Engañados

En el apocalipsis zombi que fue el asalto al Capitolio de Washington hubo -que yo sepa- una víctima mortal, una mujer de San Diego que había dejado su residencia para asistir al magno acontecimiento. La pobre mujer era partidaria acérrima de Trump. Recibió un balazo en el pecho. Sacrificio inútil. No será una mártir de nada, había puesto sus esperanzas en un miserable al que la vida de los rednecks no le importa lo más mínimo. Es terrible pensarlo, pero ha muerto en vano. Trump se apresuró, forzado por las circunstancias, a renegar de sus propios y salvajes entusiastas. Estremece pensar que uno pueda poner toda su ilusión en una persona o una causa que son completamente falsas. ¿Cuántas veces nos han engañado? La Iglesia ha sido especialista en eso. Tomando como ejemplo a esa mujer me pregunto si no habré sido engañado también yo. Si no me habré inclinado ante un poder arbitrario, si no soy capaz de conocer la realidad social y mis propias circunstancias. Por ejemplo, la literatura es cosa de señoritos. Quizá el engañado se culpe a sí mismo de su situación vital o de su fracaso cuando no es más que la víctima de un orden social injusto. Ya sabemos que en la carrera de la vida una minoría de señoritos nace con privilegios e inmunidad moral y una masa anónima tiene que luchar por subsistir. La idea de "lucha" por cierto, tan enaltecida por los sindicatos  -cuando existían- es un error. Nadie puede cambiar nada si está en el fondo del pozo. Luchar, para esta gente, es simplemente mantenerse en pie. Eso es todo. Pero los pobres no tienen moral. Quienes han hecho las revoluciones han sido señoritos con mala conciencia. Sin embargo la simpatía, más o menos sincera, que pudieran tener por los marginados, los más humildes, no confunde sus destinos. Ciertamente, la rebelión tendría que ser una inevitable urgencia, pero su inutilidad es desesperada. Hacer que el individuo salga de la infancia, que sea una persona autónoma que piense por sí misma y sepa guiarse sola en la vida, fue el ideal de la Ilustración. Lo que nos enseñaron nuestros mayores, pienso, era falso. No engañaban por mala fe, sino por ignorancia. A derribar falsos ídolos. 

Terror

Bastan 15 individuos brutales, fanáticos y poderosos para aterrorizar a una nación considerada "culta" de millones de personas. Viendo hace poco un documental sobre la II Guerra Mundial, con imágenes de archivo que no conocía, se me quedó grabada la cara de desprecio y asco que tiene Goebbels al visitar un campo de prisioneros rusos. ¿Podemos imaginar cómo sería vivir en Alemania entre 1933 y 1945? No se movía ni una mosca. El Terror era absoluto. La mentira, la única verdad. Mentían sin el menor escrúpulo. A Hitler y sus cabecillas les importaba un rábano la vida de sus propios compatriotas; poseídos por una furia absolutamente asesina no admitieron la derrota y prolongaron hasta el final el inmenso sufrimiento de millones de personas. Es tremendo ver cómo teniendo la guerra perdida (hacia 1944) siguen organizando desfiles victoriosos para engañar a la población, celebrando conciertos, fiestas, inaugurando factorías, haciendo como que seguían gobernando para la futura Alemania, como si la victoria fuera segura, cuando lo seguro era la derrota. No es sólo que engañaran a los que respiraban la misma cultura que Kant, Schiller o Beethoven, es que convirtieron en asesinos sanguinarios a muchísimos, a miles de ellos. Se conocen más o menos las masacres de los soldados alemanes y las SS en el frente oriental. ¿No había nadie en toda Alemania al que se le cayera la venda de los ojos y saliera a la calle a protestar contra la dictadura nazi? El nazismo tuvo, desde luego, adversarios, pero más fuera que dentro. No todos se creían las mentiras de la propaganda. ¿Quién se atrevía en Alemania a levantar la voz? Un puñado de héroes lo hizo. Pero el régimen no cayó desde dentro, tuvo que ser la fuerza de los aliados -los bombardeos, la destrucción- la que terminara esa pesadilla. En ese documental se puede imaginar el absoluto desprecio que sintieron Hitler y sus cabecillas y Stalin y los suyos por la vida de millones de personas. Les enviaban a matar y a morir y eso hicieron aquellos infelices. Millones de personas se negaron a sí mismas y obedecieron ciegamente a un grupito de criminales. Miles de ellos mataron a civiles, mujeres, ancianos y niños hasta que las armas quemaban, agotados de tanto matar. Otros tuvieron que callar hasta que un obús los reventó o una bala les voló la cabeza. ¿Cuántos desertores hubo? ¿Dónde estaba la libertad individual? ¿Quién se atrevía a decir "yo no participo" "yo no hago el saludo"? El muchacho ruso mal equipado, sin instrucción, que mandaban a Stalingrado tenía una orden tajante: "ni un paso atrás" Un icono del siglo XX es Einstein. ¡El progreso científico! ¡El genio humano! Por un Einstein original -¡uno! ¡uno!- hubo unos 50 o 60 o 70 millones de muertos (no se sabrá nunca cuántos) en cinco años de guerra de exterminio desde Stalingrado a Japón y el Pacífico, desde Londres hasta Alejandría y el Cáucaso. Eso sin contar los supervivientes que quedaron destrozados física o anímicamente. Es cierto que en esa guerra perdieron quienes tenían que perder, por suerte para la humanidad que aún conservaba la vida y por suerte para sus descendientes.  Extraños aliados fueron las democracias occidentales y la Unión Soviética, otra dictadura del terror, monstruosa maquinaria de triturar hombres. El poder magnético (¿el poder no es el mal?) que unos pocos hombres pueden ejercer sobre millones de ellos -que son sus iguales por nacimiento- puede llegar a ser inmenso y revela algo inquietante de nuestra naturaleza. ¿Quién se atrevió a escupir a Hitler a la cara? ¿Quién se atrevió a abofetear a Stalin en público? 

