástrofe. Monotonía absoluta. Era una tarde de un martes de agosto, muy buena temperatura. El cielo se había despejado. Compraron un helado en un puesto. Ella llevaba pantalones cortos y playeros, tenía tatuajes en un brazo y en un muslo. Se puso las gafas de sol en un semáforo. Nada extraño. El acompañante no parecía poseído por la felicidad, no iba flotando (esto sí que le extrañó). Sus caras no expresaban nada. No se distinguían en nada del resto de la gente. Ella tuvo un golpe hace poco más de un año, una pérdida. (Nunca vemos pasear a los muertos de los que pasean, pero existen y pesan mucho, cada vez menos, hasta que desaparecen). Les adelantó cuando pasaron junto al hombre que tocaba la trompeta. En ese momento podría darse la vuelta, enfrentarlos,  y decir el nombre de ella y sus dos apellidos y el nombre de su pueblo. Los esperó más adelante junto a una fuente. Volvieron a aparecer. Caminaban despacio, ella levantó el brazo como indicando algo y luego tiró la tarrina del helado en una papelera de la plaza. Se acercaban o se alejaban de él según su voluntad. No iban cogidos de la mano, pero horas tiene el día para la intimidad. Iban charlando de cosas banales, aunque no se acercó tanto como para oírles. ¿Qué más? Ella llevaba un bolso amarillo en el brazo derecho. ¿Era el mismo bolso de entonces? No. Y esta vez lo llevaba colgado del hombro, no del codo. Se había teñido de verde un mechón del cabello. ¿Cómo era él? Corpulento, calvo, con barba blanca, camiseta negra, unos diez años mayor. Se perdieron calle abajo, se iban acercando a ese lugar horrible que nadie de los que estaban cerca conocía. Ni ellos tampoco. Les dejó irse, como si dijéramos. ¿Podría adivinar lo que iba pensando cada uno? Eso no. Eran las criaturas del sueño.

Noche serena

Subo de excursión con mi familia al puerto de San Lorenzo (1.327 m). Son las once y media de la noche. Me acompañan mi mujer (con la que no tengo relaciones desde hace meses) y mis dos hijos (la niña de 13 años a la que sorprendí viendo pornografía en el móvil) y el niño de 7 (al que abandono a su suerte frente a la TV durante horas). Mi hogar son gritos, facturas, farsas de reconciliación, ternura torpe, apuros económicos, visitas diarias al centro comercial, vacaciones en la costa, televisión, telediarios, grupos de padres de whatsapp, sonrisas a los vecinos, masturbaciones, comida para perros, facebook, ruido. Para salir de la rutina he llevado a mi mujer y a mis dos hijos al puerto San Lorenzo. Un poco de montaña les vendrá bien, cierto que la hora es poco acostumbrada y mañana es lunes. El cielo está despejado. La bóveda celeste. Le digo a mi hija: "mira, ése es Júpiter". Tengo que abofetearla. Dejamos el coche a dos kilómetros, demasiado lejos para recuperarlo. Vemos pasar aviones continuamente. Empieza a hacer bastante frío. Mi mujer me pregunta a gritos: "¿para qué nos trajiste aquí, imbécil?" Mis hijos se asustan, empiezan a llorar. No volveremos más a casa. No volveremos más a casa. Nos quedaremos los cuatro aquí, juntos, para siempre, lejos del mal, bajo la noche serena.

Otro hilo que se pierde

De vuelta del paseo por esta pequeña ciudad lluviosa reparé en que hace tiempo que no veo por las calles del antiguo a un catedrático emérito de Geografía de la Universidad de Oviedo, el profesor Quirós. Era un hombre barbicano, que llevaba boina, solitario, silencioso, tenía un aire triste. Una vez coincidimos en la barra de una cafetería: se sentó a mi lado, tomó un vino y se fue. Le conocía de vista, nunca le traté ni fue alumno suyo (era una eminencia en Geografía, uno de esos raros sabios del ámbito universitario). ¿Y por qué me llamaba la atención al verlo como me llamó hoy la atención el dejar de verle? Había sido profesor de Carmen cuando ella estudiaba Geografía en la Universidad y llegó a licenciarse. Mediados de los años ochenta. En alguna ocasión me habló de él. La estoy viendo ahora imitando a este hombre socarrón que a Carmen le imponía mucho respeto. Como internet resuelve muchos misterios, escribí su nombre en google, con un pálpito. Si dejamos de ver un tiempo a una persona vieja es muy probable que no volvamos a verla nunca más. Nunca más. Nunca más. Y eso, efectivamente, fue. Vi la noticia de su muerte en los diarios regionales ocurrida hace poco más de un mes. Era un hombre discreto, con cierta fama de huraño. Otro hilo que se pierde en la eternidad. Descanse en paz.