Chesterton

Hoy hace 142 años que nació Chesterton. Conocida fue su corpulencia (se cuenta que una vez cedió su asiento en el autobús a tres señoras) y su monumental despiste. A menudo se perdía y le enviaba telegramas a su mujer preguntándole dónde estaba (dónde estaba él, no su mujer). Para celebrar su nacimiento he aquí una anécdota de las miles que dejó este hombre excepcional. Mirando al muy delgado George Bernard Shaw le dijo: "al verte cualquiera diría que hay hambre en Inglaterra" Y Shaw, que no era manco, le respondió: "y al verte a tí, cualquiera diría que la has provocado tú".

Vuelta a Brines

Un día no serás, y nunca el mundo
sabrá que pudo ser siempre más bello
con sólo retenerte. Yo soy ese testigo
que canta, sin furor, tanta demencia.
Soy yo quien ha vivido
la desventura de tu muerte. Eso que nadie,
ni tan siquiera tú, sospecha que ha ocurrido.


Cuando pensamos en alguien queridísimo que hemos perdido estos versos de Brines son muy emocionantes. Pero cambiemos ese "tú" amado del poema por otra clase de sujeto mortal. Imaginemos que ese "tú" se refiere a Donald Trump o Vladimir Putin o Tayyip Erdogan o el rey de Arabia Saudí, por citar a cuatro antropoides tan poderosos como asquerosos y repugnantes. Entonces el poema suena a chiste. Entonces la elegía se convierte en parodia: Un día no serás, y nunca el mundo sabrá que pudo ser siempre más bello con sólo retenerte. 
         Si se cambia el verbo "retener" por "eliminar" el poema deja de provocar carcajadas.

Aquí viven leones

Hojeo en una librería el último libro de Fernando Savater. Es un libro dedicado a los escritores admirados por su mujer y él, un libro de las peregrinaciones que hicieron juntos a los lugares asociados a esos escritores. Aparecen Alfonso Reyes, Edgar Allan Poe, Leopardi, Valle Inclán, Shakespeare, Stefan Zweig, Flaubert y quizá algún otro más que se me olvida. Es un libro emocionante y hermoso, porque es un homenaje a su compañera fallecida. El libro se cierra con una Despedida, que contiene un fragmento de un poema de Francisco Brines: 

Un día no serás, y nunca el mundo
sabrá que pudo ser siempre más bello
con sólo retenerte. Yo soy ese testigo
que canta, sin furor, tanta demencia.
Soy yo quien ha vivido
la desventura de tu muerte. Eso que nadie,
ni tan siquiera tú, sospecha que ha ocurrido.

No conocía estos versos que me tocan de lleno, en lo más hondo. Como este libro de Sara Torres y Savater. Nessun maggior dolore...

Rusia

El  Poder siempre es peligroso. Con la caída de la URSS llegó el capitalismo a Moscú, a Bakú, a Georgia, a Vladivostok pero es evidente que la democracia no llegó ni a Rusia ni a sus repúblicas socialistas. En Rusia sigue el tenebroso Putin gobernando, no hay rastro de oposición. El que se atreve a levantar la voz muere en extrañas circunstancias o lo destruyen de otra forma (es fácil destruir a un ser humano, no hace falta matarlo para eso). Vladimir Putin es lo más parecido a un tirano que conozco.

Animales del Vesubio

Me entretengo esta tarde de domingo en apuntar los animales que aparecen en el poema "La Ginestra" de Leopardi, uno de los poemas más bellos de toda la literatura. Son, por este orden, si no me equivoco: la serpiente, el conejo, los bueyes (armenti), la hormiga, la cabra y el murciélago. Ninguna criatura exótica: animales humildes, viviendo sin cuidado su l’arida schiena del formidabil monte sterminator Vesevo. Desde luego a la lista habría que añadir otro animal, un poco más complejo pero no menos triste y vulnerable: el hombre.