Demasiados intereses

En una biblioteca o en una librería bien surtida voy de los estantes de literatura a los de historia, de los de historia a los de ciencia, de los de ciencia a los de arte. Y entre tanto que leer quedo abrumado y me bloqueo. Me gustaría saber de todo, excepto de derecho y economía que me parecen aburridos saberes. Cuánto tiempo perdido atendiendo al cuerpo, al sueño, a la vagancia, la distracción y la voluptuosidad. Quien mucho abarca, poco aprieta. En literatura tengo especial interés por la germanística: poetas, escritores, filósofos en esa lengua alemana que suena tan bien. Tengo mis preferencias: Kleist (poco conocido en España): me gustan los ensayos de Schiller, conozco poco su teatro, me parece que ha envejecido mal Schiller; de Goethe me interesa su vida (recuerdo aquel viaje loco que hice a Weimar sólo para ver su casa am Frauenplan); y los filósofos: Kant, Schopenhauer (otra deuda con Borges). Hegel me interesa poco, su Fenomenología del Espíritu me pareció incomprensible, lo que no es de extrañar, y aburrida. Algo de los románticos, sobre todo Novalis. Y en el ámbito austrohúngaro, todos aquellos súbditos del Emperador que orbitaban alrededor de Viena: Kafka, Freud, Joseph Roth, Stefan Zweig, Hermann Broch, Musil o Celan. Hay más y no es cuestión de citarlos a todos. ¡Me olvidaba de Heine! Y entre los modernos Thomas Bernhard y algo anterior, Thomas Mann. Y, por supuesto, Georg Büchner, ese genio de vida tan breve que revolucionó el teatro. Y hablando de teatro, Brecht. Luego están los anglosajones y los rusos. No voy a dar más nombres, que me fatigo. La literatura francesa: sólo leer a Balzac o a Zola llevaría meses o años. No hay tiempo. De Italia, Dante, Petrarca y Leopardi. También Ariosto. Me temo que dejaré sin leer la Jerusalén liberada de Tasso, porque quién lee hoy poemas épicos en octavas reales. No sé, hay muchos, dejo a tantos en el tintero. Claro, la literatura hispánica, con eso ya tengo para toda la vida. El Siglo de Oro. Galdós. Baroja. Y los hispanoamericanos, empezando por Rubén Darío y terminando por Ricardo Piglia. Todo un continente de letras, desde Tijuana a la Tierra del Fuego. Además de literatura me interesa la ciencia: la historia de la ciencia. La ciencia, qué superstición contemporánea. Un terreno vedado para los españoles, al menos hasta ahora. El país de los sueños perdidos es el título de una historia de la ciencia española escrita por José Manuel Sánchez Ron. No sé qué pasa al sur de los Pirineos que no prenden ecuaciones, ni polinomios, ni logaritmos, ni geometrías, ni el cálculo diferencial. La ciencia es una empresa colectiva, necesita un suelo fértil donde desarrollarse. En esto han destacado los franceses (Fermat, Descartes, Pascal, Fourier, Lagrange, Poincaré, Laplace, Galois, Cauchy...). Francia es una nación versátil, en todo ha destacado: ciencia, literatura, artes. Y Alemania, la tierra de los cabezas cuadradas -como dice el tópico (Leibniz, Gauss, Riemann, Jacobi, Dirichlet, Hilbert, Weierstrass, Cantor...). En fin, Italia, el Reino Unido, Suiza, Rusia y otros países europeos cuentan con bastantes matemáticos de importancia. No puedo pasar por alto a Euler y Lobachevski. Y podría decirse otro tanto de la Física y la Química. Lo que hay de bueno y de malo en el mundo actual se debe, en gran medida pero no sólo, a los que siguieron el camino abierto por Francis Bacon, Galileo, Giordano Bruno, Descartes o Lavoisier. En el siglo XX, que ha sido uno de los más fecundos en la Física, destacan dos ramas: la Relatividad, que no hace falta decir a quién se debe, y la Mecánica Cuántica. Me gustaría que en España se prestara atención a las ciencias. O acaso haya que decir como Unamuno: "que inventen ellos" si es cierto que pronunció ese exabrupto. ¿Y los españoles a qué nos dedicamos? ¿Seguimos ignorando a Descartes y machacamos la Escolástica, estilo Francisco Suárez, y comentamos la obra, magnífica por otra parte, de los grandes místicos San Juan de la Cruz o Santa Teresa? He perdido el hilo de lo que decía. Empecé con los demasiado amplios, inabarcables intereses, en esta época de hiperespecialización, y termino entonando el treno de los sueños perdidos del país que perdió todos los trenes de la investigación científica.  ¿O estoy exagerando? 

