Estuvo bien

El sentimiento de apocalipsis no es nuevo, desde luego. Lo tienen los vivos, esto también es obvio. Es darse mucha importancia esperar el fin del mundo: podríamos ser más modestos, sería sólo el fin de la humanidad. Este es un sentimiento (y un deseo) cada vez más anhelado. A la vista del horror cotidiano en las noticias (odio y estupidez sin descanso), de la pesadilla del pasado y de lo fácil que es olvidarlo, de tantos fracasos, dolores, esfuerzos inútiles y mentiras, ¿no es ya suficiente? Sí, yo creo (es mi opinión personal) que ya es suficiente. Nos iremos masacrando otras especies, todo lo que pillemos por delante. Ya no habrá más humillaciones ni más bajezas ni más gobiernos de Vichy, por poner un ejemplo. Sin embargo es un error desear el fin de la humanidad por desaliento o pesimismo, aparte de que esta idea no tiene nada de original y parece el delirio de un solitario resentido con todo. Así que me retracto de lo dicho. No sé si me explico. 

Luces

Creo, en efecto, en la bondad y en la verdad. Deben existir, de lo contrario estamos perdidos. Ahora bien, esas buenas acciones, rectos pensamientos, esas vidas decentes, me parecen como luces que alumbran un instante en medio de la oscuridad de un inmenso espacio tenebroso. Suponiendo que nos esforcemos por el bien (lo que jamás se consigue del todo) no logramos iluminar esas tinieblas, esa enorme bóveda negra. Todo lo más esa breve luz sirve, sólo para nosotros, de testimonio de la dignidad humana. Eso me parece, vaya. 

La ciudad y los perros

Sería de interés considerar esta relación: cuanto más inhóspita es la ciudad más mascotas se cuidan. Ya que la calle es casi una selva dediquemos nuestro afecto a un animal que nos adore. La relación entre hombre y perro es fascinante. El animal no nos juzga, tampoco nos denunciará si lo maltratamos. Realmente es confortador (y todos necesitamos que nos tengan en cuenta) que un ser vivo al que sólo le falta hablar nos acepte tal como somos: de esa forma soñamos el amor ideal. ¿Cómo es que no se ha escrito una historia universal desde el punto de vista de los perros o los caballos? Lástima que no tengamos manera de conocernos a través de otras criaturas. ¿Qué dirían de nosotros? 

En plena distopía

Si veo un anuncio que dice que tu asesor te "ayuda" o que tal o cual compañía "cuida de ti" está claro que es a cambio de dinero, que no se hace gratis y que, por tanto, mienten. El hombre es un animal astuto y sabe engañar muy bien. Mentira es el aire que respiramos. Con el engaño se domina a las masas, con el engaño se envía a la muerte (a matar y a morir) a millones de individuos. Con el engaño nos hacen odiar al enemigo de un minúsculo círculo de poderosos. Lamentablemente, observo que la estupidez gana terreno en todos los frentes y a marchas forzadas: como pueblo estamos envilecidos y amaestrados. Al mundo lo gobiernan cuatro personas, cada vez más voraces y poderosas. El perro tiene que hacer cada vez más gracias para roer el hueso. La pandemia ha favorecido este envilecimiento. No veo que aprendamos nada de esta pandemia, más bien lo contrario. Si la vida se endurece, nosotros nos endurecemos. Quizá no estemos lejos de acabar este drama o sainete que es la Historia en un planeta devastado por la contaminación. No, lo malo no está por venir (no seas ingenuo, pienso) ya estamos en plena distopía. No me lo dicen sólo las cifras de paro o los datos más o menos exactos sobre el calentamiento global o la extinción en masa de especies vegetales y animales: me lo dice nuestro comportamiento alterado, nuestra tristeza, nuestro humor de emergencia. A la inmensa mayoría le va muy mal, a una minoría le va de maravilla. Esto sucede también en las dictaduras. 
      Cuando nos sonrían y nos digan que todo está bien, que somos muy importantes, entonces es cuando nos empujarán al vacío. Escribo esto con una sonrisa, mirando hacia otra parte. No me tomo en serio estos catastrofismos. Si no sabemos si mañana estaremos en este mundo.