El estoico Albert

Nun ist er mir auch mit dem Abschied von dieser sonderbaren Welt ein wenig vorausgegangen. Das bedeutet nichts. Für uns gläubige Physiker hat die Scheidung zwischen Vergangenheit, Gegenwart und Zukunft nur die Bedeutung einer, wenn auch hartnäckigen, Illusion.

Ahora resulta que él se me ha adelantado un poco en la partida de este mundo extraño. Eso no significa nada. Para nosotros, físicos creyentes, la separación entre pasado, presente y futuro no es más que una ilusión, por muy tenaz que sea. 

Carta de Einstein a la viuda de Michele Besso, 1955

Tres semanas después de escribir esta carta de consuelo a la viuda de Michele Besso, su amigo desde la juventud, Einstein también se despidió de este mundo extraño. 

Sueltos

El sol es secreto.
La mitad de la vida ocultando la verdad y la otra mitad distorsionándola.
La muerte es la realización del hombre.
Tirar una piedra al agua y formar elipses, triángulos.

Galicia

Un par de noches en Galicia. Paseos por Santiago. Te sientas en un banco de granito. Una pareja pasa a tu lado: ella está enferma, el marido la cuida. Un hombre de tu edad se sienta en el parque, se mueve lento como  un viejo de ochenta años. Al verlo te viene una palabra a la mente: "hermano". La noria, la tómbola, los niños. Sales de noche: después de tres ribeiros vuelves al cuarto (al cuarto de la pensión). Cruzas la región de punta a punta, en diagonal: desde Ribadeo hasta la ría de Vigo. Paseas por un pueblo costero. Los perros se meten en el agua.

Einstein

En Alemania, además del físico, hay más personas que se apellidan Einstein. Una de esas personas fue Carl Einstein, escritor y crítico de arte, anarquista, combatiente en la Guerra Civil en las filas de la CNT con la que acabó teniendo sus diferencias, igual que otro voluntario llamado George Orwell. Einstein pronunció el discurso fúnebre de Durruti. En su época fue bastante célebre (forma indirecta de decir que hoy ha caído en el olvido). Georges Braque fue su padrino de boda. Carl Einstein fue amigo de artistas como Picasso y colaboró con Georges Bataille. Como judío sufrió la persecución de los nazis. Se refugió en Francia. Cuando los alemanes entran en el país Einstein huye al sur. En la misma situación desesperada se vió Franz Werfel, que tuvo más suerte y logró escapar a América. Si se salvaba le prometió a la virgen de Lourdes escribir una obra sobre sus apariciones en la cueva, cosa que hizo. Pero Einstein no gozó de ese beneficio celestial y se tiró, en  julio de 1940, por un puente en Pau. Walter Benjamin escapó de modo semejante en la ratonera de Port Bou en setiembre del mismo año. 
         Cuenta Cicerón en De la naturaleza de los dioses que un sacerdote enseñó al filósofo ateo Diágoras de Melos, para probar la providencia divina, los exvotos de los que se habían salvado de algún naufragio. "¿Y dónde están los exvotos de todos los que perecieron?" contestó Diágoras.

Enmienda a Chateaubriand

En traçant ces derniers mots, ce 16 novembre 1841, ma fenêtre qui donne à l'ouest sur les jardins des Missions étrangères, est ouverte : il est six heures du matin; j'aperçois la lune pâle et élargie; elle s'abaisse sur la flèche des lnvalides à peine révélée par le premier rayon doré de l'0rient; on dirait que l'ancien monde finit, et que le nouveau commence. Je vois les reflets d 'une aurore dont je ne verrai pas se lever le soleil. Il ne me reste qu'à m'asseoir au bord de ma fosse; après quoi je descendrai hardiment, le CIGARE à la main, dans l'éternité.
........................................ 
 Chateaubriand, Mémoires d'Outre-Tombe

Dos destinos

El 11 de marzo de 1938 Egon Friedell escribió a Ödön von Horvárth: "en todo caso siempre estoy, en todos los sentidos, listo para partir". Se refería a la inminente llegada de las tropas alemanas a Viena; de hecho entraron en Austria al día siguiente. El 16 de marzo este escritor se arrojó al vacío desde el tercer piso de su vivienda en Viena, huyendo de la persecución. Antes de saltar tuvo la delicadeza de avisar a los viandantes: "¡Vorsicht, bitte!". El destinatario de la carta, von Horvárth, había conseguido ponerse temporalmente a salvo en París, via Budapest, después de la anexión de Austria. El 1 de junio de ese mismo año Ödön von Horvárth murió en los Campos Elíseos, mientras caminaba, alcanzado por la rama desprendida de un árbol.

