Según envejezco

Según envejezco voy acordándome de escenas de mi remota infancia y adolescencia. En realidad no soy yo quien los busca, son esos recuerdos los que me asaltan (expresión muy acertada) sin que yo lo pida. ¡Cuánto ha cambiado el mundo! La vida es larga, muy larga. Esto es una confesión a la vez íntima y general, que diría Borges. De joven yo estaba en el mundo como cosa hecha, no lo ponía en cuestión. Ahora cada día es un asombro porque me doy cuenta de que tenemos los días contados. El poeta Brodsky dijo en una ocasión algo muy inteligente, como todo lo suyo (qué brillante y qué intenso ser humano fue Brodsky), dijo que al envejecer uno va separándose del cosmos. No recuerdo sus palabras exactas, pero la idea era ésa. El cosmos, como conjunto del universo físico. Esa separación es un proceso que culmina con la muerte. Un camino de soledad. Niños y jóvenes están, por decirlo así, dentro de la naturaleza, en su esfera. Es un hecho biológico que se encuentra en los animales. Con la edad la naturaleza nos va apartando de sus brazos. El cuerpo empieza a fallar. El tiempo se acelera. Cada sol repetido es un cometa. Ahora reconozco que envejecer es un arte. Encuentro en cada viejo, si no lo ha destruido la demencia, a un modesto filósofo. Me maravillan las creaciones de genios precoces como Rimbaud, Keats, Mozart o Einstein (no hay que olvidar que Einstein terminó su trabajo a los 37 años). Pero hoy me maravillan más las obras de algunos viejos que conservaron su potencia creadora en el arrabal de senectud: Cervantes, por ejemplo, o Kant, pasaban de los sesenta cuando escribieron el Quijote y las Críticas, respectivamente. Si tengo que seguir cumpliendo días -ya no hablo de años- que sea sin amargura, ni envidia, ni vanidad, ni rencor, ni miedo y sin esperar demasiado (o nada) de mis semejantes y semejantas (el amor es menos apasionado cuando la sangre se enfría, de aquel fuego queda una resignada tolerancia y un sano y cuerdo escepticismo). En mis años mozos también yo fui un gallardo potro. Si algo me enseña la edad es esto: uno tiene que arreglárselas solo.                                                                                                                                                     ¡Ah, ambiciones y embelecos de la juventud! Ir tirando es toda una victoria. Ya no se trata de comerse el mundo. Ya vemos en qué para todo. ¿Será esto lo que llaman sabiduría? ¡Quién sabe!

Encuesta espontánea

¡Oh, tiempos de peste! Estuviste por la tarde en un bar de pueblo, al aire libre, pisando hierba, con unos amigos. Muy agradable la charla: el curso meandriforme de la conversación, con sus vueltas y revueltas, como cosa viva que es. De vez en cuando levantabas la vista al cielo, con unas nubes formidables que filtraban los rayos oblicuos del sol. Sabes que las mirabas, a pesar de la atención que ponías, algo distraído. Es el mal de nuestra época: la distracción permanente, la falta de concentración. Estamos rodeados de prodigios, nuestro cuerpo es uno de ellos, nuestra mente también. De vuelta, ya en casa, miras el móvil y ves un aviso: se te invita a evaluar el bar donde estuviste. Pero, ¿cómo sabe ese aparatato que estuviste allí? Es la providencia de la Tecnología, hasta los pelos de nuestra cabeza están contados por ella. No es ninguna paranoia afirmar que estamos permanentemente bajo control. Un control inocente y amistoso, al menos en este caso. O eso parece. Se nos pide nuestra importante opinión. "¿Ha quedado satisfecho el señor?" No, no es la Tecnología, sino los intereses a los que sirve. En tanto individuos nuestra experiencia personal, auténtica, íntima, está pisoteada, confundida o anulada en la vulgar masa informe que consume y devora. Usurpa su puesto el aristócrata neoliberal que exige ser bien servido, ya sea en una gasolinera o en un merendero. Hasta el mismo infierno terminará por estar sometido a este tipo de evaluaciones. ¿Entran en esta alucinante valoración -que tú no has pedido- las nubes que observaste, las ideas que escuchaste, la compañía en la que estuviste, la brisa que corría y el graznido de los tres gansos? ¡Oh, tiempos de peste! 

Félix Pequeño

Recomiendo las Lecciones sobre el desarrollo de la matemática en el siglo XIX, de Félix Klein (1849-1925). Este señor era matemático de profesión. Como matemático no puedo juzgarle, pero como escritor es espléndido. Qué amenos sus retratos de los matemáticos, qué observaciones tan interesantes, qué psicología para entender las rarezas de algunos de estos genios, qué sentido histórico. La sensibilidad artística no abunda entre los matemáticos. Un matemático francés, después de ver una tragedia de Racine, dijo encojiéndose de hombros: "¿y esto qué prueba?" (Diderot cuenta esta anécdota a su amiga Sophie Volland y le responde: "pues que eres un pedazo de alcornoque"). Hay una anécdota parecida con el poeta Tennyson y el matemático Babbage. El que esté interesado puede buscarla en internet, es muy graciosa.
          Pues bien, el gran Félix Klein dice esto de Gauss:
"El fenómeno que aquí nos topamos no es caso aislado en el quehacer de Gauss, quien a menudo dejó inéditos sus más hermosos logros. ¿Qué puede haber ocasionado esta rara detención cerca de la meta? Quizás haya que buscar la razón en una cierta hipocondría que es patente le asaltaba a veces en medio de sus trabajos más afortunados. Testimonio peculiar de tales estados de ánimo se encuentra por ejemplo en las anotaciones a los trabajos sobre funciones elípticas entre 1807 y 1810. Ahí aparece de repente entre anotaciones puramente científicas, escrito cuidadosamente con lápiz prefiero la muerte a esta vida. Acaso hay que buscar el motivo de tales estados de ánimo en las circunstancias externas, sumamente tristes, en que a la sazón se encontraba. (...) Vivía en una casa mísera de la Turmstrasse... sus allegados, sobre todo su familia, no mostraban la menor comprensión por su trabajo titánico, en apariencia sin utilidad y meta alguna, que le apartaba de cualquier otro interés sin traerle ningún éxito externo. Se le hacían amargos reproches, y había quienes dudaban de que estuviera en su sano juicio"
                 Hay un episodio del matemático Dirichlet, que estaba casado con una hermana del compositor Mendelssohn que me recuerda automáticamente el cuento de Chéjov "La cigarra": una mujer joven y hermosa se rodea de la brillante sociedad de pintores y artistas y desprecia en secreto a su marido, médico de profesión. El hombre no destaca en las conversaciones, es taciturno, parece bobo. Al final el marido enferma de difteria y muere. Entonces su esposa descubre -demasiado tarde- que era una eminencia. Estaba casada con un gran hombre y no lo sabía. A Dirichlet le pasaba algo parecido, dice Klein:
         "la casa de los Mendelssohn en Berlín, ..., era el centro más brillante de reunión social, la señora Dirichlet supo también reunir en torno suyo durante su breve estancia en Gotinga a todas las mentes con intereses científicos y artísticos en una sociedad muy frecuentada. Se cuenta que en todas las celebraciones que tenían lugar en su casa, Dirichlet tomaba parte modesta y retraídamente. Acaso el tipo de inteligencia deslumbrante que le rodeaba, el oleaje de espumas infinitamente breves, no cuadraba del todo con la mar de fondo que agitaba la suya"
         En este libro también aparece el retrato de Niels Henrik Abel, matemático noruego. Se podría decir que es el Keats de las matemáticas. Murió de tuberculosis a los 26 años, acosado por la pobreza. Para remachar la mala suerte de este muchacho genial: días después de su muerte le llegó la invitación para ocupar un puesto de profesor en Berlín, lo que hubiera resuelto su vida. Acerca del monumento que se erigió a Abel en Oslo dice Klein:
          "A este matemático bendecido por Dios habría que erigirle un monumento como el de Mozart en Viena: un hombre llano y de aspecto en absoluto llamativo está ahí escuchando atento, rodeado por delicados genios que se ciernen a su alrededor y le traen como en un juego sus dones de otro mundo. No puedo privarme de recordar con esta ocasión el monumento totalmente distinto que se erigió en Cristiania (antigua Oslo) en memoria de Abel y que por fuerza decepcionará a cualquiera que conozca su natural. Sobre un bloque de granito que se alza a pico, un atleta juvenil como un héroe de Byron avanza hacia las alturas sobre las grises figuras de dos víctimas. En todo caso, si es que uno puede aún figurarse a tal héroe como símbolo del espíritu humano, se preguntará en vano por el significado profundo de esos dos monstruos vencidos. ¿Serán eso las ecuaciones de quinto grado y las funciones elípticas? ¿O las amarguras y preocupaciones de la vida cotidiana?"
           Hablando de Cauchy, que era reaccionario, clerical y un gran matemático dice Klein:
 "El ejemplo de Cauchy nos indica que en nuestra ciencia también cabe el tipo de actitud ideológica diametralmente opuesto. En lo que este hombre tampoco es un fenómeno aislado; más adelante encuentra compañeros de ideología en Hermite, Jordan o Pasteur, asimismo de tendencia rigurosamente clerical. Frente a ellos, Faraday o Riemann representan una ingenua piedad protestante en modo alguno estorbada por el elevado desarrollo intelectual.... Gauss, quien por fuerza ha de interesarnos en este contexto, era en lo que toca a su persona igualmente de una religiosidad sencilla y honda; en lo externo deseaba "un régimen ordenado que le garantizara tranquilidad para su trabajo"... Este breve panorama confirma lo que toda observación del ser humano enseña, que las dotes intelectuales no son decisivas en cuanto a la manera de ver el mundo"
           Y termino esta larga entrada con el retrato que Klein hace de Riemann, el matemático que, entre otros logros, imaginó la geometría que sirve de fundamento a la Teoría de la Relatividad General de Einstein:
"De apariencia asustadiza y nada desenvuelto, el joven profesor a quien miramos como a un santo los que hemos nacido después tuvo que tragarse más de una pulla de sus colegas. A menudo sufría una tristeza que a veces se crecía en genuinos ataques de melancolía. ... Retraído del mundo circundante Riemann vivió en silencio su propia vida, incomparablemente rica. Es una disposición caracterial típica del genio la que encontramos en Riemann: hacia fuera, un pacífico tipo raro, lleno de fuerza e ímpetu por dentro"
           En fin, estas Lecciones sobre el desarrollo de la matemática en el siglo XIX son una maravilla y la traducción de José Luis Arántegui, excelente.

