Generaciones perdidas

"Hemos vivido situaciones parecidas y aún mucho peores", nos dicen los muertos sin sepultura, la masa olvidada, anónima de la humanidad. Iba a escribir Humanidad, pero la veo un poco encogida. Seamos modestos en la ortografía. Ellos, que vivieron el sitio de Constantinopla, el de Jerusalén, la destrucción de Cartago, la liquidación del ghetto de Varsovia. La lista sería interminable. No hablan en los diarios, no dan su opinión. Callan obstinadamente. Están más allá del lenguaje. Simone Weil dice en su libro póstumo "L'enracinement" que está de candente actualidad, porque si de algo adolece el hombre de hoy es de falta de raíces: "L'histoire est un tissu de basseses et de cruautés où quelques gouttes de pureté brillent de loin en loin" La intransigencia moral de Simone Weil es impresionante. Que no era una pose lo demuestra su prematura muerte. Simone fue capaz de escribir: "nous ne sommes innocents d'aucun des crimes de Hitler" Hay que tener un coraje inmenso para reconocer eso siendo judía como era, en plena guerra y sin conocer el resultado de aquella contienda espantosa. No vivió para ver el final del nazismo. Henos ahora (en este perpetuo ahora) a los vivos del año 2020 hundidos en una catástrofe mundial, por obra y gracia de un ser ultramicroscópico que está entre lo vivo y lo inerte. Ante un virus, obra perfecta de economía de la naturaleza, hay que quitarse el sombrero, aunque no se pueda dialogar con él. Un ser que ni es criatura ni cristal basta para desbaratarnos y convertir nuestra vida cotidiana en una pesadilla. Qué lástima: apagados los incendios, borrados los rostros, allanadas las montañas, nada nos dicen los veteranos que pasaron por este valle de lágrimas; nada nos dicen esas miles de generaciones perdidas de verdugos y víctimas anuladas por el olvido. ¿Nada? Tucídides ha llegado hasta nosotros. Atenas es cualquier ciudad. 

Ausente-presente y viceversa

A última hora y sin entrada (ignoraba que fuera necesaria) pude ir al acto de Anne Carson, poeta y ensayista ganadora del premio Princesa de Asturias de las Letras, 2020. La pandemia desluce también la semana de los premios. La vida tal como la conocíamos antes del confinamiento está en paradero desconocido. Anne Carson estuvo ante el público a través de videoconferencia en pantalla gigante. En ese momento se encontraba en Islandia, en la Ultima Thule que dirían los antiguos. En un momento dado su traductor, presente en el escenario, le preguntó (la charla fue en inglés) si veía al público, si nos veía. Cada uno de nosotros llevaba puesta la mascarilla y ocupaba un asiento a unos tres metros de distancia del vecino. "Veo sombras" dijo. Pensaría en el mito de la caverna de Platón, sin duda. Y saludó a la cámara.

Monstruos

Un monstruo presupone una forma: sólo existen monstruos donde existe la idea de algo. Una idea de la que el monstruo es la deformación. Por eso nos imaginamos los extraterrestres como humanos deformes. Los zombis son también eso. Un monstruo sólo existe en relación a algo que conocemos. Por ejemplo: un centauro es un monstruo, pero es la combinación de hombre y caballo. Es imposible concebir un monstruo sin que la imaginación no tenga los elementos suficientes para crearlo. Por eso la muerte no es monstruosa, ya que es algo que está totalmente fuera de nuestro alcance. Y después de esta cavilación va la pregunta: ¿nos estará convirtiendo la pandemia en monstruos? Es algo exagerada la pregunta. Pero, ¿y si no fuera exagerada? 

Son los mejores

Me llaman la atención los niños. Será que me hago mayor. Hoy, paseando por la calle ("paseando sola en mi ciudad yo sentí etc" que cantaba aquella mujer peruana) sentí un alboroto. Eran cuatro niños en un lado de la plaza. Me pregunté a qué venían esos gritos. La escena era alucinante: un hombre con la mascarilla puesta estaba en la ventana de un tercer piso limpiando con una escoba la pared de la fachada así que caían "puvisas" que se dice en Asturias, motas de polvo. Los gritos de aquellos nenos, dos niños y dos niñas, eran por ver quién recogía esos corpúsculos ingrávidos. Ay, la gravedad. La gravedad y la desgracia, por recordar a Simone Weil. 

Semiótica de la peste

Por "semiótica de la peste" entiendo los carteles, señales y otros signos (las mascarillas, las mamparas) que forman parte de nuestra vida cotidiana desde marzo aproximadamente. Las líneas en el suelo que marcan la distancia, las flechas que indican el sentido de la marcha, los carteles que indican la "entrada" y la "salida" a los edificios, los dibujos de un frasco de hidrogel. Las aplicaciones de rastreo en los móviles también se podrían considerar como parte de este nuevo lenguaje. Estamos interiorizando comportamientos, gestos, hábitos, precauciones. Cada población es un hospital o, mejor, un laboratorio microbiológico. No sé qué dibujarán ahora los niños, cómo pintarán su barrio. Sería muy interesante estudiar cómo ven la realidad (esta realidad de la pandemia) ya que tienen una mirada limpia. Si tuviera un niño cerca le diría: "dibuja tu calle". Aún quedan en pie mucho edificios que tienen grabado en piedra el yugo y las flechas. ¿Cuánto tiempo tendrá que pasar para que esta semiótica en la que nos movemos, existimos y somos deje de tener sentido? Y con esto dejo de hacer el Roland Barthes.