Descartes, luego existes

Hoy hace 420 años que nació René Descartes. Este señor, orgulloso y desconfiado, taló el árbol seco de la Escolástica pensando junto a una estufa en la ciudad de Ulm, en una Europa convulsa. Y todo empezó porque se encontraba perdido en la vida. Eso nos pasa a todos (salvo a los muy burros) al menos una vez. Fue devoto católico mientras -sin darse cuenta- contribuía decisivamente a borrar a Dios del horizonte. Extraño caso de escisión espiritual. Sostengo que murió asesinado por la reina Cristina de Suecia, pues invitar a Estocolmo a un hombre de salud frágil y hacerle levantar a las 5 de la mañana, en pleno invierno, para las clases particulares (cuando a él le gustaba quedarse en la cama hasta el mediodía) es una maniobra homicida. La aventura hiperbórea fue fatal. Si Descartes -que fue uno de los mayores genios- fue así de ciego con lo que más apreciamos -que es la propia vida- entonces, ¿qué vamos a decir de la pobre Humanidad?

Ese señor del Instituto que lleva su nombre

Siguiendo con la manía o costumbre de recordar aniversarios hoy hace 184 años que, muy a pesar suyo, abandonó este mundo Johann Wolfgang Goethe. Se dice que sus últimas palabras fueron: "¡¡¡mehr Licht!!!". "Más luz" pedía el pobre moribundo. Un escritor austríaco dijo "¡Vorsicht, bitte!" antes de tirarse por la ventana. Era judío y los nazis acababan de entrar en Viena.

La embajada de Siria

La embajada de la "República Árabe de Siria" en Madrid está enfrente del museo del Prado. Cada vez que paso por allí hay, a una discreta distancia, un furgón de policía estacionado. Las ventanas del primer piso están cerradas. La bandera ondea sin sentido. De esas ventanas cerradas, de ese piso abandonado, se nota que emana el olor de la putrefacción. Cinco años de guerra civil mientras los turistas esperan a que el semáforo se ponga verde.

Experiencia del odio

En 1916 el filósofo Max Scheler escribió sobre la guerra que entonces asolaba Europa y otras partes del mundo: la Primera Guerra Mundial. Según Max Scheler lo que se esperaba del progreso y las comunicaciones: ser vehículos de amistad entre los pueblos, resultó lo contrario. Lo que unió a todas las naciones, metiéndolas en la Historia Universal, fue, paradójicamente, no el amor sino el odio. 

En la situación general moral en la que la guerra ha desplazado al conjunto de la Humanidad civilizada hay una paradoja poco señalada. Esta paradoja consiste en que esta situación combina dos cualidades que a primera vista parecen excluirse. La guerra que brama en torno nuestro representa la más concentrada y profunda unidad de Experiencia que hayan alcanzado las más variadas partes de la Humanidad (Razas, Pueblos, Estados, Naciones, etc). Es el primer acontecimiento de la Historia que puede denominarse una experiencia total de la Humanidad. La "Historia Universal", una palabra que hasta ahora sólo designaba un compendio artificial, conceptual de Historias de Pueblos por separado y sus interacciones, se ha convertido en esta guerra, por primera vez, en un suceso real. Incluso la revolución de 1789 en comparación con este acontecimiento fue llevada sólo por una determinada parte de la Humanidad. Esta guerra, sin embargo, es el suceso más lleno de odio de toda nuestra Historia conocida; el suceso en el que la Humanidad, con el veneno del odio, se ha degradado y ensuciado más profundamente. La primera experiencia total de la Humanidad ha sido la experiencia del odio total. 