Cazando cetáceos

En el acantilado, junto al cabo rocoso, se domina un amplio horizonte marino. Van dos veces casi consecutivas que lo visito huyendo -como todos los humanos- de los humanos, de este delirio de mascarillas, irritaciones y distancias. ¿Qué busco en ese paraje extremo? A pocas millas de esta costa hay un profundo sistema de cañones submarinos que alcanzan los 4000 metros de profundidad. Silencio, tinieblas, frío. Calamares gigantes. Una noche perpetua bajo la bóveda del firmamento. ¿Busco alguna metáfora, algún nuevo pensamiento que alivie el sufrimiento, un monstruo marino que me libre por un momento de la miseria de ser hombre? Al pie del abismo miro la vasta superficie del mar, a lo lejos una banda de nubes tormentosas se deshacen en jirones de lluvia torrencial. Caen unas gotas gruesas. Las sonrisas de las olas que se deshacen en espuma en mar abierto, el ruido monótono de las rompientes. Llego a esta desolación con mis recuerdos, aquí estuve hace muchos muchos inviernos. Entonces en tierra firme no hacía estragos la peste, ni la naturaleza tenía este aspecto melancólico de ahora, aunque entonces divisara -sin darme cuenta- lugares donde hubo naufragios y acaso pasara junto al lugar por el que alguien desesperado se arrojó al vacío. No queda rastro de esas tragedias, ni de las tormentas que azotaron estos acantilados, ni de los furiosos vendavales, ni de ataques piratas, ni de lanchas de contrabando. Un hombre en el confín de la tierra, frente al mar, es una imagen de lo efímero. Como el monje junto al mar de Kaspar David Friedrich. Una estampa romántica. En un panel de esta zona protegida se indica que éste es buen lugar para la observación de diferentes tipos de cetáceos: pequeños delfínidos con pico (delfín común, delfín listado, delfín mular); delfínidos sin pico (calderón común, orca); grandes cetáceos (rorcual común, rorcual aliblanco, cachalote). Levanto la vista del cartel y miro el mar, cazando algún cetáceo. No veo ningún Leviatán. Hay otras formas de vida, existen otras criaturas, esta naturaleza ha producido seres estupendos que engendran y mueren sin que el hombre los conozca. Bastaría una hormiga o una mosca para advertir esto, ciertamente, pero ver cómo asoma entre las aguas un cachalote debe de ser magnífico. No distingo nada extraño en la extrañeza del mar, así que tengo que conformarme con la imaginación. Como me imagino la curvatura del horizonte, la coincidencia de los contrarios, el infinito de Nicolás de Cusa. 

El hospital

De vuelta de un paseo reparo en el edificio del hospital junto al que vivo. Conocemos esta práctica: mirar las cosas como si las viéramos por primera vez, digamos desconociéndolas. Una cosa cotidiana nos aparece de pronto como novedosa, como extraña y surge como problema. Algo así me ha sucedido hoy: ahí está el hospital, sobre una colina, como un monstruo blanco con reflejos de vidrio. Es un edificio pensado para atender a los enfermos; está dedicado al cuidado de la salud del Homo sapiens. Creo que Foucault fue el filósofo que se interesó por la historia de este tipo de edificios (clínicas, manicomios, cárceles). Es hermético: desde el exterior es difícil distinguir para qué sirve este edificio. Imagino que lo veo por primera vez e intento descifrarlo. Visto a distancia no lograría, pienso, adivinar qué sucede en su interior. Uno se maravilla del grado de organización, complejidad y alejamiento de la naturaleza que ha alcanzado este mamífero capaz de levantar semejante construcción en medio de campos verdes y árboles dispersos.  Contiguos coexisten las granjas de vacas con el acelerador de partículas, los corrales de gallinas con el reactor nuclear, los nidos de jilguero con los radiotelescopios. Una de las características del hombre actual es que no conoce (o conoce mal) el principio y funcionamiento de la mayoría de las cosas con las que tiene que ocuparse. Nos manejamos entre computadoras y otras prendas tecnológicas; en ellas vivimos, nos movemos y somos. ¿Hay más complicación en un smartphone que en una catedral gótica? No siendo arquitectos podríamos comprender y admirar el sentido de los arbotantes, los contrafuertes y los equilibrios de la catedral. Un móvil no se presta a una intuición semejante. El mundo no es extraño porque sea en sí mismo extraño sino porque nos resulta extraña la idea que tenemos de él. Paradójicamente nunca ha existido tal cantidad de información. (Y supongo que la "información" como idea es más o menos reciente). Por la morfología de un órgano o una parte del cuerpo podemos deducir su función: el riñón es un filtro, el corazón una bomba, los pulmones son sacos de aire, los huesos y músculos palancas. Pero el cerebro es impenetrable. Pues bien, ese hospital que vi hoy -no digo ya un acelerador de partículas- me produjo la misma impresión que tendría si viera un cerebro encima de una mesa. 