La estatua y la nena

En Moscú en 1880 se inaugura el monumento a Pushkin. En aquel acto participaron Turgeniev y Dostoievski. Pasaron los inviernos rusos y la alegre primavera, que en Rusia se disfruta especialmente. En 1902 una niñera lleva a su pequeño y a los amigos de paseo por los parques de Moscú. Entre ellos está una niña gordita y fantasiosa. Cada día caminan hasta la estatua. Con la costumbre la "estatua de Pushkin" se convierte en la medida del espacio -una versta- de esta niña (eso dirá años más tarde). Ese gigante negro de granito obsesiona a la nena que se llama Marina, Marina Tsvetáeva. Lo cuenta en "Mi Pushkin" esta poeta rusa. Qué importante puede ser para la fantasía y el desarrollo posterior de un niño un monumento: una estatua, un bello edificio, un parque. Este breve texto de la poeta rusa es, en mi opinión, uno de los homenajes más emocionantes que se han tributado a un poeta. La veneración de Tsvetáeva por Pushkin es congénita. Ella era poeta y lo entendía. Ahora estamos nivelados y nadie se alza, por su genio artístico, científico o literario, sobre un pedestal. Viena, Berlín, Weimar, Stuttgart tienen estatuas de Schiller, el clásico (a sus pies Goebbels dejaba ofrendas florales como a poeta nacional). No hay estatuas de bronce de Joseph Roth. ¿Erigir una estatua a un alcohólico? Maiakovski murió a tiempo para que le erigieran estatuas. ¿Erigir una estatua a un suicida? Pushkin murió en un duelo, como se sabe. Los adversarios fueron "cualquiera" y "el único" así dice Tsvetáeva.

En plena producción de kafkianitos

Meditaciones melancólicas de corte existencialista y clarolunesco como la de la entrada anterior tienen poco que hacer en el mundo contemporáneo. Considero la biografía de Kafka de Reiner Stach, editada por Acantilado. Los libros salen uno tras otro, los dos tomos en tapa dura dentro del estuche. En la imagen (lo veo por internet) se observa la última fase del proceso: las máquinas envuelven en plástico los volúmenes. ¿Qué más da que sean condones, sardinas o biografías de Kafka lo que resulte del procesado? Se podría pensar que esa cadena de montaje, ese automatismo, está al servicio de la "cultura". No seamos ingenuos: la cultura es un negocio, es lo que da de comer a la gente del gremio, aunque la gente del gremio apele al espíritu para vender sus cosas. El espíritu, para que funcione, tiene antes que comer. Primum vivere etc Viendo ese extraño vídeo parecería, por la velocidad de la cinta, que en media hora iban a llenar el mundo de kafkas. Por fin un genio ubicuo, al alcance de todos los hablantes de español. Sí, de todos los que tengan los 85 euros que cuesta el libro. Sobre esto hay una anécdota de Kurt Tucholsky. Este escritor judío de Berlín (que, por cierto, fue tal vez el primero en detectar lo kafkiano en Kafka) recibió una carta de un muchacho lector suyo en la que le decía con encantadora ingenuidad que le deseaba que se muriera para que así sus libros fueran como los de Goethe, que costaban muy poco. Tucholsky, a quien hizo mucha gracia la ocurrencia, se dirigía a su editor Rowolth y terminaba con este aviso: ¡hagan nuestros libros más baratos! Decía el biógrafo Reiner Stach que Kafka se preguntaría por qué nos interesa su fracaso. Lo mismo se pregunta Van Gogh. La posteridad es caprichosa. Son casos excepcionales. Voltaire leyó una Oda a la Posteridad de un oscuro poeta. "No creo que llegue a su destino" sentenció Voltaire. Acertó.

Aún no

A finales de agosto fui a la playa. Me dí un par de baños. Cuando me acercaba al mar pensé "y si me ahogara esta tarde".  Cualquier momento es el momento de morir, sin duda, pero yo pensé en aquella situación particular con cierto temor supersticioso. Estamos a mediados de septiembre, está claro que pude mantenerme a flote. He vuelto a nacer. Aquí sigo, braceando como todos, unos con más fuerza, otros con menos. Hasta el momento en que muera el último hombre. Si pienso con sangre fría, ¿qué hubiera pasado si, efectivamente, me hubiera ahogado aquella tarde del extraño verano de 2020? Pues poca cosa. Serían unos segundos de pánico, seguramente, luego, la inconsciencia. La desaparición definitiva de mi efímera persona. No me parece mal anticipar en la mente esta despedida. Muchos que me conocieron ya me han olvidado, pero aún respiro. Sigo fantaseando con el amor que es un sueño tenaz pero cada vez más tenue, como sigo atado a la rueda de un trabajo humillante en un pueblo miserable y decrépito. Como sigo con mis palpitaciones, mis prejuicios y con las rutinas del cuerpo. Por todas partes el hombre mismo es el estorbo peor para su destino de hombre. Materia corruptible. De vuelta al seno profundo de la naturaleza. Ah, la naturaleza. La echamos tanto de menos en estos tiempos de peste. Un suceso insignificante -sí, insignificante, qué alivio- en la inmensa extensión del tiempo y del espacio. Ah, pobre vanidad de carne y hueso llamada hombre, ¿no ves que careces absolutamente de importancia? ¿Son estos pensamientos tristes y lúgubres? Pues fueron los mismos del emperador Marco Aurelio. 