Errar no es angélico

Hubiera hecho muy bien Schopenhauer si eliminara, pues le deja como un ignorante, el capítulo dedicado a la materia de El mundo como voluntad y representación. Dicho brevemente: es una serie de burradas de principio a fin. Por ejemplo, Schopenhauer defiende la teoría de la generación espontánea: "De ahí que, a consecuencia de ciertas enfermedades o caquexias se den las condiciones vitales de los epizoarios y, según la proporción de las mismas, surjan por sí mismos y sin huevo piojos (del cuero cabelludo, del pubis o del cuerpo), por compleja que pueda ser la estructura de estos insectos, pues la putrefacción de un cuerpo animal vivo da material para estas complejas producciones, al igual que el heno en el agua aporta infusorios. ¿O acaso se prefiere que los huevos de los epizoarios floten en el aire? (¡Qué pensamiento tan horripilante!)"
            Eso por lo que defiende. Ahora por lo que ataca: la teoría de los átomos. Dice: "Esta hipótesis de trémulos de átomos etéreos no sólo es una quimera, sino que iguala en torpe rusticidad a las peores ocurrencias de Demócrito; pero es bastante desvergonzado darla hoy en día como cosa hecha, consiguiendo que miles de escritorzuelos estúpidos, etc"
             Leer su "obra magna", como él la llamaba, me está causando decepción. No conocía este capítulo, por ejemplo. No hay estupidez que no haya sido defendida por algún filósofo. Así que Schopenhauer también metía la pata... ¡y de qué forma! Lo considero un aficionado a la filosofía, pero no un filósofo. Es que leyendo las barbaridades citadas no se le puede tomar en serio. Repite la misma idea una y otra vez, con distintas palabras. Tiene mucho talento para las comparaciones y los símiles y un estilo muy elocuente. Es colérico y despectivo (cuando ataca a Hegel parece un caniche ladrando a un león), pero en cambio manifiesta una perruna devoción por Goethe, al que cita montones de veces.
             Para mí Schopenhauer es un outsider, un tipo raro que se creyó en posesión de la verdad absoluta. Nulo como filósofo, pero gran escritor. Si llegué a admirarle era porque no le conocía. 

Saber es poder

De Byron son esas palabras: "sorrow is knowledge" que remiten al viejo Eclesiastés, "el que aumenta la ciencia, aumenta el dolor". Francis Bacon dijo que "saber es poder".
He comprobado con la experiencia que detrás de casi todas las vivencias humanas (ignoro hasta dónde llega ese "casi") se esconde la decepción o un lado oscuro. Hay una seriedad en la vida que aumenta con la edad como una sombra se alarga al atardecer. Como el médico que calla un mal pronóstico para no lastimar al enfermo o como el sociólogo que pasea por un suburbio y conoce la miseria fatal de sus habitantes; las frías estadísticas del fracaso escolar, de la esperanza de vida más corta. En otros tiempos serían los generales del Estado Mayor que sabían que enviaban a la muerte a sus soldados en algún ataque insensato. El pueblo llano es un rebaño que se gobierna mejor si se le mantiene en la ignorancia. No vivimos en una época ilustrada. ¿Existió alguna vez? Me temo que no. Será un ideal inalcanzable.
El consuelo de los perdedores de esta vida es el poder igualatorio de la muerte, lo fútil de las grandezas humanas, la insignificancia de nuestro conocimiento si se compara con el misterio de nuestra existencia. Pero no es igual defenderse a pedradas que fabricar una bomba atómica. Unos pocos, los happy few, están en la cubierta de la galera sujetando el timón, marcando el rumbo, observando el camino de las estrellas: el resto, la mayoría, reman día y noche, maldiciendo en la oscuridad, sin conocer más que el trabajo de mover el remo.
Seguramente hay científicos que conocen ya que la catástrofe ecológica es irreversible e inminente. Y bien, la especie humana es un animal más, tan extinguible como los dinosaurios. Quien sabe observa desde arriba: como aquel personaje de El tercer hombre que veía hormigas afanosas desde las alturas de la noria del Prater de Viena.
La vida es el camino que se recorre entre dos novelas: de las Grandes esperanzas de Dickens a las Ilusiones perdidas de Balzac.

Reconocer

En una librería coincidió con una mujer cuya cara le sonaba. Había ruido alrededor, agitación, pero se distrajo un momento de la distracción y trató de recordar de dónde conocía a aquella mujer (la señora estaba buscando un libro, parece que para hacer un regalo). Buscó en su memoria y finalmente supo de qué la conocía.  Uno se queda incómodo si no logra recordar de qué conoce a una persona.
         Todo es un baile de átomos en el vacío del olvido. Nuestra memoria es un hilo frágil, la mente lúcida da coherencia al caos. ¿Llegará el día en que le pongan un espejo delante y tenga que esforzarse igual?

No salgo de mi asombro

Oigo el chirrido de los vencejos: lo único alegre que hay en este mundo de locos en el que vivimos. El confinamiento, el uso obligatorio de las mascarillas (no se discute aquí la necesidad de esas medidas) nos está alterando notablemente. Es evidente, se objetará. Una guerra (la caída en un estado de naturaleza, creo que diría Hobbes) nos convierte en criminales o en víctimas de crímenes. Quizá sean figuraciones mías, pero me parece escuchar el grito habitual en los naufragios: "¡sálvese quien pueda!" Cierto es que hay individuos que no atienden a esa llamada de pánico ni se dejan embrutecer. Goya, precioso, ven a pintar nuestra romería de San Isidro.
    Cuesta mantener el equilibrio mental y la cabeza clara. Vivimos en un mundo muy extraño. No me sorprende lo malo que nos está ocurriendo y, sin embargo, no salgo de mi asombro. Yo, que tendría que estar curado de espantos (de los espantos uno no se cura). No entiendo nada. Estoy perplejo. Mantengamos la calma.

Tiempos oscuros

Soporta y renuncia, decían los estoicos. 
Si tienes éxito tendrás amigos. Si te golpea la desgracia te quedarás solo. 
Nadie escarmienta en cabeza ajena.
A quien tiene se le dará, al que no tiene, aún lo poco que tiene se le quitará.
A nadie tendría que sorprender la ruina de un hombre, en los más afortunados esa ruina se llama vejez. Es decir, nadie se libra. Y el colmo de la miseria: la muerte. Para qué poseer nada si todo lo que tienes lo dejarás aquí, a saber en qué manos. Todo lo que tenemos se nos ha dado prestado por muy poco tiempo.
Y mientras desgranas estas perlas de sabiduría la pobreza aumenta y la pandemia entristece la vida. 
Hay que conformarse con la piscina municipal. El virus nos ha bajado los humos. Si son tan amables, dejen de anunciarnos ese vulgar paraíso de la satisfacción consumista. 
"Vivimos tiempos oscuros", dijo alguien. Qué original.