El gitano y Pascal

Tengo mucho que agradecer a los gitanos del rastro, me refiero a los que se especializan en libros de segunda o de tercera o de enésima mano. Los precios están tirados, como los libros. Son libros que se recogen con misericordia, más que comprarlos se rescatan. En León compré uno fabuloso, era un libro del físico Werner Heisenberg de la editorial  Rowohlt; en alemán, claro. Me costó 50 céntimos. Fue uno de los mayores hallazgos librescos de mi increíble existencia. Hoy, en el mercado semanal de ese pueblo de la cuenca minera asturiana donde no abundan los catedráticos precisamente, había un puesto similar. Es la primera vez que veo en ese mercado un tenderete con algunos libros. Lo llevaban una mujer gorda y una muchacha, su hija, medio tumbada en una silla plegable. Entre cacharros, coches de juguete, quincalla y todo tipo de menudencias había unos cuantos libros de bolsillo. A un euro el libro. A mi lado estaba un gitano de unos 60 años rebuscando como yo entre los libros. Agarró del suelo una edición de Sarpe de los "Pensamientos" de Pascal. La estuvo mirando un momento y la compró. 

Tumbarse en la arena

La playa se va llenando de gente, todos huidos de la ciudad. El mar cambia de color. No hay una nube en todo el cielo. Detrás de las dunas sólo se oye el oleaje. Se tumba en la arena sin quitarse el abrigo negro, con la cabeza mirando al mar. Parece un mendigo. La mochila le hace sombra. Es tan grato soñar con la libertad, sobre todo en estos tiempos de peste. La arena es limpia y además hay que aprender a ser sucio. Pretender ser inmaculado en este universo loco es una pedantería moral. ¿O no es así? Una playa del Cantábrico, una playa del Pacífico o del mar de China. Son las mismas dunas de la película "La mujer de la arena" (1964) de Hiroshi Teshigahara. Las obras maestras, como esta película, tocan símbolos universales y no se pueden explicar por la razón. 

El odio

Lo que se decía en la entrada anterior del amor, ¿no sirve, en parte, para el odio? El objeto odiado es también una obsesión. El odio es muchísimo más frecuente que el amor.  Basta repasar la Historia.

El amor

Una persona está enamorada de otra cuando comienza a confundir al objeto amado con un paisaje o con los elementos de la naturaleza. El amor no es de este mundo: de este mundo, creo, son los impuestos, el comercio (si un barco bloquea el canal de Suez se pierden cada minuto millones de euros, yenes, dólares, rublos) las cosas cotidianas que son a ras de suelo. El amor es un dios que transporta a su presa a un estado de sueño en el que la realidad aparece transfigurada. Se da en los jóvenes, sobre todo, porque están llenos de ilusiones, no tienen experiencia y son dados a la ensoñación. Además por sus jóvenes arterias puede correr mejor este dios de la sangre que embriaga como el vino. El amor exige un gasto enorme de energía, es una prueba para la salud. El objeto amado puede causar que el contorno de unos montes, una playa, una calle en una ciudad o un objeto estén cargados de una inmensa fuerza evocadora. Es una monomanía. La emoción y el intelecto van juntos siempre en las cosas que merecen la pena. Lo mejor de nuestra breve vida no pertenece a este mundo. Con acierto exhortaba Baudelaire a embriagarse de vino, de poesía o de virtud. Podría haber añadido de "amor" aunque el tiempo apague los delirios eróticos.  El amor es una rebeldía, un desafío a la autoridad milenaria de los sacerdotes, jueces, notarios y demás personas respetables. Todos los grandes amores son trágicos. Nada hay que nos haga más felices ni más desgraciados que el amor. Las personas sensatas, las ya entradas en años, huyen de él. 

Somos iguales

Viendo una tertulia de un canal ruso que habla de sus cosas rusas me dio por pensar que todos los hombres somos iguales. No fue una reflexión sino una revelación. Todos nos expresamos más o menos igual, tenemos la misma figura, deseamos lo mismo y odiamos lo mismo. El fenómeno humano es variado, pero la naturaleza humana es idéntica en cada rincón de este minúsculo planeta. ¿Estaré equivocado? Putin dice que los rusos son "genéticamente" distintos y otras sandeces por el estilo. Por desgracia hay muchos malos gobernantes y Putin es uno de ellos. Tampoco ayuda, ciertamente, que Biden responda afirmativamente a la pregunta de un periodista norteamericano sobre si cree que Putin es un asesino (killer).  Si volvemos a matarnos entre nosotros pensaré que el hombre es un primate irremediablemente idiota y cruel. Una criatura muy complicada pero que finalmente no vale ni el sudor de sus pies. Estúpidos prejuicios, estúpido orgullo, estúpida ambición y estúpida crueldad. Menudo moralista estoy hecho. 

Apuntes

El progreso: un pasito adelante y tres atrás.                                                             

Le viene a la mente esta frase: "espectro de su propia tiniebla" Le suena de algo y no sabe de qué.              

