Tempestades del Destino

Hoy hace 217 años que murió Lichtenberg. De tantos aforismos fabulosos como escribió recuerdo el que viene a continuación. Tal vez un soldado alemán llevara su librito en el bolsillo de su uniforme, en Verdún, antes de entrar en combate y de que un obús lo hiciera pedazos.

Ein Grab ist doch immer die beste Befestigung wider die Stürme des Schicksals.

Una tumba siempre es la mejor fortaleza contra las tempestades del Destino. 

La batalla de Verdún

-El 21 de febrero de 1916 (hace ahora cien años, un siglo) empezó la batalla de Verdún.
-Pues vale.

Diario Romano, de Bruno Mesa


Me preguntas si en las dos semanas que llevo en Roma he gozado siquiera un momento de fugitivo placer, de placer robado, previsto o imprevisto, exterior o interior, turbulento o pacífico, o vestido bajo una forma cualquiera. Te responderé en buena consciencia y te juraré que desde que puse el pie en esta ciudad jamás ha caído sobre mi ánimo una gota de placer, excepto en aquellos momentos en que he leído tus cartas"  Traigo esta cita de Leopardi (de una carta del poeta a su hermano Carlo escrita en 1822) porque quien lea "No guardes nada en tus bolsillos" puede llevarse la impresión de que Bruno Mesa no lo pasó en Roma mucho mejor que Leopardi.

En principio que un escritor todavía joven tenga que pasar nueve meses en Roma como becario de la Academia de España sin otra obligación que la de realizar un proyecto literario más o menos vago suena de maravilla, es un regalo de la diosa Fortuna. Pero como Bruno Mesa es un poeta y no un apresurado redactor de folletos turísticos veremos que Roma, con todas sus maravillas, también contiene tedios y miserias. Para una persona de viva imaginación Roma puede ser un suplicio, pues todos los horrores de la Historia han pasado por ella. No todo son Berninis en la Roma de Mesa. Además está el problema de la convivencia: "Los nueves meses en Roma son un proyecto saludable, pero la estancia tenía una condición enfermiza: debía hacer la terapia en solitario, bajo el tinglado hipotético de los otros becarios y tal vez amigos" La convivencia, como se verá, no estará libre de conflictos. 

Roma fue durante siglos objeto de la codicia de muchísimos pueblos que soñaron con saquear sus riquezas y entregarla al pillaje; fue objeto de la ambición de sus propios caudillos y césares que quisieron poseerla sin rival posible. (En el Diario Romano Bruno Mesa menciona a Julio César un par de veces como precursor de los políticos italianos de nuestro tiempo y también aparecen Calígula y Caracalla). Pues bien, según iba leyendo el libro se me ocurrió invertir los términos y preguntarme si Roma sería capaz de conquistar a Bruno Mesa. Dejo la pregunta, que me parece oportuna, sin responder y que el lector conteste si quiere cuando termine el libro.

"Vagabundear por la ciudad se convirtió en una obsesión" dice Bruno Mesa en el prólogo. Y añade: "el único protagonista de estas páginas debería ser la ciudad, y en ella los que escapan y vuelven, ese desfile que nunca se agota". El ir y venir de las gentes se le antoja a Mesa una puerta giratoria. "El que vagabundea por una ciudad no busca nada, dice Mesa, solo encuentra. Por eso durante meses me he dejado llevar por el azar, empujado por unas calles a otras como hechizado por sus historias. Por más que vagabundeo e insisto, no es posible aquí repetirse. Roma se reinventa en cada esquina" Desde la llegada a la ciudad en octubre de 2010 hasta la partida en junio de 2011 asistimos al encuentro de un escritor de Tenerife, suficientemente exótico ("una especie de escarabajo africano" como se define a sí mismo), con una de las ciudades más grandiosas de este minúsculo planeta. ¿Qué cuenta un indígena cultísimo de las Islas Afortunadas (para Bruno Mesa más bien "Desafortunadas"), que ha vivido toda su vida con el rumor del turismo de masas en el aire, de una ciudad que ha sido y es imán de millones de turistas y peregrinos? 

