Eclipse de sol

Un escritor austríaco, Adalbert Stifter, muy poco conocido en España, pero un gran escritor, tiene una magnífica descripción del eclipse de sol que pudo observar en Viena el 8 de julio de 1842. Entre otras cosas dice que nunca, nunca, en toda su vida sintió una emoción tan honda como en ese momento. Creo que en nuestra vida pocos vamos a tener ocasión de contemplar un fenómeno tan inmenso, un acontecimiento cósmico, que aunque tiene una explicación sencilla -la luna se interpone entre el sol y la tierra y arroja su sombra- no deja de producir una enorme conmoción. Esa oscuridad nos hace lúcidos. Ante este fenómeno desaparecen -ay, por un momento nada más- nuestras minúsculas diferencias. Por un momento los hombres olvidan su tontería y arrogancia (una decente madre de familia es igual que una prostituta; un extremeño es igual que un catalán; un jefe de estado es igual que un parado) y se ven como lo que realmente son: pequeños, hormiguitas, nulos, ante la inmensidad. Y casi siempre en horario de oficina.

2 comentarios:

  1. Hombre, que ante la inmensidad todos seamos minúsculos es cosa natural; en realidad, es una tautología. Pero de que seamos todos minúsculos no se sigue que seamos también iguales; yo distingo, y creo que es conveniente hacerlo, entre digamos Hitler y digamos Shakespeare. Son extremos opuestos de la condición humana, que aunque pequeña cosa por relación al cosmos, es en sí misma infinitamente amplia y diversa. En resumen, aunque todo sea igualmente menor, no todo vale lo mismo.

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    1. Estoy de acuerdo en que se distinga, como haces, entre Hitler y Shakespeare, por poner estos ejemplos. Pero a la naturaleza eso le da igual. Eso me parece importante tenerlo en cuenta.
      Ya sabes que para la naturaleza no es más valiosa la vida de un mosquito que la de Mozart. Para decirlo como Pascal(paradoja): nuestra grandeza estriba en ser conscientes de nuestra pequeñez. Esa humildad (qué palabra tan fuera de moda) nos hace grandes.

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