Para que no muera este blog (que tengo muy descuidado) dejo aquí escrito que hace unos días terminé de leer El tambor de hojalata, de Günter Grass. A pesar de los desastres del mundo (lo de Afganistán clama al cielo) o tal vez por eso, me aferro a la lectura. Novela publicada en 1959 sobre la Alemania de los años de la Segunda Guerra Mundial. El libro goza de una merecidísima fama. Me parecía imposible escribir un libro que pudiera estar a la altura de aquellos años terribles en Europa, sin embargo el genio de Günter Grass consigue presentar una historia memorable. Oskar Matzerath es un personaje inmortal. Es un libro que recomiendo vivamente leer. La traducción de Miguel Sáenz me parece admirable.
Sin límites
Suelo escribir estas notas después de la cena. Cada cena, por cierto, es la última cena, por lo menos hasta el día siguiente. Soy uno de los millones de solitarios que desayuna, come, cena y duerme solo casi todos los días. Hay algo de castigo en eso. No me extraña que la palabra "resistencia" esté de moda. Resistencia como manual o incluso como estilo de cocina. Pandémicos o no, nuestra pequeña sociedad planetaria lleva un camino de rosas. Pero nos vamos arreglando, como se arreglan en el Congo o en cualquier otro país en el que la vida de un pobre vale menos que... (convoco a la imaginación para que me proporcione ese algo minúsculo que vale más que la vida de un pobre). No he visto el horror de Gaza o del Congo o de un poblado de chabolas sabe dios dónde; no he vivido en Colombia, ni en México. Poco conozco y conozco demasiado. Hay algo, además de la estupidez (la mía incluida desde luego), para lo que no parece existir límites.
Será el instinto
No sabemos por qué hemos nacido, ni para qué. No pedimos nacer y moriremos cuando nos llegue la hora. Cada uno de estos centros del universo, en la mayor soledad. Mientras tanto (esos millones de segundos que son nuestra vida) estamos en el mundo sin entenderlo, partículas infinitesimales de la naturaleza y ahora de la sociedad global. Antes para "aniquilar nuestra importancia" tenían el cielo estrellado (Kant), ahora es la propia sociedad humana la que aniquila nuestra importancia, con la diferencia de que el cielo estrellado elevaba el ánimo, mientras que el hormigueo de la masa (menos presente en la calle que en internet) es más humillante que otra cosa. Pasaremos por este mundo sin comprender la inmensa violencia de la naturaleza y la historia; creo que no advertimos, al menos yo no lo advierto, la infinita potencia de creación y destrucción que opera en cada momento. Como dijo el poeta Carlos Marzal: "salvar la piel un día es un milagro" Seremos borrados de la faz de la tierra como si fuéramos un montón de polvo por el huracán terrible que sopla en todo momento. Nos iremos y no habremos entendido para qué nacimos, para qué vivimos, para qué sufrimos y para qué morimos. Como decía otro poeta; "...y seguirán los pájaros cantando..." O no, ya podemos imaginar una aniquilación total de la vida. Existe un nuevo concepto que se refiere al exterminio de toda vida provocado por el hombre: "omnicidio". Sea como sea, que no me distraigan posibles apocalipsis: lo único cierto es que cada uno de nosotros será borrado y olvidado. A vivir, si nos dejan, que son dos días. ¿Podemos entregarnos a un despreocupado hedonismo? Con lo cara que está la luz, lo difícil que es aparcar, el control que ejerce sobre nosotros el Big Data, este frenético ritmo de vida... ¿En serio nos dejarán tranquilos? En absoluto. En el siglo XX, ayer como quien dice, perecieron millones de personas por culpa de guerras y otras catástrofes. Nada indica que esto no vuelva a suceder. No comprendo, la verdad, qué insistencia es la nuestra (la de la especie humana a la que pertenecemos) en crecer y multiplicarnos, aunque no es racional, está arraigada en nosotros, en lo más íntimo de las células, no depende de nosotros: no somos libres. Es más poderosa que la muerte. Será el instinto, qué sé yo.
El corto verano de la clase media
El trabajo es un valor ya que se trata de la actividad que nos permite ganarnos la vida realizando una tarea que redunde en beneficio de la sociedad. Gracias al trabajo digno y seguro una persona puede tener un hogar y fundar una familia si le apetece (en la inmensa mayoría de los casos lo hará). Un trabajo así da importancia, seguridad, sentido a la persona que lo tiene. Esto es un derecho fundamental. Ese es el principio y el ideal. Hoy se ha alcanzado tal grado de corrupción y podredumbre que ningún trabajador -salvo una minoría privilegiada- puede estar seguro de no ser despedido mañana por la mañana. No hay honradez en los trabajos que se desarrollan actualmente, no porque los trabajadores sean tramposos sino porque obedecen a un sistema que supura. Si para estar bien considerado en una empresa hay que ser un estafador es que algo no funciona. Esto sucede en muchas empresas. Aparte de esto, el margen de iniciativa del trabajador es cada vez más escaso: no se puede dar un paso sin que el sistema (configurado por imbéciles) lo permita o lo "autorice" como dice ese espantoso verbo. De esta forma el trabajador es un simple apéndice del ordenador al que está conectado. Es terrible que la experiencia laboral esté completamente despreciada cuando es el principal valor de un trabajador (sea médico, abogado, empleado, mecánico, piloto, profesor, funcionario, etc). Qué riqueza humana se pierde cuando se despide prematuramente a un trabajador (¡a decenas de miles!) que ya no es rentable. El trabajo muy rara vez es alegría (así lo pintaba la propaganda del horroroso estado soviético) y casi siempre es humillación, tedio, desafección del trabajador con respecto a su empresa. Es lamentable que un trabajador de cincuenta años -que está en la plenitud de su capacidad- no piense más que en prejubilarse o en irse de su empresa en buenas condiciones económicas. No hay forma más perversa de despertar un egoísmo atroz y un deseo mezquino. Muy podrido tiene que estar el trabajo para que suceda esto. Tengamos claro lo siguiente: tener trabajo no es simplemente recibir un salario a final de mes. Es, además, tener la confianza de que ese puesto de trabajo no va a perderse, no sólo por despido, sino por traslado. Trabajar sin esa confianza fundamental, con el temor a ser despedido o trasladado, no es tener trabajo. Vivir en vilo es también miseria. Considero esta degradación del trabajo una señal clara de la decadencia de nuestra civilización. Progresarán la inteligencia artificial, las computadoras, pero los hombres se están viendo reducidos a algo superfluo y a ser esclavos de la propia máquina. Monstruosa paradoja. Esto no es nuevo, un tal Samuel Butler ya lo observó hacia 1872. La situación es estupenda: en el pasado un sociedad de esclavitud, en el futuro lo mismo. El corto verano de la clase media. Qué puto desastre.
Lugares deprimentes
Lo único agradable a la vista es el río. En ambas laderas casas destartaladas, ruinosas, desordenadamente dispersas. En el valle la monstruosidad de una población con edificios de 8 plantas y planta urbana, ni pueblo ni ciudad. No es insólito: es el mismo desarrollo que tuvieron las comarcas industriales desde mediados del siglo XIX. Aquí no hay más que ruinas y abandono. La población que queda son ancianos (la mayoría), algunos jóvenes de clases baja y los pocos supervivientes de la heroína. Se paga el nicho en el cementerio como se paga el alquiler de un trastero, es una costumbre del lugar. Todo es pobreza y grisura en estas poblaciones, quien vive contento aquí es porque ha perdido por el camino (si es que la tuvo alguna vez) la luz del intelecto. Cualquier persona inteligente y sensible siente la necesidad de huir de ese valle sofocante. Es inútil allí tratar de cultivar la sensibilidad y la inteligencia, ¿para qué? ¿Quién entendería una fina ironía o una alusión culta? Infiernos como éste son, por desgracia, muy numerosos. Aunque no haya guerra. En estos lugares la vida, cuando florecía, era dura y áspera. Ahora que la decadencia es completa están la estupidez, el aislamiento, la tristeza. Hay muchos cuerpos envilecidos por la sobrealimentación. Las mujeres son vulgares, no saben vestirse. En esta comarca cerrada la expresión más corriente de los vecinos, empleada como muletilla, como un tic, es "cagondios". Nunca saldrán de la miseria en la que viven y no se dan cuenta de la miseria en la que viven. Sobre todo es una miseria intelectual. La injusticia de la vida les ha colocado en ese pozo, porque más que valle es un pozo, como el pozo de una mina. Compadezco a cada niño que nace en ese valle.
Vanidad
Los actores, actrices, cantantes, gentes del espectáculo, esta clase de personajes públicos tienen el vicio de la vanidad en altísimo grado. (De los políticos que hacen carrera a la sombra de un partido ya ni hablamos) Bajo la sagrada etiqueta de "cultura" -que es de lo que comen, ni más ni menos- ya pueden ejecutar las más ridículas obras que un aura de respeto les protege. En general los actores, actrices, cantantes etc son gentes de una inteligencia mediana y escasísima cultura. No serían graves estas limitaciones sino fuera porque la vanidad les empuja a dar su opinión sobre cuestiones de las que no tienen ni idea. Son entrometidos, especialmente en política. Aunque digan barbaridades exigen atención, hablan con autoridad. No se tratan más que con sus compañeros de profesión, se casan entre ellos, tienen muy arraigado el instinto de rebaño (son corporativistas como médicos, jueces, militares, etc). Como suelen tener una agradable apariencia física imponen a las miradas más inocentes: si se les observa con atención se verá que son muñecos vacíos de intelecto. El cine nos ha acostumbrado a creer que a la vuelta de la esquina nos espera una maravillosa historia de amor. Muchos han esperado toda su vida una ocasión semejante (engañados por el cine) y murieron sin tropezar con esa bella actriz o ese galán. Porque todo es mentira cuando no se llega al arte. En la llamada "cultura" hay vulgo como lo hay entre los sacerdotes o entre los científicos. Que una actividad sea prestigiosa (la ciencia, el arte, las letras, la religión -ésta en el pasado) no quita para que la mayoría de los que la ejerzan no posea un especial talento. Un comediante discreto e inteligente es la cosa más rara que existe.
