Tipos difíciles

Rousseau y Wittgenstein fueron melancólicos, taciturnos, maniáticos, solitarios, irritables y un poco lunáticos. Como pensadores de épocas distintas su filosofía es distinta, o mejor dicho, se ocuparon de asuntos diferentes. Uno afirmaba que el hombre es bueno por naturaleza y que la sociedad lo corrompe, el otro escribió que de lo que no se puede hablar hay que callarse. Esto (ya lo sé) es una simplificación. Hoy se me ocurrió compararlos pues me parece que tienen muchas cosas en común. Me refiero a su carácter. Ambos eran personas de trato difícil, una inquietud permanente les corroía, eran poco risueños. Los dos eran brutalmente sinceros, caprichosos, ambos sentían una necesidad imperiosa de confesar sus miserias, una morbosa satisfacción en autohumillarse. De sí mismos tenían una opinión más que modesta, por no decir penosa. Rousseau y Wittgenstein eran hipersensibles, el menor roce con algún semejante bastaba para enfadarlos durante semanas, eran como las mimosas sensitivas que se pliegan al más leve contacto. Los dos padecieron de manía persecutoria. Naturalmente para ser una persona de genio no es necesario ser depresivo, ni introvertido, ni imaginar que el mundo conspira contra uno. Einstein era muy sociable. En un acto social gustaba de ser el centro de todas las miradas, lo que no era difícil en su caso, pocos hombres gozaron de tanta admiración en vida. Rousseau y Wittgenstein en un acto social se habrían apartado, habrían salido de la fiesta para esconderse en un rincón, murmurando, aburridos de los demás y de sí mismos. Rousseau y Wittgenstein eran dos hombres débiles con una rara fortaleza. Creo que Luis Cernuda también fue un hombre de esta clase. Había que andarse con mucho tacto si no se quería ofenderlos. Rousseau riñó con el genial David Hume, que era una persona alegre y encima lo protegía. Wittgenstein riñó con Russell, otro genio, que también gozaba de un temperamento jovial y que también ayudó mucho a su colega. Cernuda riñó con casi todo el mundo. Si no se soportaban a sí mismos, mal podían soportar a los demás. Su intransigencia era tremenda.
        En griego a la felicidad la llamaban "eudaimonía" es decir, buen demonio. Estupenda intución. Tener un buen demonio (todos tenemos el nuestro) significa ser feliz. De Rousseau y Wittgenstein podría decirse que tenían "disdaimonía", un mal demonio que los hacía infelices. Y por citar a otro melancólico, Heráclito, que por lo poco que se sabe de él también tenía un genio de perros: "el carácter del hombre es su demonio".

1 comentario:

  1. Un proverbio ruso dice que todos tenemos, sentados en cada hombro, dos demonios, uno bueno y otro malo, que nos dictan nuestra conducta.

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