Max Scheler, Las causas del odio a los alemanes, 1916

Georg Heym

3.II-1908. Dimos un paseo en trineo. En el ocaso se elevó una gran nube, con la forma de una cabeza de toro que miraba el suelo, densa se desplazaba despacio bajo una brillante estrella solitaria. También pensé qué hermoso sería dar este paseo en compañía de una querida muchacha. En un segundo trineo quizá Ernst Balcke o Werner Glimm con sus chicas. Viajando así por la tarde invernal. 

Georg Heym, Diario
 
El 16 de enero de 1912 este poeta expresionista y su amigo Ernst Balcke se ahogaron en el río Havel cuando patinaban sobre el hielo. Balcke cayó en una brecha y Heym intentó salvarle. Tenían 24 años. Zbigniew Herbert dedicó a este suceso un hermoso poema. No llegaron a ver la Primera Guerra Mundial en la que es muy probable que hubieran caído.

Tempestades del Destino

Hoy hace 217 años que murió Lichtenberg. De tantos aforismos fabulosos como escribió recuerdo el que viene a continuación. Tal vez un soldado alemán llevara su librito en el bolsillo de su uniforme, en Verdún, antes de entrar en combate y de que un obús lo hiciera pedazos.

Ein Grab ist doch immer die beste Befestigung wider die Stürme des Schicksals.

Una tumba siempre es la mejor fortaleza contra las tempestades del Destino. 

La batalla de Verdún

-El 21 de febrero de 1916 (hace ahora cien años, un siglo) empezó la batalla de Verdún.
-Pues vale.

Diario Romano, de Bruno Mesa


Me preguntas si en las dos semanas que llevo en Roma he gozado siquiera un momento de fugitivo placer, de placer robado, previsto o imprevisto, exterior o interior, turbulento o pacífico, o vestido bajo una forma cualquiera. Te responderé en buena consciencia y te juraré que desde que puse el pie en esta ciudad jamás ha caído sobre mi ánimo una gota de placer, excepto en aquellos momentos en que he leído tus cartas"  Traigo esta cita de Leopardi (de una carta del poeta a su hermano Carlo escrita en 1822) porque quien lea "No guardes nada en tus bolsillos" puede llevarse la impresión de que Bruno Mesa no lo pasó en Roma mucho mejor que Leopardi.

En principio que un escritor todavía joven tenga que pasar nueve meses en Roma como becario de la Academia de España sin otra obligación que la de realizar un proyecto literario más o menos vago suena de maravilla, es un regalo de la diosa Fortuna. Pero como Bruno Mesa es un poeta y no un apresurado redactor de folletos turísticos veremos que Roma, con todas sus maravillas, también contiene tedios y miserias. Para una persona de viva imaginación Roma puede ser un suplicio, pues todos los horrores de la Historia han pasado por ella. No todo son Berninis en la Roma de Mesa. Además está el problema de la convivencia: "Los nueves meses en Roma son un proyecto saludable, pero la estancia tenía una condición enfermiza: debía hacer la terapia en solitario, bajo el tinglado hipotético de los otros becarios y tal vez amigos" La convivencia, como se verá, no estará libre de conflictos. 

Roma fue durante siglos objeto de la codicia de muchísimos pueblos que soñaron con saquear sus riquezas y entregarla al pillaje; fue objeto de la ambición de sus propios caudillos y césares que quisieron poseerla sin rival posible. (En el Diario Romano Bruno Mesa menciona a Julio César un par de veces como precursor de los políticos italianos de nuestro tiempo y también aparecen Calígula y Caracalla). Pues bien, según iba leyendo el libro se me ocurrió invertir los términos y preguntarme si Roma sería capaz de conquistar a Bruno Mesa. Dejo la pregunta, que me parece oportuna, sin responder y que el lector conteste si quiere cuando termine el libro.