Georg Heym y Baczynski

Nada innovador en lo formal Georg Heym era un revolucionario en el contenido. Los pocos, pero suficientes, poemas que dejó son cuadros expresionistas, visiones apocalípticas de una ciudad que como Sodoma está abocada a la destrucción. Creo que ya he escrito sobre este poeta alemán con lo que creo que me repito. Esta observación es de una ingenuidad deliciosa. Estupendo. Heym es un poeta que me gusta especialmente. "Me cae bien" eso es todo. No sé el motivo. No lo hay, ni tiene por qué. Bueno, tal vez sí. Murió joven y tontamente. Dicho de sea de paso detesto a Renoir y a Rubens, por ejemplo. Quiero decir que no me gustan nada sus cuadros y les insulto por eso. El polaco Herbert dedicó a Heym un poema en el que imagina el accidente fatal: Heym patinaba en un lago y el hielo se rompió. Cayó al agua gélida el amigo con el que estaba y por rescatarlo perecieron los dos. Sucedió en Berlín en 1912. Un poeta maduro dedica un poema a un poeta jovencísimo y genial. Szymborska escribió un poema sobre Krzystof Baczynski que murió a los 23 años en la insurrección de Varsovia de 1944. Baczynski  está considerado como un genio. Un genio truncado, como Heym, en plena floración. ¿Qué hubieran escrito estos dos muchachos si el destino les hubiera reservado una vida larga? (Cada uno de nosotros tiene un destino y y ése es la duración de su vida. Algo que escapa a nuestro control. Cada día que vivimos se lo ganamos a la muerte. El hilo de las Parcas). ¿Se hubieran hartado de la poesía? ¿Repetirían versos cacofónicos sin gracia? La poesía es cosa de jóvenes, como Soberano es cosa de hombres. La misma pregunta suscitan Keats, Shelley o Novalis. Bah, el mito romántico que tanto daño ha hecho. Yo qué sé. "Al cincuentón obeso en que se convirtiera" dijo Cernuda en un poema dedicado a Manuel Altolaguirre. Mucho nos cambian los años. De hecho Baczynski estaba ya casado e iba a ser padre. Es de suponer que le esperaba (y deseaba) una apacible vida burguesa si los nazis no hubieran arruinado el mundo. Su mujer murió un mes después que él en esa ciudad que no era imaginaria, sino realmente apocalíptica. Georg Heym presintió la catástrofe. Baczynski, Herbert, Milosz y Szymborska, conocieron la catástrofe. Bueno, sigo. Szymborska, en su poema de homenaje a Baczynski, recurrió a un truco original y brillante: no tomó el momento de la muerte del poeta, como hizo Herbert, sino que lo imaginó ya viejo en un balneario, leyendo tranquilamente el periódico, con sus arrugas, sus carnes flácidas y esas cosas que trae la vejez. Szymborska quiere destacar que todo es rutinario, que a nadie extraña la presencia del viejo Baczynski en ese comedor (milagrosamente aquella bala no le mató, le pasó rozando la cabeza). Para lograrlo hace que reciba una llamada de teléfono y un empleado diga en voz alta: "una llamada para usted, señor Baczysnki" Nadie se gira ni se inmuta. Ni Heym ni Baczynski llegaron a cumplir 25 años. La gracia de la juventud eterna. Ahora ya me admiran tanto o más -pues empiezo a saber lo que pesan los años- los productos de la vejez creadora que la madurez de un muchacho genial. Aportar algo nuevo cuando se pasa de los 50 años es un milagro (yo paso de esa edad y descubro un dolor nuevo cada día. ¡Eureka!) Quienes lo consiguen son titanes. Pero seamos más modestos. No hace falta producir algo grande. Envejecer con elegancia y lucidez ya es un arte. Qué difícil es mantener el espíritu joven y vigoroso, sin que las telarañas de los prejuicios lo paralicen. ¡Ah, cincuentones obesos! Si pienso en un viejo "joven" me vienen a la mente Kant, Cervantes, pero, sobre todo, Goethe. No hubo hombre más favorecido por el destino ni que mejor aprovechara los largos días de su vida. Pero, insisto, no se trata de emular a ese personaje bastante antipático y simpático a la vez. Un viejo digno y ágil es una obra de arte. Ahora bien, uno puede esperar llegar a los ochenta si no se cruza una guerra mundial por medio o no fallece en un accidente estúpido. ¿Podemos confiar en llegar a esa edad en medio de esta pandemia? 

