Un poema de Jesús Aller

La facultad de Geología de Oviedo es una cantera de notables escritores. Además del poeta Jesús Aller (Gijón, 1956) contamos con el escritor y erudito Jorge Ordaz, del que ya se ha hablado en este blog. Aquí un poema (soneto inglés) de Los libros muertos, KRK, (2019) de Jesús Aller. Un libro de 210 poemas, escrito a edad madura pero de espíritu juvenil, por rebelde e idealista, quijotesco (en el mejor sentido de la palabra) que contagia energía. Algo de lo que estamos muy faltos. 
 
Las rocas
 
Actúan de gloriosas secundarias
en los westerns y asoman por doquier,
forman la Tierra y si las sabes ver
cuentan cosas sin duda extraordinarias.
 
En sus archivos pétreos gigantes
la biografía del mundo te va a hablar
de continentes nómadas del mar,
como nubes en el azul errantes;
 
contemplarás paisajes del pasado:
rojos desiertos, bosques lujuriantes,
y despojos de ancestros inquietantes
de todo lo que late en tu costado.
 
Son espléndidas madres de la vida,
aunque finjan pobreza desvalida.

Puede ser

Fueron suyas todas las mujeres que quiso, y al final, ¿qué? 
Tuvo riquezas, poder y una larga vida, y al final, ¿qué?
La gloria literaria, científica o artística, y al final, ¿qué?
Se retiró del mundo viendo su vanidad, y al final ¿qué?

El desierto rojo

Qué extraño y melancólico paseo en una tarde de domingo por las calles desiertas del puerto y por la orilla del mar. Una larguísima caminata con el sol bajo en un día despejado y frío de enero. En algún momento, al lado de la industria de zinc, cerca de los muelles, con edificios en ruinas, carteles borrados por el tiempo de lo que fue un restaurante, la larga sombra de los edificios vacíos, parecía como si uno estuviera en un cuadro de De Chirico o en la película "El desierto rojo" de Antonioni. Detrás de las dunas las chimeneas de la industria química (columnas salomónicas), los tanques de ácido sulfúrico. Hay belleza en ese paisaje industrial, decadente y mortífero. Un bosque de torres de alta tensión, una sala de fiestas abandonada, naves industriales; entre los matorrales un vertedero de basura. Dos buques que pasan cerca de la costa y no entrarán en puerto. Descampados donde tantas parejas se entregaron a un amor furtivo.

El pedante

*El pedante no sabe que en un gallinero no se debe cantar un aria de ópera. En un gallinero hay que cacarear. Probablemente el pedante, que se cree un gran tenor, hiciera el ridículo si se pusiera a cantar un aria en la Scala de Milán. El pedante no se siente a gusto en el gallinero y no daría la talla en el teatro.
*Alguien describe con una frase en una pizarra su estado emocional, pero lo hace en un idioma que la persona que más quisiera entenderle no puede comprender. 
*Antes de empezar la jornada laboral, aún de noche, el trabajador mira el cielo despejado y ve la Osa Mayor y la constelación de Leo. Entra en la oficina. Toda la majestad -lo sublime- del firmamento queda borrada. ¿Dónde se siente más insignificante? ¿Es mirando al cielo que "aniquila mi importancia" como dijo Kant, o es iniciando sesión en el ordenador para realizar un trabajo embrutecedor y alienante en la empresa donde trabaja y en la que sabe que estarían encantados de despedirle?

Paseante

*Al trabajador no le queda más remedio que ser honrado. Al pobre no le queda más remedio que ser delincuente.
*La castidad es una enfermedad de transmisión religiosa. 
*El paseante se detiene en medio de su vagar y se pregunta, ¿qué es todo esto? 
*Yo sé que la vida es un sueño y que no puedo dejar de soñarla. Cuando muera no despertaré, dejaré de soñar. 
*Hoy he vuelto a cometer el mismo pecado que cometo todos los días: no he mirado con asombro a un árbol.
*El trabajo envilece.
*La educación de una persona puede medirse por la distancia que se toma con respecto a los demás.
*Todas las aglomeraciones son una falta de educación.
*Son zafios, son necios, son groseros, son gentuza. Pero no les desprecio. 
*Melancólica verdad: no escasea el talento. 
*Nos animan a seguir en la pelea los mismos que están resguardados de las explosiones.
*Mis enemigos son mis enemigos. Los que dicen defender mis intereres también lo son. 
*Era una realidad tan prosaica que ni siquiera tenía ganas de cometer adulterio.
*Pasó por el mundo sin... y le llegó la muerte. 
*Enmienda a Aristóteles: "Todos los hombres tienen por naturaleza el deseo de copular"
*A quien madruga yo creo que Dios le escupe.
*Poner el mundo patas arriba es dejarlo como está. 
*No podemos arreglar el mundo. Pero sí podemos salvar a un individuo. 
*Tener fama universal de buena persona y no despreciarse a uno mismo por eso. 