Moralistas

Este mundo es tan calamitoso que, de vez en cuando, hay que ser frívolo. Una persona permanentemente seria se parece más a un burro que a Séneca. Sí, vayamos de tiendas, compremos esa camiseta que nos gusta, esos zapatos que nos quedan bien. Al ermitaño le sienta bien, de tarde en tarde, una excursión por el consumo y la frivolidad. Es verdad: somos polvo y ceniza. Pero qué camiseta tan chula, ¡la quiero! ¿Y los niños de Somalia? ¿Y las ballenas? Salvemos a las abejas, a los delfines. Darfur. La guerra de Siria. Las pateras... Ahora déjame un poco en paz, conciencia pedante, alguien te enseñó mal. 
     Dedicado a sermoneadores, hipócritas y moralistas de todo pelaje. Esos que juegan con una idea, su idea, y pretenden inculcarla en los prójimos. Solemnes y moralistas, exigen que se les tome en serio y se les siga, como hicieron las ratas con el flautista.

Mascarillas

La muchedumbre es hermética: en la calle la gente no tiene expresión, al menos para una mirada distraída, que es la mirada de la gente. Sin corazón, sin emociones, robotizados, movimientos mecánicos: los semáforos, p. ej. En esto hay un automatismo terrible que es un rasgo de la modernidad. En las calles de nuestras ciudades el hombre está ausente. (Este enunciado no es ninguna novedad, basta leer algo a Musil). No lo estuvo en el pasado, creo: el ágora, el foro, la era de los pueblos. ¿Dónde encontramos hoy a tan paradójico ente? En el mundo virtual que él mismo ha creado. No nos deshumaniza un gato, ni un árbol, ni una tormenta: lo único que nos deshumaniza es el mismo hombre. Y se le da muy bien, por cierto. Hombre, humano, deshumanizar: quizá sean conceptos modernos, invenciones. El "hombre", sostenía Foucault, es una invención. Mientras escribía esto tuve que cortar la llamada a una mujer (trabajadora inocente aunque molesta) que quería "mejorar el precio de mi seguro" Esto nos ha pasado a todos muchas veces, pues el móvil es un imán y el dinero otro mayor. 
     ¿Nos ha mejorado la pandemia?, anda en el aire esta curiosa pregunta. Una escritora responde a la cuestión del periodista "Tras la experiencia vivida, ¿hemos cambiado? ¿Nos hemos convertido en mejores personas?" lo siguiente: "Hemos adquirido una sensibilidad distinta (...) La idea de que lo que nos salva es ayudarnos los unos a los otros." Pues bien, esto es música celestial; es completamente falso.
       Las mascarillas (necesarias, eso no se discute) han hecho aún más hermética a la muchedumbre. Es una visión tétrica, qué le vamos a hacer. Estamos como locos por escapar a la montaña, al campo, a la costa, al pueblo (anywhere out of the world, decía Baudelaire); como locos por poner tierra por medio entre nosotros y nuestros seres queridos por un lado y la multitud pestífera por otra.

Envidia

Vivo en un sexto piso: "qué suerte tiene el vecino del séptimo que vive más alto que yo. Y aún más afortunado el que vive en el divino octavo, con esa terraza que sólo puedo adivinar. Seguro que tiene telescopio".  
         -En el primer piso también vive gente. ¿No ves el primer piso? 
        -¿Eh?

Mañanas de domingo

Paso caminando al lado de unas terrazas, en la hora del vermuth o vermú o como se escriba. Mañana de domingo en un barrio de clase trabajadora: hay familias en las mesas, niños. En este momento todo es lujo, calma y voluptuosidad. Parece incluso que la vida es bella (ahora lo es). Estas dos horas de tertulia son lo mejor que puede ofrecer la vida a esta gente: el pueblo, la clase obrera o como se quiera llamar. Éstos por los que dice pelear la izquierda (yo no me fiaría nada) y a los quiere exprimir hasta el tuétano la derecha. Ellos no dirigen empresas, no son altos cargos, no tienen doctorados, ni estudios, ni prestigio. Son vidas oscuras. Nuestras vidas son los ríos... En las televisiones: fútbol o el deporte que toque. También tocan a misa, pero van muy pocos. Me da algo de pena Dios: se ha quedado sin fieles. Qué espejismo. Qué ilusión. El sol parece detenido (en realidad va a toda velocidad). Darán las tres de la tarde, quedarán desiertas las terrazas, pasará la tarde del día festivo. Y el lunes regresará para borrarles la sonrisa.

Cabo de Gata

Es noticia que se ha concedido permiso para habilitar un cortijo como hotel muy cerca de la playa de los genoveses, en el parque natural del cabo de Gata. Esto me hace recordar unos días de noviembre del 2009. En aquel mes del año las playas estaban desiertas, el hotel desierto, las carreteras sin tráfico. El paisaje volcánico era fascinante, como el azul profundo del cielo. Tenía aquel lugar un halo de misterio y de encanto. En una vuelta de la carretera vimos a una pareja que lloraba alguna muerte reciente. Ahora, en el recuerdo, la melancolía es mucho mayor, por el tiempo transcurrido y sobre todo por mi compañera. Nos gustó mucho aquel viaje. Fuimos allí muy felices. Toda aquella belleza intemporal para nosotros dos, en el amor correspondido. Con la historia de la pandemia los que aún estamos vivos andamos como locos por escapar, escapar, escapar a un sitio como el cabo de Gata. Pero si todos deseamos lo mismo (huir de las ratoneras de las grandes ciudades) no habrá lugar que se salve. 
     A mí me da igual no volver a disfrutar de aquello: ya he tenido mi parte de felicidad.

Mandan los burros

Si quieres que un burro asome las orejas, hazle escribir. Hay jefes analfabetos (parece que la condición principal para ser jefe, jefecillo, pequeño tirano, reyezuelo o gallo de un sucio corral, es la de ser ignorante, persona estúpida, con la sensibilidad de una piedra). Va uno y escribe a sus subordinados: "Mirar como van las ventas. Esto no puede seguir así." Burro, no destroces el español, usa bien la lengua que mamaste. No se dice "mirar" sino "mirad", que es imperativo: el modo verbal que mejor conoces. 
       Estos asnos microscópicos -¡hay tantos!- se pasean ufanos por su establo, ignorantes y desvergonzados como políticos.

Unos versos de Randall Jarrell

        Pain comes from the darkness
And we call it wisdom. It is pain.

Guitarra

Del salón en el ángulo oscuro... pero no es del salón, sino del dormitorio. Al regresar del trabajo el hombre vio impresa la forma de la guitarra en la manta de la cama. La asistenta la había colocado allí y volvió a ponerla en el rincón. La guitarra lleva años sin tocarse, silenciosa y cubierta de polvo. Conoció días mejores esa guitarra: días de alegría, de canciones juveniles. El hombre recuerda. Sirvió como motivo para un cuadro "Composición en rojo con guitarra" de alguien que ya no está. Ahora una mujer extranjera, que empujada por la necesidad limpia en casas ajenas de un país extraño, aparta esa guitarra en un vacío apartamento. 

Algas

En aquella playa, desierta en pleno junio, en la que ya estuviste unas tres veces -¡tres veces ya!- desde que comenzó tu época de ermitaño había grandes montones de algas. Aquí le llaman "ocle"a un tipo de alga roja que en tiempos se recogía y se usaba como abono. Unos días antes hubo una galerna y la fuerza del mar arrancó a las algas de las rocas: "esto pasa una vez cada diez años, me dijo un lugareño, es rarísimo que pase en junio". Las algas, que formaban una alfombra mullida, un colchón sobre la arena, serán recogidas de nuevo por el mar, arrastradas por las corrientes y servirán de alimento a los peces. "La naturaleza es sabia" me dijo el lugareño. Los habitantes de la ciudad, pensé, no perciben esas dinámicas, así que esa viejísima frase no tiene sentido para ellos. 
Caminar entre las algas fue regresar a mi lejana, cada vez más lejana, época de estudiante de botánica. Es curiosa la memoria; afloró al recuerdo un festival de nombres científicos que creía olvidados: Gelidium sesquipedale, Laminaria ochroleuca, Fucus vesiculosus, Chondrus crispus, Ulva lactuca (la lechuga de mar). Esas algas, verdes, rosadas, pardas, formaban un manto polícromo que tenía armonía, los colores no desentonaban (la naturaleza es sabia). Podrían ser un cuadro abstracto.