"Vagabundear por la ciudad se convirtió en una obsesión" dice Bruno Mesa en el prólogo. Y añade: "el único protagonista de estas páginas debería ser la ciudad, y en ella los que escapan y vuelven, ese desfile que nunca se agota". El ir y venir de las gentes se le antoja a Mesa una puerta giratoria. "El que vagabundea por una ciudad no busca nada, dice Mesa, solo encuentra. Por eso durante meses me he dejado llevar por el azar, empujado por unas calles a otras como hechizado por sus historias. Por más que vagabundeo e insisto, no es posible aquí repetirse. Roma se reinventa en cada esquina" Desde la llegada a la ciudad en octubre de 2010 hasta la partida en junio de 2011 asistimos al encuentro de un escritor de Tenerife, suficientemente exótico ("una especie de escarabajo africano" como se define a sí mismo), con una de las ciudades más grandiosas de este minúsculo planeta. ¿Qué cuenta un indígena cultísimo de las Islas Afortunadas (para Bruno Mesa más bien "Desafortunadas"), que ha vivido toda su vida con el rumor del turismo de masas en el aire, de una ciudad que ha sido y es imán de millones de turistas y peregrinos? 

Lo singular de este Diario es que Bruno Mesa ofrece cualquier cosa menos la perspectiva de un turista. De hecho, Bruno Mesa me parece la antítesis de esta singular especie migratoria. Quizá porque procede de un territorio donde el turismo es la principal fuente de ingresos y una religión del culto a Helios cada vez más agobiante, Bruno Mesa ha desarrollado anticuerpos que le protegen de la mirada superficial, la prisa, el repentino e inexplicable interés por los monumentos y el instinto de rebaño que caracteriza a esta especie. Pasar nueve meses en Roma sin seguir las huellas de ningún cicerone parece una proeza y desde luego es una extravagancia. Una extravagancia del vagabundo que fue. Se equivoca quien espere en este Diario Romano una guía al uso porque no encontrará tal cosa. El libro comienza significativamente con un timo. Recién llegado a Fiumicino Bruno Mesa cae en las garras de un taxista que le pide por el trayecto del aeropuerto a la Academia 50 euros y le acaba cobrando 70.

El 1 de noviembre de 1786 un alemán llegó después de muchos días de viaje a esta misma ciudad: "por fin he llegado a esta capital del mundo". Ese alemán era Goethe. Bruno Mesa es menos solemne. Goethe llegó en varias etapas, cambiando muchas veces de coches de caballos, y con el aire de Italia ya metido en los pulmones. El viajero moderno que se baja del avión aterriza después de un salto. Hemos ganado en rapidez, pero hemos perdido tiempo. La Roma de nuestros días no es la Roma de Goethe, sino la de Fellini o Sorrentino. Hoy la visitan a miles japoneses y coreanos y existe muchísimo menos peligro de morir apuñalado en la calle.

Nueve meses dan para conocer con relativa profundidad el carácter de un pueblo y sus costumbres. Aunque en este libro no aparecen retratados solamente el camarero que trabajó en Madrid o el peluquero de Caserta al que Bruno Mesa escucha con arrobo porque habla con acento del sur o el político aventurero que hizo carrera pasando de un partido a otro hasta fundar el suyo. Tambíen asoman sus compañeros becarios y los funcionarios que mantienen la Institución donde se aloja.

"No hay lugar que represente mejor la decadencia que la Academia de España en Roma" dice Mesa. Podemos imaginar que lo que sigue, en lo que atañe a esta Institución, no será muy elogioso. Digámoslo claramente: es un desastre. 