Una cita de Castilla del Pino

Así terminan las monumentales memorias del psiquiatra Carlos Castilla del Pino, cuya lectura recomiendo vivamente pues me parece una obra formidable: 
         La muerte -salvo el asesinato, que lo mismo lo produce alguien que algo: la obstrucción o rotura de una arteria, el desarrollo de un cáncer, una caída- llega cuando uno no tiene ya nada que vivir: "ahora me puedo morir", parece decirse, tácitamente, cuando se vive una vida que le ha dejado a uno de interesar y por la que resbala hacia la inexistencia. Pero mientras la vida importa, mientras se es capaz de mirar y admirar el contenido de cada día (la mujer a la que amamos y nos ama, el libro, las amigas y amigos, la música, el cuadro, el árbol, las fuentes, el perro o el gato, y tantas y tantas cosas más), uno está explícitamente afirmando, cuando menos ante sí mismo, que aún no es el momento de dejar este mundo.

Apelar a la emoción

Desconfío de los movimientos políticos que apelan a la emoción. Ya sabemos que la gente humilde no tiene ni tiempo, ni formación, ni ganas de pararse a pensar. Por eso una buena educación desde la infancia es fundamental. Quien descuida esto -perenne interés del poder absoluto- desea vasallos, no ciudadanos libres. Esto es propio del discurso de grupos extremistas que enarbolan la bandera de turno. La simpleza de sus argumentos no resiste un análisis demorado: detrás de su retórica no hay más que vacío y debilidad intelectual. Estos movimientos detestan los matices, para ellos no hay medias tintas y presumen de llamar "al pan, pan y al vino, vino". Suelen hacerlo elevando la vox, (elevando la voz, quiero decir). Ya dijo Leonardo: "dove si grida non è vera scienzia" La realidad es todo menos sencilla y no se deja reducir a torpes simplificaciones. Reconocer la humanidad del extranjero es algo que no están dispuestos a hacer. En las sociedades apuradas por la crisis económica y atrapadas por el miedo este tipo de movimientos encuentra una acogida muy favorable. Tengo por amigo a quien me invite a razonar, a quien reconozca en mí la madurez suficiente para ejercer la crítica. Pero no a quien trapa de capturarme para su causa apelando a mis emociones.

Un relato de Vasili Grossman

Al terminar la Segunda Guerra Mundial las autoridades soviéticas trasladaron a Moscú algunos cuadros de la pinacoteca de Dresde, entre los que se encontraba la "Madonna Sixtina" de Rafael. Estuvo expuesta al público en Moscú durante un tiempo, en la galería Pushkin. Uno de los visitantes fue Vasili Grossman, el escritor de "Vida y destino", novela monumental que se ha comparado con "Guerra y paz" de Tolstoi. Grossman, eso relata en "La Madonna Sixtina", quedó maravillado nada más ver ese cuadro. "Es inmortal" dice. Para Grossman esa imagen de la Madonna sosteniendo al niño es la expresión inmortal de "lo humano en la humanidad", el amor de una madre joven por su primer hijo. Dice Grossman que aún suponiendo que los hombres desaparecieran, el cuadro de Rafael seguiría maravillando a los lobos, los osos, las ratas, las golondrinas. Es un relato de afirmación de la vida como manifestación de la libertad y un emocionante canto al humanismo en una época de horrores. Así concluye: "cuidando de la Madonna mantenemos la creencia de que vida y libertad son la misma cosa y de que no hay nada más alto que lo humano en la humanidad. Ese cuadro vive eternamente, vencerá"
    Para un hombre que fue de los primeros en conocer las atrocidades de Treblinka esa firme convicción es admirable.

Extrañamiento. Alienación. Delirio.