Estuvo bien
El sentimiento de apocalipsis no es nuevo, desde luego. Lo tienen los vivos, esto también es obvio. Es darse mucha importancia esperar el fin del mundo: podríamos ser más modestos, sería sólo el fin de la humanidad. Este es un sentimiento (y un deseo) cada vez más anhelado. A la vista del horror cotidiano en las noticias (odio y estupidez sin descanso), de la pesadilla del pasado y de lo fácil que es olvidarlo, de tantos fracasos, dolores, esfuerzos inútiles y mentiras, ¿no es ya suficiente? Sí, yo creo (es mi opinión personal) que ya es suficiente. Nos iremos masacrando otras especies, todo lo que pillemos por delante. Ya no habrá más humillaciones ni más bajezas ni más gobiernos de Vichy, por poner un ejemplo. Sin embargo es un error desear el fin de la humanidad por desaliento o pesimismo, aparte de que esta idea no tiene nada de original y parece el delirio de un solitario resentido con todo. Así que me retracto de lo dicho. No sé si me explico.
Luces
La ciudad y los perros
En plena distopía
El gitano y Pascal
Tengo mucho que agradecer a los gitanos del rastro, me refiero a los que se especializan en libros de segunda o de tercera o de enésima mano. Los precios están tirados, como los libros. Son libros que se recogen con misericordia, más que comprarlos se rescatan. En León compré uno fabuloso, era un libro del físico Werner Heisenberg de la editorial Rowohlt; en alemán, claro. Me costó 50 céntimos. Fue uno de los mayores hallazgos librescos de mi increíble existencia. Hoy, en el mercado semanal de ese pueblo de la cuenca minera asturiana donde no abundan los catedráticos precisamente, había un puesto similar. Es la primera vez que veo en ese mercado un tenderete con algunos libros. Lo llevaban una mujer gorda y una muchacha, su hija, medio tumbada en una silla plegable. Entre cacharros, coches de juguete, quincalla y todo tipo de menudencias había unos cuantos libros de bolsillo. A un euro el libro. A mi lado estaba un gitano de unos 60 años rebuscando como yo entre los libros. Agarró del suelo una edición de Sarpe de los "Pensamientos" de Pascal. La estuvo mirando un momento y la compró.
Tumbarse en la arena
La playa se va llenando de gente, todos huidos de la ciudad. El mar cambia de color. No hay una nube en todo el cielo. Detrás de las dunas sólo se oye el oleaje. Se tumba en la arena sin quitarse el abrigo negro, con la cabeza mirando al mar. Parece un mendigo. La mochila le hace sombra. Es tan grato soñar con la libertad, sobre todo en estos tiempos de peste. La arena es limpia y además hay que aprender a ser sucio. Pretender ser inmaculado en este universo loco es una pedantería moral. ¿O no es así? Una playa del Cantábrico, una playa del Pacífico o del mar de China. Son las mismas dunas de la película "La mujer de la arena" (1964) de Hiroshi Teshigahara. Las obras maestras, como esta película, tocan símbolos universales y no se pueden explicar por la razón.
El odio
Lo que se decía en la entrada anterior del amor, ¿no sirve, en parte, para el odio? El objeto odiado es también una obsesión. El odio es muchísimo más frecuente que el amor. Basta repasar la Historia.
El amor
Una persona está enamorada de otra cuando comienza a confundir al objeto amado con un paisaje o con los elementos de la naturaleza. El amor no es de este mundo: de este mundo, creo, son los impuestos, el comercio (si un barco bloquea el canal de Suez se pierden cada minuto millones de euros, yenes, dólares, rublos) las cosas cotidianas que son a ras de suelo. El amor es un dios que transporta a su presa a un estado de sueño en el que la realidad aparece transfigurada. Se da en los jóvenes, sobre todo, porque están llenos de ilusiones, no tienen experiencia y son dados a la ensoñación. Además por sus jóvenes arterias puede correr mejor este dios de la sangre que embriaga como el vino. El amor exige un gasto enorme de energía, es una prueba para la salud. El objeto amado puede causar que el contorno de unos montes, una playa, una calle en una ciudad o un objeto estén cargados de una inmensa fuerza evocadora. Es una monomanía. La emoción y el intelecto van juntos siempre en las cosas que merecen la pena. Lo mejor de nuestra breve vida no pertenece a este mundo. Con acierto exhortaba Baudelaire a embriagarse de vino, de poesía o de virtud. Podría haber añadido de "amor" aunque el tiempo apague los delirios eróticos. El amor es una rebeldía, un desafío a la autoridad milenaria de los sacerdotes, jueces, notarios y demás personas respetables. Todos los grandes amores son trágicos. Nada hay que nos haga más felices ni más desgraciados que el amor. Las personas sensatas, las ya entradas en años, huyen de él.
Somos iguales
Apuntes
El progreso: un pasito adelante y tres atrás.
Le viene a la mente esta frase: "espectro de su propia tiniebla" Le suena de algo y no sabe de qué.
Un poema en prosa de Baudelaire trata (si es que los poemas "tratan" de algo) de una mujer vieja que al acercarse cariñosamente a un niño para hacerle arrumacos le espanta con su fealdad: "Ay, para nosotros, desgraciadas viejas, ha pasado la edad de agradar incluso a los inocentes y causamos horror a los niños que quisiéramos amar" Esa estampa se titula "La desesperación de la vieja". Conocí de niño a una vieja así. Tenía la cara desfigurada por una quemadura que sufrió en su infancia. No sabía hablar, emitía una especie de gemidos. Le llamaban La mudina. La mujer se acercó para darme un beso y me aterrorizó. Baudelaire muestra el doloroso conflicto entre la fealdad física y la amabilidad del alma. Es una variación del tema de la bestia que detrás de una apariencia horrible encierra un alma generosa y llena de afecto: el Quasimodo de Víctor Hugo o el Hombre Elefante. La figura inversa es la persona de gran belleza física y alma depravada. Esta idea trastoca nuestra natural inclinación a considerar lo bello como bueno y lo feo como malo. Lucifer era un ángel bellísimo; el demonio, en cambio, es monstruoso.
La fuerza divina que empuja hacia las alturas a la Virgen en la Asunción de Tiziano. Frente a esa fuerza trascendente el despegue de un cohete espacial se queda en casi nada. Es una ley de la dinámica: acción y reacción. No existe la Gracia. El combustible es el hidrógeno líquido. La luna de Leopardi o el claro de luna de la sonata de Beethoven frente a Neil Armstrong.
Orwell, Camus y Oscar Wilde sólo vivieron 46 años. Ya les superas en edad. Cada vez te parecen más jóvenes. Aún siguen brillando y brillarán largo tiempo. Vidas breves pero muy bien aprovechadas.
Importancia de la belleza para la vida civilizada. El poder que llena de zonas verdes la ciudad y abre caminos de piedra entre árboles que respeta es un benefactor de los hombres. Espacios donde el alma se solaza. Encontrar la relación directa entre la superficie de parques y la salud mental de los ciudadanos. A más clorofila menos agresividad y estupidez. ¿Es necesariamente así? No he conocido ningún árbol que fuera estúpido, dijo un poeta.
Se derrumba la convivencia
Los efectos de estos tiempos oscuros de peste que vivimos, de abrumadora fealdad, comienzan a notarse en la conducta de cada uno de nosotros. Afloran ya sin ningún disimulo las pulsiones violentas. Guerra en las familias, guerra en el trabajo, guerra en la calle. Odio, irritación y resentimiento. Cada día que vivimos (que sobrevivimos) es una conquista. Hasta este grado de miseria hemos caído como civilización. La deshumanización es imparable, vertiginosa. No sólo España, también sucede en Europa. Como especie parecemos condenados. Hasta alivia pensar que el mundo ha empezado sin el hombre y se terminará sin él. O, como decía Foucault, que el hombre desaparecerá como se borra un rostro en la arena. Mientras eso llega (que no lo veremos nosotros) este ruido furioso, este desierto de amor, esta maldita discordia, esta procesión de espectros.
Perder el respeto
En una conferencia sobre el Ulises de Joyce dice Borges que los irlandeses fueron geniales escritores en inglés porque no se sentían obligados por la tradición inglesa. No le tenían respeto y eso les permitió desafiar ciertas convenciones que un inglés consideraría intocables. Sagrado, profano. Joyce era, en este sentido, un "profanador", se atrevió a romper moldes, a ir más lejos en la invención literaria. Lo mismo, agrega Borges, ocurre con los judíos asimilados en el ámbito germánico. Se sabe que las bases de la teoría de la Relatividad especial ya eran conocidas por varios físicos, pero sólo Einstein se atrevió a dar el paso a lo desconocido. Un caso semejante es el de Freud, que fue en su terreno tan revolucionario como Einstein. El caso de Kafka me parece significativo. No era alemán, ni checo, ni judío ortodoxo. Este desarraigo personal le permitió advertir como nadie la condición del hombre moderno: el individuo insignificante aplastado por la maquinaria burocrática. Aunque es mucho más que eso, pues su obra tan original toca la esencia metafísica de nuestra naturaleza. No sé si me explico. La física moderna, uno de cuyos padres (o madres) es Galileo, comenzó su camino refutando las teorías de Aristóteles sobre el movimiento y los cuerpos celestes. A Galileo le bastaron unas noches observando el firmamento con un telescopio para demostrar la falsedad de la cosmología del griego. En su tiempo esto era una herejía. Galileo se fiaba de los experimentos no de la autoridad; interrogaba a la naturaleza y si Aristóteles estaba equivocado peor para Aristóteles. Copérnico, claro está, sacudió los cimientos del mundo al poner al sol en el centro. No es cuestión, por tanto, sólo de talento, hace falta audacia. Otro ejemplo que se me ocurre es el de Nietzsche. Siendo un joven filólogo desafió la manera que se tenía hasta entonces de entender a los griegos. No eran sólo "noble sencillez y serena grandeza" como afirmaba Winckelmann, sino que tenían un fondo pesimista y oscuro. No sólo Apolo, sino también Dioniso. Esto chocaba con el ideal clásico helénico que tenían Goethe, Schiller o Schopenhauer. Lo resume bien el título del libro del filólogo británico E.R. Dodds Los griegos y lo irracional. Que yo sepa Nietzsche fue el primero en ver ese lado orgiástico, demente y pesimista de los antiguos griegos. Más tarde Nietzsche atacó furiosamente al Cristianismo. Hay que tener mucho coraje para atreverse, como hizo Spinoza, a someter al examen de la razón a las Sagradas Escrituras. Esto hizo Spinoza en el Tratado teológico-político. Se granjeó el odio de su comunidad religiosa, como es sabido, y fue expulsado de su seno con terribles maldiciones. Otro ejemplo: los pintores impresionistas provocaron un escándalo cuando se dieron a conocer. La obediencia no es la virtud de los descubridores. ¿Qué prejuicios morales, estéticos, científicos tendremos hoy? Que los tenemos es seguro. ¿Qué falsos ídolos existen hoy? ¿Quién se atreverá a demostrar que el rey está desnudo? Que el socialismo soviético era una patraña creo que pocos lo dudan ya. ¡Y a cuántos intelectuales engatusó! ¡Qué ciegos estaban! Una nota importante: es posible que alguno de estos audaces destructores de prejuicios fuera en su vida privada un buen padre de familia. Joyce y Freud, por ejemplo, eran así. Orwell también. Tenemos la idea de que un revolucionario es un alborotador que da voces en público. Nada es más falso que eso. Suelen ser cautos, por la cuenta que les tiene. A la mayoría de los hombres no les gusta nada que le muevan el suelo que tienen bajo los pies.