Me desdigo

Unas entradas más atrás dije no sé qué barbaridades acerca de Schopenhauer. Es cierto que se afirmaba que es un gran escritor, pero se le ponían tachas. Hay que cambiar de opinión. El capítulo sobre la muerte de El mundo como voluntad y representación es uno de los textos más impresionantes que se han escrito. Es absolutamente grandioso. 

Mejor vivir al día

Entro en una iglesia (católica, esto es España) de barrio rico. Está abierta y dentro tiene que hacer un fresco agradable. Afuera quedan los ruidos del presente. Miro las vidrieras, las imágenes, los símbolos. No hay música, ni murmullo de oraciones. Una de las mayores "maldades" que conozco es la de Swift, que a los confesionarios los llamaba "la oficina de los cuchicheos". No, no es distancia. Será una oscuridad luminosa. En cuanto a la Gracia, no la siento. Amar a una criatura efímera hasta querer haberla engendrado. Quien estuviera tocado por la Gracia divina, ¿no tendría que estar por encima de afectos terrenales? Confucio lloró al morir un amigo suyo: "el Cielo quiere destruirme" parece que dijo. "Y Jesús lloró" se dice. Como a todo niño de mi generación me educaron en la fe de Roma. Entiendo que la fe religiosa da una fuerza grande, pero no creo que haya fe sin zozobra. Soy lego en esta materia, no me expreso bien. "Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado" Me atrae la liturgia, me interesa la historia de la Iglesia (concilios, encíclicas, papas, heresiarcas, etc) me gusta el latín. Es una raíz. Pero no creo. La agonía de Unamuno ha quedado periclitada. ¿Dios es Amor? De todos los odios posibles el más furioso, el más ardiente y apasionado, el más destructivo, refinado y ciego es el "odium theologicum". Cómo se odiaban los enemigos en las disputas teológicas. Qué olor a carne quemada. Qué gritos de dolor. Qué humillaciones. Un ejemplo de los muchos que se podrían dar: el exterminio de los cátaros. Como último refugio de lo divino quedaría el orden de la naturaleza, la armonía de los cuerpos celestes. Era la fe de Einstein: "Dios no juega a los dados" Pero en este cosmos -¿o es un caos?- del universo en expansión y con la evolución más que demostrada, ¿qué sitio le corresponde? Nietzsche asumió ese vacío: resolvió la cuestión adoptando la vía dionisíaca, la afirmación de la vida sin metafísica y sin sentido. Más allá del Bien y del Mal. Qué final tan patético tuvo. Yo veo que esta naturaleza es un torbellino furioso de generación y destrucción y que no somos nada. Es mejor no pensarlo. Mejor vivir al día. O no. 

El parto

Cerca de la ciudad, por un camino al lado de una finca, bajo un laurel y un roble, hay una vaca tumbada. De vuelta del paseo, por el mismo camino, la vaca, que ahora está de pie, acaba de parir -oh, milagro- un ternero (un xatín, se dice en Asturias). Atardece, corre un brisa fresca. En la hierba está la placenta. La madre, ajena a la mirada de los tres ganaderos y de nosotros, lame sin cesar a su cría que todavía no se ha levantado, débil como es, y que tiembla de frío. (Y lo hace a conciencia, del todo, como un obispo cuida de su grey, como un presidente de banco cuida de sus accionistas, como un político cuida de sus conciudadanos, como una multinacional cuida del medio ambiente, como una agencia de publicidad cuida de la educación del consumidor). Era una estampa conmovedora de afecto maternal. Qué cuidado, qué cariño, qué ternura. Segantini, que era huérfano de madre, pintó varios cuadros de tema similar. En la naturaleza, pienso, no todo es comerse unos a otros, no todo es una lucha despiadada. Nos han enseñado que hay que competir, pelear, casi siempre por algo miserable. Así la contienda, además de cruel, es patética. La vaca o la perra o la gata o la loba o la burra lamen a sus crías, les dan forma con la lengua. Oh, inocencia, idilio pastoril. Et in Arcadia ego... ¿Será rentable esa explotación ganadera? Por contraste me percaté, con doliente lucidez, de la ausencia de amor en nuestra vida pública y social, la vida de este mamífero sutil, que es un delirio de demonios. No muestres debilidad. No esperes misericordia. 