Juego a que soy intelectual, así que sigo con mis weberianas disquisiciones. El trabajo fue durante milenios la raíz de la existencia de quienes tenían que trabajar para vivir. Hoy seguimos teniendo que trabajar para poder pagar la luz, la gasolina, el alquiler, el colegio, etc. No ofrecemos la renta de nuestro trabajo a un señor feudal y, al menos en principio, no somos vasallos de ningún marqués; es decir, estamos emancipados. Pero sucede en nuestros días que el trabajo se ha convertido en un elemento, no el único, de desarraigo. El vínculo entre trabajador y la actividad que desarrolla se ha roto, aparece la desafección por la tarea que se desempeña. Además en el trabajo se establecían unas relaciones entre compañeros e iguales que el mercado laboral actual ha destruido. Cualquier empleado sabe que si su rendimiento no es adecuado a juzgar por la empresa está expuesto a continuos cambios de su centro de trabajo, traslados anunciados de un día para otro, y finalmente al despido. En vista de esto, ¿para qué relacionarse con compañeros que pueden desaparecer de un día para otro? Esto influye decisivamente en la vida familiar, deteriora las relaciones de pareja, la crianza de los hijos y la atención a los padres que ya son viejos. No se echan raíces en ninguna parte. El trabajador se considera superfluo, ajeno a su empleo, no queda rastro de identificación con la empresa. Se produce, por tanto, una situación de desarraigo. En el conflicto inevitable (dialéctico, si somos sutiles) entre empresarios y trabajadores los segundos se han esfumado como colectivo. En su lugar hay números perfectamente sustituibles que no dejan rastro alguno de su actividad. Un buen trabajo sería aquel en el que el empleado, con cierta confianza en su puesto, pudiera poner una foto de su familia, cosa que no se produce. El principal enemigo de la familia no es la moral desordenada, como algunos quieren hacernos creer, sino este sistema neoliberal que nos mantiene en vilo, en permanente inquietud. En este sentido el trabajador ya no es un proletario. En condiciones así de penosas fundar una familia es un lujo que no se puede permitir. Por eso, entre otras cosas, esta sociedad es una fábrica de solitarios.

Fábrica de solitarios

Desde el punto de vista sociológico me parece que el principal rasgo de nuestro tiempo es ser una fábrica de solitarios forzosos. Un individuo por sí mismo no hace mucho, quien lo moldea es la época, el ambiente. Nadie puede sustraerse a esa fuerza poderosa que ejerce la sociedad. Y la sociedad actual quiere acobardarnos, apocarnos, hacernos mezquinos; tiende a reducirnos en nuestra esfera de comodidad individual. En la soledad de nuestra celda solipsista escuchamos canciones que nos hablan de amor. Acaso derramemos una lágrima, tal vez aún nos quede un ápice de sensibilidad, pero estamos solos. No creo que exista hoy un movimiento colectivo verdaderamente espontáneo, un movimiento que no esté dirigido desde el poder. Creo que este rasgo está profundizado y reforzado por la tecnología: la irrupción de internet y los teléfonos móviles (vuelvo a mi caballo de batalla) nos disgrega hasta un punto que no llegamos a imaginar. Somos testigos diarios de la adicción que tenemos por estos dispositivos. ¿Quién no ha visto un grupo de personas que no se hablan entre sí, sino que están abismadas cada una en la pantalla de su móvil? Esto altera nuestros vínculos con los demás, nuestra forma de relacionarnos con el prójimo (y empleo a propósito esta palabra) es cada vez más abstracta. Desde la publicidad se nos ofrecen vías de escape a este hormiguero, formas de distinguirnos de la masa, ventajas de todo tipo (una ventaja implica una carrera entre iguales). Este triunfo de la individualización tiene consecuencias demoledoras: en el mundo laboral ha conseguido que los trabajadores pierdan la solidaridad, que cada uno busque su propio beneficio, lo que les hace totalmente vulnerables al arbitrario poder de los empresarios. El lema de nuestra sociedad es "sálvese quien pueda". En el aspecto moral son visibles los estragos de este individualismo: una forma de autodefensa ante la agresión es el cinismo, la burla que suscitan sentimientos nobles como el amor, la ternura o la delicadeza. Hoy se libra una batalla entre el brutalismo del macho (que se siente amenazado en su poder hegemónico) y el feminismo civilizado. Quien hace alarde de bravuconería, quien ensalza la fuerza bruta, quien amedrenta a sus prójimos, además de ser primitivo y estúpido, esconde miedo e inseguridad.