Un poema en prosa de Baudelaire trata (si es que los poemas "tratan" de algo) de una mujer vieja que al acercarse cariñosamente a un niño para hacerle arrumacos le espanta con su fealdad: "Ay, para nosotros, desgraciadas viejas, ha pasado la edad de agradar incluso a los inocentes y causamos horror a los niños que quisiéramos amar" Esa estampa se titula "La desesperación de la vieja". Conocí de niño a una vieja así. Tenía la cara desfigurada por una quemadura que sufrió en su infancia. No sabía hablar, emitía una especie de gemidos. Le llamaban La mudina. La mujer se acercó para darme un beso y me aterrorizó. Baudelaire muestra el doloroso conflicto entre la fealdad física y la amabilidad del alma. Es una variación del tema de la bestia que detrás de una apariencia horrible encierra un alma generosa y llena de afecto: el Quasimodo de Víctor Hugo o el Hombre Elefante. La figura inversa es la persona de gran belleza física y alma depravada. Esta idea trastoca nuestra natural inclinación a considerar lo bello como bueno y lo feo como malo. Lucifer era un ángel bellísimo; el demonio, en cambio, es monstruoso. 

La fuerza divina que empuja hacia las alturas a la Virgen en la Asunción de Tiziano. Frente a esa fuerza trascendente el despegue de un cohete espacial se queda en casi nada. Es una ley de la dinámica: acción y reacción. No existe la Gracia. El combustible es el hidrógeno líquido. La luna de Leopardi o el claro de luna de la sonata de Beethoven frente a Neil Armstrong. 

Orwell, Camus y Oscar Wilde sólo vivieron 46 años. Ya les superas en edad. Cada vez te parecen más jóvenes. Aún siguen brillando y brillarán largo tiempo. Vidas breves pero muy bien aprovechadas. 

Importancia de la belleza para la vida civilizada. El poder que llena de zonas verdes la ciudad y abre caminos de piedra entre árboles que respeta es un benefactor de los hombres. Espacios donde el alma se solaza. Encontrar la relación directa entre la superficie de parques y la salud mental de los ciudadanos. A más clorofila menos agresividad y estupidez. ¿Es necesariamente así? No he conocido ningún árbol que fuera estúpido, dijo un poeta. 

Se derrumba la convivencia

Los efectos de estos tiempos oscuros de peste que vivimos, de abrumadora fealdad, comienzan a notarse en la conducta de cada uno de nosotros. Afloran ya sin ningún disimulo las pulsiones violentas. Guerra en las familias, guerra en el trabajo, guerra en la calle. Odio, irritación y resentimiento. Cada día que vivimos (que sobrevivimos) es una conquista. Hasta este grado de miseria hemos caído como civilización. La deshumanización es imparable, vertiginosa. No sólo España, también sucede en Europa. Como especie parecemos condenados. Hasta alivia pensar que el mundo ha empezado sin el hombre y se terminará sin él. O, como decía Foucault, que el hombre desaparecerá como se borra un rostro en la arena. Mientras eso llega (que no lo veremos nosotros) este ruido furioso, este desierto de amor, esta maldita discordia, esta procesión de espectros. 

