Humanidades

Qué nos enseñaron de niños. Qué les enseñan hoy a los niños. Ignoro cuáles son las tendencias de la última pedagogía, pero me temo, conociendo a ese gremio de pedantes, que son suficientemente ridículas y dañinas para las inocentes criaturas. Las asignaturas y los exámenes son una triste manía de los educadores y los planes de estudio. ¿Cuánto se tarda en asfixiar el genio que tantos niños atesoran antes de caer en la escuela? ¿Es acaso ésta una pregunta romántica? Con el sistema de exámenes no importa tanto la materia que se estudie como aprobar su examen: el medio se convierte en fin. Esto es una obviedad, desde luego. Existe y se amplía la brecha educativa: soy partidario de la educación universal, gratuita y pública. Mi piadoso deseo: que el hijo de un ama de casa tenga tantas oportunidades como la hija de un profesor de universidad. Los institutos al final de curso se asemejan a ferias de ganado donde se premia a la vaca más linda. Yo padecí ese sistema de enseñanza. No guardo buen recuerdo de mis años escolares. Los jóvenes persas aprendían tres cosas: a montar a caballo, a tirar con arco y a decir la verdad. Pueden enseñarse multitud de materias: me hubiera gustado recibir clases de esgrima, de física cuántica y de paciencia. Ya no tengo la edad de la promesa; estoy en la edad de los frutos, en la madurez otoñal de la vida. Miro hacia atrás. He dejado unos cuantos poemas. ¿Tendrán algo de valor? No lo sé. No me quita el sueño. Por lo demás hago lo que la inmensa mayoría: ganarme la vida mal que bien en un trabajo humillante, como un simple apéndice del ordenador, en la alienación del trabajo asalariado. Y para esto hemos estudiado trigonometría, la regla de Markovnikov, los fragmentos de Okazaki y los afluentes del Danubio. Bien, son saberes inútiles para el curso de la vida que uno ha seguido; pero mejor saber que ignorar. Una persona que conoce a Montaigne no pasa las horas muertas viendo telebasura. ¿No es así? Educar, educarse, importa, es vital. Quienes condenan a un niño a la ignorancia que hará de él un siervo toda su vida le hacen tanto mal como si lo mataran. Hace poco conocí las opiniones políticas secretas, vertidas en un diario, del lógico Gottlob Frege. Era reaccionario, antidemócrata, antisemita, fervoroso nacionalista alemán. Su estrechez de miras era considerable. ¿Cómo puede alguien emocionarse con una sonata de Beethoven y ser mala persona? Eso se preguntaba un personaje de la película "La vida de los otros" Es el tema obsesivo de George Steiner: "las humanidades no humanizan" Dijo Georges Bernanos: "la cólera de los imbéciles llena el mundo" La humanidad actual se podría reducir a esto: es una carrera espacial privada entre un puñado de multimillonarios analfabetos. Mucha miseria y ninguna grandeza. Que hayan dejado de ilusionarnos los viajes espaciales es algo que parecía imposible, pero nos han envilecido tanto que esto se ha producido.

