¿La dejé marchar? ¿Soy consciente de lo que pierdo? Estos días pienso en voz alta, a propósito de cierto problema, lo siguiente: "no sé si hice bien o hice mal. Reconozco que no lo sé." El tiempo lo dirá, si es que pasa suficiente tiempo como para que la perspectiva sea aclaratoria. En todo caso cuando pasen algunos años ya no importará. Hay algunos sucesos en la vida que no tienen explicación: a ellos no se encontrará jamás una solución satisfactoria; sencillamente el problema desaparece, sin resolver, por obra del olvido. En la vida tomamos decisiones importantes, no son muchas, pero son. Yo no seguí mi vocación cuando pensé en ganarme la vida: elegí un trabajo seguro que no me interesaba. Esto ocurrió a principios de los noventa, cuando se hablaba de "calidad de vida". Hoy este concepto ha desaparecido. Ahora se trata de sobrevivir. En cuanto a la pareja: primero si tenerla o no, segundo qué persona. Hoy ya no nos casan nuestras familias. Como casi siempre, es el azar el que decide. Trabajo y pareja: cuestiones que afectan al destino de nuestra vida. Mientras tanto un elemento de distracción, de enajenamiento, de esclavitud se nos ha echado encima. Son las redes sociales. Ese scroll infinito que fomentan, ese bombardeo de información y de estímulos instantáneos, ese algoritmo inagotable que quiere que te olvides de ti mismo, que abandones lo que te afecta personal y gravemente. Minutos que son horas, horas que son días, días que son semanas, meses, años. Un enorme vertedero de tiempo perdido. Videos brevísimos de gatos haciendo trastadas, mujeres que indican las señales de que le gustas a una mujer, nativos de una lengua que te enseñan a decir "buenos días" en su idioma, fragmentos de entrevistas a escritores, fragmentos de partidos de fútbol, payasos que gastan bromas pesadas a transeúntes. Aparte de la banalidad de la mayoría de sus contenidos, está el odio que campea en las redes sociales. Odio generalmente político. Por defecto lo que se da es la antipatía, la grosería, la falta de respeto, la injuria. Todo esto amparado a menudo por el anonimato que proporciona internet. Es muy difícil -al menos así me lo parece- meter el móvil en un cajón, olvidarse de él y vivir la propia propia vida. Esa vida que si se pierde será en el doble sentido de morirse y en el de tirarla por la borda. La vida perdida en que uno se pierde a uno mismo. No estoy seguro de que internet nos esté haciendo más estúpidos. Hace treinta años yo tenía tiempo y calma para leer un libro de quinientas páginas casi de un tirón. Hoy esto me parece imposible. La voz apagada de mi interior asediado continúa interpelándome: "No sé si hice bien o hice mal..."
En el adiós a Vicente García (1971-2026)
Desconocido para el gran público, poeta secreto, discretísima persona ha muerto repentinamente a los 55 años recién cumplidos Vicente García. Conozco a Vicente desde hace más de treinta años. Hemos pasado innumerables momentos juntos, de charla ante un café. Últimamente no quería pasear, prefería sentarse en una terraza con ese café que siempre bebía de dos tragos. Últimamente tenía un aire muy triste. A menudo estaba angustiado por algún motivo o por otro. Preocupaciones materiales, la difícil, a veces, relación con su madre. Le interesaban mucho las finanzas, la economía y era un experto en valores de la Bolsa. Su pasión desde el colegio fue la literatura, pero especialmente la poesía. Mantuvo correspondencia con varios poetas, entre ellos, que yo recuerde ahora, con Fernando Ortiz. Estudió en Oviedo, sin vocación, la carrera de Derecho. A los apuntes de la facultad los llamaba "el somnífero". Ejerció brevemente ese oficio pero enseguida lo abandonó, desengañado; no servía para mentir, ni se encontraba cómodo entre enredos y disputas. Era una persona franca, sencilla, pacífica, tímida y humilde. Su poesía refleja muy bien su personalidad. No era declamatorio, ni grandilocuente. Tampoco era complicado. Usaba una gran economía de medios. Formalmente me recuerda a José María Fonollosa aunque su visión de la vida es totalmente distinta. En la poesía de Vicente García no hay sarcasmo, ni ironía, ni amargura violenta. Habla una voz tranquila y triste, como en voz baja, del paso del tiempo, de la derrota de los sueños juveniles, del desamor y de la afirmación, ante la desolación existencial, de la poesía como un arte salvador. Era melancólico pero no desesperado. Me recuerda a la idea que tengo de un poeta simbolista de finales del siglo XIX. Casi todos los sábados por la mañana desde hace un par de años voy a Gijón a dar un paseo. Primero yo recorría un circuito de librerías de segunda mano y luego solíamos vernos Vicente y yo, nos encontrábamos en la plaza del monumento a Jovellanos. A veces nos contábamos alguna historia personal aunque la mayoría de las veces hablábamos de esto y de aquello, o guardábamos silencio, sentados en una terraza o dentro de una cafetería. Vicente García gustaba de las cafeterías, del ambiente literario de tertulia, de la lectura diaria de la prensa. Era una persona urbana, en el campo estaba descolocado, se manejaba entre leyes y normas, no le atraían las ciencias naturales. Decía más arriba que le apasionaba la literatura: yo siempre le preguntaba qué estaba leyendo. Muchas veces era una novela, una larga novela a veces, como del siglo XIX. Otras era la poesía completa de algún poeta. Compraba pocos libros, solía encargarlos en la librería Paradiso de Gijón. Hace ya más de doce años venía en tren a Pola de Siero, donde yo vivía, y dábamos un paseo por aquel pueblo. Después fue vernos en Oviedo. Me preguntaba por mensaje: "Hola. ¿Quieres dar una vuelta hoy por Oviedo?" Casi siempre con esa frase idéntica, o con muy ligeras variaciones. Nos encontrábamos en la puerta de la librería Cervantes. Vicente García nunca tuvo coche, se desplazaba en autobús. Vivió siempre austeramente. Era un santo. Un santo laico (su despedida fue un acto civil). Recuerdo su sonrisa cuando me veía aparecer entre la gente. Yo, que también soy tímido, exageraba mi osadía, gastando alguna broma, y esto le hacía gracia. Era como un juego. Creo que no sabía defenderse, o que no quería. Fue la persona más mansa e inofensiva, nunca, jamás, le vi levantar la voz, ni criticar, ni despreciar a nadie. Era dócil en el trato, pero defendía sus ideas. Era inteligente. Si la vida es la lucha por la vida, Vicente pasó por este mundo de mierda sin querer luchar. Y así se fue, como vivió, como anunció en unos de sus poemas, sin hacer ruido. Pierdo con Vicente García a uno de mis mejores amigos. Nos entendíamos muy bien, nos mejorábamos el uno al otro. ¿Qué más puedo decir? Que le echaré mucho de menos y que me acordaré de él durante el tiempo que me quede. Su Gijón natal, donde vivió toda su vida, será para mi una ciudad extraña a partir de ahora. Hoy, en una calurosa tarde de finales de julio, le despedimos en Gijón. Sus amigos y su hermana leyeron algunos poemas suyos. Descanse en paz, Vicente García.