Fracaso

*Las autopistas se han construido principalmente para alargar la distancia entre el trabajo y la casa. El esclavo sigue siendo esclavo.
*La miseria de nuestros antepasados pesa como una losa sobre cada instante de nuestra vida. 
*Basta un segundo de despiste para destruirnos. Y ya no hay vuelta atrás. Pero toda una vida de esfuerzo orientado a un fin puede no llevar a nada.
*Ahora luce el sol. Que goce mientras pueda. Ahora se cree indestructible. La tormenta le aniquilará dentro de unas horas.
*El hombre en su camino hacia la Luz da un paso adelante y retrocede tres.
*Cualquier ser viviente, fuera antropomorfo o ameba, siente su existencia como dolor y soledad. 
*El ladrido de un perro en la distancia. La queja universal de las criaturas. 
*La materia prima de cualquier universo es el sufrimiento. 
*El momento crítico de la vida- que no es un momento pues no llega súbitamente, sino tras una serie de golpes y desengaños- en que se acepta la derrota inexorable y uno se dice a sí mismo: "no hay nada que hacer" 
*Vive en la obsesión de la muerte. No hay instante en que la conciencia de su fragilidad no le asombre. No cumple años, cumple días. Y a veces, cuando apreta la angustia, cumple horas.
*A mucha gente debe de parecerle imposible vivir en un estado permanente de profunda tristeza. "Triste a veces, de acuerdo. Pero, ¿siempre?" Les sorprenderá saber que se puede vivir así, sin sombra de alegría, no más que porque late el corazón. 
*Aumenta la población: aumenta la competencia. La lucha entre iguales. Cuantos más individuos, más colisiones, más fricciones, más obstáculos, más exasperación. 
*Los líderes políticos conducen el rebaño humano. La condiciones que se requieren para gobernar a las masas son la vulgaridad de espíritu, la falta de escrúpulos y la falta de imaginación.
*Fracasamos mientras vivimos. En eso consiste ser hombre. Ni siquiera nos queda la elegancia en la caída.  
*"Voy a acabar teniendo la cara de éste" dice un joven mirando al enfermo que pasa a su lado humillado y no tiene fuerza para responderle.  
*La derrota es un mal necesario. Quizá esto sirva un poco de consuelo. 
*Un manual de autoayuda escrito con sangre, lágrimas y mierda.
*No ha existido hombre que no haya deseado alguna vez dormirse y no volver a despertar. Y si lo hay es un imbécil sin remedio. 
*La muerte es la arrasadora de todas las enormes diferencias de los destinos humanos. 

En caída libre

La pantalla de TV con el sempiterno programa de cotilleo donde cuatro analfabetos cotorrean sobre sus miserias morales. Todo sea por ilustrar al pueblo. En el trabajo, a primera hora, un jefe con actitud hostil y mala entraña, que rebuzna:"no estamos aquí para pensar" No se pueden decir palabras más ofensivas que ésas. Quien dice eso es un enemigo. Trabajar y callar. Obediencia ciega. Rebaño de ovejas. El viejo cuento, la vieja historia. No podemos imaginar la cantidad de miedo y humillación que existe en los trabajos. Acabaremos, como ocurrió tantas veces en el pasado, dando gracias por poder respirar. La víctima inocente de un abuso (y esto es terrible) puede llegar a sentir vergüenza de sí misma; por un mecanismo psicológico absolutamente perverso puede llegar a sentirse culpable. De fracaso en fracaso, no tenemos remedio. Para la gente humilde (descontemos los Trump, los Putin, las Familias Reales, por ejemplo) la vida es una penitencia, una larga humillación silenciosa interrumpida por dos o tres alaridos de horror. Si naces pobre debes ser ignorante  y resignado, ay de tí si llegas a saber lo que te estás perdiendo. La ignorancia no deja ver la miseria en la que uno vive. Vendrá Goethe y dirá: "prefiero la injusticia al desorden". ¿Qué se puede responder a eso a estas alturas de nuestra degradación como especie? Cuánta pasión, cuánta ilusión, cuánto sacrificio, cuánta crueldad puestos al servicio de ideales que resultaron funestos. Siempre acaban engañados los mismos. Los que mueren y matan por una mentira. ¡Aquello era mentira! Puede ser el comunismo, el fascismo, la cristiandad o, como ahora, el neoliberalismo -así lo llamo a falta de concepto mejor. Todo perfecto. Así hasta el momento en que, solitarios e injustificados, uno por uno, somos absorbidos por el remolino de la muerte.