Lo singular de este Diario es que Bruno Mesa ofrece cualquier cosa menos la perspectiva de un turista. De hecho, Bruno Mesa me parece la antítesis de esta singular especie migratoria. Quizá porque procede de un territorio donde el turismo es la principal fuente de ingresos y una religión del culto a Helios cada vez más agobiante, Bruno Mesa ha desarrollado anticuerpos que le protegen de la mirada superficial, la prisa, el repentino e inexplicable interés por los monumentos y el instinto de rebaño que caracteriza a esta especie. Pasar nueve meses en Roma sin seguir las huellas de ningún cicerone parece una proeza y desde luego es una extravagancia. Una extravagancia del vagabundo que fue. Se equivoca quien espere en este Diario Romano una guía al uso porque no encontrará tal cosa. El libro comienza significativamente con un timo. Recién llegado a Fiumicino Bruno Mesa cae en las garras de un taxista que le pide por el trayecto del aeropuerto a la Academia 50 euros y le acaba cobrando 70.

El 1 de noviembre de 1786 un alemán llegó después de muchos días de viaje a esta misma ciudad: "por fin he llegado a esta capital del mundo". Ese alemán era Goethe. Bruno Mesa es menos solemne. Goethe llegó en varias etapas, cambiando muchas veces de coches de caballos, y con el aire de Italia ya metido en los pulmones. El viajero moderno que se baja del avión aterriza después de un salto. Hemos ganado en rapidez, pero hemos perdido tiempo. La Roma de nuestros días no es la Roma de Goethe, sino la de Fellini o Sorrentino. Hoy la visitan a miles japoneses y coreanos y existe muchísimo menos peligro de morir apuñalado en la calle.

Nueve meses dan para conocer con relativa profundidad el carácter de un pueblo y sus costumbres. Aunque en este libro no aparecen retratados solamente el camarero que trabajó en Madrid o el peluquero de Caserta al que Bruno Mesa escucha con arrobo porque habla con acento del sur o el político aventurero que hizo carrera pasando de un partido a otro hasta fundar el suyo. Tambíen asoman sus compañeros becarios y los funcionarios que mantienen la Institución donde se aloja.

"No hay lugar que represente mejor la decadencia que la Academia de España en Roma" dice Mesa. Podemos imaginar que lo que sigue, en lo que atañe a esta Institución, no será muy elogioso. Digámoslo claramente: es un desastre. 

Este libro está escrito con tanta cólera como nostalgia. Luis Cernuda escribió en un poema: "esa inevitable/falacia de nuestro trato humano". A esa inevitable falacia, que otros temperamentos más joviales pueden tomarse a risa, es muy sensible Bruno Mesa. Eso no le acobarda: al contrario, le dispone al ataque. Las líneas que dedica al director de la Academia son demoledoras. Este personaje"modoso e insustancial" (espero por su bien que no lea el libro) es para Bruno Mesa el representante de los diplomáticos y altos funcionarios del Estado. No sólo el director es el blanco de sus dardos, también lo son supuestos intelectuales. Gente que acude a la exposición de un artista, por ejemplo: "Acuden, dice Mesa, muchos italianos de traje y corbata, atraídos no sabemos por qué. Parecen gente seria, intelectuales, señoras emperifolladas, una anciana solitaria con sombrero cloché y aire decadente, desaparecida dentro de sí misma". En un encuentro casual con una compañera por los pasillos del edificio la joven le asegura que hay una reunión con genios internacionales, la mayoría intelectuales y becarios de otras academias, sobre todo alemanes y belgas, etc. Mesa termina la escena con una escueta frase: "Sin dudarlo me encierro en mi habitación." Mesa sabe ser mordaz y atajar la ingenuidad con una risotada. Una visitante de la Academia le confiesa: "Nunca he estado con gente tan creativa, tan brillante... Te lo aseguro, estoy sorprendida. No hay uno solo que no esté lleno de ideas y talento. "No puedo contener la carcajada", concluye Mesa.

Hay un ambiente opresivo dentro de los muros de la Academia que los paseos sin rumbo por Roma pueden ventilar. "Carezco, escribe, de virtudes sociales y tiendo a encerrarme y a huir. No confiaba en nadie e intuyo que ninguno confiaba en mí. Solo era el escritor zurdo de la habitación doce". Con el paso del tiempo la cárcel que empezó siendo la Academia se convierte en algo cada vez menos inhóspito. En estos vagabundeos por el Trastevere, Villa Borghese o Villa Pamphili, recorriendo callejones y parques, observando el fenómeno humano y la huella que ha dejado la historia en los sampietrini, los adoquines de la ciudad, Bruno Mesa parece encontrar aire fresco, aunque sea a costa de sufrir el caos circulatorio de Roma (que será aún mayor en Nápoles) Las vespas son en Roma, nos dice, lo que las vacas en la India.