Lecturas del confinamiento

Ahora que están de moda los diarios del confinamiento aproveché este encierro no para escribir sino para leer. Por culpa de la pandemia (iba a decir "gracias" pero no es apropiado) pude dedicar ese divino ocio a larguísimas jornadas, sesiones maratonianas, verdaderamente locas, de apasionada y obsesiva lectura. 
Pude cumplir el sueño de leer íntegra la "Historia de la decadencia y ruina del imperio romano" de Gibbon. Había dejado la lectura interrumpida en marzo del 2014. Cuando terminé el libro, lo leí en la edición original inglesa con notas del eruditísimo Gibbon (tan importantes como el texto principal), me emocioné. Son 3000 páginas de historia de Occidente y Bizancio. Es un libro inmenso. Se puede resumir en una célebre frase del final: "I have described the triumph of barbarism and religion"
Otro libro que leí con pasión: "Los novios" de Manzoni; la novela italiana que tienen que leer por obligación los chicos italianos en la escuela. Resultado: la acaban aborreciendo. El final de la novela se sitúa en la peste que devasta la región de Milán, creo que en el año 1624, no recuerdo bien. Manzoni tiene páginas sublimes, inmortales, sobre los estragos de esa epidemia que ocasionaron los soldados alemanes al cruzar el Milanesado. 
Y finalmente otra maravilla: los libros de la "Historia de Roma" de Tito Livio sobre la segunda guerra púnica, libros XXI-XXX, la tercera década, en la edición de Alianza Editorial, que ofrece una traducción que, sin saber latín, me parece excelente. En la primera péntada brilla el astro de Aníbal, el terror de Roma. En la segunda mitad palidece la estrella del tremendo general cartaginés y se levanta el sol de Escipión Africano. Tito Livio es un autor inmenso, de una profundidad y un rigor pasmosos. 
Cuando escuché por primera vez, creo que fue en diciembre o enero, las vagas noticias de una extraña epidemia en una ciudad de China no podía imaginar que esa calamidad iba a permitirme leer estos libros maravillosos. Para mí la lectura es la mejor y más civilizada manera de pasar el tiempo. Es un pasatiempo de solitarios y yo lo soy, qué le vamos a hacer, por naturaleza y destino.

Tormenta

A la hora de los aplausos los vecinos salimos a la ventana. Algunos hacen señales con la luz de sus móviles, trazando un arco. Pocos metros de distancia nos separan, sin embargo dan la impresión de estar remotos. Qué sensación tan extraña. Parecen las señales que unos barcos se dan a otros en medio de la tormenta. 

Una cita de Freud

Volvamos, entonces, sobre uno de los supuestos que hemos insertado, con la esperanza de poder refutarlo enteramente. Hemos edificado ulteriores conclusiones sobre la premisa de que todo ser vivo tiene que morir por causas internas. Si adoptamos este supuesto tan al descuido, fue porque no nos pareció tal. Estamos habituados a pensar así, y nuestros poetas nos corroboran en ello. Quizá nos indujo a esto la consolación implícita en esa creencia. Si uno mismo está destinado a morir y antes debe perder por la muerte a sus seres más queridos, preferirá estar sometido a una ley natural incontrastable, la sublime Ἀνάγκη {Necesidad}, y no a una contingencia que tal vez habría podido evitarse. Pero esta creencia en la legalidad interna del morir acaso no sea sino una de las ilusiones que hemos engendrado para «soportar las penas de la existencia»

Sigmund Freud, "Más allá del Principio del Placer" 1920

Explosión

En estos momentos en los que la peste siega vidas cada vez con más violencia me parece que estoy soñando una pesadilla colectiva.

Un necio

Cualquier persona mínimamente cabal comprende la cuarentena y acepta con resignación las molestias que ocasiona no salir de casa para evitar la expansión de la epidemia. Pero no todos son así. Hay quien se burla de los que llevan mascarilla y los toma por cobardes. En circunstancias normales un necio es una molestia. Pero en un pandemia un necio es un peligro. 

Conservar la calma

Qué puedo saber yo para que realmente diga que sé algo. Si considero las lenguas que existen o se han extinguido soy un océano de ignorancia. ¿Cómo era la lengua de los sumerios y cómo eran los dialectos de esa lengua? Siempre quise conocer algo de matemáticas y física: las geometrías no euclídeas, la teoría de la relatividad, la física cuántica, etc. Y veo que no sé nada. Y sé que conocer eso, entenderlo, sería una fuente enorme de goce, porque no hay goce mayor que el intelectual, me parece a mí. Nunca ví la aurora boreal. Nunca estuve en Islandia. Nunca ví un volcán en erupción ni un eclipse de sol. No conozco la selva ni el desierto. No he pisado la luna (como usted). Qué innumerable lista de maravillas naturales me he perdido. Pero no sólo espectáculos en technicolor, también me pierdo detalles, todos los días. Cosas simples. Podría verlos, pero estoy tan afanado yendo y viniendo, estoy tan distraído con el trabajo y con mis pobres intereses personales que no me fijo en los detalles. Una repetición de números, un juego de sombras, el canto de un pájaro, los latidos del corazón, la mirada de miedo de un transeúnte. Hay detalles hermosos, los hay siniestros. Tampoco conocí la Roma de Trajano, ni el Berlín de Hitler. Ni conoceré lo que pase en el mundo dentro de cuarenta años (por poner un plazo muy generoso). En fin, la inmensa complejidad del universo. Veo que estoy ciego. La vieja parábola de la ceguera. "¡Alcalde, todos somos contingentes, pero tú eres necesario!" Yo no soy el alcalde.
        Si pierdo esta vida mía, punto en la infinita extensión del tiempo y del espacio, ¿realmente pierdo mucho? Hombre, yo lo pierdo todo, pero eso no parece que vaya a afectar a los geranios de la vecina ni a los charcos de la acera. "Usted se irá, me digo a mí mismo, y aquí no pasará absolutamente nada". "Pues mejor" me respondo. Desapego del ego.
     Además de esto, y lo más importante, ¿es que no me acuerdo de algunas personas muy cercanas y muy queridas -una, una en particular- que han cruzado antes que yo la laguna Estigia? ¿A qué temes si ellos que te hablaron, que te besaron, que te acompañaron, que eran como tú, ya se han ido? ¡Ah, si viviéramos todos una vida eterna, en un mundo sin tiempo, sin que la peor enemiga del género humano, la inapelable, nos separara!
       "Yo me voy a morir, vosotros a vivir. Sólo los dioses saben cuál de las dos cosas es mejor" dijo Sócrates antes de beber la cicuta. A todos impresionó, por lo visto, la serenidad con la que afrontó la muerte. No esperábamos menos de él. Un reo anónimo al que iban a ejecutar preguntó: "¿qué día es hoy?" "Lunes" le contestaron. "Vaya, dijo, pues empezamos bien la semana" Me hubiera gustado conocer a esa persona.
     En estos días en que el espectro de la tremenda Muerte general sobrevuela los cielos de este planeta, con la pandemia declarada, es benéfico reflexionar sobre la vasta y vaga y necesaria muerte. No para perder la cabeza, sino para conservar la calma. "En un caso o en otro, dijo el estoico, no va a pasar nada. Memento mori."  De acuerdo, muchas gracias.