Rimbaud
Aunque cada vez me cueste más creerlo también yo fui joven. Pero cuidado, que tampoco soy viejo. Mi década prodigiosa fueron los años 90. Acababa de despedirme del deporte y comencé a interesarme, con ese fervor de los muchachos, por la literatura y la filosofía. El mundo era joven. Si había viejos los veía, pero no los sentía. Trato de recordar qué personaje encarnó para mí la juventud. Quizá me engañe, pero creo que fue Rimbaud. ¡Qué entusiasmo al leerlo! No me enteraba de nada, o de casi nada, me parece. Incluso llegué a imitar su poema El barco ebrio. Pero Rimbaud sólo hay uno. El poco francés que sé me lo enseñaron Baudelaire y Rimbaud. En 1991 se celebró el centenario de la muerte de este poeta. El poeta. A mí, que tenía 23 años, ya me dejaba atrás en juventud. Es sabido que Rimbaud dejó de escribir a los 19 años. Tengo un retrato suyo en el apartamento donde vivo, el célebre que le hizo el fotógrafo Carjat hacia 1872, un año después de la Comuna. Cara de niño frágil y asustado. Ojos claros. Era un genio auténtico aunque no supiera nada de la vida aún. Es normal. Ahí está, eternamente joven en el instante detenido. En algún momento de éxtasis llegamos a creer que podríamos ser tan grandes como él. Sueños de juventud muy nobles y muy insensatos. De su terrible agonía en un hospital de Marsella no queríamos saber nada, no la entendíamos. Ese Rimbaud moribundo y derrotado no existía. De haber vivido más, ¿hubiera sentado la cabeza? La edad nos enfría la sangre. Es ridículo pretender ser un joven perpetuo. La juventud es un testigo que cedemos, por las buenas o por las malas, a los que llegan detrás. Así se hizo desde que el mundo es mundo. Qué breve y qué luminosa fue la juventud, encanto descarado de la vida. Como decía con malicia y acierto Luis Cernuda: "poetas mozos de todos los países hablan mucho de él en sus provincias" Estos tiempos de peste no son para jóvenes, me parece una lástima tener veinte años hoy: no pueden salir, no pueden amarse, no pueden reunirse. Están recogidos en sus habitaciones, siempre están afuera porque están conectados. Esa es su relación con el mundo. No les culpo de nada, los compadezco. Ningún vagabundeo (no se les permite). Su capacidad de aventura, su libertad, es moneda barata. ¿A dónde irán que no haya cobertura? Pueden viajar en vuelos low cost al confín del mundo (ahora ni eso pueden) pero siguen enjaulados. Paul Nizan escribió hacia 1931 un libro desengañado sobre su viaje al mismo Adén al que huyó Rimbaud buscando al salvaje, como hizo Gaugin. A finales del siglo XIX aún era posible. En tiempos de Nizan, primeras décadas del siglo XX, esto ya era una quimera. Un Nizan hastiado regresó a la vieja Europa, como Rimbaud, entrando por el puerto de Marsella: le crecle bouclé, je vis un matin le château d'If, et devant des collines blanches, Notre-Dame-de-la-Garde. J'étais servi: les premiers emblèmes venus à ma rencontre étaint justement les deux objets les plus révoltants de la terre: une église, une prison. Iglesias ya ni quedan, están vacías. Prisiones hay, gozan de muy buena salud. Y no sólo son esos edificios siniestros. El control que se ejerce sobre nosotros, Rimbaud, es algo que ni llegaste a imaginar. ¡Buen viaje al África colonial, muchacho! ¡Huye, huye tú que pudiste!
Ferlosio
Rafael Sánchez Ferlosio es un personaje que era enormemente simpático. Si me oye decir esto se iba a enojar. Porque precisamente su categoría o su elegancia le haría repelente ese adjetivo cursi. Me gusta de él que no tenía pelos en la lengua. Detestaba el deporte, el nacionalismo, el papel social del literato, la moderna pedagogía, etc. Con las zapatillas puestas disparaba contra todo. Tenía un punto de loco pero se quedó en el límite así que fue más lúcido que nadie. Era original. En eso que llamó "pecios" y se conoce como "aforismos" es un consumado maestro. Yo disfruto leyéndolos, muchos no los entiendo pero me agradan igual. Hay una foto de él sentado en una butaca con bata y zapatillas -quien está en bata y zapatillas es Ferlosio, no la butaca, perdón, maestro- que es memorable. (Unos segundos de pausa). La he buscado en internet (desde donde escribo) y tengo que rectificar. No llevaba bata. Mira desafiante al frente. ¿Con quién relacionaría a Ferlosio con su preocupación por el lenguaje, su afán de derribar ídolos reconocidos por la sociedad y la época yendo siempre a contracorriente y con su talento para la frase corta y acerada? Pienso inmediatamente en Karl Kraus.
El fin del mundo
El fin del mundo no es tan fácil. Qué va. A la vista de los acontecimientos de los últimos meses, de los cambios "disruptivos" que están en pleno desarrollo (la vida individual y social volcada a lo virtual; internet nuestra ágora, escuela y mercado), aparte, naturalmente, de la pandemia, observo que terminar con el mundo es muy difícil. Grosera imaginación la de quien cree que esto sucede en un instante. No con un trueno, sino con un susurro. Así termina el mundo. Relaciones a distancia (muchas con desconocidos) con intervalos de días, semanas o meses. Creo que estamos ante un cambio antropológico de dimensiones desconocidas. Pronto dejaremos de ser corpóreos. Aunque sigamos necesitando comer tres veces al día, ir al baño y hacer cola para echar la bonoloto.
Matemáticas
Ya que el mundo se ha vuelto tan hostil, tan enemigo, tan oscuro, me estoy haciendo aficionado a las fugas (las de Bach no, otras). Si no hay confinamiento escapo solo a la orilla del mar, con el deseo de subir a una nave de tres palos como la de James Cook (originalmente un buque para transportar carbón) y poner rumbo a los mares del Sur. Me conformaría con una barca, remando hasta la deshidratación y el agotamiento hasta perder de vista la costa. Si el confinamiento no permite desplazamientos (obedecemos resignados las disposiciones de la autoridad) me queda, como al prisionero, el recurso de la imaginación. No tengo talento para las matemáticas, qué lástima. Con gusto me olvidaría de estas oscuras y agobiantes circunstancias tratando de comprender la Teoría de Grupos de Galois o la Teoría de Conjuntos de Cantor. Qué poder de abstracción, qué alejamiento del mundo sensible. Hay infinitos más "grandes" que otros. ¿No fue, por cierto, el siglo XIX el que conoció un mayor avance y consolidación de las matemáticas? Creo que sí. ¡Nada de suposiciones, tendría que demostrarlo! Hay en las matemáticas una voluntad de orden que ya conocían los apasionados griegos. Recuerdo la frase del matemático alemán y judío, judío y alemán (o prusiano más exactamente) Carl Gustav Jacobi: "el único fin de la ciencia es honrar el espíritu humano" Si hoy todo se desmorona, si parece que reina el caos, las matemáticas y su belleza ideal son, para mí que no soy creador, un excelente pasatiempo. La posibilidad de la fuga del mundo. El matemático francés Poncelet cayó prisionero de los rusos en la campaña de Napoleón. Durante su cautiverio (1812-1814), sin ningún libro a mano, estableció los fundamentos de la geometría proyectiva.
Engañados
En el apocalipsis zombi que fue el asalto al Capitolio de Washington hubo -que yo sepa- una víctima mortal, una mujer de San Diego que había dejado su residencia para asistir al magno acontecimiento. La pobre mujer era partidaria acérrima de Trump. Recibió un balazo en el pecho. Sacrificio inútil. No será una mártir de nada, había puesto sus esperanzas en un miserable al que la vida de los rednecks no le importa lo más mínimo. Es terrible pensarlo, pero ha muerto en vano. Trump se apresuró, forzado por las circunstancias, a renegar de sus propios y salvajes entusiastas. Estremece pensar que uno pueda poner toda su ilusión en una persona o una causa que son completamente falsas. ¿Cuántas veces nos han engañado? La Iglesia ha sido especialista en eso. Tomando como ejemplo a esa mujer me pregunto si no habré sido engañado también yo. Si no me habré inclinado ante un poder arbitrario, si no soy capaz de conocer la realidad social y mis propias circunstancias. Por ejemplo, la literatura es cosa de señoritos. Quizá el engañado se culpe a sí mismo de su situación vital o de su fracaso cuando no es más que la víctima de un orden social injusto. Ya sabemos que en la carrera de la vida una minoría de señoritos nace con privilegios e inmunidad moral y una masa anónima tiene que luchar por subsistir. La idea de "lucha" por cierto, tan enaltecida por los sindicatos -cuando existían- es un error. Nadie puede cambiar nada si está en el fondo del pozo. Luchar, para esta gente, es simplemente mantenerse en pie. Eso es todo. Pero los pobres no tienen moral. Quienes han hecho las revoluciones han sido señoritos con mala conciencia. Sin embargo la simpatía, más o menos sincera, que pudieran tener por los marginados, los más humildes, no confunde sus destinos. Ciertamente, la rebelión tendría que ser una inevitable urgencia, pero su inutilidad es desesperada. Hacer que el individuo salga de la infancia, que sea una persona autónoma que piense por sí misma y sepa guiarse sola en la vida, fue el ideal de la Ilustración. Lo que nos enseñaron nuestros mayores, pienso, era falso. No engañaban por mala fe, sino por ignorancia. Derribar falsos ídolos.