"De exposiciones, actos literarios y otros compromisos sociales, líbranos Señor" esa parece su letanía. Bruno Mesa huye de ellos como de la peste. "Voy a un recital de poesía, que es un acto propenso al masoquismo" dice.  En la sala del Instituto Cervantes en Piazza Navona organizan un acto titulado Creadores del Uruguay. "Es difícil saber por qué uno decide entrar", comienza. Al final queda clarísimo por qué huye.

En una ciudad tan vital y decrépita Bruno Mesa anticipa con la imaginación lo que será de nosotros dentro de unos cuantos siglos. Es una visión melancólica. La visita a la Biblioteca Angelica, donde Mesa persigue una de sus pasiones, la fotografía, le lleva a decir: "Dentro de unos pocos siglos, en otra biblioteca al otro lado del mundo, alguien repasará los lomos de otros libros con la misma amargura con que lo hace uno, con la misma sed" Visitando una domus romana del siglo II a. C. dice: "Quizá dentro de dos milenios alguien visite una excavación similar. Para ese día seremos nosotros la historia, el rumor primitivo, el fraude del tiempo" Y en las excavaciones de Ostia Antica se entrega a una meditación como de Shelley en las Termas de Caracalla: "En esto acabarán, dice Mesa, los lugares donde hemos dejado nuestras sombras, las calles que nos vieron nacer, aquella casa donde era posible caer enfermo"

En esos nueve meses Mesa realiza un par de excursiones: Venecia (Nada es tan inverosímil cmo descubrir que Venecia es real), Florencia, Nápoles. Su Diario Romano es también un Diario Italiano. Su visión no es sólo urbana, es nacional. "Qué fabulosos espectáculos ofrece Italia a un extranjero. Cada día, mientras leo el periódico, me pregunto si este país no será ficción." De Italia destaca Mesa la ilimitada capacidad para producir realidades inverosímiles. Y señala un rasgo de los italianos: el individualismo. "Italia, dice Mesa, es un país de grandes individuos, contradictorios y fabulosos, de una inteligencia admirable". Pero añade que este individualismo inherente al italiano produce todas las maravillas y las miserias del país. Coincide Mesa con la visión escéptica que tiene Ennio Flaiano: "En Italia la situación es grave, pero no seria" Del nepotismo romano observa Mesa: "Roma es una ciudad de hermanos y padres, de primos, sobrinos y cuñados" Esto podría corroborarlo un simple estudio de las familias que más papas han dado a la Iglesia.

Quien no quiso seguir a ningún guía se ve forzado a servir como tal: "Cumpliendo amistades, nos dice, he visitado en los últimos meses 4 veces los Museos Vaticanos, 5 Capitolinos, 7 Foros Romanos, una decena de Navonas, Farneses y Trevis, inteminables Santa Marías in Trastevere, Sopra Minervas y Panteones" Mesa, que no se fija en los monumentos, repara en las expresiones de asombro de sus acompañantes. Observa a los que observan. Durante su estancia recibe varias visitas, entre ellas las de García Martín, Xuan Bello y Javier Almuzara. "Antes de saludar a Martín ya estoy discutiendo con él" dice Bruno Mesa y añade más adelante: "Nuestra amistad no puede ser más sólida: nos vemos una vez cada diez años y vivimos a dos mil kilómetros de distancia" Esto suena a paradoja, pero como declara Mesa en este mismo libro: "Al ser humano le favorece la paradoja" Sospecho que la visita que más le emociona es la que en marzo, medio año de Roma a sus espaldas, le hacen su hermana, sobrina y cuñado. "Siento, dice Mesa, que apenas escribo de aquellos a los que debeo demasiado. A Sandra, mi hermana mayor, se lo debo casi todo" Bruno Mesa es ya un romano. Y quien ha sido romano alguna vez no dejará de serlo nunca. Tan romano como la estatua del sombrío Giordano Bruno.