Trabajo

Para pensar y estudiar las mejores horas del día son las de la mañana. Entre las ocho y la una de la tarde. Horas tiradas a la basura. Precisamente las horas en las que estamos en la oficina, dedicados a tareas rutinarias que en un futuro próximo... Mejor será no pensar en el futuro. Antes podía ilusionar, ahora da miedo. Los mejores años para el trabajo intelectual son los años jóvenes, entre los 25 y los 45 años. Años tirados a la basura. Precisamente los años en que estamos en la oficina, en el taller, etc. Muchas horas, muchos días, muchos años, frente a la pantalla del ordenador, sin posibilidad de iniciativa, entrando y saliendo a la hora establecida (cuando no haciendo horas extra). ¿Qué rendimiento se obtiene de todas esas horas de secuestro? Absolutamente ninguno, salvo el modesto salario. El trabajo es el enemigo. De una grave enfermedad puede uno recuperarse, pero del trabajo no. El trabajo es una cárcel, es una pena de muerte: es el culpable de que hayamos vivido -estemos viviendo- en vano. El trabajo impide ver el amanecer y el atardecer (perderse crepúsculos es gravísimo); impide ver mundo (no conocer Islandia es un pecado). El trabajo fatiga, deprime, embrutece, humilla, obliga a estar cada día en compañía de personas con las que no se tiene nada en común, aniquila al individuo, fuerza a madrugar (uno de los objetos más odiosos es el despertador), convierte a Juan García en alguien útil (ser útil, ¡qué horror!). La vida, la vida entera que pasamos trabajando en algo que no nos gusta o que aborrecemos (los privilegiados que se dedican full time a lo que les gusta se cuentan con los dedos de una mano) podríamos haberla dedicado a rascarnos la barriga o a cultivar nuestro espíritu (ah, pero ¿existe todavía el espíritu?). ¿De qué manera? Yo qué sé. Estudiando idiomas, visitando museos, leyendo a Aristóteles, observando la metamorfosis de los insectos, conquistando el amor (el infame tiempo del trabajo es tiempo robado al amor). Dijo no sé quién: "nacemos originales, nos convertimos en copias". Si la naturaleza nos concedió un don especial, un talento creativo, podríamos dejar huella, un testimonio de que pasamos por el mundo. Juan García (digamos que es taxista o mecánico) que acaso tuviera inquietudes artísticas, podría ser un Einstein o un Maquiavelo o un Dante. Juan García podría haber escrito algo como Hamlet, o la Crítica de la Razón Pura o la Sinfonía 41 en do mayor... para que un solemne director de orquesta se luzca. Pero el trabajo, cadena perpetua, se encarga de arruinar la personalidad de Juan García. Y a Juan García le llega la vejez. Hora de jubilarse. Ahora que está consumido y ya no tiene fuerzas. Si Juan García ha pasado treinta o cuarenta años de su vida sometido al yugo del trabajo, mejor que no eche la vista atrás. Si aún le queda algo de lucidez le invadirá la melancolía. No ha construido nada. No tiene biografía. Su puesto lo ocupó otro en menos de 5 minutos. La cúspide de la famosa pirámide de Maslow es la "autorrealización". A esa cúspide llega uno entre 50 millones de personas. Por una combinación extraordinaria de talento, suerte y tenacidad el individuo que se autorrealiza ha logrado imponerse a la férrea mecánica social, ha sacado la cabeza de la muchedumbre anónima. Ha realizado una obra personal, original. ¿Fueron felices esos elegidos? Seguramente, no. ¿Quién es feliz en este mundo? Pero, ¿quién habla de felicidad? Si la vida es tan corta y sólo la vivimos una vez, ¿por qué es una pura pérdida para la inmensa mayoría? (Cito libremente a Chéjov). Perderse tantos crepúsculos, eso sí es una falta muy grave y no llegar tarde al puñetero trabajo. Cuanto más abajo en la escala social con más rigor se juzgan las faltas, por insignificantes que sean. Un hombre libre (el que no tiene que trabajar o trabaja en lo que le gusta) es arrogante. Naturalmente estas consideraciones son totalmente utópicas. ¿Y qué tiene de malo eso? Encima dar las gracias por tener un miserable trabajo. Aunque nos exploten. De la vocación ni hablamos, repartidor de pizzas, empleado de lo que sea. ¡Viva el conformismo del esclavo! Me viene a la memora el ensayo de Oscar Wilde El alma del hombre bajo el socialismo. Con el divino ocio, posible gracias al desarrollo tecnológico, podríamos cultivar, dice Wilde, nuestra personalidad... etc etc. El trabajo es una infamia. ¿Qué tal le sentaría la mascarilla a Oscar Wilde? 

Baños de mar

En el extraño verano del 2020 la playa es una evasión. Entrar en el agua del mar es un bautismo. Primero el agua alcanza las rodillas, luego, según se adentra uno, paso a paso, las olas, como invitándonos, van cubriendo los muslos, el ombligo, el pecho. Hasta que llega ese momento en que perdemos el respeto y nos zambullimos. Baustimo por inmersión. Los grandes momentos de una vida humana son sin por qué, tienen menos de reflexión que de decisión. Atrás queda la humillación del trabajo, de esa implacable rueda productiva, con sus mezquinas jerarquías y sus horarios rígidos (o flexibles, da igual, esa palabra esconde la intención de explotar); todas las artimañas con las que los hombres pretenden empequeñecer y castrar al individuo. Atrás queda el ruido de la actualidad, los mensajes del móvil (buena parte de ellos son dependencias absurdas), tantas cosas que nos impiden dar ese grito salvaje de autoafirmación y libertad. Es cierto que somos seres sociables -aunque ahora tengamos que mantener la distancia- pero también somos hijos de la naturaleza. Y según ella no pertenecemos a nadie. Qué ligero se siente uno flotando en el agua elemental. Uno sale de ella como renacido. Recuerdo ese verso de Eurípides: "el mar lava las penas de los hombres". Gran verdad.