Unamuno

Unamuno está de moda, quién lo iba a pensar. Durará poco la fiebre, por supuesto. El vértigo de la actualidad lo sumiriá pronto en el olvido. Vuelvo al cine a ver "Mientras dure la guerra" creo que por sexta vez. Todo cansa, no creo que incurra en una séptima, pero ya queda bastante claro que la película me gustó. No tenía una idea clara de Unamuno, lo que vi en la película de Amenábar me indica que ese Unamuno, salvo error, era el auténtico, es decir, un intelectual de prestigio, con numerosa familia, que se vio totalmente desbordado por los trágicos acontecimientos de julio de 1936. Si no recuerdo mal Unamuno escribió "Del sentimiento trágico de la vida" hacia 1912. En ese libro se toma en serio la cuestión de la inmortalidad personal, se da valor a la vida del individuo. Pero esa era una canción que perdió su música. Unamuno está abrumado, confundido, temeroso en esos meses de 1936 en los que se enfrentan dos ideologías totalitarias. Si fue durante décadas un faro de la sociedad de su tiempo ya no tenía luz. Sospecho que para Unamuno la catástrofe española fue un puñetazo en la cara. Debió de perder o al menos debieron de tambalearse sus creencias más íntimas. No tenía idea de lo que sucedía. Los poemas de Leopardi, poeta que tanto admiraba, parecen juegos románticos; el pesimismo cósmico, un lujo. Los tiempos eran -y son-  tan tenebrosos que no había lugar para el pesimismo más radical. El individuo había sido aniquilado y la muerte, como dijo Péguy, había sido envilecida. Envidio a Unamuno su familia, eso por lo que se mordía la lengua hasta que no pudo soportarlo más y se enfrentó con los generalotes que le consideraban "el más grande escritor español vivo". Como se sabe Unamuno murió repentinamente dos meses después, el 31 de diciembre de 1936. Entre fascistas y rojos, ¿qué podía decirle Kierkegaard?

Patología

Casi todos los días paso al lado del pequeño río que cruza una población en la que no vivo pero trabajo. Como el trabajo no es vida sino que es algo que hacemos para "ganarnos la vida" parece pertinente esa diferencia. Confieso que no soy de esas personas que siempre han hecho lo que han querido. 
     El pequeño río trae una suficiente corriente de agua, está encauzado por muros de unos 2 metros de altura. Entre las piedras, en algún remanso, hay patos. Debo de sentir una extraña pasión por estas aves. Me llaman mucho la atención. Son animales muy graciosos. Yo me quedo a menudo mirándolos, me paro para observarlos. Estoy seguro de que un niño asociaría este pueblo con sus patos. Ellos nadan con elegancia, vuelan muy bien -un vuelo nervioso, agitan muy rápido las alas- andando son muy torpes. Graciosa torpeza. Hay personas a las que les pasa algo semejante: se manejan mal en sociedad -que sería como ir a ras de suelo- pero en su pensamiento -en el vuelo del pensamiento- pueden estar conversando con Platón. Como el Albatros, de Baudelaire. 
       Si esta atracción por los patos es motivo de tratamiento declaro que tengo una patología.