Perder el respeto

En una conferencia sobre el Ulises de Joyce dice Borges que los irlandeses fueron geniales escritores en inglés porque no se sentían obligados por la tradición inglesa. No le tenían respeto y eso les permitió desafiar ciertas convenciones que un inglés consideraría intocables. Sagrado, profano. Joyce era, en este sentido, un "profanador", se atrevió a romper moldes, a ir más lejos en la invención literaria. Lo mismo, agrega Borges, ocurre con los judíos asimilados en el ámbito germánico. Se sabe que las bases de la teoría de la Relatividad especial ya eran conocidas por varios físicos,  pero sólo Einstein se atrevió a dar el paso a lo desconocido. Un caso semejante es el de Freud, que fue en su terreno tan revolucionario como Einstein. El caso de Kafka me parece significativo. No era alemán, ni checo, ni judío ortodoxo. Este desarraigo personal le permitió advertir como nadie la condición del hombre moderno: el individuo insignificante aplastado por la maquinaria burocrática. Aunque es mucho más que eso, pues su obra tan original toca la esencia metafísica de nuestra naturaleza. No sé si me explico. La física moderna, uno de cuyos padres (o madres) es Galileo, comenzó su camino refutando las teorías de Aristóteles sobre el movimiento y los cuerpos celestes. A Galileo le bastaron unas noches observando el firmamento con un telescopio para demostrar la falsedad de la cosmología del griego. En su tiempo esto era una herejía. Galileo se fiaba de los experimentos no de la autoridad; interrogaba a la naturaleza y si Aristóteles estaba equivocado peor para Aristóteles. Copérnico, claro está, sacudió los cimientos del  mundo al poner al sol en el centro. No es cuestión, por tanto, sólo de talento, hace falta audacia. Otro ejemplo que se me ocurre es el de Nietzsche. Siendo un joven filólogo desafió la manera que se tenía hasta entonces de entender a los griegos. No eran sólo "noble sencillez y serena grandeza" como afirmaba Winckelmann, sino que tenían un fondo pesimista y oscuro. No sólo Apolo, sino también Dioniso. Esto chocaba con el ideal clásico helénico que tenían Goethe, Schiller o Schopenhauer. Lo resume bien el título del libro del filólogo británico E.R. Dodds Los griegos y lo irracional. Que yo sepa Nietzsche fue el primero en ver ese lado orgiástico, demente y pesimista de los antiguos griegos. Más tarde Nietzsche atacó furiosamente al Cristianismo. Hay que tener mucho coraje para atreverse, como hizo Spinoza, a someter al examen de la razón a las Sagradas Escrituras. Esto hizo Spinoza en el Tratado teológico-político. Se granjeó el odio de su comunidad religiosa, como es sabido, y fue expulsado de su seno con terribles maldiciones. Otro ejemplo: los pintores impresionistas provocaron un escándalo cuando se dieron a conocer. La obediencia no es la virtud de los descubridores. ¿Qué prejuicios morales, estéticos, científicos tendremos hoy? Que los tenemos es seguro. ¿Qué falsos ídolos existen hoy? ¿Quién se atreverá a demostrar que el rey está desnudo? Que el socialismo soviético era una patraña creo que pocos lo dudan ya. ¡Y a cuántos intelectuales engatusó! ¡Qué ciegos estaban! Una nota importante: es posible que alguno de estos audaces destructores de prejuicios fuera en su vida privada un buen padre de familia. Joyce y Freud, por ejemplo, eran así. Orwell también. Tenemos la idea de que un revolucionario es un alborotador que da voces en público. Nada es más falso que eso. Suelen ser cautos, por la cuenta que les tiene. A la mayoría de los hombres no les gusta nada que le muevan el suelo que tienen bajo los pies. 

Rimbaud

Aunque cada vez me cueste más creerlo también yo fui joven. Pero cuidado, que tampoco soy viejo. Mi década prodigiosa fueron los años 90. Acababa de despedirme del deporte y comencé a interesarme, con ese fervor de los muchachos, por la literatura y la filosofía. El mundo era joven. Si había viejos los veía, pero no los sentía. Trato de recordar qué personaje encarnó para mí la juventud. Quizá me engañe, pero creo que fue Rimbaud. ¡Qué entusiasmo al leerlo! No me enteraba de nada, o de casi nada, me parece. Incluso llegué a imitar su poema El barco ebrio. Pero Rimbaud sólo hay unoEl poco francés que sé me lo enseñaron Baudelaire y Rimbaud. En 1991 se celebró el centenario de la muerte de este poeta. El poeta. A mí, que tenía 23 años, ya me dejaba atrás en juventud. Es sabido que Rimbaud dejó de escribir a los 19 años. Tengo un retrato suyo en el apartamento donde vivo, el célebre que le hizo el fotógrafo Carjat hacia 1872, un año después de la Comuna. Cara de niño frágil y asustado. Ojos claros. Era un genio auténtico aunque no supiera nada de la vida aún. Es normal. Ahí está, eternamente joven en el instante detenido. En algún momento de éxtasis llegamos a creer que podríamos ser tan grandes como él. Sueños de juventud muy nobles y muy insensatos. De su terrible agonía en un hospital de Marsella no queríamos saber nada, no la entendíamos. Ese Rimbaud moribundo y derrotado no existía. De haber vivido más, ¿hubiera sentado la cabeza? La edad nos enfría la sangre. Es ridículo pretender ser un joven perpetuo. La juventud es un testigo que cedemos, por las buenas o por las malas, a los que llegan detrás. Así se hizo desde que el mundo es mundo. Qué breve y qué luminosa fue la juventud, encanto descarado de la vida. Como decía con malicia y acierto Luis Cernuda: "poetas mozos de todos los países hablan mucho de él en sus provincias" Estos tiempos de peste no son para jóvenes, me parece una lástima tener veinte años hoy: no pueden salir, no pueden amarse, no pueden reunirse. Están recogidos en sus habitaciones, siempre están afuera porque están conectados. Esa es su relación con el mundo. No les culpo de nada, los compadezco. Ningún vagabundeo (no se les permite). Su capacidad de aventura, su libertad, es moneda barata. ¿A dónde irán que no haya cobertura? Pueden viajar en vuelos low cost al confín del mundo (ahora ni eso pueden) pero siguen enjaulados. Paul Nizan escribió hacia 1931 un libro desengañado sobre su viaje al mismo Adén al que huyó Rimbaud buscando al salvaje, como hizo Gaugin. A finales del siglo XIX aún era posible. En tiempos de Nizan, primeras décadas del siglo XX, esto ya era una quimera. Un Nizan hastiado regresó a la vieja Europa, como Rimbaud, entrando por el puerto de Marsella: le crecle bouclé, je vis un matin le château d'If, et devant des collines blanches, Notre-Dame-de-la-Garde. J'étais servi: les premiers emblèmes venus à ma rencontre étaint justement les deux objets les plus révoltants de la terre: une église, une prison. Iglesias ya ni quedan, están vacías. Prisiones hay, gozan de muy buena salud. Y no sólo son esos edificios siniestros. El control que se ejerce sobre nosotros, Rimbaud, es algo que ni llegaste a imaginar. ¡Buen viaje al África colonial, muchacho! ¡Huye, huye tú que pudiste!