Llega junio. Se acerca el final de la estancia, o como dice Mesa, enemigo de la solemnidad y la efusión sentimental: "se acabó el juego". Para esta despedida nos da un consejo sensato, el que da título al libro: "No guardes nada en tus bolsillos". Es el momento de hacer balance: "Hemos sido durante unos meses, escribe, aquello que nos pasamos la vida intentando recobrar: ser niños que juegan inadvertidos, despreocupados, insensatos, tal vez felices. Hemos cumplido con todos los ritos: las discusiones, el amor, la enfermedad, el reglamentario frío, el arte y su fachenda, el timo y la ganga, la belleza y el miedo, hemos recorrido Italia y ella nos ha entregado su deliciosa enfermedad, su conjura escenificada." Finalmente no es el huraño irreductible que podría parecer y recuerda con afecto, a punto de partir, a algunos compañeros de aventura a los que cita por su nombre. Tal vez les guarde algo de afecto porque sabe que no volverán a verse. Y eso, nos dice, es todo lo que se lleva de allí. No hay mejor equipaje: "no hay Berninis, dice, Caravaggios o Rafaeles que puedan igualar el milagro, detenido e irrepetible, de verles compartir la locura de la existencia alrededor de una mesa." Si hay un lugar en el mundo donde se puede compartir esa locura de la existencia es Roma. Aunque a Mesa le basta un suburbio de Santa Cruz, su ciudad natal. 

Con esa ironía suya, que es rasgo de su estilo, habla Mesa de un viejo amigo que la literatura no ha conseguido destrozar. La literatura: esa enfermedad o toxicomanía como él la llama. Cumpliendo con estos ritos "propensos al masoquismo" he presentado a ustedes el Diario Romano de Bruno Mesa y les animo a leerlo. Verán que Roma es algo más que el Coliseo y que Italia puede convertirse, para un escritor llegado de un remoto archipiélago africano, ese escritor zurdo de la habitación doce, en una patria adoptiva que nos maravilla y exaspera como lo hacen los amores verdaderos.

Sino por una avecilla...

El pasado abril les llamé, si recuerda, urgentemente por teléfono a las 10 de la mañana desde el Jardín Botánico para que oyeran conmigo al ruiseñor, que daba un todo un concierto. Nos sentamos sin hacer ruido, escondidos entre la espesa maleza, entre piedras por las que se filtraba un poco de agua. Después del ruiseñor oímos de pronto un monótono canto lastimero, que sonaba más o menos: "Gligligligligliglick!. Yo dije que sonaba como de ave de laguna o acuática y Karl concordó conmigo, pero no pudimos averiguar qué pájaro era. Imagínese, hace unos días por la mañana oí de pronto el mismo canto aquí. El corazón me latía de impaciencia por saber de una vez qué pájaro era. No estuve tranquila hasta que lo descubrí hoy: no es un ave acuática, sino el Torcecuello, una especie gris de pájaro carpintero. Es un poco más grande que el gorrión y se llama así porque cuando está en peligro ante un enemigo intenta asustarlo haciendo gestos raros y contorsiones de cabeza. Se alimenta sólo de hormigas que captura con su lengua pegajosa como el oso hormiguero. Los españoles lo llaman por este motivo Hormiguero. Mörike, por cierto, escribió un precioso poemita sobre este pájaro al que Hugo Wolf puso música. Desde que sé cuál es este pájaro de canto lastimero es como si hubiera conseguido un regalo. Tal vez le podría contar esto a Karl, se llevará una alegría.
 
Rosa Luxemburgo, carta desde la prisión de Wronke, 2 mayo 1917

Rosa Luxemburgo

Hoy se cumplen 97 años del asesinato de Rosa Luxemburgo. Lo que sigue es un fragmento de una de las cartas que escribió desde la cárcel.  En la celda planeaba, con el detalle que sólo pueden lograr los cautivos, una excursión a Córcega con la destinataria, Sophie Ryss, segunda mujer de Karl Liebknecht.