El señorín

Se acordarán de que en la entrada anterior hablé de manera bastante cursi de un señorín solitario, etc. Bien, pues hoy lo he vuelto a encontrar. Iba solo, como siempre. "Hombre, pensé, el señorín que he inmortalizado en el blog".  Desde luego, la vanidad puede alcanzar cotas inimaginables. El señorín me dijo al pasar: "leí tu blog, gracias por tus palabras, es un honor. Pero no me parezco nada a Lincoln" 

Recuérdame, susurra el polvo

Coincido en el semáforo con un hombrecillo ya mayor. Vive por el barrio, le he visto bastantes veces paseando siempre solo, con las manos atrás. Siempre solo. Lleva barba blanca y bigote afeitado, así que me recuerda a Lincoln. Hombre humilde, anónimo, insignificante. ¿Dónde lo colocaría Dante? ¿Habrá para él infierno, purgatorio o paraíso? ¿Cómo rescatar un alma -aunque sea susceptible de perdición- en nuestra fea época de masas? Es de estatura muy corta, sin ser enano. Ni sabré cómo se llama, ni sabré cómo piensa ("habla, para que te conozca" dijo Sócrates a un joven). Ni siquiera sé si es mudo. Y no hay más misterio. Un viejo solitario que pasea por una ciudad como hay miles. Si lo pintaran Velázquez o Van Gogh. ("Así serás tú dentro de poco" me dice este señorín frágil y triste). Ayer, como quien dice, corría detrás de una pelota. ¿Le pesará el universo? ¿Le gustará el jazz? ¿Pensará, como yo, que el jazz es la antimúsica? De algo estoy seguro: no está en las redes sociales. No tiene cuenta en twitter ni en facebook. Antes Dios llevaba la cuenta de estas existencias sencillas. Si en la mente divina nada existe en vano, nada se pierde. Aunque si es para anonadarnos como en la doctrina de la Predestinación de Calvino, ¿no sería mejor que Dios, terrible juez, nos olvidara? Espera a que el semáforo se ponga en verde para poder cruzar. No sé por qué recuerdo ahora esos versos de Peter Huchel que gustaban a Brodsky: "recuérdame, susurra el polvo"  

Paseo de domingo

A lo largo del paseo vespertino de un domingo inmemorial se detuvo a propósito tres o cuatro veces para salir de sus pensamientos. "Esta es la realidad" dijo mirando a los edificios, "lo que te pase a tí como individuo carece por completo de importancia". Se cruzó con una vieja y pensó si ese fugaz encuentro estaba predeterminado desde la eternidad. Resolvió que no, que era puro azar. Pensó que no servía para la política ni para las finanzas. Pensó que vivía en una ciudad insignificante y que cada persona con la que se cruzaba no dejaría ningún rastro de su paso por el mundo. Pensó que hacía mucho tiempo que no veía un atardecer ni un amanecer. "Antes, pensó, los pájaros se alejaban de mí cuando me acercaba a ellos. Ahora son también los hombres, y yo también los rehúyo" In the prison of his days, teach the free man how to praise. Prisionero del tiempo y de su identidad: le gustaría no ser nadie, ser un puro espejo, no tener nombre; que sus problemas personales, sus angustias, recuerdos y anhelos se disolvieran en el vacío. Se fijó en un hombre acurrucado en un saco de dormir, completamente desamparado. Oyó a un niño decirle a su madre: "mira qué bicicleta". Pensó que la vida era un salvaje delirio.