Ferlosio

Rafael Sánchez Ferlosio es un personaje que era enormemente simpático. Si me oye decir esto se iba a enojar. Porque precisamente su categoría o su elegancia le haría repelente ese adjetivo cursi. Me gusta de él que no tenía pelos en la lengua. Detestaba el deporte, el nacionalismo, el papel social del literato, la moderna pedagogía, etc. Con las zapatillas puestas disparaba contra todo. Tenía un punto de loco pero se quedó en el límite así que fue más lúcido que nadie. Era original. En eso que llamó "pecios" y se conoce como "aforismos" es un consumado maestro. Yo disfruto leyéndolos, muchos no los entiendo pero me agradan igual. Hay una foto de él sentado en una butaca con bata y zapatillas -quien está en bata y zapatillas es Ferlosio, no la butaca, perdón, maestro- que es memorable. (Unos segundos de pausa). La he buscado en internet (desde donde escribo) y tengo que rectificar. No llevaba bata. Mira desafiante al frente. ¿Con quién relacionaría a Ferlosio con su preocupación por el lenguaje, su afán de derribar ídolos reconocidos por la sociedad y la época yendo siempre a contracorriente y con su talento para la frase corta y acerada? Pienso inmediatamente en Karl Kraus. 

El fin del mundo

El fin del mundo no es tan fácil. Qué va. A la vista de los acontecimientos de los últimos meses, de los cambios "disruptivos" que están en pleno desarrollo (la vida  individual y social volcada a lo virtual; internet nuestra ágora, escuela y mercado), aparte, naturalmente, de la pandemia, observo que terminar con el mundo es muy difícil. Grosera imaginación la de quien cree que esto sucede en un instante. No con un trueno, sino con un susurro. Así termina el mundo.                                                               Relaciones a distancia (muchas con desconocidos) con intervalos de días, semanas o meses. Creo que estamos ante un cambio antropológico de dimensiones desconocidas. Pronto dejaremos de ser corpóreos. Aunque sigamos necesitando comer tres veces al día, ir al baño y hacer cola para echar la bonoloto.  

Matemáticas

Ya que el mundo se ha vuelto tan hostil, tan enemigo, tan oscuro, me estoy haciendo aficionado a las fugas (las de Bach no, otras). Si no hay confinamiento escapo solo a la orilla del mar, con el deseo de subir a una nave de tres palos como la de James Cook (originalmente un buque para transportar carbón) y poner rumbo a los mares del Sur. Me conformaría con una barca, remando hasta la deshidratación y el agotamiento hasta perder de vista la costa. Si el confinamiento no permite desplazamientos (obedecemos resignados las disposiciones de la autoridad) me queda, como al prisionero, el recurso de la imaginación. No tengo talento para las matemáticas, qué lástima. Con gusto me olvidaría de estas oscuras y agobiantes circunstancias tratando de comprender la Teoría de Grupos de Galois o la Teoría de Conjuntos de Cantor. Qué poder de abstracción, qué alejamiento del mundo sensible. Hay infinitos más "grandes" que otros. ¿No fue, por cierto, el siglo XIX el que conoció un mayor avance y consolidación de las matemáticas? Creo que sí. ¡Nada de suposiciones, tendría que demostrarlo! Hay en las matemáticas una voluntad de orden que ya conocían los apasionados griegos. Recuerdo la frase del matemático alemán y judío, judío y alemán (o prusiano más exactamente) Carl Gustav Jacobi: "el único fin de la ciencia es honrar el espíritu humano" Si hoy todo se desmorona, si parece que reina el caos, las matemáticas y su belleza ideal son, para mí que no soy creador, un excelente pasatiempo. La posibilidad de la fuga del mundo. El matemático francés Poncelet cayó prisionero de los rusos en la campaña de Napoleón. Durante su cautiverio (1812-1814), sin ningún libro a mano, estableció los fundamentos de la geometría proyectiva. 