Misticismo y wifi

El edificio es un enorme laberinto. Está en un pueblo apartado y fantasmal. No existe mejor lugar para el ejercicio del músculo meditador. Es una hospedería, pueden alojarse profanos. Una de las alas del antiguo seminario de Santa C* es una residencia sacerdotal. El suelo es de losas en la planta baja y de hermosa madera en la primera y segunda. Puede pasearse uno por el claustro desierto. Muros sólidos, fábrica maciza. Mucho silencio.
No había wifi en la habitación que fue antigua celda de estudiantes. No pudiendo soportarlo más al tercer día de abstinencia comunico al recepcionista esta anomalía.
Me dice que la señal se coge en un cuarto de la planta baja que es sala de estar. Alto techo, una mesa de madera con los periódicos del día, una silla y dos sofás. Me acompaña hasta allí para que atrape el Espíritu Santo de nuestro tiempo. Coger el wifi, cuando no hay otra forma de conectarse a internet, es casi como el primer trago de agua de un sediento, como la nueva dosis del heroinómano. El alivio es inmenso. Se calma la ansiedad. El wifi obra en nosotros, nos inunda con su profundo misterio, ilumina nuestro camino. 
La primera vez que entré en la sala salvífica no había nadie. Pude saciar mi sed digital con toda comodidad. El móvil me traía noticias de amigos, de compañeros de trabajo, de quimeras, grifos, centauros, serpientes, ángeles, demonios. Estaba en el paraíso. 
La segunda vez ya no fue así. En la sala había un individuo calvo, con gafas y de unos cuarenta y cinco años sentado a la mesa. Llevaba hábito, si no recuerdo mal. Lo delató su olor, un vago olor, un olor indefinido a algo que no es de este mundo. Me sentí azorado, balbuceé el motivo por el que irrumpía en esa estancia y perturbaba su tranquilidad y acaso su éxtasis. Explicado el asunto respondió con clemencia: "está bien". Yo sacié, incómoda y atropelladamente, mi sed de whatsapp y me fuí lo más serenamente que pude. 
La tercera vez sucedió igual. Habían pasado un par de horas y el individuo estaba sentado en la misma silla. Murmuré muy torpemente un "qué tal" o quizá un "buenas tardes" que no obtuvo respuesta. Cogí el wifi, miré el whatsapp y me fuí de puntillas. Me sentía bajo, miserable, pecador.
La cuarta vez, sería la última, aquel misterioso personaje seguía en la sala. Venciendo mi timidez (sabía que lo iba a molestar) empujé la puerta entornada y entré. Saludé más azorado que la vez anterior. Esta vez el sacerdote murmuró algo que parecía una maldición pero que podía entenderse como un simple gruñido animal. Yo había aprendido la lección de urbanidad y, como la vez anterior, me fui sin articular palabra.
A alguien le dijeron alguna vez: "una palabra tuya bastará para sanarme" Pero no se referían a devolver un saludo.

Oriente

En los días de vacaciones, ¿qué hacer con el tiempo? En las horas muertas, sin hacer nada, qué rápidas corren las sombras. Cada sol repetido es un cometa. Qué veloz pasa un día. Un día. Un siglo. De algún modo ya estás muerto. Todo seguirá igual, como antes de tu nacimiento. Nada es. En esa soledad acuden antiguas sombras de Oriente. Poemas de Li Po, los cuartetos de Omar Jayyam, el libro del Tao. Quiénes fueron. Qué importa. Hasta aquí llegaron sus escritos o sus enseñanzas, si más o menos fieles lo ignoramos. Recuerda, nos dicen, que vas a morir. La vida es corta. Vive tranquilo, sin ambiciones. Mira cómo se disuelve el humo. Bebe vino. ¿Para qué todo? ¿Qué somos? Existimos un momento y luego, nada. Estoy perplejo. Melancolía. Horas desiertas en lugares desiertos. Fugacidad de la vida. Vanidad de las cosas mortales. Valdés Leal. Quevedo. Lo barroco. Qohelet, Séneca y Gracián. Señores: la eternidad. 
         Otro amanecer que te sorprende dormido, en el campo, con la botella de vino vacía. Se acerca un ciervo para lamerte la mano. Eres la vergüenza de la gente. Eres el marginado, el loco, el borracho. No sirves, eres inútil. No eres productivo ni consumidor. Murmuran de tí cuando pasas. Eres huidizo. Ni los trabajos más ínfimos sabes hacer. No tienes familia. Grabas en las piedras una palabra: "Diógenes"

Urania

Urania, musa de la astronomía, es muchísimo más vieja que Clío, musa de la Historia. Urania es lo superlativo, lo inconcebible. Cada vez que aparece una noticia sobre algún descubrimiento astrofísico, si leemos con atención, la cabeza nos da vueltas de puro vértigo. Todo lo humano queda reducido a nada. Todo vanidad. Da lo mismo suicidarse que bostezar. Dijo Unamuno: "para el universo no soy nada, para mí todo". El universo de Unamuno era muy pequeño comparado con el que conocemos hoy. Seguirá siendo cada vez más inmenso, más superlativo, más inconcebible, más inhumano. Por una parte esta insignificancia nuestra produce melancolía, por otra es un alivio. Mientras hay salud y podemos arreglarnos es natural considerar nuestra importancia, hacer gimnasia, dejar el tabaco o protegernos de las insolaciones. Pero (poniéndonos en el caso extremo, dejamos aparte desengaños o contratiempos cotidianos)  si llega el momento grave de la muerte, si ella aparece en nuestro horizonte como una realidad inminente e ineluctable, creo que costará menos desaparecer -¿o tal vez no?- si se piensa con toda la fuerza de la imaginación en los miles de millones de galaxias y sus miles de millones de estrellas. En esas distancias inmensas, en esas energías miles de millones de millones de veces más potentes que la bomba atómica. Tampoco haría falta. Pensemos en Pascal. En el interior del hombre hay abismos. Imaginemos la eternidad y el infinito. Con todo gritamos, es natural, si nos quema una cerilla. Lloramos si nos deja un ser querido. Un orgasmo oscurece una supernova. Nada. Todo. Nada. Todo...

Un día de febrero

Molière, Giordano Bruno y Heine murieron el mismo día. Creo que la muerte es el acontecimiento más importante de la vida de un hombre. Montaigne pensaba lo mismo. Charles Péguy decía, si no recuerdo mal, que el hombre moderno ha banalizado lo último que le quedaba por banalizar: la muerte. Si no tiene remedio morir, tampoco lo tuvo nacer. Nacemos porque sí, nos encontramos siendo. Mientras haya hombres habrá filosofía. El hombre se pregunta por el ser de las cosas.    
      Bien, vuelvo al principio. En este día de febrero murieron esos tres personajes de las letras. 51 años, Molière; 52 años, Giordano Bruno; 58 años, Heine. Muy jóvenes los tres, para nuestra época. No habrían alcanzado la edad de jubilación. La historia pasa atropelladamente sobre sus propias ruinas. Bruno fue quemado vivo, Molière murió dando una función de "El enfermo imaginanio" y Heine después de pasar los últimos años, en la tristeza del exilio, postrado en la cama. En su "cripta de colchones" como él mismo la llamaba con su ácido humor. 
      Aquí seguimos viviendo -y me parece muy bien- a pesar de tantas cosas horribles como suceden. (De esto sé bastante, por desgracia. Hay tragedias de un nihilismo perfecto que aniquilan la importancia de nuestra vida). Una noticia relata que hace unos días una niña de 7 años fue torturada y asesinada en México DF. Se encontaron sus restos en la basura. Ni el mismo Lucifer sería tan perverso, tan monstruoso. (No seamos ingenuos, estas aberraciones suceden mucho más a menudo, pero no las llegamos a conocer). A la inmensa mayoría de los hombres este crimen les repugna. A quien sea indiferente o no le conmueva esa atrocidad es que está deshumanizado. Vivimos en un mundo extremadamente cruel. Quizá ya nos estamos acostumbrando (o resignando) a vivir en este infierno. ¿A cuál de los tres reinos de la Divina Comedia se parece más la historia? ¿Qué significa el adjetivo dantesco? ¿Y por qué la pesadilla de Orwell tiene tanto interés? El genio literario de Orwell radica en mostrarnos la perversidad de un sistema político. Por desgracia, su distopía de odio es más vigente que nunca.
        El hombre contemporáneo ha dejado de preguntarse por el problema del Mal. No es que ese problema no exista, es que no lo ve. Comparado con épocas pretéritas el hombre actual es un enano. El desarrollo armónico de la personalidad, aquel ideal de Schiller y Humboldt, es absolutamente imposible en nuestra época de masas. El bulldozer empujando montañas de cadáveres esqueléticos y desnudos en Bergen-Belsen... No me importa saber cuántos exoplanetas existen si en la Tierra suceden abominaciones como la tortura y asesinato de un niño. 
       Para Platón, San Agustín o Santo Tomás de Aquino el ser es por naturaleza bueno. Schopenhauer y Leopardi, como es sabido, defendían lo contrario. Heidegger se pregunta, ¿por qué hay ser y no más bien nada?  Si hay "ser", ¿por qué es así?