Blog que languidece

A esta hora de la tarde solía ponerme a escribir alguna nota en este blog. Hace tiempo que languidece el pobre, durante meses ha estado abandonado. Crecen sobre él los hongos y la maleza como lo hacen sobre los amores y las amistades perdidas. Ahora estamos más distraídos, al menos yo lo estoy. El exceso de trabajo (signo de los malos tiempos) me tiene más ocupado de lo que quisiera. El móvil se lleva la mayor parte de mi vigilia, creo que lo miro cada diez o quince minutos. Es una locura, como el piar insistente de los gorriones antes de amanecer. Hace tiempo que no leo un libro con calma sea ensayo o novela o cualquier otra cosa. Echo de menos las antiguas costumbres, aquella época (¡época nada menos!) en que no había ni facebook, ni wasap, ni twitter, ni móviles. Voy a ser original: sucede que hay demasiado ruido. Los aficionados a la literatura parece que han cambiado la lectura por la mitomanía (esta buena observación es de Ignacio Peyró): si ponen un texto o una cita en alguna red social se acompaña siempre de una foto, que es lo importante. En este intervalo de silencio del blog he publicado un libro de poemas El delito mayor, (Trabe, 2022). No me considero poeta, bien es cierto que lo seré en la medida en que escribo artefactos que pueden considerarse poemas. Mi profesión es más modesta: pertenezco al ayer respetable y hoy muy castigado gremio de los empleados de banca. Llevo casi treinta años repartiendo felicidad a los pensionistas en la ventanilla de una oficina. Jamás he ascendido un peldaño. Soy de una horizontalidad proverbial.  Es incalculable la suma de dinero que ha pasado por mis manos en estas tres décadas pero tal vez se aproxime al PIB de una república centroafricana. Cuando empecé era un joven tímido y mitómano que detestaba ese empleo tradicionalmente considerado como gris; el tópico de la vida anodina, rutinaria y monótona de un hombrecillo sin ninguna cualidad destacada. Era mejor, sin duda, ser reportero de guerra, astronauta, piloto de caza, atracador de bancos, pirata o filósofo. Con treinta años de labor bancaria es natural que tenga dificultades para considerarme poeta o cosa parecida. Soy una persona bastante antipoética. Ahora que un actor porno con cara de niño gana sus buenos dineros por rodar películas pornográficas afirmo que tenemos un problema en lo que se refiere a la manera de ganarse la vida honradamente. La famosa escala de valores (o los mismos valores) está trastornada. Zerfall der Werte, la decadencia de los valores sobre la que escribió Hermann Broch. No es nuevo el problema. He visto en estos treinta años cómo han desaparecido las cajas de ahorros (cómo las han destruido, más bien) y cómo de tener un trabajo relativamente respetado socialmente se ha pasado a ser un galeote al que cualquiera puede insultar. Cualquier ilustre cliente se siente hoy con derecho a llamar a voz en grito "ladrones" o cosas similares a los sufridos empleados que atienden en las oficinas y que cumplen el establecimiento de horarios arbitrarios de atención al público o ponen la cara cuando se cobra una comisión. Hace unos años eran rarísimos estos comportamientos poco civiles de los clientes: hoy son casi diarios. No se diga que tienen derecho a protestar de esa forma: existen otras maneras de hacerlo sin ofender a los que trabajan. Basta de quejas. Esta vida es un teatro. Cada uno representa su pequeño papel, casi siempre ridículo, y luego "buenas noches".  Y nunca más volvemos. 

De la humildad

Recuerdo en este momento dos películas que podría llamar "franciscanas". Son "Il Posto" de Ermanno Olmi y "Diario de un cura rural" de Robert Bresson. Películas en blanco y negro rodadas con actores desconocidos, amateurs. Para Olmi y Bresson hacer cine debía de ser un sacerdocio; no les interesaba el éxito comercial. Por encima de todo son artistas. Sienten predilección por los sencillos, por los humildes, por los seres anónimos. Conmueve la mirada atenta y simpática, sin aspavientos, de estos dos maestros del cine hacia la vida de los olvidados, de los últimos, de las eternas víctimas. ¿Quién que haya visto "Mouchette" podrá olvidar ya a esa niña? ¿Y quién que haya visto "Il posto" olvidará al ragazzo de pueblo que se presenta a las oposiciones en la enorme Milán? Los italianos emplean la palabra "sistemare" para significar la procura de un empleo estable y bien remunerado. Eso es lo que el chico, empujado por su familia y su entorno, pretende. Recomiendo vivamente estas dos maravillas del cine.

Somos los mejores

Que el ser humano es un granuja, un  bribón que sabe disfrazarse de justiciero, creo que lo prueba el que, si tiene poder o influencia, nunca deja de hablar bien de sí mismo. Aún cometiendo las mayores felonías dice defender la justicia y el derecho. Mejor me callo porque ahora yo estoy incurriendo en otro vicio antiguo: criticar a los demás como si yo fuera perfecto. 

Imágenes de los antiguos

Veo un busto de Tucídides y caigo en la cuenta de que toda la representación que tiene el hombre moderno de los personajes de la Antigüedad se basa en puras conjeturas. ¿Quién sabe cómo eran los rasgos de Platón o de Aristóteles? Nos ha llegado el resto en mármol de una ilusión. 