Engañados

En el apocalipsis zombi que fue el asalto al Capitolio de Washington hubo -que yo sepa- una víctima mortal, una mujer de San Diego que había dejado su residencia para asistir al magno acontecimiento. La pobre mujer era partidaria acérrima de Trump. Recibió un balazo en el pecho. Sacrificio inútil. No será una mártir de nada, había puesto sus esperanzas en un miserable al que la vida de los rednecks no le importa lo más mínimo. Es terrible pensarlo, pero ha muerto en vano. Trump se apresuró, forzado por las circunstancias, a renegar de sus propios y salvajes entusiastas. Estremece pensar que uno pueda poner toda su ilusión en una persona o una causa que son completamente falsas. ¿Cuántas veces nos han engañado? La Iglesia ha sido especialista en eso. Tomando como ejemplo a esa mujer me pregunto si no habré sido engañado también yo. Si no me habré inclinado ante un poder arbitrario, si no soy capaz de conocer la realidad social y mis propias circunstancias. Por ejemplo, la literatura es cosa de señoritos. Quizá el engañado se culpe a sí mismo de su situación vital o de su fracaso cuando no es más que la víctima de un orden social injusto. Ya sabemos que en la carrera de la vida una minoría de señoritos nace con privilegios e inmunidad moral y una masa anónima tiene que luchar por subsistir. La idea de "lucha" por cierto, tan enaltecida por los sindicatos  -cuando existían- es un error. Nadie puede cambiar nada si está en el fondo del pozo. Luchar, para esta gente, es simplemente mantenerse en pie. Eso es todo. Pero los pobres no tienen moral. Quienes han hecho las revoluciones han sido señoritos con mala conciencia. Sin embargo la simpatía, más o menos sincera, que pudieran tener por los marginados, los más humildes, no confunde sus destinos. Ciertamente, la rebelión tendría que ser una inevitable urgencia, pero su inutilidad es desesperada. Hacer que el individuo salga de la infancia, que sea una persona autónoma que piense por sí misma y sepa guiarse sola en la vida, fue el ideal de la Ilustración. Lo que nos enseñaron nuestros mayores, pienso, era falso. No engañaban por mala fe, sino por ignorancia. Derribar falsos ídolos. 