Todos tontos

En nuestro tiempo se insiste en la formación pero se quita valor a la experiencia, al conocimiento que da la experiencia.  La teoría se impone a la práctica. Lo que hace bueno a un médico, zapatero, mecánico, modista, marino, profesor, albañil, actriz o a un piloto es la experiencia en el oficio. Dentro de cada oficio existe, como en todo, una mayoría mediocre y algunos excelentes, pero es la persona la que atesora ese conocimiento. Esto ya no es así. Nos han vaciado de experiencia, se nos somete a la llamada "formación continua" a base de cursos preparados por equipos que no conocen la realidad del trabajo, nos obligan a seguir mecánicamente protocolos y burocracias diversas. Algunos de estos cursos se teatralizan como si fueran series de TV de manera que uno no sabe bien si está aprendiendo algo o viendo un melodrama. Hay una insoportable suficiencia en todo esto: el ignorante  pretende enseñar al que conoce el trabajo. Por desgracia nos creemos esta mentira.
    Por otra parte, la robotización o la automatización hace que muchos trabajos desempeñados por humanos sean superfluos. Dentro de poco nos quedaremos sin habilidades profesionales, desvalidos en un mundo de máquinas inteligentes y humanos idiotizados. Esta profecía, por otra parte, es ya bastante vieja. 
    Vivimos en una sociedad cada vez más invasiva, que se cree con derecho a ordenarnos cómo debemos comportarnos, que entra en terrenos cada vez más íntimos. No se publicita solamente un determinado producto, se nos dice qué tenemos que hacer con nuestros recuerdos, con nuestras emociones, cómo debemos ponernos los calcetines, saludar a la gente o educar a nuestros hijos. Nos descubren el Mediterráneo. Por lo visto la experiencia acumulada a lo largo de generaciones ya no sirve de nada.
    No hay margen para la iniciativa personal, lo que uno haya podido aprender a lo largo de décadas en su trabajo (y en la vida) no importa. Esto, a mi entender, representa un enorme empobrecimiento de nuestras vidas y también una deshumanización. Si le llevamos unas botas rotas a un zapatero que lleva en el oficio treinta años de seguro sabrá con un golpe de vista cómo arreglarlas. Estamos ante alguien que sabe y por eso infunde respeto. Pero esto sucedía antes, cuando había zapateros remendones. Hoy tiramos las botas rotas y compramos unas nuevas. Al menos esto pretende el sistema. 

Siempre pensando en lo único

Recuerdo la primera vez, yo era un niño, que vi a una pareja realizando el acto sexual. Era verano, en una playa. Algo extraño hacían, lo vi como un comportamiento raro. Estaban muy a la vista, así que no fui yo sólo quien les vio. La gente se reía, algunos quizá se ofendieran, en general había nerviosismo. Como se sabe es el secreto mejor guardado: todos piensan en el acto sexual, casi continuamente, pero lo esconden por vergüenza. Los humanos somos, por lo general, de una voracidad sexual insaciable. Sin embargo, una pareja enganchada en plena calle o en una oficina no es algo que se vea todos los días. Siempre ha sido éste un tema muy delicado. Algunos afirman que existe desorden sexual en nuestras sociedades. ¿No lo había en el pasado? El asunto genital siempre ha sido motivo de escándalo. Creo que los humanos sienten vergüenza del acto sexual igual que reconocen que son mortales. Si no me equivoco en las tribus más primitivas (los buenos salvajes) también se da este pudor, los ayuntamientos se realizaban en lugares apartados o al amparo de la noche (la noche es de los amantes y los ladrones). Aunque fueran casi desnudos en su vida cotidiana. No existe, creo, ninguna sociedad que tenga una relación natural con el sexo. Si nos fijamos las conversaciones están llenas de alusiones al acto sexual. Casi todas las miradas que los humanos tienden en torno suyo, si se encuentran en sociedad, tienen un punto lascivo. Somos cuerpos y el instinto es poderoso. De haber un general desorden sexual la vida productiva, la seriedad del trabajo, sería imposible. Por eso, tal vez, nos reprimimos. ¡Tardaba en aparecer esa palabra! Represión. Aquí encontramos a Freud y su descubrimiento del inconsciente. Según Freud todo lo mueve el sexo. Un autor contemporáneo suyo, también vienés, Arthur Schnitzler, escribió obras de teatro y relatos sobre el asunto venéreo. Sobre ellos cayó la indignación hipócrita de la gente formal. Pero todos somos de barro y caemos en la tentación. Como dice el sabio refrán: "el hombre es fuego, la mujer estopa, llega el diablo y sopla" Naturalizar el sexo, tratarlo como algo inocente, no me parece posible. El erotismo es una araña peluda, siempre tiene un componente subversivo e inquietante que se relaciona con la muerte. Es un tema recurrente en el cine sicalíptico de Buñuel. Erotismo y muerte: ambos son tabúes. Uno de los pensadores que mejor trató esta cuestión es Georges Bataille. Como dice el chiste: "siempre pensando en lo único" por decir "siempre pensando en lo mismo".