Rayos X

Ha visto hace poco la radiografía de su rodilla izquierda. El largo hueso del fémur como una columna dórica, la tibia, el peroné y la rótula. Una imagen abstracta y extraña de su cuerpo. Es una sensación peculiar ver esa foto inquietante: "¿así es mi pierna? ¿Soy así por dentro?" Dicen que la mujer de Roentgen al ver la placa de su mano con el anillo de boda dijo: "he visto mi propia muerte". Es inquietante comentario, pero muy verdadero. Llevamos dentro el esqueleto, esa estructura secreta que nos mantiene y que un día asomará a través de la carne descompuesta. (Aunque la incineración es impaciente y destruye los huesos). 

Como ovejas

En la cola kilométrica para la tercera dosis. Uno siente que solamente ocupa un espacio que no importa. Para no ser cadáver o propagador de la enfermedad hay que pasar por esa humillación. 

Solterita

Está sentada en un banco, cerca de una esquina, entre arbolitos y asfalto, coronada por el ruido de un avión que vuela bajo. Sentado a su lado está su perrito, uno de esos chuchos cuya raza no tiene otra cualidad que la de despertar afecto por lo frágiles y pequeños que son. (Dicho de paso, me parece patológica la explosión de mascotas en las ciudades, aunque entiendo la razón: la ciudad es inhóspita, y no es menor la necesidad de dar afecto a alguien que la de recibirlo). Esta mujer pasa de los cincuenta, no está casada ni tiene novio. Es una mujer un poco ajada por los años, pero resulta bella y sabe arreglarse, tiene estilo. Lo más triste de esta escena es que la mujer está acariciando al perrito con una ternura que a mi se me figura que hubiera ido dirigida al hombre que no apareció -que ya no aparecerá- en su vida. Hay muchísimos de estos dramas rurales de Lorca en las ciudades. Por fortuna estas mujeres no tienen el estigma de la soltería, aunque les quede la soledad.  Viendo a esa mujer solitaria la vida me parece irremediablemente triste. 

Pueblo revisitado

¿Qué es la vida del hombre sobre la tierra? Paso breve. Esto se advierte mucho mejor cuando se regresa fugazmente, un corto paseo en una tarde de otoño, por un pueblo donde hace años trabajamos y al que no habíamos regresado desde entonces. Pueblo pequeño donde unas caras rimaban con otras. Caminé otra vez, con unos años más encima, mirando los edificios. Están más gastados. Algunos negocios habían cerrado (la floristería de Laura, el bar Marcelo) otros permanecían. Cuando iba diariamente a este pueblo habría como mucho una sola tienda de animales: hoy hay al menos siete, incluida una peluquería canina y un dormitorio para gatos. Negocios que cierran, nuevos negocios. Reconocí algunas caras: qué estragos hace con nosotros el tiempo. Me acordé del último tomo de "En busca del tiempo perdido" de Proust. Muchos de los que conocí han muerto y no lo sabré. Había bastantes niños que aún no habían nacido cuando yo me fui del pueblo, bruscamente, de un día para otro. Con toda normalidad llegué a trabajar un viernes y ya no volví más. Desaparecí sin dejar rastro. Seguramente nadie me recuerda, aunque trabajé en ese pueblo más de once años. El paso del tiempo lo arrastra todo. Creo que estoy imitando, sin darme cuenta, a Azorín. 