Acuario

El acuario de la ciudad costera. En grandes y pequeños tanques de agua nadan o se deslizan o están quietos -éstos causan inquietud- peces, cnidarios, crustáceos, tortugas: criaturas del agua. Silenciosas, mudas, vistas a través del grueso cristal se deforman según se cambia el ángulo de visión. Salvo para las estrellas de mar, corales y otras criaturas  aplastadas contra el fondo su espacio es tridimensional. Tal como vuelan las aves, nadan los peces. Leo que el ecosistema más rico del mundo es el arrecife de coral del Pacífico. Un error del Cristianismo es sostener que todas las criaturas fueron creadas por Dios para provecho y disfrute del Hombre. Ninguna de esas especies nos necesita. Algunas son bellísimas por su colorido y su forma. Nada hay más delicado que un caballito de mar. ¿Cuántas otras criaturas extravagantes y maravillosas existieron o existen todavía de las que no tendremos noticia? Qué animal tan extraño es el hombre.

Stifter y el eclipse

Recuerdo ahora a Adalbert Stifter, el escritor austríaco de aquel período llamado "Biedermeier". Stifter escribió una larga Bildungsroman que es insólita por muchas razones. Stifter es un gran escritor, lástima que en España apenas se le conozca. Esta novela es la historia de un muchacho y de su formación. Narra minuciosamente el desarrollo armónico de su personalidad, siguiendo el modelo ideal de Wilhelm von Humboldt. Todo es decencia y orden. Nada es obsceno o envilecedor. Su héroe, un adolescente, no tenía acceso a la pornografía desde su móvil. (A Stifter esta posibilidad le hubiera parecido espantosa). El chico crece en armonía con el medio, educando su sensibilidad y su inteligencia. No hay conflicto ninguno, todo es perfecto. Ningún contratiempo, ni la envidia, ni la violencia, ni la fatalidad interrumpen su progreso. En este bajo mundo esto, desde luego, no sucede. Siempre se cruza algún enemigo, algún percance, algún accidente. La verdadera literatura es fundamentalmente trágica, o por lo menos no deja de lado los avatares de la fortuna. A pesar de esto "Verano tardío" es una espléndida novela y por ella merece Stifter un puesto notable en la literatura. 
Stifter escribió un breve texto sobre un eclipse total de sol del que fue alucinado testigo. Aconteció el 8 de junio de 1842. Cuenta que subió a una colina de Viena para observar el fenómeno. Hay un sentimiento religioso en su descripción, asiste a lo sublime: las tinieblas en pleno día. La naturaleza, por unos segundos, queda en suspenso; el mundo en oscuridad. Stifter comprende las razones del fenómeno, la luna se interpone, etc. pero con todo se maravilla. Su texto es una plegaria. Mientras lo leía recordé otro fenómeno no menos aterrador y poderoso, pero no producido por la naturaleza sino por el hombre. Ocurrió el 16 de julio de 1945 en el desierto de Nuevo México. Los testigos de la explosión estaban sobrecogidos. Stifter, en aquella colina de Viena, se sintió aniquilado por la majestad divina. Qué hubiera sentido este amable escritor, al que horrorizaba el lado oscuro de la vida, si estuviera aquel amanecer junto a Oppenheimer y sus colegas.

Lucia de Lammermoor

Empieza la función. Suena la orquesta. Aparecen los personajes. Se suceden las arias. La mujer enamorada del enemigo de su familia, se juran amor eterno. El hermano de ella, Enrico, se opone. Lucía tendrá que ser de Arturo, no de Edgardo. Ella se desespera, se rebela, es inocente; lo que no lograría por la fuerza su hermano lo consiguen los sutiles argumentos del clérigo Raimundo. Noche de bodas en las tierras altas de Escocia. Castillos, naturaleza salvaje. La sociedad celebra la feliz unión. El horror estalla: Lucía asesina a su marido en el lecho nupcial (sin duda antes de que se consumara la unión) y se vuelve loca. O al revés, se vuelve loca y asesina a su esposo. La escena de la locura: la voz de Lucía y una flauta sonando las mismas notas. Edgardo se entera de la boda, maldice a Lucía. En ese momento la familia de ella le comunica lo que sucede: Lucía está agonizando, ha perdido el juicio. Se oye el tañido funeral de una campana. Lucía ha muerto. Edgardo comprende que ella siempre le amó, que le ha sido fiel y, desesperado, se apuñala. Telón. 
      Con ese argumento todavía hay gente que va a la ópera a lucir su posición social en la pequeña ciudad de provincias. Ni que fuera el teatro de Weimar.
    Esta ópera de Donizetti tuvo una ilustre y muy digna espectadora: Madame Bovary. 

Indiferencia

Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. Alguien es espectador de la lucha de otro individuo por su vida, le arrastra la corriente de un río, huye de sus enemigos. Es la tercera vez que ve esa escena (en el cine, naturalmente) y se sorprende a sí mismo: se da cuenta de que no se emociona como la primera vez. Asiste a esa lucha agónica sin inmutarse, y no es que mire sus zapatos en lugar de la pantalla. Y se siente deshumanizado. 
Acaso alguien tiemble de amor por una persona y, sin embargo, esa persona no le corresponde: es un muro, una piedra. Amor ch'a nullo amato amar perdona... decía Dante. El verso es admirable, pero no es cierto. 
Parece, piensa entonces el espectador generalizando su apatía, que muy pocas personas a lo largo de nuestra vida pueden alcanzar nuestro corazón. Los pocos seres que de verdad quisiste, dijo un poeta. Se nos ofrecen todos los días sucesos, catástrofes, tragedias, víctimas. Pero seguimos comiendo. No puede ser de otra forma, de lo contrario la vida sería insoportable. Estadísticas, nada más. Algo abstracto. La falta de imaginación es responsable de muchos padecimientos. No sabemos lo que es hasta que nos toca. Como decía una canción de The Smiths: I've seen this happen in other people's lives and now it's happening in mine. 
La vida no se detiene, como ese reloj que quedó parado en la estación rusa a la hora en que murió Tolstoi. La muerte de Ivan Illich rebosa de asco hacia la mendacidad que nos domina. Así la muerte de un semejante se convierte en farsa. 
Los poetas hablan de estas cosas. Szymborska, "Entierro":

"Tan de repente, quién lo hubiera dicho"
"los nervios y el tabaco, yo se lo advertí"
"más o menos, gracias"
"desenvuelve estas flores"
"su hermano también murió del corazón, seguramente es de familia"
"con esa barba nunca le hubiera reconocido a usted"
"él tiene la culpa, siempre andaba metido en líos"
"he de hablarle pero no lo veo"
"Casimiro está en Varsovia, Tadeo en el extranjero"
"tú sí que eres lista, yo no pensé para nada en el paraguas"
"qué importa que fuera el mejor de ellos"
"es un cuarto de paso, Bárbara no estará de acuerdo"
"es cierto, tenía razón, pero eso no es motivo"
"barnizar la puerta, adivina por cuánto"
"dos yemas, una cucharada de azúcar"
"no era asunto suyo, por qué se metió"
"todos azules y sólo números pequeños"
"cinco veces, y nunca contestó nadie"
"vale, quizá yo haya podido, pero tú también podías"
"menos mal que ella tenía ese empleo"
"no lo sé, tal vez sean parientes"
"el cura, un verdadero Belmondo"
"no había estado nunca en esta parte del cementerio"
"soñé con él hace una semana, fue como un presentimiento"
"mira qué guapa la niña"
"no somos nadie"
"denle a la viuda de mi parte... tengo que llegar a"
"y sin embargo en latín sonaba más solemne"
"se acabó "
"hasta la vista, señora"
"¿qué tal una cerveza?"
"llámame y hablamos"
"con el tranvía cuatro o con el doce"
"yo voy por aquí"
"nosotros por allá"

¿Es así?

Cuanto más tiempo paso en este mundo más idiotas me parecen los humanos (me incluyo en el grupo). Siempre fue así, imagino. No han cambiado la digestión, ni la respiración, ni la elegante forma que tenemos de reproducirnos. Es irremediable. Somos una broma de la naturaleza. Un chiste amargo. Pobre del inocente, del que no ve la maldad o el desprecio detrás de la sonrisa.

Un poema de Jesús Aller

La facultad de Geología de Oviedo es una cantera de notables escritores. Además del poeta Jesús Aller (Gijón, 1956) contamos con el escritor y erudito Jorge Ordaz, del que ya se ha hablado en este blog. Aquí un poema (soneto inglés) de Los libros muertos, KRK, (2019) de Jesús Aller. Un libro de 210 poemas, escrito a edad madura pero de espíritu juvenil, por rebelde e idealista, quijotesco (en el mejor sentido de la palabra) que contagia energía. Algo de lo que estamos muy faltos. 
 