Terror

Bastan 15 individuos brutales, fanáticos y poderosos para aterrorizar a una nación considerada "culta" de millones de personas. Viendo hace poco un documental sobre la II Guerra Mundial, con imágenes de archivo que no conocía, se me quedó grabada la cara de desprecio y asco que tiene Goebbels al visitar un campo de prisioneros rusos. ¿Podemos imaginar cómo sería vivir en Alemania entre 1933 y 1945? No se movía ni una mosca. El Terror era absoluto. La mentira, la única verdad. Mentían sin el menor escrúpulo. A Hitler y sus cabecillas les importaba un rábano la vida de sus propios compatriotas; poseídos por una furia absolutamente asesina no admitieron la derrota y prolongaron hasta el final el inmenso sufrimiento de millones de personas. Es tremendo ver cómo teniendo la guerra perdida (hacia 1944) siguen organizando desfiles victoriosos para engañar a la población, celebrando conciertos, fiestas, inaugurando factorías, haciendo como que seguían gobernando para la futura Alemania, como si la victoria fuera segura, cuando lo seguro era la derrota. No es sólo que engañaran a los que respiraban la misma cultura que Kant, Schiller o Beethoven, es que convirtieron en asesinos sanguinarios a muchísimos, a miles de ellos. Se conocen más o menos las masacres de los soldados alemanes y las SS en el frente oriental. ¿No había nadie en toda Alemania al que se le cayera la venda de los ojos y saliera a la calle a protestar contra la dictadura nazi? El nazismo tuvo, desde luego, adversarios, pero más fuera que dentro. No todos se creían las mentiras de la propaganda. ¿Quién se atrevía en Alemania a levantar la voz? Un puñado de héroes lo hizo. Pero el régimen no cayó desde dentro, tuvo que ser la fuerza de los aliados -los bombardeos, la destrucción- la que terminara esa pesadilla. En ese documental se puede imaginar el absoluto desprecio que sintieron Hitler y sus cabecillas y Stalin y los suyos por la vida de millones de personas. Les enviaban a matar y a morir y eso hicieron aquellos infelices. Millones de personas se negaron a sí mismas y obedecieron ciegamente a un grupito de criminales. Miles de ellos mataron a civiles, mujeres, ancianos y niños hasta que las armas quemaban, agotados de tanto matar. Otros tuvieron que callar hasta que un obús los reventó o una bala les voló la cabeza. ¿Cuántos desertores hubo? ¿Dónde estaba la libertad individual? ¿Quién se atrevía a decir "yo no participo" "yo no hago el saludo"? El muchacho ruso mal equipado, sin instrucción, que mandaban a Stalingrado tenía una orden tajante: "ni un paso atrás" Un icono del siglo XX es Einstein. ¡El progreso científico! ¡El genio humano! Por un Einstein original -¡uno! ¡uno!- hubo unos 50 o 60 o 70 millones de muertos (no se sabrá nunca cuántos) en cinco años de guerra de exterminio desde Stalingrado a Japón y el Pacífico, desde Londres hasta Alejandría y el Cáucaso. Eso sin contar los supervivientes que quedaron destrozados física o anímicamente. Es cierto que en esa guerra perdieron quienes tenían que perder, por suerte para la humanidad que aún conservaba la vida y por suerte para sus descendientes.  Extraños aliados fueron las democracias occidentales y la Unión Soviética, otra dictadura del terror, monstruosa maquinaria de triturar hombres. El poder magnético (¿el poder no es el mal?) que unos pocos hombres pueden ejercer sobre millones de ellos -que son sus iguales por nacimiento- puede llegar a ser inmenso y revela algo inquietante de nuestra naturaleza. ¿Quién se atrevió a escupir a Hitler a la cara? ¿Quién se atrevió a abofetear a Stalin en público? 

Demasiados intereses

En una biblioteca o en una librería bien surtida voy de los estantes de literatura a los de historia, de los de historia a los de ciencia, de los de ciencia a los de arte. Y entre tanto que leer quedo abrumado y me bloqueo. Me gustaría saber de todo, excepto de derecho y economía que me parecen aburridos saberes. Cuánto tiempo perdido atendiendo al cuerpo, al sueño, a la vagancia, la distracción y la voluptuosidad. Quien mucho abarca, poco aprieta. En literatura tengo especial interés por la germanística: poetas, escritores, filósofos en esa lengua alemana que suena tan bien. Tengo mis preferencias: Kleist (poco conocido en España): me gustan los ensayos de Schiller, conozco poco su teatro, me parece que ha envejecido mal Schiller; de Goethe me interesa su vida (recuerdo aquel viaje loco que hice a Weimar sólo para ver su casa am Frauenplan); y los filósofos: Kant, Schopenhauer (otra deuda con Borges). Hegel me interesa poco, su Fenomenología del Espíritu me pareció incomprensible, lo que no es de extrañar, y aburrida. Algo de los románticos, sobre todo Novalis. Y en el ámbito austrohúngaro, todos aquellos súbditos del Emperador que orbitaban alrededor de Viena: Kafka, Freud, Joseph Roth, Stefan Zweig, Hermann Broch, Musil o Celan. Hay más y no es cuestión de citarlos a todos. ¡Me olvidaba de Heine! Y entre los modernos Thomas Bernhard y algo anterior, Thomas Mann. Y, por supuesto, Georg Büchner, ese genio de vida tan breve que revolucionó el teatro. Y hablando de teatro, Brecht. Luego están los anglosajones y los rusos. No voy a dar más nombres, que me fatigo. La literatura francesa: sólo leer a Balzac o a Zola llevaría meses o años. No hay tiempo. De Italia, Dante, Petrarca y Leopardi. También Ariosto. Me temo que dejaré sin leer la Jerusalén liberada de Tasso, porque quién lee hoy poemas épicos en octavas reales. No sé, hay muchos, dejo a tantos en el tintero. Claro, la literatura hispánica, con eso ya tengo para toda la vida. El Siglo de Oro. Galdós. Baroja. Y los hispanoamericanos, empezando por Rubén Darío y terminando por Ricardo Piglia. Todo un continente de letras, desde Tijuana a la Tierra del Fuego. Además de literatura me interesa la ciencia: la historia de la ciencia. La ciencia, qué superstición contemporánea. Un terreno vedado para los españoles, al menos hasta ahora. El país de los sueños perdidos es el título de una historia de la ciencia española escrita por José Manuel Sánchez Ron. No sé qué pasa al sur de los Pirineos que no prenden ecuaciones, ni polinomios, ni logaritmos, ni geometrías, ni el cálculo diferencial. La ciencia es una empresa colectiva, necesita un suelo fértil donde desarrollarse. En esto han destacado los franceses (Fermat, Descartes, Pascal, Fourier, Lagrange, Poincaré, Laplace, Galois, Cauchy...). Francia es una nación versátil, en todo ha destacado: ciencia, literatura, artes. Y Alemania, la tierra de los cabezas cuadradas -como dice el tópico (Leibniz, Gauss, Riemann, Jacobi, Dirichlet, Hilbert, Weierstrass, Cantor...). En fin, Italia, el Reino Unido, Suiza, Rusia y otros países europeos cuentan con bastantes matemáticos de importancia. No puedo pasar por alto a Euler y Lobachevski. Y podría decirse otro tanto de la Física y la Química. Lo que hay de bueno y de malo en el mundo actual se debe, en gran medida pero no sólo, a los que siguieron el camino abierto por Francis Bacon, Galileo, Giordano Bruno, Descartes o Lavoisier. En el siglo XX, que ha sido uno de los más fecundos en la Física, destacan dos ramas: la Relatividad, que no hace falta decir a quién se debe, y la Mecánica Cuántica. Me gustaría que en España se prestara atención a las ciencias. O acaso haya que decir como Unamuno: "que inventen ellos" si es cierto que pronunció ese exabrupto. ¿Y los españoles a qué nos dedicamos? ¿Seguimos ignorando a Descartes y machacamos la Escolástica, estilo Francisco Suárez, y comentamos la obra, magnífica por otra parte, de los grandes místicos San Juan de la Cruz o Santa Teresa? He perdido el hilo de lo que decía. Empecé con los demasiado amplios, inabarcables intereses, en esta época de hiperespecialización, y termino entonando el treno de los sueños perdidos del país que perdió todos los trenes de la investigación científica.  ¿O estoy exagerando? 