Hombres buenos

En una entrevista para la televisión chilena Roberto Bolaño dijo algo que sabía que parecería una bobada: dijo que los grandes escritores eran "hombres buenos". Tuvo coraje Bolaño al arriesgarse a parecer tonto. Efectivamente, esa afirmación, que me parece muy acertada, resulta chocante, contradice el tópico del gran artista, satánico o maldito, tipo Verlaine ("el genio de un dios y el corazón de un cerdo" lo definió Jules Renard). Que esto no parezca una homilía: debilidades tenemos todos los mortales y no se trata de miserias de cintura para abajo, deslices ni cosas de poco momento. Bolaño citaba a Whitman y a Kafka como ejemplos de "hombres buenos". No es cuestión de juzgar la vida personal de un novelista de genio como Thomas Mann. Lo que digo es que Thomas Mann lo tuvo claro: defendió la humanidad al atacar al régimen de Hitler y poner por encima de todos los valores del Bien, la Verdad y la Belleza. Aquí podrían multiplicarse los ejemplos: Dante ataca en muchos lugares de la Divina Comedia la rapiña de Siena o Florencia o Pisa. Ataca la avaricia, la discordia, la estupidez de sus semejantes. Como juez es terrible, pero se desvanece a menudo, por piedad, ante el dolor de los réprobos. Está del lado del Bien y no porque fuera un infeliz: retrató el Infierno y sus horrores como nadie, pero como era un poeta enorme también la Gloria del Paraíso. ¿Habrá alguien que dude si Cervantes era un hombre que creía en la nobleza y la generosidad? ¿Era don Quijote un granuja, un ruin, un cínico? Ya, pero el mundo se burlaba de él. Antonio Machado, ¿no fue un hombre bueno? Nietzsche, que puso una carga de dinamita en los cimientos de la moral milenaria, era lo bastante sensible para rechazar una moral hipócrita. ¿Alguien duda de que hubiera despreciado a los bárbaros nazis que pretendieron ponerlo bajo su bandera? Pobres difuntos, qué indefensos están; con lo que Nietzsche aborrecía el nacionalismo alemán, aparte de que no era antisemita. El ideal del "superhombre" no fue para él Himmler (Himmler justificando la masacre de judíos se proclamaba ante sus SS como anständiger Mensch, hombre decente). Pensemos en los rusos: Tólstoi, Turgueniev o Chéjov sí eran hombres decentes. No hay criatura, por ínfima que sea, a la que Chéjov no haya dignificado. Platónov vivió la época de la demente industrialización soviética. ¿Hay épica en su obra? ¿Por qué escribe entones sobre una flor desconocida o unos niños que se pierden en el campo y tienen miedo a una tormenta o en el destino de un oscuro trabajador al que avasalla ese movimiento de masas? Vassili Grossman era otro escritor capaz de narrar con ternura la epopeya de una perra callejera, podría ser Laika, a la que mandan al espacio. Nuestra época es de una rudeza que se acerca a lo bestial. ¿En alguna época reinó la armonía? Sería en la mítica Edad de Oro. No, la historia es un relato sangriento, un cuento contado por un idiota lleno de ruido y furia... Si yo no respeto más a un oscuro empleado que tiene sus principios (aunque no le importen a nadie) que a Trump o a Florentino Pérez, entonces tengo un problema. No se trata de ser un santo. Es, creo yo, una cuestión de dar valor a la vida. Si no se aspira al Bien la Verdad y la Belleza la vida no vale nada. En este mundo de fuerzas naturales ciegas, tan implacable, tan cruel, que despedaza individuos de un estúpido manotazo, sólo el hombre puede dar dignidad a su trágica condición. Puede hacer eso o abandonarse a ese caos, seguirle la corriente, alimentar el fuego de esa hoguera. Stefan Zweig, que era un idealista, un hombre noble, sucumbió a la desesperación, pensó que su Europa, todo aquello en lo que había creído, estaba definitivamente perdida. A Orwell, por desgracia tan actual, le movió el asco por el totalitarismo cuando escribió Rebelión en la granja y 1984. Orwell que lo que más deseaba era una vida sencilla y tranquila en el campo cuidando de sus animales. Kant expresó de manera memorable el dilema del justo: El engaño, la violencia y la envidia andarán siempre a su alrededor, aunque él mismo sea recto, pacífico y benévolo. Y los otros hombres justos que él encuentra además fuera de sí mismo estarán, sin embargo, sin que se considere cuán dignos son de ser felices, sometidos por la naturaleza, que no se preocupa de eso, a todos los males de la miseria, de las enfermedades, de una muerte prematura, exactamente como los demás animales de la tierra, y lo seguirán estando hasta que la tierra profunda los albergue a todos (rectos o no, que eso, aquí, es igual) y los vuelva a sumir, a ellos, que podían creer ser el fin final de la creación, en el abismo del caos informe de la materia de donde fueron sacados. Es un error considerar a los canallas que triunfan en la vida avasallando (¿qué clase de triunfo es ése?) como dignos de admiración y no como miserables fantoches. Siempre me pareció patético el personaje de Hannibal Lecter por muy inteligente que fuera. El malo es un ignorante, dice Sócrates. Tomás de Aquino era tan sencillo y humilde que parecía estúpido a ojos de un estúpido. Leonardo da Vinci, que imaginó la máquina de volar, liberaba los pájaros enjaulados. Ya esto le parecía insoportable. Grandes hombres como Spinoza, Riemann, Chesterton o Newton eran sencillos: la complejidad la llevaban dentro de su cabeza. Esta época que nos toca padecer, tan confusa, tan negra, está ante terribles desafíos. ¡Menudo descubrimiento! La desmoralización es un peligro. El Bien, la Verdad, la Belleza... eso suena a música celestial. Sí, estamos desmoralizados. Síntoma de desmoralización es considerar idiota al que, como Bolaño, afirma públicamente que genios como Whitman o Kafka eran "hombres buenos". 