Las rocas
 
Actúan de gloriosas secundarias
en los westerns y asoman por doquier,
forman la Tierra y si las sabes ver
cuentan cosas sin duda extraordinarias.
 
En sus archivos pétreos gigantes
la biografía del mundo te va a hablar
de continentes nómadas del mar,
como nubes en el azul errantes;
 
contemplarás paisajes del pasado:
rojos desiertos, bosques lujuriantes,
y despojos de ancestros inquietantes
de todo lo que late en tu costado.
 
Son espléndidas madres de la vida,
aunque finjan pobreza desvalida.

Puede ser

Fueron suyas todas las mujeres que quiso, y al final, ¿qué? 
Tuvo riquezas, poder y una larga vida, y al final, ¿qué?
La gloria literaria, científica o artística, y al final, ¿qué?
Se retiró del mundo viendo su vanidad, y al final ¿qué?

El desierto rojo

Qué extraño y melancólico paseo en una tarde de domingo por las calles desiertas del puerto y por la orilla del mar. Una larguísima caminata con el sol bajo en un día despejado y frío de enero. En algún momento, al lado de la industria de zinc, cerca de los muelles, con edificios en ruinas, carteles borrados por el tiempo de lo que fue un restaurante, la larga sombra de los edificios vacíos, parecía como si uno estuviera en un cuadro de De Chirico o en la película "El desierto rojo" de Antonioni. Detrás de las dunas las chimeneas de la industria química (columnas salomónicas), los tanques de ácido sulfúrico. Hay belleza en ese paisaje industrial, decadente y mortífero. Un bosque de torres de alta tensión, una sala de fiestas abandonada, naves industriales; entre los matorrales un vertedero de basura. Dos buques que pasan cerca de la costa y no entrarán en puerto. Descampados donde tantas parejas se entregaron a un amor furtivo.

El pedante

*El pedante no sabe que en un gallinero no se debe cantar un aria de ópera. En un gallinero hay que cacarear. Probablemente el pedante, que se cree un gran tenor, hiciera el ridículo si se pusiera a cantar un aria en la Scala de Milán. El pedante no se siente a gusto en el gallinero y no daría la talla en el teatro.
*Alguien describe con una frase en una pizarra su estado emocional, pero lo hace en un idioma que la persona que más quisiera entenderle no puede comprender. 
*Antes de empezar la jornada laboral, aún de noche, el trabajador mira el cielo despejado y ve la Osa Mayor y la constelación de Leo. Entra en la oficina. Toda la majestad -lo sublime- del firmamento queda borrada. ¿Dónde se siente más insignificante? ¿Es mirando al cielo que "aniquila mi importancia" como dijo Kant, o es iniciando sesión en el ordenador para realizar un trabajo embrutecedor y alienante en la empresa donde trabaja y en la que sabe que estarían encantados de despedirle?

Paseante

*Al trabajador no le queda más remedio que ser honrado. Al pobre no le queda más remedio que ser delincuente.
*La castidad es una enfermedad de transmisión religiosa. 
*El paseante se detiene en medio de su vagar y se pregunta, ¿qué es todo esto? 
*Yo sé que la vida es un sueño y que no puedo dejar de soñarla. Cuando muera no despertaré, dejaré de soñar. 
*Hoy he vuelto a cometer el mismo pecado que cometo todos los días: no he mirado con asombro a un árbol.
*El trabajo envilece.
*La educación de una persona puede medirse por la distancia que se toma con respecto a los demás.
*Todas las aglomeraciones son una falta de educación.
*Son zafios, son necios, son groseros, son gentuza. Pero no les desprecio. 
*Melancólica verdad: no escasea el talento. 
*Nos animan a seguir en la pelea los mismos que están resguardados de las explosiones.
*Mis enemigos son mis enemigos. Los que dicen defender mis intereres también lo son. 
*Era una realidad tan prosaica que ni siquiera tenía ganas de cometer adulterio.
*Pasó por el mundo sin... y le llegó la muerte. 
*Enmienda a Aristóteles: "Todos los hombres tienen por naturaleza el deseo de copular"
*A quien madruga yo creo que Dios le escupe.
*Poner el mundo patas arriba es dejarlo como está. 
*No podemos arreglar el mundo. Pero sí podemos salvar a un individuo. 
*Tener fama universal de buena persona y no despreciarse a uno mismo por eso. 

Una cita de Castilla del Pino

Así terminan las monumentales memorias del psiquiatra Carlos Castilla del Pino, cuya lectura recomiendo vivamente pues me parece una obra formidable: 
         La muerte -salvo el asesinato, que lo mismo lo produce alguien que algo: la obstrucción o rotura de una arteria, el desarrollo de un cáncer, una caída- llega cuando uno no tiene ya nada que vivir: "ahora me puedo morir", parece decirse, tácitamente, cuando se vive una vida que le ha dejado a uno de interesar y por la que resbala hacia la inexistencia. Pero mientras la vida importa, mientras se es capaz de mirar y admirar el contenido de cada día (la mujer a la que amamos y nos ama, el libro, las amigas y amigos, la música, el cuadro, el árbol, las fuentes, el perro o el gato, y tantas y tantas cosas más), uno está explícitamente afirmando, cuando menos ante sí mismo, que aún no es el momento de dejar este mundo.

Apelar a la emoción

Desconfío de los movimientos políticos que apelan a la emoción. Ya sabemos que la gente humilde no tiene ni tiempo, ni formación, ni ganas de pararse a pensar. Por eso una buena educación desde la infancia es fundamental. Quien descuida esto -perenne interés del poder absoluto- desea vasallos, no ciudadanos libres. Esto es propio del discurso de grupos extremistas que enarbolan la bandera de turno. La simpleza de sus argumentos no resiste un análisis demorado: detrás de su retórica no hay más que vacío y debilidad intelectual. Estos movimientos detestan los matices, para ellos no hay medias tintas y presumen de llamar "al pan, pan y al vino, vino". Suelen hacerlo elevando la vox, (elevando la voz, quiero decir). Ya dijo Leonardo: "dove si grida non è vera scienzia" La realidad es todo menos sencilla y no se deja reducir a torpes simplificaciones. Reconocer la humanidad del extranjero es algo que no están dispuestos a hacer. En las sociedades apuradas por la crisis económica y atrapadas por el miedo este tipo de movimientos encuentra una acogida muy favorable. Tengo por amigo a quien me invite a razonar, a quien reconozca en mí la madurez suficiente para ejercer la crítica. Pero no a quien trapa de capturarme para su causa apelando a mis emociones.

Un relato de Vasili Grossman

Al terminar la Segunda Guerra Mundial las autoridades soviéticas trasladaron a Moscú algunos cuadros de la pinacoteca de Dresde, entre los que se encontraba la "Madonna Sixtina" de Rafael. Estuvo expuesta al público en Moscú durante un tiempo, en la galería Pushkin. Uno de los visitantes fue Vasili Grossman, el escritor de "Vida y destino", novela monumental que se ha comparado con "Guerra y paz" de Tolstoi. Grossman, eso relata en "La Madonna Sixtina", quedó maravillado nada más ver ese cuadro. "Es inmortal" dice. Para Grossman esa imagen de la Madonna sosteniendo al niño es la expresión inmortal de "lo humano en la humanidad", el amor de una madre joven por su primer hijo. Dice Grossman que aún suponiendo que los hombres desaparecieran, el cuadro de Rafael seguiría maravillando a los lobos, los osos, las ratas, las golondrinas. Es un relato de afirmación de la vida como manifestación de la libertad y un emocionante canto al humanismo en una época de horrores. Así concluye: "cuidando de la Madonna mantenemos la creencia de que vida y libertad son la misma cosa y de que no hay nada más alto que lo humano en la humanidad. Ese cuadro vive eternamente, vencerá"
    Para un hombre que fue de los primeros en conocer las atrocidades de Treblinka esa firme convicción es admirable.

Extrañamiento. Alienación. Delirio.