Estoy enferma, pues ahora todo me conmueve tanto. ¿Sabe usted? A veces tengo la sensación de que no soy un verdadero ser humano, sino un pájaro cualquiera u otro animal con forma humana. En un trocito de jardín como el que hay aquí o en el campo bajo abejorros y hierba me siento interiormente mucho más en mi patria que... en un congreso del partido. A usted puedo decirle todo esto, no va a sospechar una traición al Socialismo. Usted sabe que aún así espero morir en mi puesto: en una lucha callejera o en un presidio. Pero en lo más íntimo de mi corazón soy más de mis herrerillos que de mis "compañeros". Y no es esto porque encuentre en la Naturaleza, como tantos políticos interiormente arruinados, un refugio o un lugar de descanso. Al contrario, encuentro también en la Naturaleza a cada paso una crueldad tan grande que me hace sufrir mucho. Piense por ejemplo en la siguiente pequeña vivencia que no se me va de la cabeza. La primavera pasada volvía a casa por calles tranquilas y desiertas de una excursión por el campo cuando en el suelo me llamó la atención una oscura y pequeña mancha. Me agaché y ví una tragedia silenciosa: un gran escarabajo yacía sobre sus espaldas y se defendía desvalido con las patas, mientras un enorme montón de minúsculas hormigas pululaban a su alrededor y... lo devoraban vivo. Me estremecí, saqué mi pañuelo y comenzé a ahuyentar a las brutales bestias. Pero eran tan atrevidas y tenaces que tuve que librar con ellas una larga batalla y cuando por fin liberé al pobre mártir y lo dejé sobre la ancha hierba, ya le habían comido dos patas. Me fui con la atormentada impresión de que, después de todo, le había hecho un muy dudoso favor.

Rosa Luxemburgo, carta desde la prisión de Wronke, 2 mayo 1917

Qué ilusión

La muerte no debe preocuparte, tu actividad en Facebook te mantendrá vivo para siempre.
Esto dice la noticia del diario. Otra noticia que me suena a chiste.

Sabio hindú

Un sabio hindú de hace miles de años dijo una vez: "todo lo que nace debe morir. El secreto de la vida es el sufrimiento. La verdadera esperanza es la aniquilación".

Vergüenza

Hay que hilar fino para examinar ciertos sentimientos. Qué es lo Bello, lo Sublime, lo Siniestro. Freud dedicó un estudio a lo Siniestro (das Unheimliche). Para Heidegger la Angustia, miedo sin objeto, es una revelación de la Nada. Hay un sentimiento, no sé cómo llamarlo, para el que no conozco ninguna palabra. Nunca he oído o leído noticia suya, quizá con una excepción: Es war, als sollte die Scham ihn überleben. Sólo que no es como si la vergüenza fuera a sobrevivirme (terrible idea de infinita abyección) sino algo ligeramente distinto pero no menos desagradable: es como si el universo me diera vergüenza.

Zelif 2016

El año nuevo es el cumpleaños de la gente. El equipo administrador de este blog, su consejo de administración y los empleados y empleadas que componen la familia de "Selva de varia opinión" desean a todos sus clientes y amigos un feliz y salvaje 2016 lleno de argucias y trucos para la supervivencia. Feliz año ñoño y próspero merimé.

Dulce sueño

Ven, dulce sueño. Sueño que caes sobre los soldados en las trincheras, entre los escombros; sueño que te posas sobre los enfermos terminales, sobre los desgraciados en el amor, sobre los ciegos, los solitarios, los tontos, los locos, los felices y los desesperados; sueño que te posas sobre los poderosos y los mendigos, sobre los cansados de esta vida. Ven, dulce sueño. 

Del rebuzno de un burro

Ahora tengo que escribirte algo más de mi viaje. ¿Sabes que tu amigo ha estado muy cerca de la muerte? No te asustes, estuvo cerca, pero aún está vivito y coleando. Al día siguiente, después de que dejara en el correo de Gotinga mi carta para tí, partimos de esta ciudad hacia Frankfurt. Cinco millas antes de este lugar, en Butzbach, un pueblecito pequeño, nos detuvimos de mañana delante de una posada para darles de comer a los caballos, por lo que Johann soltó las riendas y seguimos sentados tan tranquilos. Mientras Johann estaba en la casa se acerca a nosotros por detrás un tiro de caballos de Steineseln y uno de ellos dió un relincho tan horrible que hasta nosotros, si no fuéramos tan racionales, nos hubiéramos desbocado. Pero nuestros caballos, que tienen la desgracia de no poseer Razón, se encabritaron y echaron a correr con nosotros como locos sobre el empedrado. Intenté agarrar las correas, pero las riendas estaban sueltas sobre el pecho de los caballos y antes de que tuviéramos tiempo de pensar en el enorme peligro nuestro ligero coche volcó y caímos. ¿Así que una vida humana depende del rebuzno de un burro? Si ése hubiera sido el fin, ¿para eso habría vivido? ¿Hubiera sido ésa la intención del Creador en esta oscura y enigmática vida terrenal? ¿Para eso habría tenido que aprender, actuar y nada más? Bueno, pero no pasó nada. Con qué fin el Cielo me ha concedido algo más de tiempo... ¿quién puede saberlo? En resumen: nos levantamos del suelo los dos, sanos y salvos, y nos abrazamos. 