Naturaleza

Coinciden Leopardi y Turgueniev en su visión de la naturaleza, a la que personifican e interpelan. El italiano en su Dialogo della Natura e di un islandese y el ruso en un poema en prosa titulado Naturaleza. Ambos se la imaginan como una mujer de aspecto tenebroso, una figura colosal e imponente. Leopardi le habla por boca de un islandés, Turgueniev en primera persona. Coinciden porque los dos muestran a la naturaleza como totalmente indiferente al género humano. Para ella el hombre es una más de sus criaturas, tan valiosa como un gusano o una mosca. Es una visión elevada, pesimista y también intempestiva (nada actual). La naturaleza es generación y corrupción, absoluto derroche de criaturas. Es un proceso enloquecido de nacimientos y muertes. Por eso para el hombre no puede haber más salvación que en lo sobrenatural. Si no hay trascendencia "un cielo nuevo y una tierra nueva" entonces somos totalmente miserables, piensa la religión. 
      En nuestro tiempo la naturaleza no es esa mujer terrorífica, de mirada helada y penetrante. Se ha operado una curiosa metamorfosis. Hoy es una niña indefensa a la que los hombres estamos destruyendo. Así la ve la conciencia ecológica. Así se la imagina -ingenuamente- un activista de Greenpeace. Podemos, ciertamente, envenenar los mares y el aire, arrasar los bosques del Amazonas, extinguir centenares de especies, consumar otros chernobiles y acabar con nosotros mismos también. Pero a la naturaleza, en el sentido profundo que le dan Leopardi y Turgueniev, no le hacemos el menor rasguño. Creer lo contrario es otra vanidad por nuestra parte.

La hora de la renuncia

El mundo es nuestro cuerpo, digo esto con permiso de Schopenhauer. Quiero decir que esta "representación" (el mundo es mi representación) está determinada por la edad y la salud de la máquina que somos. De niños todo es nuevo, de jóvenes nos posee el amor, de adultos la ambición y de viejos los achaques. Es curiosa la inmensa diferencia que existe entre los hombres en lo que respecta a esto. Estamos todos revueltos. Cambiamos cada minuto. Se cruzan los felices con los desesperados, los sanos con los enfermos, los que empiezan la vida con los que la terminan. Algunos beben a grandes tragos la vida, es su época solar, se creen indestructibles. Otros vegetan, vencidos, se limitan a durar y acaso desean la muerte. De ahí resulta un enorme malentendido: nadie conoce a nadie. Creo que Pavese, que era muy fino, decía que algunos hombres llevan un cáncer secreto que les roe por dentro. No sé si la cita es exacta o aproximada. Quizá un buscador automático de plagios descubra la cita que busco. De Pavese hay una cita estupenda que sí voy a citar correctamente: Gli uomini che hanno una tempestosa vita interiore e non cercano sfogo o nei discorsi o nella scrittura, sono semplicemente uomini che non hanno una tempestosa vita interiore. A mí no deja de sorprenderme la alegría y la seguridad con la que parecen -parecen- vivir algunos. Está muy bien y me alegro por ellos. No conocen todavía "el otro lado del jardín" que creo decía Wilde.
         Esto me recuerda un admirable ensayo de Bertrand Russel, "El culto del hombre libre" donde se dice:  A todo hombre le llega, tarde o temprano, la gran renuncia. Para los jóvenes no hay nada inalcanzable; un objeto bueno deseado con toda la fuerza de una voluntad apasionada, y sin embargo imposible, no les resulta verosímil. Con todo, a través de la muerte, la enfermedad, la pobreza o la llamada del deber, debemos aprender todos que el mundo no se hizo para nosotros y que, por hermosas que sean las cosas que anhelamos, el destino puede vedárnoslas. Es cuestión de valor, cuando llega la mala suerte, soportar sin desconsuelo la ruina de nuestras esperanzas, apartar nuestros pensamientos de vanos lamentos. Este grado de sumisión al poder no sólo es justo y necesario: es la puerta misma de la sabiduría. 