Cazando cetáceos

En el acantilado, junto al cabo rocoso, se domina un amplio horizonte marino. Van dos veces casi consecutivas que lo visito huyendo -como todos los humanos- de los humanos, de este delirio de mascarillas, irritaciones y distancias. ¿Qué busco en ese paraje extremo? A pocas millas de esta costa hay un profundo sistema de cañones submarinos que alcanzan los 4000 metros de profundidad. Silencio, tinieblas, frío. Calamares gigantes. Una noche perpetua bajo la bóveda del firmamento. ¿Busco alguna metáfora, algún nuevo pensamiento que alivie el sufrimiento, un monstruo marino que me libre por un momento de la miseria de ser hombre? Al pie del abismo miro la vasta superficie del mar, a lo lejos una banda de nubes tormentosas se deshacen en jirones de lluvia torrencial. Caen unas gotas gruesas. Las sonrisas de las olas que se deshacen en espuma en mar abierto, el ruido monótono de las rompientes. Llego a esta desolación con mis recuerdos, aquí estuve hace muchos muchos inviernos. Entonces en tierra firme no hacía estragos la peste, ni la naturaleza tenía este aspecto melancólico de ahora, aunque entonces divisara -sin darme cuenta- lugares donde hubo naufragios y acaso pasara junto al lugar por el que alguien desesperado se arrojó al vacío. No queda rastro de esas tragedias, ni de las tormentas que azotaron estos acantilados, ni de los furiosos vendavales, ni de ataques piratas, ni de lanchas de contrabando. Un hombre en el confín de la tierra, frente al mar, es una imagen de lo efímero. Como el monje junto al mar de Kaspar David Friedrich. Una estampa romántica. En un panel de esta zona protegida se indica que éste es buen lugar para la observación de diferentes tipos de cetáceos: pequeños delfínidos con pico (delfín común, delfín listado, delfín mular); delfínidos sin pico (calderón común, orca); grandes cetáceos (rorcual común, rorcual aliblanco, cachalote). Levanto la vista del cartel y miro el mar, cazando algún cetáceo. No veo ningún Leviatán. Hay otras formas de vida, existen otras criaturas, esta naturaleza ha producido seres estupendos que engendran y mueren sin que el hombre los conozca. Bastaría una hormiga o una mosca para advertir esto, ciertamente, pero ver cómo asoma entre las aguas un cachalote debe de ser magnífico. No distingo nada extraño en la extrañeza del mar, así que tengo que conformarme con la imaginación. Como me imagino la curvatura del horizonte, la coincidencia de los contrarios, el infinito de Nicolás de Cusa.