Kleist, carta a Wilhelmine, 21 julio 1801

Leopardi en Roma

Me preguntas si en las dos semanas que llevo en Roma he gozado siquiera un momento de fugitivo placer, de placer robado, previsto o imprevisto, exterior o interior, turbulento o pacífico, o vestido bajo una forma cualquiera. Te responderé en buena consciencia y te juraré que desde que puse el pie en esta ciudad jamás una gota de placer ha caído sobre mi ánimo, excepto en aquellos momentos en que he leído tus cartas, las cuales te digo, sin exageración ninguna, que han sido los momentos más bellos de mi estancia en Roma.
El hombre no puede vivir en absoluto en una gran esfera, porque su fuerza o su facultad de relación es limitada. En una ciudad pequeña podemos aburrirnos, pero al final las relaciones entre hombre y hombre y con las cosas existen, porque la esfera de las mismas relaciones está restringida y es proporcionada a la naturaleza humana. En una ciudad grande el hombre vive sin ninguna relación con aquello que lo rodea, porque la esfera es tan grande que el individuo no la puede llenar, no la puede sentir entorno suyo, y en consecuencia no hay ningún punto de contacto entre ella y él.  De aquí se puede conjeturar cuánto mayor y más terrible es el tedio que se siente en una ciudad grande que en una pequeña ya que la indiferencia, esa horrible pasión, o más bien "despasión" del hombre, tiene verdadera y necesariamente su principal sede en las ciudades grandes, esto es, en las sociedades muy vastas. La facultad sensitiva del hombre en estos lugares se limita sólo a ver.
La única manera de poder vivir en una ciudad grande y que todos, antes o después, están obligados a seguir, es la de hacerse una pequeña esfera de relaciones, permaneciendo en una indiferencia total hacia el resto de la sociedad. En otras palabras: fabricarse dentro como una pequeña ciudad dentro de la grande, permaneciendo inútil e indiferente al individuo todo el resto de la misma gran ciudad.

Leopardi, carta a Carlo Leopardi, 6 diciembre 1822

Kleist en París

Claro que hay vida... pero en París se está tan bien como un muerto. Cuando abro la ventana no veo más que la pálida, apagada y sosa ciudad, con sus altos y grises tejados de pizarra y sus chimeneas amorfas; veo algo de las Tullerías, y muchos hombres que se olvidan tan pronto dan la vuelta a la esquina. No conozco a ninguno, no amo a ninguno y no sé si amaré a alguno de ellos. Porque en las grandes ciudades los hombres están demasiado escarmentados para ser abiertos, son demasiado finos para ser auténticos. Son actores que se engañan mutuamente, y actúan como si no se dieran cuenta. Pasan fríamente los unos ante los otros, se abren paso por las calles entre un montón de individuos para los que todo es indiferente salvo lo suyo. Antes de tener una impresión, ésta ya ha sido arrastrada por otras diez; nada se liga a nada, nada se liga a nosotros. Se saludan cortésmente, pero aquí el corazón es tan inútil como un pulmón en un campana de vacío, y si se escapa por casualidad una emoción ésta se extingue como el sonido de una flauta en un huracán. 