Cambios

Las condiciones de vida actuales son adversas para la construcción de un hogar. Aparte de esto el hogar está desapareciendo: no sólo porque nos lo amuebla IKEA o porque no hay fuego en la cocina ni tampoco vida vecinal, sino porque cada individuo de la familia vive encerrado en el interior de la burbuja autista que es su teléfono móvil. Nos enseñan egoísmo y distracción permanente. Desconocidos bajo el mismo techo, ausentes y presentes a la vez, progenitores e hijos coexisten sin relacionarse. Para los millones de solitarios esta situación es catastrófica pues les hace casi imposible salir de esa condición de anacoreta urbano para vivir en compañía del otro (haya o no relaciones sexuales). El solitario se acostumbra a la incomodidad de su vida individual y por una ley natural pierde el interés por encontrar a una persona con la que convivir. Esto es muy triste. Aplicaciones como Tinder, con millones de usuarios, son vertederos del amor: la inmensa mayoría (no todas supongo) son aventuras vacías, efímeros chateos; insatisfacción, fracaso y tedio. Exposición de un mercado digital en el que el cuerpo está ausente. No es culpa de los "usuarios", es el medio el que les utiliza. Esta es una sociedad insociable (rasgo que ha acentuado la pandemia). Se arroga el derecho de entrar "hasta la cocina" en el espacio privado de cada vivienda familiar tanto en el ocio como en el trabajo, que cada vez es más invasivo. El teletrabajo difumina los límites entre tiempo productivo y descanso: oficina y dormitorio se confunden. Podemos conectarnos en pijama. Todo esto hará estallar la cabeza a muchas personas: son cambios demasiado violentos y rápidos como para que podamos asimilarlos. No tengo ni idea de hacia donde vamos, pero me parece que no vamos por buen camino. Por otra parte, la historia no ha sido, precisamente, "ir por buen camino" 

Canción sobre un poema de Lermontov

Creo que a todos nos ha sucedido que nos enamoramos de una música o de una canción como en un flechazo. Al principio es una pieza aún misteriosa, de contornos borrosos. Como sucede que la escuchamos, si tenemos ocasión, una y otra vez, la música se va definiendo y va entrando en la memoria sin las lagunas del principio. Así es como se enamora uno de alguna canción. Esto me ha sucedido ayer al escuchar en internet por pura casualidad una canción desconocida. Me fascinó desde las primeras notas. Es una canción rusa cuya letra es el poema "Oración" del poeta Mijaíl Lérmontov. La letra dice más o menos: "En momentos difíciles de la vida/ si la tristeza oprime el corazón / repito de memoria una plegaria maravillosa. / Hay una fuerza bendita /en la armonía de esas palabras vivas / y respira una incomprensible / y santa delicia en ellas/  El alma se libera de su carga/ la zozobra queda lejos / y creo y lloro / y es tan fácil tan fácil... " Voy a escucharla otra vez, que anda uno muy falto de emoción auténtica. 

Otra vez la playa

En esta tarde de mediados de octubre volví a pasear por la orilla del mar. Estaba en calma y me fui calmando yo. El día despejado, azul profundo del cielo. Pensaba que la vida es trágica, que los dioses también mueren, que el agua es la sangre de un dios muerto. Recordé los versos de Rimbaud en la reverberación de la luz en el agua: Elle est retrouvée. Quoi? -L'Eternité. C'est la mer allée avec el soleil. No conozco una sola persona que sea libre. Es probable que jamás haya existido. Pensé que si los dioses me enviaban la muerte en ese momento -no después, no mañana- no me importaría demasiado. Caer fulminado, sin dolor ni angustia, en ese instante luminoso, profundo y solitario. No me han concedido esa gracia, me han mandado a la mierda los dioses. De vez en cuando juego a ser pagano. No se me entienda mal: no deseo morir. "No deseo morir pero me es indiferente estar muerto", dijo un antiguo. También dijo el poeta: "es sólo de los vivos el deseo de la inmortalidad" ¿Habrá tanta diferencia entre estar vivo y muerto? Al menos el muerto se ha liberado "de la triste costumbre de ser alguien y del peso del universo".  Por lo menos no he tirado la tarde a la basura verde

Pastillas de John Donne

Servirá menos que un reloj de sol en una tumba

Ojos que a todos miran, no miran sino sudan

Los que son algo sabios son los mejores tontos

Por exceso de calor Amor mata a más jóvenes que a viejos mata la Muerte por exceso de frío

¿Quién no se reiría de mi si dijera que vi arder un día entero la pólvora de un frasco?

El mismo honor, cuando tú a mi te rindas, se perderá, como vida te quitó la muerte de esta pulga

Amor es luz creciente y duradera y su primer instante, tras el mediodía, es noche

Pero no llames a esto larga vida, sino piensa que soy, estando muerto, inmortal

El mismo Sol que crea el tiempo mientras pasa

En las almas crecen los misterios de Amor y sin embargo el cuerpo es su libro

Brilla aquí para nosotros y estarás en todas partes, esta cama es tu centro, estos muros tu esfera

¿Y cuándo ese calor que me inunda las venas añadió un sólo hombre al balance de la peste?

