Un sueño

Nada extraño, estaban dando un paseo. No era un país en guerra. No había una catástrofe. Monotonía absoluta. Era una tarde de un martes de agosto, muy buena temperatura. El cielo se había despejado. Compraron un helado en un puesto. Ella llevaba pantalones cortos y playeros, tenía tatuajes en un brazo y en un muslo. Se puso las gafas de sol en un semáforo. Nada extraño. El acompañante no parecía poseído por la felicidad, no iba flotando (esto sí que le extrañó). Sus caras no expresaban nada. No se distinguían en nada del resto de la gente. Ella tuvo un golpe hace poco más de un año, una pérdida. (Nunca vemos pasear a los muertos de los que pasean, pero existen y pesan mucho, cada vez menos, hasta que desaparecen). Les adelantó cuando pasaron junto al hombre que tocaba la trompeta. En ese momento podría darse la vuelta, enfrentarlos,  y decir el nombre de ella y sus dos apellidos y el nombre de su pueblo. Los esperó más adelante junto a una fuente. Volvieron a aparecer. Caminaban despacio, ella levantó el brazo como indicando algo y luego tiró la tarrina del helado en una papelera de la plaza. Se acercaban o se alejaban de él según su voluntad. No iban cogidos de la mano, pero horas tiene el día para la intimidad. Iban charlando de cosas banales, aunque no se acercó tanto como para oírles. ¿Qué más? Ella llevaba un bolso amarillo en el brazo derecho. ¿Era el mismo bolso de entonces? No. Y esta vez lo llevaba colgado del hombro, no del codo. Se había teñido de verde un mechón del cabello. ¿Cómo era él? Corpulento, calvo, con barba blanca, camiseta negra, unos diez años mayor. Se perdieron calle abajo, se iban acercando a ese lugar horrible que nadie de los que estaban cerca conocía. Ni ellos tampoco. Les dejó irse, como si dijéramos. ¿Podría adivinar lo que iba pensando cada uno? Eso no. Eran las criaturas del sueño.

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