Terror
Bastan 15 individuos brutales, fanáticos y poderosos para aterrorizar a una nación considerada "culta" de millones de personas. Viendo hace poco un documental sobre la II Guerra Mundial, con imágenes de archivo que no conocía, se me quedó grabada la cara de desprecio y asco que tiene Goebbels al visitar un campo de prisioneros rusos. ¿Podemos imaginar cómo sería vivir en Alemania entre 1933 y 1945? No se movía ni una mosca. El Terror era absoluto. La mentira, la única verdad. Mentían sin el menor escrúpulo. A Hitler y sus cabecillas les importaba un rábano la vida de sus propios compatriotas; poseídos por una furia absolutamente asesina no admitieron la derrota y prolongaron hasta el final el inmenso sufrimiento de millones de personas. Es tremendo ver cómo teniendo la guerra perdida (hacia 1944) siguen organizando desfiles victoriosos para engañar a la población, celebrando conciertos, fiestas, inaugurando factorías, haciendo como que seguían gobernando para la futura Alemania, como si la victoria fuera segura, cuando lo seguro era la derrota. No es sólo que engañaran a los que respiraban la misma cultura que Kant, Schiller o Beethoven, es que convirtieron en asesinos sanguinarios a muchísimos, a miles de ellos. Se conocen más o menos las masacres de los soldados alemanes y las SS en el frente oriental. ¿No había nadie en toda Alemania al que se le cayera la venda de los ojos y saliera a la calle a protestar contra la dictadura nazi? El nazismo tuvo, desde luego, adversarios, pero más fuera que dentro. No todos se creían las mentiras de la propaganda. ¿Quién se atrevía en Alemania a levantar la voz? Un puñado de héroes lo hizo. Pero el régimen no cayó desde dentro, tuvo que ser la fuerza de los aliados -los bombardeos, la destrucción- la que terminara esa pesadilla. En ese documental se puede imaginar el absoluto desprecio que sintieron Hitler y sus cabecillas y Stalin y los suyos por la vida de millones de personas. Les enviaban a matar y a morir y eso hicieron aquellos infelices. Millones de personas se negaron a sí mismas y obedecieron ciegamente a un grupito de criminales. Miles de ellos mataron a civiles, mujeres, ancianos y niños hasta que las armas quemaban, agotados de tanto matar. Otros tuvieron que callar hasta que un obús los reventó o una bala les voló la cabeza. ¿Cuántos desertores hubo? ¿Dónde estaba la libertad individual? ¿Quién se atrevía a decir "yo no participo" "yo no hago el saludo"? El muchacho ruso mal equipado, sin instrucción, que mandaban a Stalingrado tenía una orden tajante: "ni un paso atrás" Un icono del siglo XX es Einstein. ¡El progreso científico! ¡El genio humano! Por un Einstein original -¡uno! ¡uno!- hubo unos 50 o 60 o 70 millones de muertos (no se sabrá nunca cuántos) en cinco años de guerra de exterminio desde Stalingrado a Japón y el Pacífico, desde Londres hasta Alejandría y el Cáucaso. Eso sin contar los supervivientes que quedaron destrozados física o anímicamente. Es cierto que en esa guerra perdieron quienes tenían que perder, por suerte para la humanidad que aún conservaba la vida y por suerte para sus descendientes. Extraños aliados fueron las democracias occidentales y la Unión Soviética, otra dictadura del terror, monstruosa maquinaria de triturar hombres. El poder magnético (¿el poder no es el mal?) que unos pocos hombres pueden ejercer sobre millones de ellos -que son sus iguales por nacimiento- puede llegar a ser inmenso y revela algo inquietante de nuestra naturaleza. ¿Quién se atrevió a escupir a Hitler a la cara? ¿Quién se atrevió a abofetear a Stalin en público?
Demasiados intereses
En una biblioteca o en una librería bien surtida voy de los estantes de literatura a los de historia, de los de historia a los de ciencia, de los de ciencia a los de arte. Y entre tanto que leer quedo abrumado y me bloqueo. Me gustaría saber de todo, excepto de derecho y economía que me parecen aburridos saberes. Cuánto tiempo perdido atendiendo al cuerpo, al sueño, a la vagancia, la distracción y la voluptuosidad. Quien mucho abarca, poco aprieta. En literatura tengo especial interés por la germanística: poetas, escritores, filósofos en esa lengua alemana que suena tan bien. Tengo mis preferencias: Kleist (poco conocido en España): me gustan los ensayos de Schiller, conozco poco su teatro, me parece que ha envejecido mal Schiller; de Goethe me interesa su vida (recuerdo aquel viaje loco que hice a Weimar sólo para ver su casa am Frauenplan); y los filósofos: Kant, Schopenhauer (otra deuda con Borges). Hegel me interesa poco, su Fenomenología del Espíritu me pareció incomprensible, lo que no es de extrañar, y aburrida. Algo de los románticos, sobre todo Novalis. Y en el ámbito austrohúngaro, todos aquellos súbditos del Emperador que orbitaban alrededor de Viena: Kafka, Freud, Joseph Roth, Stefan Zweig, Hermann Broch, Musil o Celan. Hay más y no es cuestión de citarlos a todos. ¡Me olvidaba de Heine! Y entre los modernos Thomas Bernhard y algo anterior, Thomas Mann. Y, por supuesto, Georg Büchner, ese genio de vida tan breve que revolucionó el teatro. Y hablando de teatro, Brecht. Luego están los anglosajones y los rusos. No voy a dar más nombres, que me fatigo. La literatura francesa: sólo leer a Balzac o a Zola llevaría meses o años. No hay tiempo. De Italia, Dante, Petrarca y Leopardi. También Ariosto. Me temo que dejaré sin leer la Jerusalén liberada de Tasso, porque quién lee hoy poemas épicos en octavas reales. No sé, hay muchos, dejo a tantos en el tintero. Claro, la literatura hispánica, con eso ya tengo para toda la vida. El Siglo de Oro. Galdós. Baroja. Y los hispanoamericanos, empezando por Rubén Darío y terminando por Ricardo Piglia. Todo un continente de letras, desde Tijuana a la Tierra del Fuego. Además de literatura me interesa la ciencia: la historia de la ciencia. La ciencia, qué superstición contemporánea. Un terreno vedado para los españoles, al menos hasta ahora. El país de los sueños perdidos es el título de una historia de la ciencia española escrita por José Manuel Sánchez Ron. No sé qué pasa al sur de los Pirineos que no prenden ecuaciones, ni polinomios, ni logaritmos, ni geometrías, ni el cálculo diferencial. La ciencia es una empresa colectiva, necesita un suelo fértil donde desarrollarse. En esto han destacado los franceses (Fermat, Descartes, Pascal, Fourier, Lagrange, Poincaré, Laplace, Galois, Cauchy...). Francia es una nación versátil, en todo ha destacado: ciencia, literatura, artes. Y Alemania, la tierra de los cabezas cuadradas -como dice el tópico (Leibniz, Gauss, Riemann, Jacobi, Dirichlet, Hilbert, Weierstrass, Cantor...). En fin, Italia, el Reino Unido, Suiza, Rusia y otros países europeos cuentan con bastantes matemáticos de importancia. No puedo pasar por alto a Euler y Lobachevski. Y podría decirse otro tanto de la Física y la Química. Lo que hay de bueno y de malo en el mundo actual se debe, en gran medida pero no sólo, a los que siguieron el camino abierto por Francis Bacon, Galileo, Giordano Bruno, Descartes o Lavoisier. En el siglo XX, que ha sido uno de los más fecundos en la Física, destacan dos ramas: la Relatividad, que no hace falta decir a quién se debe, y la Mecánica Cuántica. Me gustaría que en España se prestara atención a las ciencias. O acaso haya que decir como Unamuno: "que inventen ellos" si es cierto que pronunció ese exabrupto. ¿Y los españoles a qué nos dedicamos? ¿Seguimos ignorando a Descartes y machacamos la Escolástica, estilo Francisco Suárez, y comentamos la obra, magnífica por otra parte, de los grandes místicos San Juan de la Cruz o Santa Teresa? He perdido el hilo de lo que decía. Empecé con los demasiado amplios, inabarcables intereses, en esta época de hiperespecialización, y termino entonando el treno de los sueños perdidos del país que perdió todos los trenes de la investigación científica. ¿O estoy exagerando?