Haz saber tus pensamientos, fuera yo te estudiaré como lejos se sitúa quien gran altura mide


Pregunta y orden

¿Será De Broglie, con su dualidad onda-corpúsculo, el puente entre la interpretación clásica de la física aplicada a los fenómenos cuánticos y la interpretación estadística de los mismos que representa la escuela de Copenhague? ¿Será De Broglie el punto intermedio entre la ecuación de onda de Schrödinger y el principio de Incertidumbre de Heisenberg? 
¿Por qué España sigue siendo un erial en ciencia? Quizá algún científico no esté de acuerdo con esta afirmación. Veo en una librería que el benemérito y solitario José Manuel Sánchez Ron, que hace de la divulgación científica en España una misión, acaba de publicar una biografía del físico canario Blas Cabrera. A continuación copio una orden del Boletín Oficial del Estado, publicada el 17 de febrero de 1939, que concierne a este eminente físico español.  
Orden de 4 de febrero de 1939 separando definitivamente del servicio a varios Catedráticos de Universidad.
Iltmo. Sr.: Es pública y notoria la desafección de los Catedráticos universitarios que se mencionarán al nuevo régimen implantado en España, no solamente por sus actuaciones en las zonas que han sufrido y en las que sufren la dominación marxista, sino también por su pertinaz política antinacional y antiespañola en los tiempos precedentes al Glorioso Movimiento Nacional.
La evidencia de sus conductas perniciosas para el país hace totalmente inútiles las garantías procesales, que en todo caso constituyen la condición fundamental de todo enjuiciamiento y por ello,
este Ministerio ha resuelto separar definitivamente del servicio y dar de baja en su respectivos escalafones a los señores... aquí una larga enumeración. Entre estos señores se encuentra Blas Cabrera Felipe, Catedrático de Ciencias de la Universidad Central.  Otros profesores separados: José Gaos, Wenceslao Roces, Julián Besteiro. Muchos de ellos encontraron generosa acogida en el México del presidente Lázaro Cárdenas.  Qué catástrofe europea la de aquellos años. 

García Márquez

He tenido que esperar a los 53 años para leer Cien años de soledad. No había leído la historia de Macondo. Me ha parecido la mejor novela de la literatura castellana después del Quijote. No he leído Fortunata y Jacinta, es verdad, que tal vez sea candidata al segundo lugar. Creo que no hace falta decir más. Es absolutamente grandiosa. Ya, si ya sé que no descubro nada, señora. Pero, qué manera de escribir, qué imaginación tiene Gabriel García Márquez. 

Obrar o escribir

Nunca me tomé en serio mi vocación literaria, en realidad no me gusta escribir. Lo que de verdad me gusta es leer. Pero, además, a cuántas cosas se renuncia por seguir un camino entre libros. Hombres de acción hay pocos, es cierto. Escribir consiste simplemente en poner con el mayor acierto posible una palabra detrás de otra. Pienso en lo frágiles que son la salud y la vida. Vivo en espera de la muerte, lo que pasa entretanto, lo que me viene quedando de vida, se lo reparten las visitas al supermercado, las horas de trabajo, los desplazamientos por carretera, los paseos por las redes sociales, las consultas al móvil (wasap, hotmail, etc).  Mi mente está inquieta. Mi cuerpo sufre frecuentes dolores. Esto es mi vida a día de hoy. Si sigo así me temo que caeré en el olvido eterno a los tres días de mi muerte (muerte que sólo llorarían de verdad cuatro o cinco personas, o tal vez me equivoco y me aprecia más la gente de lo que supongo). Hay algo agradable en pensar que seremos olvidados y que no dejaremos huella ninguna. ¡No hace falta esperar a la muerte! Por experiencia sé que no hace falta morirse para ser olvidado de muchos. ¿Dónde están aquellos amigos de mi lejana juventud? Imposible imaginar las muchedumbres de personas anónimas que ya han pasado por este mundo y los que empujan por entrar en él. Ayer vi una grabación de un cámara, soldado alemán en el frente del Este. Año 1941, quizá. Las imágenes mostraban a unos hombres jóvenes, judíos, que corrían hacia una fosa. La siguiente imagen, a distancia, recogía el momento en que eran asesinados. Seguramente alguno quedó malherido. Justo después del crimen se cubría con tierra la fosa común. ¿Quiénes eran esos hombres que corrían hacia su propia muerte? Yo soy cada uno de esos hombres; soy yo, que ahora escribo estas líneas. Tengo las mismas pasiones que ellos: deseo, miedo, esperanza, alegría. Eran individuos, fueron irrepetibles. Qué maravilla banal, insignificante. Pero también soy cada uno de los asesinos. Es terrible el juicio de la historia, porque es inapelable. Cartago siempre perderá ante Roma. Muchas veces me pregunto: con un material tan deleznable como es el tiempo, ¿qué podremos construir duradero en esta vida efímera, rodeada de peligros, donde cada día que se mantiene uno con vida es una victoria? La teoría de la Relatividad no se inventa todos los jueves. ¿No habrá sido todo un sueño? ¿No estaremos soñando? 