Según envejezco

Según envejezco voy acordándome de escenas de mi remota infancia y adolescencia. En realidad no soy yo quien los busca, son esos recuerdos los que me asaltan (expresión muy acertada) sin que yo lo pida. ¡Cuánto ha cambiado el mundo! La vida es larga, muy larga. Esto es una confesión a la vez íntima y general, que diría Borges. De joven yo estaba en el mundo como cosa hecha, no lo ponía en cuestión. Ahora cada día es un asombro porque me doy cuenta de que tenemos los días contados. El poeta Brodsky dijo en una ocasión algo muy inteligente, como todo lo suyo (qué brillante y qué intenso ser humano fue Brodsky), dijo que al envejecer uno va separándose del cosmos. No recuerdo sus palabras exactas, pero la idea era ésa. El cosmos, como conjunto del universo físico. Esa separación es un proceso que culmina con la muerte. Un camino de soledad. Niños y jóvenes están, por decirlo así, dentro de la naturaleza, en su esfera. Es un hecho biológico que se encuentra en los animales. Con la edad la naturaleza nos va apartando de sus brazos. El cuerpo empieza a fallar. El tiempo se acelera. Cada sol repetido es un cometa. Ahora reconozco que envejecer es un arte. Encuentro en cada viejo, si no lo ha destruido la demencia, a un modesto filósofo. Me maravillan las creaciones de genios precoces como Rimbaud, Keats, Mozart o Einstein (no hay que olvidar que Einstein terminó su trabajo a los 37 años). Pero hoy me maravillan más las obras de algunos viejos que conservaron su potencia creadora en el arrabal de senectud: Cervantes, por ejemplo, o Kant, pasaban de los sesenta cuando escribieron el Quijote y las Críticas, respectivamente. Si tengo que seguir cumpliendo días -ya no hablo de años- que sea sin amargura, ni envidia, ni vanidad, ni rencor, ni miedo y sin esperar demasiado (o nada) de mis semejantes y semejantas (el amor es menos apasionado cuando la sangre se enfría, de aquel fuego queda una resignada tolerancia y un sano y cuerdo escepticismo). En mis años mozos también yo fui un gallardo potro. Si algo me enseña la edad es esto: uno tiene que arreglárselas solo.                                                                                                                                                     ¡Ah, ambiciones y embelecos de la juventud! Ir tirando es toda una victoria. Ya no se trata de comerse el mundo. Ya vemos en qué para todo. ¿Será esto lo que llaman sabiduría? ¡Quién sabe!

Encuesta espontánea

¡Oh, tiempos de peste! Estuviste por la tarde en un bar de pueblo, al aire libre, pisando hierba, con unos amigos. Muy agradable la charla: el curso meandriforme de la conversación, con sus vueltas y revueltas, como cosa viva que es. De vez en cuando levantabas la vista al cielo, con unas nubes formidables que filtraban los rayos oblicuos del sol. Sabes que las mirabas, a pesar de la atención que ponías, algo distraído. Es el mal de nuestra época: la distracción permanente, la falta de concentración. Estamos rodeados de prodigios, nuestro cuerpo es uno de ellos, nuestra mente también. De vuelta, ya en casa, miras el móvil y ves un aviso: se te invita a evaluar el bar donde estuviste. Pero, ¿cómo sabe ese aparatato que estuviste allí? Es la providencia de la Tecnología, hasta los pelos de nuestra cabeza están contados por ella. No es ninguna paranoia afirmar que estamos permanentemente bajo control. Un control inocente y amistoso, al menos en este caso. O eso parece. Se nos pide nuestra importante opinión. "¿Ha quedado satisfecho el señor?" No, no es la Tecnología, sino los intereses a los que sirve. En tanto individuos nuestra experiencia personal, auténtica, íntima, está pisoteada, confundida o anulada en la vulgar masa informe que consume y devora. Usurpa su puesto el aristócrata neoliberal que exige ser bien servido, ya sea en una gasolinera o en un merendero. Hasta el mismo infierno terminará por estar sometido a este tipo de evaluaciones. ¿Entran en esta alucinante valoración -que tú no has pedido- las nubes que observaste, las ideas que escuchaste, la compañía en la que estuviste, la brisa que corría y el graznido de los tres gansos? ¡Oh, tiempos de peste! 