Cazando cetáceos
El hospital
De vuelta de un paseo reparo en el edificio del hospital junto al que vivo. Conocemos esta práctica: mirar las cosas como si las viéramos por primera vez, digamos desconociéndolas. Una cosa cotidiana nos aparece de pronto como novedosa, como extraña y surge como problema. Algo así me ha sucedido hoy: ahí está el hospital, sobre una colina, como un monstruo blanco con reflejos de vidrio. Es un edificio pensado para atender a los enfermos; está dedicado al cuidado de la salud del Homo sapiens. Creo que Foucault fue el filósofo que se interesó por la historia de este tipo de edificios (clínicas, manicomios, cárceles). Es hermético: desde el exterior es difícil distinguir para qué sirve este edificio. Imagino que lo veo por primera vez e intento descifrarlo. Visto a distancia no lograría, pienso, adivinar qué sucede en su interior. Uno se maravilla del grado de organización, complejidad y alejamiento de la naturaleza que ha alcanzado este mamífero capaz de levantar semejante construcción en medio de campos verdes y árboles dispersos. Contiguos coexisten las granjas de vacas con el acelerador de partículas, los corrales de gallinas con el reactor nuclear, los nidos de jilguero con los radiotelescopios. Una de las características del hombre actual es que no conoce (o conoce mal) el principio y funcionamiento de la mayoría de las cosas con las que tiene que ocuparse. Nos manejamos entre computadoras y otras prendas tecnológicas; en ellas vivimos, nos movemos y somos. ¿Hay más complicación en un smartphone que en una catedral gótica? No siendo arquitectos podríamos comprender y admirar el sentido de los arbotantes, los contrafuertes y los equilibrios de la catedral. Un móvil no se presta a una intuición semejante. El mundo no es extraño porque sea en sí mismo extraño sino porque nos resulta extraña la idea que tenemos de él. Paradójicamente nunca ha existido tal cantidad de información. (Y supongo que la "información" como idea es más o menos reciente). Por la morfología de un órgano o una parte del cuerpo podemos deducir su función: el riñón es un filtro, el corazón una bomba, los pulmones son sacos de aire, los huesos y músculos palancas. Pero el cerebro es impenetrable. Pues bien, ese hospital que vi hoy -no digo ya un acelerador de partículas- me produjo la misma impresión que tendría si viera un cerebro encima de una mesa.
Georg Heym y Baczynski
Nada innovador en lo formal Georg Heym era un revolucionario en el contenido. Los pocos, pero suficientes, poemas que dejó son cuadros expresionistas, visiones apocalípticas de una ciudad que como Sodoma está abocada a la destrucción. Creo que ya he escrito sobre este poeta alemán con lo que creo que me repito. Esta observación es de una ingenuidad deliciosa. Estupendo. Heym es un poeta que me gusta especialmente. "Me cae bien" eso es todo. No sé el motivo. No lo hay, ni tiene por qué. Bueno, tal vez sí. Murió joven y tontamente. Dicho de sea de paso detesto a Renoir y a Rubens, por ejemplo. Quiero decir que no me gustan nada sus cuadros y les insulto por eso. El polaco Herbert dedicó a Heym un poema en el que imagina el accidente fatal: Heym patinaba en un lago y el hielo se rompió. Cayó al agua gélida el amigo con el que estaba y por rescatarlo perecieron los dos. Sucedió en Berlín en 1912. Un poeta maduro dedica un poema a un poeta jovencísimo y genial. Szymborska escribió un poema sobre Krzystof Baczynski que murió a los 23 años en la insurrección de Varsovia de 1944. Baczynski está considerado como un genio. Un genio truncado, como Heym, en plena floración. ¿Qué hubieran escrito estos dos muchachos si el destino les hubiera reservado una vida larga? (Cada uno de nosotros tiene un destino y y ése es la duración de su vida. Algo que escapa a nuestro control. Cada día que vivimos se lo ganamos a la muerte. El hilo de las Parcas). ¿Se hubieran hartado de la poesía? ¿Repetirían versos cacofónicos sin gracia? La poesía es cosa de jóvenes, como Soberano es cosa de hombres. La misma pregunta suscitan Keats, Shelley o Novalis. Bah, el mito romántico que tanto daño ha hecho. Yo qué sé. "Al cincuentón obeso en que se convirtiera" dijo Cernuda en un poema dedicado a Manuel Altolaguirre. Mucho nos cambian los años. De hecho Baczynski estaba ya casado e iba a ser padre. Es de suponer que le esperaba (y deseaba) una apacible vida burguesa si los nazis no hubieran arruinado el mundo. Su mujer murió un mes después que él en esa ciudad que no era imaginaria, sino realmente apocalíptica. Georg Heym presintió la catástrofe. Baczynski, Herbert, Milosz y Szymborska, conocieron la catástrofe. Bueno, sigo. Szymborska, en su poema de homenaje a Baczynski, recurrió a un truco original y brillante: no tomó el momento de la muerte del poeta, como hizo Herbert, sino que lo imaginó ya viejo en un balneario, leyendo tranquilamente el periódico, con sus arrugas, sus carnes flácidas y esas cosas que trae la vejez. Szymborska quiere destacar que todo es rutinario, que a nadie extraña la presencia del viejo Baczynski en ese comedor (milagrosamente aquella bala no le mató, le pasó rozando la cabeza). Para lograrlo hace que reciba una llamada de teléfono y un empleado diga en voz alta: "una llamada para usted, señor Baczysnki" Nadie se gira ni se inmuta. Ni Heym ni Baczynski llegaron a cumplir 25 años. La gracia de la juventud eterna. Ahora ya me admiran tanto o más -pues empiezo a saber lo que pesan los años- los productos de la vejez creadora que la madurez de un muchacho genial. Aportar algo nuevo cuando se pasa de los 50 años es un milagro (yo paso de esa edad y descubro un dolor nuevo cada día. ¡Eureka!) Quienes lo consiguen son titanes. Pero seamos más modestos. No hace falta producir algo grande. Envejecer con elegancia y lucidez ya es un arte. Qué difícil es mantener el espíritu joven y vigoroso, sin que las telarañas de los prejuicios lo paralicen. ¡Ah, cincuentones obesos! Si pienso en un viejo "joven" me vienen a la mente Kant, Cervantes, pero, sobre todo, Goethe. No hubo hombre más favorecido por el destino ni que mejor aprovechara los largos días de su vida. Pero, insisto, no se trata de emular a ese personaje bastante antipático y simpático a la vez. Un viejo digno y ágil es una obra de arte. Ahora bien, uno puede esperar llegar a los ochenta si no se cruza una guerra mundial por medio o no fallece en un accidente estúpido. ¿Podemos confiar en llegar a esa edad en medio de esta pandemia?
Meditación frente al mar
Luces de la ciudad
A propósito de la presente iluminación navideña parece que los ayuntamientos han tirado la casa por la ventana (hace tiempo de un edificio tiraron por las ventanas a unos delegados del emperador católico y así empezó la Guerra de los Treinta Años). Calles, avenidas y callejones: en ningún lugar faltan las luces, parece un escenario psicodélico. Las ciudades sufren alucinaciones. Cada año es igual, salvo en este extraño otoño del 2020 en que este truco de la felicidad tiene un significado especial pues el ángel exterminador sobrevuela las poblaciones. Un equipo de psiquiatras debió de asesorar a los concejales y otras autoridades: "Dad a la plebe muchas lucecitas. Muchas. Son como niños. Se contentan con tan poco..." Caminando bajo esta catarata de colores, al atardecer, antes del toque de queda, con todo dios enmascarado, piensa uno que la vida es un delirio. Siempre lo ha sido, pero ahora se nota más. El Bosco era un pintor hiperrealista.
Adiós, noble amigo
Quedamos abandonados cuando perdemos a un amigo verdadero. Un amigo verdadero es el que se prueba en la prosperidad y en la desgracia. El que ha reído y llorado con nosotros. Mucho filosofamos él y yo; su conversación era un estímulo que hacía más ágil y despierta mi mente. Como el ambiente es hostil (y en estos tiempos de pandemia hasta un grado difícil de exagerar) su charla era para mí preciosa, una necesidad que atendía un par de veces al mes. Aquí dejó comentarios, todos brillantes y escuetos: la razón de este blog eran las frases agudas que él escribía. Era por naturaleza aristocrático, un espíritu distinguido, una persona elegante. Muy agudo y psicólogo. Conocía el arte de callar, era discreto. Apreciaba las letras, la historia, las artes y sobre todo la filosofía. Recuerdo que decía que le gustaba "ver pensar" al filósofo que estuviera leyendo. Pues leyó mucho y bien: Lucrecio, Séneca, Dante, Montaigne, Nietzsche, tantos y tantos espíritus del pasado, ésos sin los cuales no hay una verdadera educación. No tenía un gramo de pedantería. No era nada envidioso. Tenía un gran corazón y mantuvo en las circunstancias de su vida una entereza admirable. No sé bien si lo admiraba más que lo estimaba. Estaba desengañado de hipocresías, moralistas y sermoneadores. Sus opiniones morales me sentaban muy bien: no te agobiaba con cargas, culpas y responsabilidades sociales más o menos vagas. Aligeraba el corazón y era verdadero. "La gente es gente" decía con una sonrisa. También recuerdo su "teoría del metro cuadrado de felicidad", así la llamaba. Aprendió a gozar del momento fugaz viendo una película de Bergman (era un formidable cinéfilo), fumando una pipa y saboreando un whisky. Le vamos a echar mucho de menos. Mi inteligencia desfallecida se arrimaba al curso de su conversación para recuperar fuerzas y encontrar deleite. Algo se muere en el alma cuando un amigo se va, dice la canción que vengo recordando estos días. Ahora yo existo un poco menos. Una condición de mi perfectibilidad -de llegar a ser el que soy- ha desaparecido. Adiós, noble amigo. Adiós, noble Felipe.
La advertencia de Brecht
La memoria de la Humanidad para los sufrimientos pasados es sorprendentemente corta. La imaginación para los sufrimientos venideros es casi menor aún. Esa insensibilidad es lo que tenemos que combatir. Pues la Humanidad está amenazada por guerras frente a las cuales las pasadas son como miserables ensayos y éstas llegarán sin duda alguna si a los que públicamente las preparan no se les cortan las manos.
Estas líneas pertenecen a un poema de Bertolt Brecht del año 1952. Fueron escritas en la Guerra Fría, en pleno terror atómico. Hoy esa amenaza parece adormecida, y las palabras de Brecht, esa advertencia, cobran un fuerte sentido. Por desgracia los muertos no pueden levantarse y avisarnos: "no hagáis eso". Si descuidamos la educación, si nos embrutecemos con el ruido de la actualidad, si la sed del dinero lo puede todo, estaremos preparando el camino a próximos desastres. Vemos que la desigualdad social aumenta a un ritmo preocupante y de eso no puede salir nada bueno. La pandemia, el azote de la peste, abre aún más ese abismo. Veo políticos, hombres de poder, tan necios que se preocupan por cuestiones menores, como si quisieran curar un rasguño en un cuerpo invadido por el cáncer, cuando no persiguen sus propios intereses. No tenemos buenos gobernantes y esto lo vamos a pagar. Un ejemplo: no hace mucho el ministro español de transportes se alojó en un hotel de cinco estrellas después de visitar a los inmigrantes que llegan a Canarias. Da igual que se lo pagara con su propio dinero. Muy rápido pasó de la horrenda miseria al lujo. Es evidente que su visita fue puro teatro. Es indecente hacer eso.