El tambor de hojalata

Para que no muera este blog (que tengo muy descuidado) dejo aquí escrito que hace unos días terminé de leer El tambor de hojalata, de Günter Grass. A pesar de los desastres del mundo (lo de Afganistán clama al cielo) o tal vez por eso, me aferro a la lectura. Novela publicada en 1959 sobre la Alemania de los años de la Segunda Guerra Mundial. El libro goza de una merecidísima fama. Me parecía imposible escribir un libro que pudiera estar a la altura de aquellos años terribles en Europa, sin embargo el genio de Günter Grass consigue presentar una historia memorable. Oskar Matzerath es un personaje inmortal. Es un libro que recomiendo vivamente leer. La traducción de Miguel Sáenz me parece admirable. 

Sin límites

Suelo escribir estas notas después de la cena. Cada cena, por cierto, es la última cena, por lo menos hasta el día siguiente. Soy uno de los millones de solitarios que desayuna, come, cena y duerme solo casi todos los días. Hay algo de castigo en eso. No me extraña que la palabra "resistencia" esté de moda. Resistencia como manual o incluso como estilo de cocina. Pandémicos o no, nuestra pequeña sociedad planetaria lleva un camino de rosas. Pero nos vamos arreglando, como se arreglan en el Congo o en cualquier otro país en el que la vida de un pobre vale menos que... (convoco a la imaginación para que me proporcione ese algo minúsculo que vale más que la vida de un pobre). No he visto el horror de Gaza o del Congo o de un poblado de chabolas sabe dios dónde; no he vivido en Colombia, ni en México. Poco conozco y conozco demasiado. Hay algo, además de la estupidez (la mía incluida desde luego), para lo que no parece existir límites. 

Será el instinto

No sabemos por qué hemos nacido, ni para qué. No pedimos nacer y moriremos cuando nos llegue la hora. Cada uno de estos centros del universo, en la mayor soledad. Mientras tanto (esos millones de segundos que son nuestra vida) estamos en el mundo sin entenderlo, partículas infinitesimales de la naturaleza y ahora de la sociedad global. Antes para "aniquilar nuestra importancia" tenían el cielo estrellado (Kant), ahora es la propia sociedad humana la que aniquila nuestra importancia, con la diferencia de que el cielo estrellado elevaba el ánimo, mientras que el hormigueo de la masa (menos presente en la calle que en internet) es más humillante que otra cosa. Pasaremos por este mundo sin comprender la inmensa violencia de la naturaleza y la historia; creo que no advertimos, al menos yo no lo advierto, la infinita potencia de creación y destrucción que opera en cada momento. Como dijo el poeta Carlos Marzal: "salvar la piel un día es un milagro" Seremos borrados de la faz de la tierra como si fuéramos un montón de polvo por el huracán terrible que sopla en todo momento. Nos iremos y no habremos entendido para qué nacimos, para qué vivimos, para qué sufrimos y para qué morimos. Como decía otro poeta; "...y seguirán los pájaros cantando..." O no, ya podemos imaginar una aniquilación total de la vida. Existe un nuevo concepto que se refiere al exterminio de toda vida provocado por el hombre: "omnicidio". Sea como sea, que no me distraigan posibles apocalipsis: lo único cierto es que cada uno de nosotros será borrado y olvidado. A vivir, si nos dejan, que son dos días. ¿Podemos entregarnos a un despreocupado hedonismo? Con lo cara que está la luz, lo difícil que es aparcar, el control que ejerce sobre nosotros el Big Data, este frenético ritmo de vida... ¿En serio nos dejarán tranquilos? En absoluto. En el siglo XX, ayer como quien dice, perecieron millones de personas por culpa de guerras y otras catástrofes. Nada indica que esto no vuelva a suceder. No comprendo, la verdad, qué insistencia es la nuestra (la de la especie humana a la que pertenecemos) en crecer y multiplicarnos, aunque no es racional, está arraigada en nosotros, en lo más íntimo de las células, no depende de nosotros: no somos libres. Es más poderosa que la muerte. Será el instinto, qué sé yo. 