Este libro está escrito con tanta cólera como nostalgia. Luis Cernuda escribió en un poema: "esa inevitable/falacia de nuestro trato humano". A esa inevitable falacia, que otros temperamentos más joviales pueden tomarse a risa, es muy sensible Bruno Mesa. Eso no le acobarda: al contrario, le dispone al ataque. Las líneas que dedica al director de la Academia son demoledoras. Este personaje"modoso e insustancial" (espero por su bien que no lea el libro) es para Bruno Mesa el representante de los diplomáticos y altos funcionarios del Estado. No sólo el director es el blanco de sus dardos, también lo son supuestos intelectuales. Gente que acude a la exposición de un artista, por ejemplo: "Acuden, dice Mesa, muchos italianos de traje y corbata, atraídos no sabemos por qué. Parecen gente seria, intelectuales, señoras emperifolladas, una anciana solitaria con sombrero cloché y aire decadente, desaparecida dentro de sí misma". En un encuentro casual con una compañera por los pasillos del edificio la joven le asegura que hay una reunión con genios internacionales, la mayoría intelectuales y becarios de otras academias, sobre todo alemanes y belgas, etc. Mesa termina la escena con una escueta frase: "Sin dudarlo me encierro en mi habitación." Mesa sabe ser mordaz y atajar la ingenuidad con una risotada. Una visitante de la Academia le confiesa: "Nunca he estado con gente tan creativa, tan brillante... Te lo aseguro, estoy sorprendida. No hay uno solo que no esté lleno de ideas y talento. "No puedo contener la carcajada", concluye Mesa.

Hay un ambiente opresivo dentro de los muros de la Academia que los paseos sin rumbo por Roma pueden ventilar. "Carezco, escribe, de virtudes sociales y tiendo a encerrarme y a huir. No confiaba en nadie e intuyo que ninguno confiaba en mí. Solo era el escritor zurdo de la habitación doce". Con el paso del tiempo la cárcel que empezó siendo la Academia se convierte en algo cada vez menos inhóspito. En estos vagabundeos por el Trastevere, Villa Borghese o Villa Pamphili, recorriendo callejones y parques, observando el fenómeno humano y la huella que ha dejado la historia en los sampietrini, los adoquines de la ciudad, Bruno Mesa parece encontrar aire fresco, aunque sea a costa de sufrir el caos circulatorio de Roma (que será aún mayor en Nápoles) Las vespas son en Roma, nos dice, lo que las vacas en la India.

"De exposiciones, actos literarios y otros compromisos sociales, líbranos Señor" esa parece su letanía. Bruno Mesa huye de ellos como de la peste. "Voy a un recital de poesía, que es un acto propenso al masoquismo" dice.  En la sala del Instituto Cervantes en Piazza Navona organizan un acto titulado Creadores del Uruguay. "Es difícil saber por qué uno decide entrar", comienza. Al final queda clarísimo por qué huye.

En una ciudad tan vital y decrépita Bruno Mesa anticipa con la imaginación lo que será de nosotros dentro de unos cuantos siglos. Es una visión melancólica. La visita a la Biblioteca Angelica, donde Mesa persigue una de sus pasiones, la fotografía, le lleva a decir: "Dentro de unos pocos siglos, en otra biblioteca al otro lado del mundo, alguien repasará los lomos de otros libros con la misma amargura con que lo hace uno, con la misma sed" Visitando una domus romana del siglo II a. C. dice: "Quizá dentro de dos milenios alguien visite una excavación similar. Para ese día seremos nosotros la historia, el rumor primitivo, el fraude del tiempo" Y en las excavaciones de Ostia Antica se entrega a una meditación como de Shelley en las Termas de Caracalla: "En esto acabarán, dice Mesa, los lugares donde hemos dejado nuestras sombras, las calles que nos vieron nacer, aquella casa donde era posible caer enfermo"

En esos nueve meses Mesa realiza un par de excursiones: Venecia (Nada es tan inverosímil cmo descubrir que Venecia es real), Florencia, Nápoles. Su Diario Romano es también un Diario Italiano. Su visión no es sólo urbana, es nacional. "Qué fabulosos espectáculos ofrece Italia a un extranjero. Cada día, mientras leo el periódico, me pregunto si este país no será ficción." De Italia destaca Mesa la ilimitada capacidad para producir realidades inverosímiles. Y señala un rasgo de los italianos: el individualismo. "Italia, dice Mesa, es un país de grandes individuos, contradictorios y fabulosos, de una inteligencia admirable". Pero añade que este individualismo inherente al italiano produce todas las maravillas y las miserias del país. Coincide Mesa con la visión escéptica que tiene Ennio Flaiano: "En Italia la situación es grave, pero no seria" Del nepotismo romano observa Mesa: "Roma es una ciudad de hermanos y padres, de primos, sobrinos y cuñados" Esto podría corroborarlo un simple estudio de las familias que más papas han dado a la Iglesia.