Es bien cierto lo que dice Brecht: la memoria de la Humanidad para los sufrimientos pasados es sorprendentemente corta. Con los años deberíamos hacernos sabios. En este mundo suceden desgracias que no podemos olvidar. Quizá la mascarilla nos refresque la memoria. ¿Aprenderemos algo? Yo lo dudo. Todo indica lo contrario.
Expectativas al mínimo
¿Hay que embrutecerse?
Generaciones perdidas
"Hemos vivido situaciones parecidas y aún mucho peores", nos dicen los muertos sin sepultura, la masa olvidada, anónima de la humanidad. Iba a escribir Humanidad, pero la veo un poco encogida. Seamos modestos en la ortografía. Ellos, que vivieron el sitio de Constantinopla, el de Jerusalén, la destrucción de Cartago, la liquidación del ghetto de Varsovia. La lista sería interminable. No hablan en los diarios, no dan su opinión. Callan obstinadamente. Están más allá del lenguaje. Simone Weil dice en su libro póstumo "L'enracinement" que está de candente actualidad, porque si de algo adolece el hombre de hoy es de falta de raíces: "L'histoire est un tissu de basseses et de cruautés où quelques gouttes de pureté brillent de loin en loin" La intransigencia moral de Simone Weil es impresionante. Que no era una pose lo demuestra su prematura muerte. Simone fue capaz de escribir: "nous ne sommes innocents d'aucun des crimes de Hitler" Hay que tener un coraje inmenso para reconocer eso siendo judía como era, en plena guerra y sin conocer el resultado de aquella contienda espantosa. No vivió para ver el final del nazismo. Henos ahora (en este perpetuo ahora) a los vivos del año 2020 hundidos en una catástrofe mundial, por obra y gracia de un ser ultramicroscópico que está entre lo vivo y lo inerte. Ante un virus, obra perfecta de economía de la naturaleza, hay que quitarse el sombrero, aunque no se pueda dialogar con él. Un ser que ni es criatura ni cristal basta para desbaratarnos y convertir nuestra vida cotidiana en una pesadilla. Qué lástima: apagados los incendios, borrados los rostros, allanadas las montañas, nada nos dicen los veteranos que pasaron por este valle de lágrimas; nada nos dicen esas miles de generaciones perdidas de verdugos y víctimas anuladas por el olvido. ¿Nada? Tucídides ha llegado hasta nosotros. Atenas es cualquier ciudad.
Ausente-presente y viceversa
A última hora y sin entrada (ignoraba que fuera necesaria) pude ir al acto de Anne Carson, poeta y ensayista ganadora del premio Princesa de Asturias de las Letras, 2020. La pandemia desluce también la semana de los premios. La vida tal como la conocíamos antes del confinamiento está en paradero desconocido. Anne Carson estuvo ante el público a través de videoconferencia en pantalla gigante. En ese momento se encontraba en Islandia, en la Ultima Thule que dirían los antiguos. En un momento dado su traductor, presente en el escenario, le preguntó (la charla fue en inglés) si veía al público, si nos veía. Cada uno de nosotros llevaba puesta la mascarilla y ocupaba un asiento a unos tres metros de distancia del vecino. "Veo sombras" dijo. Pensaría en el mito de la caverna de Platón, sin duda. Y saludó a la cámara.
Monstruos
Un monstruo presupone una forma: sólo existen monstruos donde existe la idea de algo. Una idea de la que el monstruo es la deformación. Por eso nos imaginamos los extraterrestres como humanos deformes. Los zombis son también eso. Un monstruo sólo existe en relación a algo que conocemos. Por ejemplo: un centauro es un monstruo, pero es la combinación de hombre y caballo. Es imposible concebir un monstruo sin que la imaginación no tenga los elementos suficientes para crearlo. Por eso la muerte no es monstruosa, ya que es algo que está totalmente fuera de nuestro alcance. Y después de esta cavilación va la pregunta: ¿nos estará convirtiendo la pandemia en monstruos? Es algo exagerada la pregunta. Pero, ¿y si no fuera exagerada?
Son los mejores
Me llaman la atención los niños. Será que me hago mayor. Hoy, paseando por la calle ("paseando sola en mi ciudad yo sentí etc" que cantaba aquella mujer peruana) sentí un alboroto. Eran cuatro niños en un lado de la plaza. Me pregunté a qué venían esos gritos. La escena era alucinante: un hombre con la mascarilla puesta estaba en la ventana de un tercer piso limpiando con una escoba la pared de la fachada así que caían "puvisas" que se dice en Asturias, motas de polvo. Los gritos de aquellos nenos, dos niños y dos niñas, eran por ver quién recogía esos corpúsculos ingrávidos. Ay, la gravedad. La gravedad y la desgracia, por recordar a Simone Weil.
Semiótica de la peste
Por "semiótica de la peste" entiendo los carteles, señales y otros signos (las mascarillas, las mamparas) que forman parte de nuestra vida cotidiana desde marzo aproximadamente. Las líneas en el suelo que marcan la distancia, las flechas que indican el sentido de la marcha, los carteles que indican la "entrada" y la "salida" a los edificios, los dibujos de un frasco de hidrogel. Las aplicaciones de rastreo en los móviles también se podrían considerar como parte de este nuevo lenguaje. Estamos interiorizando comportamientos, gestos, hábitos, precauciones. Cada población es un hospital o, mejor, un laboratorio microbiológico. No sé qué dibujarán ahora los niños, cómo pintarán su barrio. Sería muy interesante estudiar cómo ven la realidad (esta realidad de la pandemia) ya que tienen una mirada limpia. Si tuviera un niño cerca le diría: "dibuja tu calle". Aún quedan en pie mucho edificios que tienen grabado en piedra el yugo y las flechas. ¿Cuánto tiempo tendrá que pasar para que esta semiótica en la que nos movemos, existimos y somos deje de tener sentido? Y con esto dejo de hacer el Roland Barthes.
La estatua y la nena
En Moscú en 1880 se inaugura el monumento a Pushkin. En aquel acto participaron Turgeniev y Dostoievski. Pasaron los inviernos rusos y la alegre primavera, que en Rusia se disfruta especialmente. En 1902 una niñera lleva a su pequeño y a los amigos de paseo por los parques de Moscú. Entre ellos está una niña gordita y fantasiosa. Cada día caminan hasta la estatua. Con la costumbre la "estatua de Pushkin" se convierte en la medida del espacio -una versta- de esta niña (eso dirá años más tarde). Ese gigante negro de granito obsesiona a la nena que se llama Marina, Marina Tsvetáeva. Lo cuenta en "Mi Pushkin" esta poeta rusa. Qué importante puede ser para la fantasía y el desarrollo posterior de un niño un monumento: una estatua, un bello edificio, un parque. Este breve texto de la poeta rusa es, en mi opinión, uno de los homenajes más emocionantes que se han tributado a un poeta. La veneración de Tsvetáeva por Pushkin es congénita. Ella era poeta y lo entendía. Ahora estamos nivelados y nadie se alza, por su genio artístico, científico o literario, sobre un pedestal. Viena, Berlín, Weimar, Stuttgart tienen estatuas de Schiller, el clásico (a sus pies Goebbels dejaba ofrendas florales como a poeta nacional). No hay estatuas de bronce de Joseph Roth. ¿Erigir una estatua a un alcohólico? Maiakovski murió a tiempo para que le erigieran estatuas. ¿Erigir una estatua a un suicida? Pushkin murió en un duelo, como se sabe. Los adversarios fueron "cualquiera" y "el único" así dice Tsvetáeva.
En plena producción de kafkianitos
Meditaciones melancólicas de corte existencialista y clarolunesco como la de la entrada anterior tienen poco que hacer en el mundo contemporáneo. Considero la biografía de Kafka de Reiner Stach, editada por Acantilado. Los libros salen uno tras otro, los dos tomos en tapa dura dentro del estuche. En la imagen (lo veo por internet) se observa la última fase del proceso: las máquinas envuelven en plástico los volúmenes. ¿Qué más da que sean condones, sardinas o biografías de Kafka lo que resulte del procesado? Se podría pensar que esa cadena de montaje, ese automatismo, está al servicio de la "cultura". No seamos ingenuos: la cultura es un negocio, es lo que da de comer a la gente del gremio, aunque la gente del gremio apele al espíritu para vender sus cosas. El espíritu, para que funcione, tiene antes que comer. Primum vivere etc Viendo ese extraño vídeo parecería, por la velocidad de la cinta, que en media hora iban a llenar el mundo de kafkas. Por fin un genio ubicuo, al alcance de todos los hablantes de español. Sí, de todos los que tengan los 85 euros que cuesta el libro. Sobre esto hay una anécdota de Kurt Tucholsky. Este escritor judío de Berlín (que, por cierto, fue tal vez el primero en detectar lo kafkiano en Kafka) recibió una carta de un muchacho lector suyo en la que le decía con encantadora ingenuidad que le deseaba que se muriera para que así sus libros fueran como los de Goethe, que costaban muy poco. Tucholsky, a quien hizo mucha gracia la ocurrencia, se dirigía a su editor Rowolth y terminaba con este aviso: ¡hagan nuestros libros más baratos! Decía el biógrafo Reiner Stach que Kafka se preguntaría por qué nos interesa su fracaso. Lo mismo se pregunta Van Gogh. La posteridad es caprichosa. Son casos excepcionales. Voltaire leyó una Oda a la Posteridad de un oscuro poeta. "No creo que llegue a su destino" sentenció Voltaire. Acertó.