Meditación frente al mar

Como somos parte de esta naturaleza convulsa el conflicto, la guerra, es inevitable. ¿O no es así? Vencer a la naturaleza ha sido un propósito humano quizá desde los mismos orígenes. pero hasta ahora no hemos podido detener el envejecimiento ni eliminar la muerte. Tal vez el miedo y el deseo (codicia, ambición, erotismo) sean las dos fuerzas primordiales de nuestra vida interior, nuestras pasiones principales. El miedo nos hace huir del peligro y atacar lo que consideramos que nos amenaza a condición de que sea más débil. La crueldad es hija de la cobardía, creo que dijo Montaigne. El deseo, el deseo sexual más exactamente, es la fuerza que nos trasciende; la voz de la especie que nos impone engendrar otro hombre, continuar la irracional cadena de la vida. Obedecemos a ella como sonámbulos. Esto lo expuso como nadie Schopenhauer. Quizá existan dos temperamentos: uno, el que presume que la humanidad es capaz de superar todas las barreras y progresar, y otro el que se resigna a que la humanidad nunca pueda salir del estrecho círculo en que la naturaleza la ha puesto. (La vida de un hombre, para la naturaleza, vale tanto como la vida de un caracol). El primero es un temperamento optimista; el segundo, melancólico. Mientras escribo esto recuerdo las Rubbayat (creo que se escribe así) de Omar Khayam. No sabemos por qué hemos venido (nacido), no sabemos por qué tenemos que irnos (morir). La vida es un brevísimo intervalo entre dos eternidades de nada (donde el tiempo no existe). Sólo existe este presente fugitivo, no tenemos más que eso y la memoria que también inventa. La vida es una alucinación muy nítida, nada más. Continuamente tenemos ante los ojos señales de la disolución de todas las cosas: el humo que se desvanece, las nubes, las sombras que corren, el agua que fluye. La arcilla de la que está hecha la jarra de vino fueron los labios de una mujer hermosa (una imagen del poeta persa). Tenemos una idea de los antiguos griegos y romanos que cambia con cada época, no sabremos cómo fueron en realidad. El tiempo pasado es la ceniza, la brasa, de un fuego que ardió. Otra señal de disolución. Para esta naturaleza convulsa de la que formamos parte nuestra civilización (me temo que sólo existe una en la actualidad, hegemónica, dominante en todo el planeta) no es absolutamente nada. Ni la presente ni las pretéritas que el olvido ha consumido. La cultura es una herencia que recibimos de nuestros antepasados, el resultado del trabajo de miles de generaciones y en sus logros artísticos (el Partenón, la lucha contra las enfermedades, la manera de cocinar un pescado, el conocimiento de la naturaleza) lo que hace que la vida sea digna de ser vivida. Cierto que la historia no es más que el relato de los crímenes y locuras de la humanidad, según afirmó Gibbon. En un estado de naturaleza la vida, como dijo muy bien Hobbes, es solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta.  
       Todos estos pensamientos, despeinados por el fuerte viento, visitaron hoy mi desordenada cabeza mientras paseaba solitario por una playa desierta. ¿Tendría que hacerme socio de algún equipo de fútbol o echarme novia?

Luces de la ciudad

A propósito de la presente iluminación navideña parece que los ayuntamientos han tirado la casa por la ventana (hace tiempo de un edificio tiraron por las ventanas a unos delegados del emperador católico y así empezó la Guerra de los Treinta Años). Calles, avenidas y callejones: en ningún lugar faltan las luces, parece un escenario psicodélico. Las ciudades sufren alucinaciones. Cada año es igual, salvo en este extraño otoño del 2020 en que este truco de la felicidad tiene un significado especial pues el ángel exterminador sobrevuela las poblaciones. Un equipo de psiquiatras debió de asesorar a los concejales y otras autoridades: "Dad a la plebe muchas lucecitas. Muchas. Son como niños. Se contentan con tan poco..." Caminando bajo esta catarata de colores, al atardecer, antes del toque de queda, con todo dios enmascarado, piensa uno que la vida es un delirio. Siempre lo ha sido, pero ahora se nota más. El Bosco era un pintor hiperrealista. 

Adiós, noble amigo

Quedamos abandonados cuando perdemos a un amigo verdadero. Un amigo verdadero es el que se prueba en la prosperidad y en la desgracia. El que ha reído y llorado con nosotros. Mucho filosofamos él y yo; su conversación era un estímulo que hacía más ágil y despierta mi mente. Como el ambiente es hostil (y en estos tiempos de pandemia hasta un grado difícil de exagerar) su charla era para mí preciosa, una necesidad que atendía un par de veces al mes. Aquí dejó comentarios, todos brillantes y escuetos: la razón de este blog eran las frases agudas que él escribía. Era por naturaleza aristocrático, un espíritu distinguido, una persona elegante. Muy agudo y psicólogo. Conocía el arte de callar, era discreto. Apreciaba las letras, la historia, las artes y sobre todo la filosofía. Recuerdo que decía que le gustaba "ver pensar" al filósofo que estuviera leyendo. Pues leyó mucho y bien: Lucrecio, Séneca, Dante, Montaigne, Nietzsche, tantos y tantos espíritus del pasado, ésos sin los cuales no hay una verdadera educación. No tenía un gramo de pedantería. No era nada envidioso. Tenía un gran corazón y mantuvo en las circunstancias de su vida una entereza admirable. No sé bien si lo admiraba más que lo estimaba. Estaba desengañado de hipocresías, moralistas y sermoneadores. Sus opiniones morales me sentaban muy bien: no te agobiaba con cargas, culpas y responsabilidades sociales más o menos vagas. Aligeraba el corazón y era verdadero. "La gente es gente" decía con una sonrisa. También recuerdo su "teoría del metro cuadrado de felicidad", así la llamaba. Aprendió a gozar del momento fugaz viendo una película de Bergman (era un formidable cinéfilo), fumando una pipa y saboreando un whisky. Le vamos a echar mucho de menos. Mi inteligencia desfallecida se arrimaba al curso de su conversación para recuperar fuerzas y encontrar deleite. Algo se muere en el alma cuando un amigo se va, dice la canción que vengo recordando estos días. Ahora yo existo un poco menos. Una condición de mi perfectibilidad -de llegar a ser el que soy- ha desaparecido. Adiós, noble amigo. Adiós, noble Felipe. 