Quien no quiso seguir a ningún guía se ve forzado a servir como tal: "Cumpliendo amistades, nos dice, he visitado en los últimos meses 4 veces los Museos Vaticanos, 5 Capitolinos, 7 Foros Romanos, una decena de Navonas, Farneses y Trevis, inteminables Santa Marías in Trastevere, Sopra Minervas y Panteones" Mesa, que no se fija en los monumentos, repara en las expresiones de asombro de sus acompañantes. Observa a los que observan. Durante su estancia recibe varias visitas, entre ellas las de García Martín, Xuan Bello y Javier Almuzara. "Antes de saludar a Martín ya estoy discutiendo con él" dice Bruno Mesa y añade más adelante: "Nuestra amistad no puede ser más sólida: nos vemos una vez cada diez años y vivimos a dos mil kilómetros de distancia" Esto suena a paradoja, pero como declara Mesa en este mismo libro: "Al ser humano le favorece la paradoja" Sospecho que la visita que más le emociona es la que en marzo, medio año de Roma a sus espaldas, le hacen su hermana, sobrina y cuñado. "Siento, dice Mesa, que apenas escribo de aquellos a los que debeo demasiado. A Sandra, mi hermana mayor, se lo debo casi todo" Bruno Mesa es ya un romano. Y quien ha sido romano alguna vez no dejará de serlo nunca. Tan romano como la estatua del sombrío Giordano Bruno.

Llega junio. Se acerca el final de la estancia, o como dice Mesa, enemigo de la solemnidad y la efusión sentimental: "se acabó el juego". Para esta despedida nos da un consejo sensato, el que da título al libro: "No guardes nada en tus bolsillos". Es el momento de hacer balance: "Hemos sido durante unos meses, escribe, aquello que nos pasamos la vida intentando recobrar: ser niños que juegan inadvertidos, despreocupados, insensatos, tal vez felices. Hemos cumplido con todos los ritos: las discusiones, el amor, la enfermedad, el reglamentario frío, el arte y su fachenda, el timo y la ganga, la belleza y el miedo, hemos recorrido Italia y ella nos ha entregado su deliciosa enfermedad, su conjura escenificada." Finalmente no es el huraño irreductible que podría parecer y recuerda con afecto, a punto de partir, a algunos compañeros de aventura a los que cita por su nombre. Tal vez les guarde algo de afecto porque sabe que no volverán a verse. Y eso, nos dice, es todo lo que se lleva de allí. No hay mejor equipaje: "no hay Berninis, dice, Caravaggios o Rafaeles que puedan igualar el milagro, detenido e irrepetible, de verles compartir la locura de la existencia alrededor de una mesa." Si hay un lugar en el mundo donde se puede compartir esa locura de la existencia es Roma. Aunque a Mesa le basta un suburbio de Santa Cruz, su ciudad natal. 

Con esa ironía suya, que es rasgo de su estilo, habla Mesa de un viejo amigo que la literatura no ha conseguido destrozar. La literatura: esa enfermedad o toxicomanía como él la llama. Cumpliendo con estos ritos "propensos al masoquismo" he presentado a ustedes el Diario Romano de Bruno Mesa y les animo a leerlo. Verán que Roma es algo más que el Coliseo y que Italia puede convertirse, para un escritor llegado de un remoto archipiélago africano, ese escritor zurdo de la habitación doce, en una patria adoptiva que nos maravilla y exaspera como lo hacen los amores verdaderos.