Kleist; carta a Karoline von Schlieben, 18 julio 1801

La Günderode

El pensamiento de poder perderte me era dolorosísimo. Temía que tu Yo y el mío tuvieran que disolverse en la materia primordial del mundo; luego volvía a consolarme pensando que nuestros elementos amigos, obedientes a las leyes de la atracción, se buscarían por el espacio infinito y se harían compañía mutuamente. Así luchaba en mi alma la esperanza y la duda, el valor y el desánimo. Pero el destino quiso que siga viviendo. Pero, ¿qué es la vida? Este bien que se abandona y se obtiene. Me pregunto a menudo: ¿qué significa que de la totalidad de la naturaleza un ser se separe con su conciencia y arrancado de ella sienta por sí mismo? ¿Por qué se fija con semejante fuerza a sus pensamientos y opiniones, como si fueran eternos? ¿Por qué puede el hombre morir para ellos, pues para él mismo se pierden con su muerte estos pensamientos? ¿Y por qué si, no obstante, estos pensamientos e ideas mueren con el individuo; por qué se producen una y otra vez e insisten a través de una fila de generaciones sucesivas hacia la inmortalidad en el tiempo? 

Karoline von Günderode, Carta a Eusebio

Léopoldine

Gran poema de Víctor Hugo. Hay que descubrir jóvenes talentos. Una pena corroe al autor: la muerte de su hija, ahogada en el Sena a los 19 años, junto con su marido. Pareja de recién casados. La barca zozobró en un día de calma. Lo que queda del naufragio es esto.

Demain, dès l’aube, à l’heure où blanchit la campagne,
Je partirai. Vois-tu, je sais que tu m’attends.
J’irai par la forêt, j’irai par la montagne.
Je ne puis demeurer loin de toi plus longtemps.

Je marcherai les yeux fixés sur mes pensées,
Sans rien voir au dehors, sans entendre aucun bruit,
Seul, inconnu, le dos courbé, les mains croisées,
Triste, et le jour pour moi sera comme la nuit.

Je ne regarderai ni l’or du soir qui tombe,
Ni les voiles au loin descendant vers Harfleur,
Et quand j’arriverai, je mettrai sur ta tombe
Un bouquet de houx vert et de bruyère en fleur.

El pirata y la patata

La patata, Solanum tuberosum, también llamada "manzana de tierra" "pera de tierra" "pera del suelo" y "patata" es una planta de la cuarta parte del mundo, América, y no fue conocida en Europa hasta hace poco. En el siglo XVI la auténtica patata, que crecía salvaje en el Perú, fue llevada a Irlanda por Johann Hawkins, pero no llegó a plantarse. Veintiún años después, en 1586, la dió a conocer en Inglaterra, de regreso de una piratería por las Indias Occidentales españolas, el célebre Francis Drake que la plantó en su huerto. El valiente pirata había conocido el uso y aprovechamiento de este excelente fruto en Virginia, se trajo una parte consigo y gracias a él Europa entera llegó a poseer este inapreciable vegetal.

Johann Georg Friedrich Jacobi; Sobre la patata, la patata, la patata o la patata (1818)

Azar

En una ciudad de tantos millones y le fue a tocar precisamente a ella. Estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado. Se agacha súbitamente, se esconde presa del pánico y la confusión. Algo en su naturaleza le advierte de un peligro mortal. Una sombra inexorable se le acerca, le apunta con el fusil en la cabeza. Ha llegado su último momento. La sombra aprieta el gatillo y no sale la bala. La sombra huye. El mismo azar que la condenaba, la salvó. ¡Viva la Vida y arriba el Amor!

La pregunta

Wird auch aus diesem Weltfest des Todes, auch aus der schlimmen Fieberbrunst, die rings den regnerischen Abendhimmel entzündet, einmal die Liebe steigen?

De esta fiesta mundial de la muerte, de este terrible ardor febril que incendia el cielo lluvioso del crepúsculo, ¿se elevará algún día el amor?

La preguntita se planteó en tiempos de la Primera Juerga Mundial, cuando aún no habíamos nacido (lo que nos simplificaba bastante las cosas).  Aquellos a los que iba dirigida están muertos (lo que les simplifica bastante las cosas). Seguimos sin respuesta.

La prole de Lutero

...y bendiga la prole de Lutero

Lutero y Schiller nacieron el mismo día: un diez de brumario. "¿Pero qué dice este tío?" dirá alguien sensato. Sigo con la paranoia. Hoy hace 532 copérnicos que nació el protestón de Eisleben y 256 que nació "el trompetero moral de Säckingen", como lo llamó el bigotudo Nietzsche, "el trompetero amoral de Röcken". Los alemanes son raros como la xente de Bimenes.