La advertencia de Brecht

La memoria de la Humanidad para los sufrimientos pasados es sorprendentemente corta. La imaginación para los sufrimientos venideros es casi menor aún. Esa insensibilidad es lo que tenemos que combatir. Pues la Humanidad está amenazada por guerras frente a las cuales las pasadas son como miserables ensayos y éstas llegarán sin duda alguna si a los que públicamente las preparan no se les cortan las manos. 

Estas líneas pertenecen a un poema de Bertolt Brecht del año 1952. Fueron escritas en la Guerra Fría, en pleno terror atómico. Hoy esa amenaza parece adormecida, y las palabras de Brecht, esa advertencia, cobran un fuerte sentido. Por desgracia los muertos no pueden levantarse y avisarnos: "no hagáis eso". Si descuidamos la educación, si nos embrutecemos con el ruido de la actualidad, si la sed del dinero lo puede todo, estaremos preparando el camino a próximos desastres. Vemos que la desigualdad social aumenta a un ritmo preocupante y de eso no puede salir nada bueno. La pandemia, el azote de la peste, abre aún más ese abismo. Veo políticos, hombres de poder, tan necios que se preocupan por cuestiones menores, como si quisieran curar un rasguño en un cuerpo invadido por el cáncer, cuando no persiguen sus propios intereses. No tenemos buenos gobernantes y esto lo vamos a pagar. Un ejemplo: no hace mucho el ministro español de transportes se alojó en un hotel de cinco estrellas después de visitar a los inmigrantes que llegan a Canarias. Da igual que se lo pagara con su propio dinero. Muy rápido pasó de la horrenda miseria al lujo. Es evidente que su visita fue puro teatro. Es indecente hacer eso.                          

Es bien cierto lo que dice Brecht: la memoria de la Humanidad para los sufrimientos pasados es sorprendentemente corta. Con los años deberíamos hacernos sabios. En este mundo suceden desgracias que no podemos olvidar. Quizá la mascarilla nos refresque la memoria. ¿Aprenderemos algo? Yo lo dudo. Todo indica lo contrario. 


Expectativas al mínimo

Vivimos unas transformaciones sociales profundas y vertiginosas que el virus ha acelerado. Esas dinámicas monstruosas ya estaban en marcha: revolución digital, despersonalización, disgregación social.  Me gusta jugar a la sociología. Desde que se declaró el estado de alarma, cuántos puentes se han roto. Nos hemos vuelto fantasmales: si visibles, a través de una pantalla; en lo demás, ausentes o remotos. ¿Dónde se fue la vida? Ahora nos toca este extraño período de latencia, la vida social está en suspenso. Viejos amigos a los que ya no vemos desde hace meses, aquella confianza perdida. De nada sirve la nostalgia, pero es humano recordar ahora como un sueño lo que era el mundo antes de febrero del 2020. Cada uno en su casa e Internet en la de todos. Este tiempo de latencia es tiempo que no regresará. Envejecemos en él. Quizá tengamos que escribir un paréntesis en nuestras biografías. Lo siento por los jóvenes, tienen que sacrificarse. Distancia, no fiestas. Mascarillas, no besos. Asépticos espacios públicos, cerrados lugares de ocio. No les han tocado buenos tiempos. Ni a nosotros tampoco. Muchos caminos truncados, muchas oportunidades perdidas: en el trabajo, en el amor, en la aventura. Gracias si no enfermamos ni enferman nuestros seres queridos. Gracias si no caemos en la ruina. Quisiera ver el mar y pasear por Guadalajara. Sería fabuloso. Gracias si no morimos. 

¿Hay que embrutecerse?

Salir a tomar el aire a la hora del café cotidiano. Pasear junto al río. Llevar en unas hojas un ensayo de Schiller sobre lo sublime. Abstraerse de la mecánica realidad, del medio pobre. Tienes media hora para eso. Mientras tanto corren las aguas y las horas cada vez más aprisa. Las velas apagadas del poema de Cavafis son cada vez más. Volver a la orilla del mar, mirarlo con atención dispersa. El mar siempre se mira por primera vez. Un paseo por la playa para limpiar la mente de estupidez y resentimiento. El mar es un trasunto del infinito en el cual el ego se anega. No dejar de pensar, no abandonarse a la inercia. Aunque el ambiente sea hostil o indiferente. Esto es muy difícil. De niños o de jóvenes ser inteligentes parece un regalo de la próvida naturaleza. En la edad madura es una obligación. Pascal dijo: "hay que embrutecerse" No sé qué quiso decir con eso. 