Aún no
A finales de agosto fui a la playa. Me dí un par de baños. Cuando me acercaba al mar pensé "y si me ahogara esta tarde". Cualquier momento es el momento de morir, sin duda, pero yo pensé en aquella situación particular con cierto temor supersticioso. Estamos a mediados de septiembre, está claro que pude mantenerme a flote. He vuelto a nacer. Aquí sigo, braceando como todos, unos con más fuerza, otros con menos. Hasta el momento en que muera el último hombre. Si pienso con sangre fría, ¿qué hubiera pasado si, efectivamente, me hubiera ahogado aquella tarde del extraño verano de 2020? Pues poca cosa. Serían unos segundos de pánico, seguramente, luego, la inconsciencia. La desaparición definitiva de mi efímera persona. No me parece mal anticipar en la mente esta despedida. Muchos que me conocieron ya me han olvidado, pero aún respiro. Sigo fantaseando con el amor que es un sueño tenaz pero cada vez más tenue, como sigo atado a la rueda de un trabajo humillante en un pueblo miserable y decrépito. Como sigo con mis palpitaciones, mis prejuicios y con las rutinas del cuerpo. Por todas partes el hombre mismo es el estorbo peor para su destino de hombre
Me desdigo
Unas entradas más atrás dije no sé qué barbaridades acerca de Schopenhauer. Es cierto que se afirmaba que es un gran escritor, pero se le ponían tachas. Hay que cambiar de opinión. El capítulo sobre la muerte de El mundo como voluntad y representación es uno de los textos más impresionantes que se han escrito. Es absolutamente grandioso.
Mejor vivir al día
Entro en una iglesia (católica, esto es España) de barrio rico. Está abierta y dentro tiene que hacer un fresco agradable. Afuera quedan los ruidos del presente. Miro las vidrieras, las imágenes, los símbolos. No hay música, ni murmullo de oraciones. Una de las mayores "maldades" que conozco es la de Swift, que a los confesionarios los llamaba "la oficina de los cuchicheos". No, no es distancia. Será una oscuridad luminosa. En cuanto a la Gracia, no la siento. Amar a una criatura efímera hasta querer haberla engendrado. Quien estuviera tocado por la Gracia divina, ¿no tendría que estar por encima de afectos terrenales? Confucio lloró al morir un amigo suyo: "el Cielo quiere destruirme" parece que dijo. "Y Jesús lloró" se dice. Como a todo niño de mi generación me educaron en la fe de Roma. Entiendo que la fe religiosa da una fuerza grande, pero no creo que haya fe sin zozobra. Soy lego en esta materia, no me expreso bien. "Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado" Me atrae la liturgia, me interesa la historia de la Iglesia (concilios, encíclicas, papas, heresiarcas, etc) me gusta el latín. Es una raíz. Pero no creo. La agonía de Unamuno ha quedado periclitada. ¿Dios es Amor? De todos los odios posibles el más furioso, el más ardiente y apasionado, el más destructivo, refinado y ciego es el "odium theologicum". Cómo se odiaban los enemigos en las disputas teológicas. Qué olor a carne quemada. Qué gritos de dolor. Qué humillaciones. Un ejemplo de los muchos que se podrían dar: el exterminio de los cátaros. Como último refugio de lo divino quedaría el orden de la naturaleza, la armonía de los cuerpos celestes. Era la fe de Einstein: "Dios no juega a los dados" Pero en este cosmos -¿o es un caos?- del universo en expansión y con la evolución más que demostrada, ¿qué sitio le corresponde? Nietzsche asumió ese vacío: resolvió la cuestión adoptando la vía dionisíaca, la afirmación de la vida sin metafísica y sin sentido. Más allá del Bien y del Mal. Qué final tan patético tuvo. Yo veo que esta naturaleza es un torbellino furioso de generación y destrucción y que no somos nada. Es mejor no pensarlo. Mejor vivir al día. O no.
El parto
Cerca de la ciudad, por un camino al lado de una finca, bajo un laurel y un roble, hay una vaca tumbada. De vuelta del paseo, por el mismo camino, la vaca, que ahora está de pie, acaba de parir -oh, milagro- un ternero (un xatín, se dice en Asturias). Atardece, corre un brisa fresca. En la hierba está la placenta. La madre, ajena a la mirada de los tres ganaderos y de nosotros, lame sin cesar a su cría que todavía no se ha levantado, débil como es, y que tiembla de frío. (Y lo hace a conciencia, del todo, como un obispo cuida de su grey, como un presidente de banco cuida de sus accionistas, como un político cuida de sus conciudadanos, como una multinacional cuida del medio ambiente, como una agencia de publicidad cuida de la educación del consumidor). Era una estampa conmovedora de afecto maternal. Qué cuidado, qué cariño, qué ternura. Segantini, que era huérfano de madre, pintó varios cuadros de tema similar. En la naturaleza, pienso, no todo es comerse unos a otros, no todo es una lucha despiadada. Nos han enseñado que hay que competir, pelear, casi siempre por algo miserable. Así la contienda, además de cruel, es patética. La vaca o la perra o la gata o la loba o la burra lamen a sus crías, les dan forma con la lengua. Oh, inocencia, idilio pastoril. Et in Arcadia ego... ¿Será rentable esa explotación ganadera? Por contraste me percaté, con doliente lucidez, de la ausencia de amor en nuestra vida pública y social, la vida de este mamífero sutil, que es un delirio de demonios. No muestres debilidad. No esperes misericordia.
Trabajo
Para pensar y estudiar las mejores horas del día son las de la mañana. Entre las ocho y la una de la tarde. Horas tiradas a la basura. Precisamente las horas en las que estamos en la oficina, dedicados a tareas rutinarias que en un futuro próximo... Mejor será no pensar en el futuro. Antes podía ilusionar, ahora da miedo. Los mejores años para el trabajo intelectual son los años jóvenes, entre los 25 y los 45 años. Años tirados a la basura. Precisamente los años en que estamos en la oficina, en el taller, etc. Muchas horas, muchos días, muchos años, frente a la pantalla del ordenador, sin posibilidad de iniciativa, entrando y saliendo a la hora establecida (cuando no haciendo horas extra). ¿Qué rendimiento se obtiene de todas esas horas de secuestro? Absolutamente ninguno, salvo el modesto salario. El trabajo es el enemigo. De una grave enfermedad puede uno recuperarse, pero del trabajo no. El trabajo es una cárcel, es una pena de muerte: es el culpable de que hayamos vivido -estemos viviendo- en vano. El trabajo impide ver el amanecer y el atardecer (perderse crepúsculos es gravísimo); impide ver mundo (no conocer Islandia es un pecado). El trabajo fatiga, deprime, embrutece, humilla, obliga a estar cada día en compañía de personas con las que no se tiene nada en común, aniquila al individuo, fuerza a madrugar (uno de los objetos más odiosos es el despertador), convierte a Juan García en alguien útil (ser útil, ¡qué horror!). La vida, la vida entera que pasamos trabajando en algo que no nos gusta o que aborrecemos (los privilegiados que se dedican full time a lo que les gusta se cuentan con los dedos de una mano) podríamos haberla dedicado a rascarnos la barriga o a cultivar nuestro espíritu (ah, pero ¿existe todavía el espíritu?). ¿De qué manera? Yo qué sé. Estudiando idiomas, visitando museos, leyendo a Aristóteles, observando la metamorfosis de los insectos, conquistando el amor (el infame tiempo del trabajo es tiempo robado al amor). Dijo no sé quién: "nacemos originales, nos convertimos en copias". Si la naturaleza nos concedió un don especial, un talento creativo, podríamos dejar huella, un testimonio de que pasamos por el mundo. Juan García (digamos que es taxista o mecánico) que acaso tuviera inquietudes artísticas, podría ser un Einstein o un Maquiavelo o un Dante. Juan García podría haber escrito algo como Hamlet, o la Crítica de la Razón Pura o la Sinfonía 41 en do mayor... para que un solemne director de orquesta se luzca. Pero el trabajo, cadena perpetua, se encarga de arruinar la personalidad de Juan García. Y a Juan García le llega la vejez. Hora de jubilarse. Ahora que está consumido y ya no tiene fuerzas. Si Juan García ha pasado treinta o cuarenta años de su vida sometido al yugo del trabajo, mejor que no eche la vista atrás. Si aún le queda algo de lucidez le invadirá la melancolía. No ha construido nada. No tiene biografía. Su puesto lo ocupó otro en menos de 5 minutos. La cúspide de la famosa pirámide de Maslow es la "autorrealización". A esa cúspide llega uno entre 50 millones de personas. Por una combinación extraordinaria de talento, suerte y tenacidad el individuo que se autorrealiza ha logrado imponerse a la férrea mecánica social, ha sacado la cabeza de la muchedumbre anónima. Ha realizado una obra personal, original. ¿Fueron felices esos elegidos? Seguramente, no. ¿Quién es feliz en este mundo? Pero, ¿quién habla de felicidad? Si la vida es tan corta y sólo la vivimos una vez, ¿por qué es una pura pérdida para la inmensa mayoría? (Cito libremente a Chéjov). Perderse tantos crepúsculos, eso sí es una falta muy grave y no llegar tarde al puñetero trabajo. Cuanto más abajo en la escala social con más rigor se juzgan las faltas, por insignificantes que sean. Un hombre libre (el que no tiene que trabajar o trabaja en lo que le gusta) es arrogante. Naturalmente estas consideraciones son totalmente utópicas. ¿Y qué tiene de malo eso? Encima dar las gracias por tener un miserable trabajo. Aunque nos exploten. De la vocación ni hablamos, repartidor de pizzas, empleado de lo que sea. ¡Viva el conformismo del esclavo! Me viene a la memora el ensayo de Oscar Wilde El alma del hombre bajo el socialismo. Con el divino ocio, posible gracias al desarrollo tecnológico, podríamos cultivar, dice Wilde, nuestra personalidad... etc etc. El trabajo es una infamia. ¿Qué tal le sentaría la mascarilla a Oscar Wilde?