El corto verano de la clase media

El trabajo es un valor ya que se trata de la actividad que nos permite ganarnos la vida realizando una tarea que redunde en beneficio de la sociedad. Gracias al trabajo digno y seguro una persona puede tener un hogar y fundar una familia si le apetece (en la inmensa mayoría de los casos lo hará). Un trabajo así da importancia, seguridad, sentido a la persona que lo tiene. Esto es un derecho fundamental. Ese es el principio y el ideal. Hoy se ha alcanzado tal grado de corrupción y podredumbre que ningún trabajador -salvo una minoría privilegiada- puede estar seguro de no ser despedido mañana por la mañana. No hay honradez en los trabajos que se desarrollan actualmente, no porque los trabajadores sean tramposos sino porque obedecen a un sistema que supura. Si para estar bien considerado en una empresa hay que ser un estafador es que algo no funciona. Esto sucede en muchas empresas. Aparte de esto, el margen de iniciativa del trabajador es cada vez más escaso: no se puede dar un paso sin que el sistema (configurado por imbéciles) lo permita o lo "autorice" como dice ese espantoso verbo. De esta forma el trabajador es un simple apéndice del ordenador al que está conectado. Es terrible que la experiencia laboral esté completamente despreciada cuando es el principal valor de un trabajador (sea médico, abogado, empleado, mecánico, piloto, profesor, funcionario, etc). Qué riqueza humana se pierde cuando se despide prematuramente a un trabajador (¡a decenas de miles!) que ya no es rentable. El trabajo muy rara vez es alegría (así lo pintaba la propaganda del horroroso estado soviético) y casi siempre es humillación, tedio, desafección del trabajador con respecto a su empresa. Es lamentable que un trabajador de cincuenta años -que está en la plenitud de su capacidad- no piense más que en prejubilarse o en irse de su empresa en buenas condiciones económicas. No hay forma más perversa de despertar un egoísmo atroz y un deseo mezquino. Muy podrido tiene que estar el trabajo para que suceda esto. Tengamos claro lo siguiente: tener trabajo no es simplemente recibir un salario a final de mes. Es, además, tener la confianza de que ese puesto de trabajo no va a perderse, no sólo por despido, sino por traslado. Trabajar sin esa confianza fundamental, con el temor a ser despedido o trasladado, no es tener trabajo. Vivir en vilo es también miseria. Considero esta degradación del trabajo una señal clara de la decadencia de nuestra civilización. Progresarán la inteligencia artificial, las computadoras, pero los hombres se están viendo reducidos a algo superfluo y a ser esclavos de la propia máquina. Monstruosa paradoja. Esto no es nuevo, un tal Samuel Butler ya lo observó hacia 1872. La situación es estupenda: en el pasado un sociedad de esclavitud, en el futuro lo mismo. El corto verano de la clase media. Qué puto desastre. 