Generaciones perdidas

"Hemos vivido situaciones parecidas y aún mucho peores", nos dicen los muertos sin sepultura, la masa olvidada, anónima de la humanidad. Iba a escribir Humanidad, pero la veo un poco encogida. Seamos modestos en la ortografía. Ellos, que vivieron el sitio de Constantinopla, el de Jerusalén, la destrucción de Cartago, la liquidación del ghetto de Varsovia. La lista sería interminable. No hablan en los diarios, no dan su opinión. Callan obstinadamente. Están más allá del lenguaje. Simone Weil dice en su libro póstumo "L'enracinement" que está de candente actualidad, porque si de algo adolece el hombre de hoy es de falta de raíces: "L'histoire est un tissu de basseses et de cruautés où quelques gouttes de pureté brillent de loin en loin" La intransigencia moral de Simone Weil es impresionante. Que no era una pose lo demuestra su prematura muerte. Simone fue capaz de escribir: "nous ne sommes innocents d'aucun des crimes de Hitler" Hay que tener un coraje inmenso para reconocer eso siendo judía como era, en plena guerra y sin conocer el resultado de aquella contienda espantosa. No vivió para ver el final del nazismo. Henos ahora (en este perpetuo ahora) a los vivos del año 2020 hundidos en una catástrofe mundial, por obra y gracia de un ser ultramicroscópico que está entre lo vivo y lo inerte. Ante un virus, obra perfecta de economía de la naturaleza, hay que quitarse el sombrero, aunque no se pueda dialogar con él. Un ser que ni es criatura ni cristal basta para desbaratarnos y convertir nuestra vida cotidiana en una pesadilla. Qué lástima: apagados los incendios, borrados los rostros, allanadas las montañas, nada nos dicen los veteranos que pasaron por este valle de lágrimas; nada nos dicen esas miles de generaciones perdidas de verdugos y víctimas anuladas por el olvido. ¿Nada? Tucídides ha llegado hasta nosotros. Atenas es cualquier ciudad. 

Ausente-presente y viceversa

A última hora y sin entrada (ignoraba que fuera necesaria) pude ir al acto de Anne Carson, poeta y ensayista ganadora del premio Princesa de Asturias de las Letras, 2020. La pandemia desluce también la semana de los premios. La vida tal como la conocíamos antes del confinamiento está en paradero desconocido. Anne Carson estuvo ante el público a través de videoconferencia en pantalla gigante. En ese momento se encontraba en Islandia, en la Ultima Thule que dirían los antiguos. En un momento dado su traductor, presente en el escenario, le preguntó (la charla fue en inglés) si veía al público, si nos veía. Cada uno de nosotros llevaba puesta la mascarilla y ocupaba un asiento a unos tres metros de distancia del vecino. "Veo sombras" dijo. Pensaría en el mito de la caverna de Platón, sin duda. Y saludó a la cámara.

Monstruos

Un monstruo presupone una forma: sólo existen monstruos donde existe la idea de algo. Una idea de la que el monstruo es la deformación. Por eso nos imaginamos los extraterrestres como humanos deformes. Los zombis son también eso. Un monstruo sólo existe en relación a algo que conocemos. Por ejemplo: un centauro es un monstruo, pero es la combinación de hombre y caballo. Es imposible concebir un monstruo sin que la imaginación no tenga los elementos suficientes para crearlo. Por eso la muerte no es monstruosa, ya que es algo que está totalmente fuera de nuestro alcance. Y después de esta cavilación va la pregunta: ¿nos estará convirtiendo la pandemia en monstruos? Es algo exagerada la pregunta. Pero, ¿y si no fuera exagerada? 

Son los mejores

Me llaman la atención los niños. Será que me hago mayor. Hoy, paseando por la calle ("paseando sola en mi ciudad yo sentí etc" que cantaba aquella mujer peruana) sentí un alboroto. Eran cuatro niños en un lado de la plaza. Me pregunté a qué venían esos gritos. La escena era alucinante: un hombre con la mascarilla puesta estaba en la ventana de un tercer piso limpiando con una escoba la pared de la fachada así que caían "puvisas" que se dice en Asturias, motas de polvo. Los gritos de aquellos nenos, dos niños y dos niñas, eran por ver quién recogía esos corpúsculos ingrávidos. Ay, la gravedad. La gravedad y la desgracia, por recordar a Simone Weil. 

Semiótica de la peste

Por "semiótica de la peste" entiendo los carteles, señales y otros signos (las mascarillas, las mamparas) que forman parte de nuestra vida cotidiana desde marzo aproximadamente. Las líneas en el suelo que marcan la distancia, las flechas que indican el sentido de la marcha, los carteles que indican la "entrada" y la "salida" a los edificios, los dibujos de un frasco de hidrogel. Las aplicaciones de rastreo en los móviles también se podrían considerar como parte de este nuevo lenguaje. Estamos interiorizando comportamientos, gestos, hábitos, precauciones. Cada población es un hospital o, mejor, un laboratorio microbiológico. No sé qué dibujarán ahora los niños, cómo pintarán su barrio. Sería muy interesante estudiar cómo ven la realidad (esta realidad de la pandemia) ya que tienen una mirada limpia. Si tuviera un niño cerca le diría: "dibuja tu calle". Aún quedan en pie mucho edificios que tienen grabado en piedra el yugo y las flechas. ¿Cuánto tiempo tendrá que pasar para que esta semiótica en la que nos movemos, existimos y somos deje de tener sentido? Y con esto dejo de hacer el Roland Barthes.