Félix Pequeño

Recomiendo las Lecciones sobre el desarrollo de la matemática en el siglo XIX, de Félix Klein (1849-1925). Este señor era matemático de profesión. Como matemático no puedo juzgarle, pero como escritor es espléndido. Qué amenos sus retratos de los matemáticos, qué observaciones tan interesantes, qué psicología para entender las rarezas de algunos de estos genios, qué sentido histórico. La sensibilidad artística no abunda entre los matemáticos. Un matemático francés, después de ver una tragedia de Racine, dijo encojiéndose de hombros: "¿y esto qué prueba?" (Diderot cuenta esta anécdota a su amiga Sophie Volland y le responde: "pues que eres un pedazo de alcornoque"). Hay una anécdota parecida con el poeta Tennyson y el matemático Babbage. El que esté interesado puede buscarla en internet, es muy graciosa.
          Pues bien, el gran Félix Klein dice esto de Gauss:
"El fenómeno que aquí nos topamos no es caso aislado en el quehacer de Gauss, quien a menudo dejó inéditos sus más hermosos logros. ¿Qué puede haber ocasionado esta rara detención cerca de la meta? Quizás haya que buscar la razón en una cierta hipocondría que es patente le asaltaba a veces en medio de sus trabajos más afortunados. Testimonio peculiar de tales estados de ánimo se encuentra por ejemplo en las anotaciones a los trabajos sobre funciones elípticas entre 1807 y 1810. Ahí aparece de repente entre anotaciones puramente científicas, escrito cuidadosamente con lápiz prefiero la muerte a esta vida. Acaso hay que buscar el motivo de tales estados de ánimo en las circunstancias externas, sumamente tristes, en que a la sazón se encontraba. (...) Vivía en una casa mísera de la Turmstrasse... sus allegados, sobre todo su familia, no mostraban la menor comprensión por su trabajo titánico, en apariencia sin utilidad y meta alguna, que le apartaba de cualquier otro interés sin traerle ningún éxito externo. Se le hacían amargos reproches, y había quienes dudaban de que estuviera en su sano juicio"
                 Hay un episodio del matemático Dirichlet, que estaba casado con una hermana del compositor Mendelssohn que me recuerda automáticamente el cuento de Chéjov "La cigarra": una mujer joven y hermosa se rodea de la brillante sociedad de pintores y artistas y desprecia en secreto a su marido, médico de profesión. El hombre no destaca en las conversaciones, es taciturno, parece bobo. Al final el marido enferma de difteria y muere. Entonces su esposa descubre -demasiado tarde- que era una eminencia. Estaba casada con un gran hombre y no lo sabía. A Dirichlet le pasaba algo parecido, dice Klein:
         "la casa de los Mendelssohn en Berlín, ..., era el centro más brillante de reunión social, la señora Dirichlet supo también reunir en torno suyo durante su breve estancia en Gotinga a todas las mentes con intereses científicos y artísticos en una sociedad muy frecuentada. Se cuenta que en todas las celebraciones que tenían lugar en su casa, Dirichlet tomaba parte modesta y retraídamente. Acaso el tipo de inteligencia deslumbrante que le rodeaba, el oleaje de espumas infinitamente breves, no cuadraba del todo con la mar de fondo que agitaba la suya"
         En este libro también aparece el retrato de Niels Henrik Abel, matemático noruego. Se podría decir que es el Keats de las matemáticas. Murió de tuberculosis a los 26 años, acosado por la pobreza. Para remachar la mala suerte de este muchacho genial: días después de su muerte le llegó la invitación para ocupar un puesto de profesor en Berlín, lo que hubiera resuelto su vida. Acerca del monumento que se erigió a Abel en Oslo dice Klein:
          "A este matemático bendecido por Dios habría que erigirle un monumento como el de Mozart en Viena: un hombre llano y de aspecto en absoluto llamativo está ahí escuchando atento, rodeado por delicados genios que se ciernen a su alrededor y le traen como en un juego sus dones de otro mundo. No puedo privarme de recordar con esta ocasión el monumento totalmente distinto que se erigió en Cristiania (antigua Oslo) en memoria de Abel y que por fuerza decepcionará a cualquiera que conozca su natural. Sobre un bloque de granito que se alza a pico, un atleta juvenil como un héroe de Byron avanza hacia las alturas sobre las grises figuras de dos víctimas. En todo caso, si es que uno puede aún figurarse a tal héroe como símbolo del espíritu humano, se preguntará en vano por el significado profundo de esos dos monstruos vencidos. ¿Serán eso las ecuaciones de quinto grado y las funciones elípticas? ¿O las amarguras y preocupaciones de la vida cotidiana?"
           Hablando de Cauchy, que era reaccionario, clerical y un gran matemático dice Klein:
 "El ejemplo de Cauchy nos indica que en nuestra ciencia también cabe el tipo de actitud ideológica diametralmente opuesto. En lo que este hombre tampoco es un fenómeno aislado; más adelante encuentra compañeros de ideología en Hermite, Jordan o Pasteur, asimismo de tendencia rigurosamente clerical. Frente a ellos, Faraday o Riemann representan una ingenua piedad protestante en modo alguno estorbada por el elevado desarrollo intelectual.... Gauss, quien por fuerza ha de interesarnos en este contexto, era en lo que toca a su persona igualmente de una religiosidad sencilla y honda; en lo externo deseaba "un régimen ordenado que le garantizara tranquilidad para su trabajo"... Este breve panorama confirma lo que toda observación del ser humano enseña, que las dotes intelectuales no son decisivas en cuanto a la manera de ver el mundo"
           Y termino esta larga entrada con el retrato que Klein hace de Riemann, el matemático que, entre otros logros, imaginó la geometría que sirve de fundamento a la Teoría de la Relatividad General de Einstein:
"De apariencia asustadiza y nada desenvuelto, el joven profesor a quien miramos como a un santo los que hemos nacido después tuvo que tragarse más de una pulla de sus colegas. A menudo sufría una tristeza que a veces se crecía en genuinos ataques de melancolía. ... Retraído del mundo circundante Riemann vivió en silencio su propia vida, incomparablemente rica. Es una disposición caracterial típica del genio la que encontramos en Riemann: hacia fuera, un pacífico tipo raro, lleno de fuerza e ímpetu por dentro"
           En fin, estas Lecciones sobre el desarrollo de la matemática en el siglo XIX son una maravilla y la traducción de José Luis Arántegui, excelente.