Lugares deprimentes

Lo único agradable a la vista es el río. En ambas laderas casas destartaladas, ruinosas, desordenadamente dispersas. En el valle la monstruosidad de una población con edificios de 8 plantas y planta urbana, ni pueblo ni ciudad. No es insólito: es el mismo desarrollo que tuvieron las comarcas industriales desde mediados del siglo XIX. Aquí no hay más que ruinas y abandono. La población que queda son ancianos (la mayoría), algunos jóvenes de clases baja y los pocos supervivientes de la heroína. Se paga el nicho en el cementerio como se paga el alquiler de un trastero, es una costumbre del lugar. Todo es pobreza y grisura en estas poblaciones, quien vive contento aquí es porque ha perdido por el camino (si es que la tuvo alguna vez) la luz del intelecto. Cualquier persona inteligente y sensible siente la necesidad de huir de ese valle sofocante. Es inútil allí tratar de cultivar la sensibilidad y la inteligencia, ¿para qué? ¿Quién entendería una fina ironía o una alusión culta? Infiernos como éste son, por desgracia, muy numerosos. Aunque no haya guerra. En estos lugares la vida, cuando florecía, era dura y áspera. Ahora que la decadencia es completa están la estupidez, el aislamiento, la tristeza. Hay muchos cuerpos envilecidos por la sobrealimentación. Las mujeres son vulgares, no saben vestirse. En esta comarca cerrada la expresión más corriente de los vecinos, empleada como muletilla, como un tic, es "cagondios". Nunca saldrán de la miseria en la que viven y no se dan cuenta de la miseria en la que viven. Sobre todo es una miseria intelectual. La injusticia de la vida les ha colocado en ese pozo, porque más que valle es un pozo, como el pozo de una mina. Compadezco a cada niño que nace en ese valle. 

Vanidad

Los actores, actrices, cantantes, gentes del espectáculo, esta clase de personajes públicos tienen el vicio de la vanidad en altísimo grado. (De los políticos que hacen carrera a la sombra de un partido ya ni hablamos) Bajo la sagrada etiqueta de "cultura" -que es de lo que comen, ni más ni menos- ya pueden ejecutar las más ridículas obras que un aura de respeto les protege. En general los actores, actrices, cantantes etc  son gentes de una inteligencia mediana y escasísima cultura. No serían graves estas limitaciones sino fuera porque la vanidad les empuja a dar su opinión sobre cuestiones de las que no tienen ni idea. Son entrometidos, especialmente en política. Aunque digan barbaridades exigen atención, hablan con autoridad. No se tratan más que con sus compañeros de profesión, se casan entre ellos, tienen muy arraigado el instinto de rebaño (son corporativistas como médicos, jueces, militares, etc). Como suelen tener una agradable apariencia física imponen a las miradas más inocentes: si se les observa con atención se verá que son muñecos vacíos de intelecto. El cine nos ha acostumbrado a creer que a la vuelta de la esquina nos espera una maravillosa historia de amor. Muchos han esperado toda su vida una ocasión semejante (engañados por el cine) y murieron sin tropezar con esa bella actriz o ese galán. Porque todo es mentira cuando no se llega al arte. En la llamada "cultura" hay vulgo como lo hay entre los sacerdotes o entre los científicos. Que una actividad sea prestigiosa (la ciencia, el arte, las letras, la religión -ésta en el pasado) no quita para que la mayoría de los que la ejerzan no posea un especial talento. Un comediante discreto e inteligente es la cosa más rara que existe. 

Estuvo bien

El sentimiento de apocalipsis no es nuevo, desde luego. Lo tienen los vivos, esto también es obvio. Es darse mucha importancia esperar el fin del mundo: podríamos ser más modestos, sería sólo el fin de la humanidad. Este es un sentimiento (y un deseo) cada vez más anhelado. A la vista del horror cotidiano en las noticias (odio y estupidez sin descanso), de la pesadilla del pasado y de lo fácil que es olvidarlo, de tantos fracasos, dolores, esfuerzos inútiles y mentiras, ¿no es ya suficiente? Sí, yo creo (es mi opinión personal) que ya es suficiente. Nos iremos masacrando otras especies, todo lo que pillemos por delante. Ya no habrá más humillaciones ni más bajezas ni más gobiernos de Vichy, por poner un ejemplo. Sin embargo es un error desear el fin de la humanidad por desaliento o pesimismo, aparte de que esta idea no tiene nada de original y parece el delirio de un solitario resentido con todo. Así que me retracto de lo dicho. No sé si me explico.