La estatua y la nena

En Moscú en 1880 se inaugura el monumento a Pushkin. En aquel acto participaron Turgeniev y Dostoievski. Pasaron los inviernos rusos y la alegre primavera, que en Rusia se disfruta especialmente. En 1902 una niñera lleva a su pequeño y a los amigos de paseo por los parques de Moscú. Entre ellos está una niña gordita y fantasiosa. Cada día caminan hasta la estatua. Con la costumbre la "estatua de Pushkin" se convierte en la medida del espacio -una versta- de esta niña (eso dirá años más tarde). Ese gigante negro de granito obsesiona a la nena que se llama Marina, Marina Tsvetáeva. Lo cuenta en "Mi Pushkin" esta poeta rusa. Qué importante puede ser para la fantasía y el desarrollo posterior de un niño un monumento: una estatua, un bello edificio, un parque. Este breve texto de la poeta rusa es, en mi opinión, uno de los homenajes más emocionantes que se han tributado a un poeta. La veneración de Tsvetáeva por Pushkin es congénita. Ella era poeta y lo entendía. Ahora estamos nivelados y nadie se alza, por su genio artístico, científico o literario, sobre un pedestal. Viena, Berlín, Weimar, Stuttgart tienen estatuas de Schiller, el clásico (a sus pies Goebbels dejaba ofrendas florales como a poeta nacional). No hay estatuas de bronce de Joseph Roth. ¿Erigir una estatua a un alcohólico? Maiakovski murió a tiempo para que le erigieran estatuas. ¿Erigir una estatua a un suicida? Pushkin murió en un duelo, como se sabe. Los adversarios fueron "cualquiera" y "el único" así dice Tsvetáeva.

En plena producción de kafkianitos

Meditaciones melancólicas de corte existencialista y clarolunesco como la de la entrada anterior tienen poco que hacer en el mundo contemporáneo. Considero la biografía de Kafka de Reiner Stach, editada por Acantilado. Los libros salen uno tras otro, los dos tomos en tapa dura dentro del estuche. En la imagen (lo veo por internet) se observa la última fase del proceso: las máquinas envuelven en plástico los volúmenes. ¿Qué más da que sean condones, sardinas o biografías de Kafka lo que resulte del procesado? Se podría pensar que esa cadena de montaje, ese automatismo, está al servicio de la "cultura". No seamos ingenuos: la cultura es un negocio, es lo que da de comer a la gente del gremio, aunque la gente del gremio apele al espíritu para vender sus cosas. El espíritu, para que funcione, tiene antes que comer. Primum vivere etc Viendo ese extraño vídeo parecería, por la velocidad de la cinta, que en media hora iban a llenar el mundo de kafkas. Por fin un genio ubicuo, al alcance de todos los hablantes de español. Sí, de todos los que tengan los 85 euros que cuesta el libro. Sobre esto hay una anécdota de Kurt Tucholsky. Este escritor judío de Berlín (que, por cierto, fue tal vez el primero en detectar lo kafkiano en Kafka) recibió una carta de un muchacho lector suyo en la que le decía con encantadora ingenuidad que le deseaba que se muriera para que así sus libros fueran como los de Goethe, que costaban muy poco. Tucholsky, a quien hizo mucha gracia la ocurrencia, se dirigía a su editor Rowolth y terminaba con este aviso: ¡hagan nuestros libros más baratos! Decía el biógrafo Reiner Stach que Kafka se preguntaría por qué nos interesa su fracaso. Lo mismo se pregunta Van Gogh. La posteridad es caprichosa. Son casos excepcionales. Voltaire leyó una Oda a la Posteridad de un oscuro poeta. "No creo que llegue a su destino" sentenció Voltaire. Acertó.

Aún no

A finales de agosto fui a la playa. Me dí un par de baños. Cuando me acercaba al mar pensé "y si me ahogara esta tarde".  Cualquier momento es el momento de morir, sin duda, pero yo pensé en aquella situación particular con cierto temor supersticioso. Estamos a mediados de septiembre, está claro que pude mantenerme a flote. He vuelto a nacer. Aquí sigo, braceando como todos, unos con más fuerza, otros con menos. Hasta el momento en que muera el último hombre. Si pienso con sangre fría, ¿qué hubiera pasado si, efectivamente, me hubiera ahogado aquella tarde del extraño verano de 2020? Pues poca cosa. Serían unos segundos de pánico, seguramente, luego, la inconsciencia. La desaparición definitiva de mi efímera persona. No me parece mal anticipar en la mente esta despedida. Muchos que me conocieron ya me han olvidado, pero aún respiro. Sigo fantaseando con el amor que es un sueño tenaz pero cada vez más tenue, como sigo atado a la rueda de un trabajo humillante en un pueblo miserable y decrépito. Como sigo con mis palpitaciones, mis prejuicios y con las rutinas del cuerpo. Por todas partes el hombre mismo es el estorbo peor para su destino de hombre. Materia corruptible. De vuelta al seno profundo de la naturaleza. Ah, la naturaleza. La echamos tanto de menos en estos tiempos de peste. Un suceso insignificante -sí, insignificante, qué alivio- en la inmensa extensión del tiempo y del espacio. Ah, pobre vanidad de carne y hueso llamada hombre, ¿no ves que careces absolutamente de importancia? ¿Son estos pensamientos tristes y lúgubres? Pues fueron los mismos del emperador Marco Aurelio.