Known unto God

La soledad es una enfermedad propia nuestro tiempo. Es el tormento silencioso de millones de personas, estoy seguro. Cada vez mueren solas más personas. Lo tristísimo de esta situación es que nadie les echa de menos, ni siquiera desaparecen, nadie les recuerda antes de morir. En vida eran insignificantes así que no mueren para nadie. Algunas de estas personas -que han llegado al más alto grado de anonimidad- se descubren por el tufo de la putrefacción (la peste que despide la corrupción de nuestro cuerpo bastaría para aniquilar nuestra vanidad). Otros se encuentran por casualidad, momificados, años después de su muerte. En la vida masifiada se nos priva de la "muerte propia", que decía Rilke ante la vista de un hospital parisino en Los cuadernos de Malte y en alguno de sus poemas. Antiguamente quien quería huir del mundo (hoy es imposible, la masa que somos es invasiva) se retiraba al yermo. Ya no hace falta: basta vivir en una colmena de una ciudad cualquiera, ni siquiera tiene por qué ser populosa. El ritmo de vida es tal que hasta en las ciudades de provincias se puede pasar inadvertido. El viento social nos arrastra como átomos dispersos. Hacinados, apilados en edificios grises y uniformes, unos miserables metros cuadrados son nuestra Tebaida. Nuestra tumba. "La República independiente de mi casa" como dice el slogan del felpudo de IKEA. Qué siniestra ironía. En las tumbas de soldados de la Commonwealth caídos en combate en la Primera Guerra Mundial y que no llegaron a identificarse la lápida reza: Known unto God (verso elegido por Kipling, leo en wikipedia). Podría escribirse eso en muchos buzones. Miro una de estas colmenas, celdas de eremitas sin Dios, edificios de ocho o diez plantas. Se oye el vuelo bajo de un avión, el rumor del tráfico. Me pregunto cuántos viven solos, acaso con la compañía de un perro o un gato. ¡Cuánta angustia, miedo, deseos frustrados, nostalgia, cansancio, fracaso caben en tanta insignificancia! ¿Es que ni siquiera ser insignificantes nos libra del dolor? ¿Ni ese remedio tenemos? 
         La vista es tan desoladora como la del Cementerio en la ciudad del poema de Luis Cernuda. Cambio ligeramente los versos finales: 
 
...vivos anónimos.
Sosegaos, vivid; vivid, si es que podéis.
Acaso Dios también se olvida de vosotros

Un Brexit en el siglo XVII

Newton tenía 24 años cuando inventó el cálculo infinitesimal -que él llamó "método de fluxiones"- al mismo tiempo que descubrió la ley de la gravitación universal. Del cálculo infinitesimal otros matemáticos habían tenido ideas, atisbos, pero no llegaron al fondo de la cuestión. Esto sucedió hacia 1665-1666. 24 años: a esa edad Newton ya había hecho lo suficiente para pasar a la historia como uno de los mayores genios. Un monstruo. Sin embargo dejó en secreto sus descubrimientos. Unos diez años después, otro joven, un alemán de 29 años llamado Leibniz seguía la misma pista que Newton. En París recibió clases de Christian Huygens, un matemático y físico holandés de primer orden. Leibniz pudo leer un trabajo de Newton escrito en latín De analysi en el que había indicaciones para la invención del cálculo. Es una historia curiosa. Newton y Leibniz nunca llegaron a encontrarse. Leibniz tardó dos meses en inventar el mismo cálculo que diez años antes había inventado Newton. Esto fue en 1676. La notación de Leibniz es más operativa que la de Newton -además llegó a formular el Teorema fundamental del Cálculo (la derivación e integración de una función son operaciones inversas)- es decir, que su versión es la que se usa hasta hoy. Pero Leibniz publicó sus trabajos, en vez de guardárselos para él solo, como hizo Newton. A partir de aquí comienza la disputa por esta invención "una de las mayores gigantomaquias que en el mundo han sido" creo que dijo Ortega y Gasset. Tanto Newton como Leibniz pretendían ser considerados como los inventores de esta genial herramienta matemática. Aunque cuatro años más joven Leibniz murió diez años antes que Newton. En su época Leibniz fue el que perdió la batalla.
       "Fui yo" "No, fui yo" "Mentira, fui yo" "Yo lo descubrí antes aunque no lo publiqué". No fue sólo asunto de estos dos genios, muchos echaron leña al fuego: los matemáticos británicos apoyaron a Newton y los continentales a Leibniz. Fue un Brexit, uno de los varios que hubo en la historia de las relaciones entre esa isla y Europa.