Baños de mar
En el extraño verano del 2020 la playa es una evasión. Entrar en el agua del mar es un bautismo. Primero el agua alcanza las rodillas, luego, según se adentra uno, paso a paso, las olas, como invitándonos, van cubriendo los muslos, el ombligo, el pecho. Hasta que llega ese momento en que perdemos el respeto y nos zambullimos. Baustimo por inmersión. Los grandes momentos de una vida humana son sin por qué, tienen menos de reflexión que de decisión. Atrás queda la humillación del trabajo, de esa implacable rueda productiva, con sus mezquinas jerarquías y sus horarios rígidos (o flexibles, da igual, esa palabra esconde la intención de explotar); todas las artimañas con las que los hombres pretenden empequeñecer y castrar al individuo. Atrás queda el ruido de la actualidad, los mensajes del móvil (buena parte de ellos son dependencias absurdas), tantas cosas que nos impiden dar ese grito salvaje de autoafirmación y libertad. Es cierto que somos seres sociables -aunque ahora tengamos que mantener la distancia- pero también somos hijos de la naturaleza. Y según ella no pertenecemos a nadie. Qué ligero se siente uno flotando en el agua elemental. Uno sale de ella como renacido. Recuerdo ese verso de Eurípides: "el mar lava las penas de los hombres". Gran verdad.
El señorín
Se acordarán de que en la entrada anterior hablé de manera bastante cursi de un señorín solitario, etc. Bien, pues hoy lo he vuelto a encontrar. Iba solo, como siempre. "Hombre, pensé, el señorín que he inmortalizado en el blog". Desde luego, la vanidad puede alcanzar cotas inimaginables. El señorín me dijo al pasar: "leí tu blog, gracias por tus palabras, es un honor. Pero no me parezco nada a Lincoln"
Recuérdame, susurra el polvo
Coincido en el semáforo con un hombrecillo ya mayor. Vive por el barrio, le he visto bastantes veces paseando siempre solo, con las manos atrás. Siempre solo. Lleva barba blanca y bigote afeitado, así que me recuerda a Lincoln. Hombre humilde, anónimo, insignificante. ¿Dónde lo colocaría Dante? ¿Habrá para él infierno, purgatorio o paraíso? ¿Cómo rescatar un alma -aunque sea susceptible de perdición- en nuestra fea época de masas? Es de estatura muy corta, sin ser enano. Ni sabré cómo se llama, ni sabré cómo piensa ("habla, para que te conozca" dijo Sócrates a un joven). Ni siquiera sé si es mudo. Y no hay más misterio. Un viejo solitario que pasea por una ciudad como hay miles. Si lo pintaran Velázquez o Van Gogh. ("Así serás tú dentro de poco" me dice este señorín frágil y triste). Ayer, como quien dice, corría detrás de una pelota. ¿Le pesará el universo? ¿Le gustará el jazz? ¿Pensará, como yo, que el jazz es la antimúsica? De algo estoy seguro: no está en las redes sociales. No tiene cuenta en twitter ni en facebook. Antes Dios llevaba la cuenta de estas existencias sencillas. Si en la mente divina nada existe en vano, nada se pierde. Aunque si es para anonadarnos como en la doctrina de la Predestinación de Calvino, ¿no sería mejor que Dios, terrible juez, nos olvidara? Espera a que el semáforo se ponga en verde para poder cruzar. No sé por qué recuerdo ahora esos versos de Peter Huchel que gustaban a Brodsky: "recuérdame, susurra el polvo"
Paseo de domingo
A lo largo del paseo vespertino de un domingo inmemorial se detuvo a propósito tres o cuatro veces para salir de sus pensamientos. "Esta es la realidad" dijo mirando a los edificios, "lo que te pase a tí como individuo carece por completo de importancia". Se cruzó con una vieja y pensó si ese fugaz encuentro estaba predeterminado desde la eternidad. Resolvió que no, que era puro azar. Pensó que no servía para la política ni para las finanzas. Pensó que vivía en una ciudad insignificante y que cada persona con la que se cruzaba no dejaría ningún rastro de su paso por el mundo. Pensó que hacía mucho tiempo que no veía un atardecer ni un amanecer. "Antes, pensó, los pájaros se alejaban de mí cuando me acercaba a ellos. Ahora son también los hombres, y yo también los rehúyo" In the prison of his days, teach the free man how to praise. Prisionero del tiempo y de su identidad: le gustaría no ser nadie, ser un puro espejo, no tener nombre; que sus problemas personales, sus angustias, recuerdos y anhelos se disolvieran en el vacío. Se fijó en un hombre acurrucado en un saco de dormir, completamente desamparado. Oyó a un niño decirle a su madre: "mira qué bicicleta". Pensó que la vida era un salvaje delirio.
Hombres buenos
En una entrevista para la televisión chilena Roberto Bolaño dijo algo que sabía que parecería una bobada: dijo que los grandes escritores eran "hombres buenos". Tuvo coraje Bolaño al arriesgarse a parecer tonto. Efectivamente, esa afirmación, que me parece muy acertada, resulta chocante, contradice el tópico del gran artista, satánico o maldito, tipo Verlaine ("el genio de un dios y el corazón de un cerdo" lo definió Jules Renard). Que esto no parezca una homilía: debilidades tenemos todos los mortales y no se trata de miserias de cintura para abajo, deslices ni cosas de poco momento. Bolaño citaba a Whitman y a Kafka como ejemplos de "hombres buenos". No es cuestión de juzgar la vida personal de un novelista de genio como Thomas Mann. Lo que digo es que Thomas Mann lo tuvo claro: defendió la humanidad al atacar al régimen de Hitler y poner por encima de todos los valores del Bien, la Verdad y la Belleza. Aquí podrían multiplicarse los ejemplos: Dante ataca en muchos lugares de la Divina Comedia la rapiña de Siena o Florencia o Pisa. Ataca la avaricia, la discordia, la estupidez de sus semejantes. Como juez es terrible, pero se desvanece a menudo, por piedad, ante el dolor de los réprobos. Está del lado del Bien y no porque fuera un infeliz: retrató el Infierno y sus horrores como nadie, pero como era un poeta enorme también la Gloria del Paraíso. ¿Habrá alguien que dude si Cervantes era un hombre que creía en la nobleza y la generosidad? ¿Era don Quijote un granuja, un ruin, un cínico? Ya, pero el mundo se burlaba de él. Antonio Machado, ¿no fue un hombre bueno? Nietzsche, que puso una carga de dinamita en los cimientos de la moral milenaria, era lo bastante sensible para rechazar una moral hipócrita. ¿Alguien duda de que hubiera despreciado a los bárbaros nazis que pretendieron ponerlo bajo su bandera? Pobres difuntos, qué indefensos están; con lo que Nietzsche aborrecía el nacionalismo alemán, aparte de que no era antisemita. El ideal del "superhombre" no fue para él Himmler (Himmler justificando la masacre de judíos se proclamaba ante sus SS como anständiger Mensch, hombre decente). Pensemos en los rusos: Tólstoi, Turgueniev o Chéjov sí eran hombres decentes. No hay criatura, por ínfima que sea, a la que Chéjov no haya dignificado. Platónov vivió la época de la demente industrialización soviética. ¿Hay épica en su obra? ¿Por qué escribe entones sobre una flor desconocida o unos niños que se pierden en el campo y tienen miedo a una tormenta o en el destino de un oscuro trabajador al que avasalla ese movimiento de masas? Vassili Grossman era otro escritor capaz de narrar con ternura la epopeya de una perra callejera, podría ser Laika, a la que mandan al espacio. Nuestra época es de una rudeza que se acerca a lo bestial. ¿En alguna época reinó la armonía? Sería en la mítica Edad de Oro. No, la historia es un relato sangriento, un cuento contado por un idiota lleno de ruido y furia... Si yo no respeto más a un oscuro empleado que tiene sus principios (aunque no le importen a nadie) que a Trump o a Florentino Pérez, entonces tengo un problema. No se trata de ser un santo. Es, creo yo, una cuestión de dar valor a la vida. Si no se aspira al Bien la Verdad y la Belleza la vida no vale nada. En este mundo de fuerzas naturales ciegas, tan implacable, tan cruel, que despedaza individuos de un estúpido manotazo, sólo el hombre puede dar dignidad a su trágica condición. Puede hacer eso o abandonarse a ese caos, seguirle la corriente, alimentar el fuego de esa hoguera. Stefan Zweig, que era un idealista, un hombre noble, sucumbió a la desesperación, pensó que su Europa, todo aquello en lo que había creído, estaba definitivamente perdida. A Orwell, por desgracia tan actual, le movió el asco por el totalitarismo cuando escribió Rebelión en la granja y 1984. Orwell que lo que más deseaba era una vida sencilla y tranquila en el campo cuidando de sus animales. Kant expresó de manera memorable el dilema del justo: El engaño, la violencia y la envidia andarán siempre a su alrededor, aunque él mismo sea recto, pacífico y benévolo. Y los otros hombres justos que él encuentra además fuera de sí mismo estarán, sin embargo, sin que se considere cuán dignos son de ser felices, sometidos por la naturaleza, que no se preocupa de eso, a todos los males de la miseria, de las enfermedades, de una muerte prematura, exactamente como los demás animales de la tierra, y lo seguirán estando hasta que la tierra profunda los albergue a todos (rectos o no, que eso, aquí, es igual) y los vuelva a sumir, a ellos, que podían creer ser el fin final de la creación, en el abismo del caos informe de la materia de donde fueron sacados. Es un error considerar a los canallas que triunfan en la vida avasallando (¿qué clase de triunfo es ése?) como dignos de admiración y no como miserables fantoches. Siempre me pareció patético el personaje de Hannibal Lecter por muy inteligente que fuera. El malo es un ignorante, dice Sócrates. Tomás de Aquino era tan sencillo y humilde que parecía estúpido a ojos de un estúpido. Leonardo da Vinci, que imaginó la máquina de volar, liberaba los pájaros enjaulados. Ya esto le parecía insoportable. Grandes hombres como Spinoza, Riemann, Chesterton o Newton eran sencillos: la complejidad la llevaban dentro de su cabeza. Esta época que nos toca padecer, tan confusa, tan negra, está ante terribles desafíos. ¡Menudo descubrimiento! La desmoralización es un peligro. El Bien, la Verdad, la Belleza... eso suena a música celestial. Sí, estamos desmoralizados. Síntoma de desmoralización es considerar idiota al que, como Bolaño, afirma públicamente que genios como Whitman o Kafka eran "hombres buenos".