Juego a que soy intelectual, así que sigo con mis weberianas disquisiciones. El trabajo fue durante milenios la raíz de la existencia de quienes tenían que trabajar para vivir. Hoy seguimos teniendo que trabajar para poder pagar la luz, la gasolina, el alquiler, el colegio, etc. No ofrecemos la renta de nuestro trabajo a un señor feudal y, al menos en principio, no somos vasallos de ningún marqués; es decir, estamos emancipados. Pero sucede en nuestros días que el trabajo se ha convertido en un elemento, no el único, de desarraigo. El vínculo entre trabajador y la actividad que desarrolla se ha roto, aparece la desafección por la tarea que se desempeña. Además en el trabajo se establecían unas relaciones entre compañeros e iguales que el mercado laboral actual ha destruido. Cualquier empleado sabe que si su rendimiento no es adecuado a juzgar por la empresa está expuesto a continuos cambios de su centro de trabajo, traslados anunciados de un día para otro, y finalmente al despido. En vista de esto, ¿para qué relacionarse con compañeros que pueden desaparecer de un día para otro? Esto influye decisivamente en la vida familiar, deteriora las relaciones de pareja, la crianza de los hijos y la atención a los padres que ya son viejos. No se echan raíces en ninguna parte. El trabajador se considera superfluo, ajeno a su empleo, no queda rastro de identificación con la empresa. Se produce, por tanto, una situación de desarraigo. En el conflicto inevitable (dialéctico, si somos sutiles) entre empresarios y trabajadores los segundos se han esfumado como colectivo. En su lugar hay números perfectamente sustituibles que no dejan rastro alguno de su actividad. Un buen trabajo sería aquel en el que el empleado, con cierta confianza en su puesto, pudiera poner una foto de su familia, cosa que no se produce. El principal enemigo de la familia no es la moral desordenada, como algunos quieren hacernos creer, sino este sistema neoliberal que nos mantiene en vilo, en permanente inquietud. En este sentido el trabajador ya no es un proletario. En condiciones así de penosas fundar una familia es un lujo que no se puede permitir. Por eso, entre otras cosas, esta sociedad es una fábrica de solitarios.

Fábrica de solitarios

Desde el punto de vista sociológico me parece que el principal rasgo de nuestro tiempo es ser una fábrica de solitarios forzosos. Un individuo por sí mismo no hace mucho, quien lo moldea es la época, el ambiente. Nadie puede sustraerse a esa fuerza poderosa que ejerce la sociedad. Y la sociedad actual quiere acobardarnos, apocarnos, hacernos mezquinos; tiende a reducirnos en nuestra esfera de comodidad individual. En la soledad de nuestra celda solipsista escuchamos canciones que nos hablan de amor. Acaso derramemos una lágrima, tal vez aún nos quede un ápice de sensibilidad, pero estamos solos. No creo que exista hoy un movimiento colectivo verdaderamente espontáneo, un movimiento que no esté dirigido desde el poder. Creo que este rasgo está profundizado y reforzado por la tecnología: la irrupción de internet y los teléfonos móviles (vuelvo a mi caballo de batalla) nos disgrega hasta un punto que no llegamos a imaginar. Somos testigos diarios de la adicción que tenemos por estos dispositivos. ¿Quién no ha visto un grupo de personas que no se hablan entre sí, sino que están abismadas cada una en la pantalla de su móvil? Esto altera nuestros vínculos con los demás, nuestra forma de relacionarnos con el prójimo (y empleo a propósito esta palabra) es cada vez más abstracta. Desde la publicidad se nos ofrecen vías de escape a este hormiguero, formas de distinguirnos de la masa, ventajas de todo tipo (una ventaja implica una carrera entre iguales). Este triunfo de la individualización tiene consecuencias demoledoras: en el mundo laboral ha conseguido que los trabajadores pierdan la solidaridad, que cada uno busque su propio beneficio, lo que les hace totalmente vulnerables al arbitrario poder de los empresarios. El lema de nuestra sociedad es "sálvese quien pueda". En el aspecto moral son visibles los estragos de este individualismo: una forma de autodefensa ante la agresión es el cinismo, la burla que suscitan sentimientos nobles como el amor, la ternura o la delicadeza. Hoy se libra una batalla entre el brutalismo del macho (que se siente amenazado en su poder hegemónico) y el feminismo civilizado. Quien hace alarde de bravuconería, quien ensalza la fuerza bruta, quien amedrenta a sus prójimos, además de ser primitivo y estúpido, esconde miedo e inseguridad.

Fracaso

*Las autopistas se han construido principalmente para alargar la distancia entre el trabajo y la casa. El esclavo sigue siendo esclavo.
*La miseria de nuestros antepasados pesa como una losa sobre cada instante de nuestra vida. 
*Basta un segundo de despiste para destruirnos. Y ya no hay vuelta atrás. Pero toda una vida de esfuerzo orientado a un fin puede no llevar a nada.
*Ahora luce el sol. Que goce mientras pueda. Ahora se cree indestructible. La tormenta le aniquilará dentro de unas horas.
*El hombre en su camino hacia la Luz da un paso adelante y retrocede tres.
*Cualquier ser viviente, fuera antropomorfo o ameba, siente su existencia como dolor y soledad. 
*El ladrido de un perro en la distancia. La queja universal de las criaturas. 
*La materia prima de cualquier universo es el sufrimiento. 
*El momento crítico de la vida- que no es un momento pues no llega súbitamente, sino tras una serie de golpes y desengaños- en que se acepta la derrota inexorable y uno se dice a sí mismo: "no hay nada que hacer" 
*Vive en la obsesión de la muerte. No hay instante en que la conciencia de su fragilidad no le asombre. No cumple años, cumple días. Y a veces, cuando apreta la angustia, cumple horas.
*A mucha gente debe de parecerle imposible vivir en un estado permanente de profunda tristeza. "Triste a veces, de acuerdo. Pero, ¿siempre?" Les sorprenderá saber que se puede vivir así, sin sombra de alegría, no más que porque late el corazón. 
*Aumenta la población: aumenta la competencia. La lucha entre iguales. Cuantos más individuos, más colisiones, más fricciones, más obstáculos, más exasperación. 
*Los líderes políticos conducen el rebaño humano. La condiciones que se requieren para gobernar a las masas son la vulgaridad de espíritu, la falta de escrúpulos y la falta de imaginación.
*Fracasamos mientras vivimos. En eso consiste ser hombre. Ni siquiera nos queda la elegancia en la caída.  
*"Voy a acabar teniendo la cara de éste" dice un joven mirando al enfermo que pasa a su lado humillado y no tiene fuerza para responderle.  
*La derrota es un mal necesario. Quizá esto sirva un poco de consuelo. 
*Un manual de autoayuda escrito con sangre, lágrimas y mierda.
*No ha existido hombre que no haya deseado alguna vez dormirse y no volver a despertar. Y si lo hay es un imbécil sin remedio. 
*La muerte es la arrasadora de todas las enormes diferencias de los destinos humanos. 

En caída libre

La pantalla de TV con el sempiterno programa de cotilleo donde cuatro analfabetos cotorrean sobre sus miserias morales. Todo sea por ilustrar al pueblo. En el trabajo, a primera hora, un jefe con actitud hostil y mala entraña, que rebuzna:"no estamos aquí para pensar" No se pueden decir palabras más ofensivas que ésas. Quien dice eso es un enemigo. Trabajar y callar. Obediencia ciega. Rebaño de ovejas. El viejo cuento, la vieja historia. No podemos imaginar la cantidad de miedo y humillación que existe en los trabajos. Acabaremos, como ocurrió tantas veces en el pasado, dando gracias por poder respirar. La víctima inocente de un abuso (y esto es terrible) puede llegar a sentir vergüenza de sí misma; por un mecanismo psicológico absolutamente perverso puede llegar a sentirse culpable. De fracaso en fracaso, no tenemos remedio. Para la gente humilde (descontemos los Trump, los Putin, las Familias Reales, por ejemplo) la vida es una penitencia, una larga humillación silenciosa interrumpida por dos o tres alaridos de horror. Si naces pobre debes ser ignorante  y resignado, ay de tí si llegas a saber lo que te estás perdiendo. La ignorancia no deja ver la miseria en la que uno vive. Vendrá Goethe y dirá: "prefiero la injusticia al desorden". ¿Qué se puede responder a eso a estas alturas de nuestra degradación como especie? Cuánta pasión, cuánta ilusión, cuánto sacrificio, cuánta crueldad puestos al servicio de ideales que resultaron funestos. Siempre acaban engañados los mismos. Los que mueren y matan por una mentira. ¡Aquello era mentira! Puede ser el comunismo, el fascismo, la cristiandad o, como ahora, el neoliberalismo -así lo llamo a falta de concepto mejor. Todo perfecto. Así hasta el momento en que, solitarios e injustificados, uno por uno, somos absorbidos por el remolino de la muerte.

Unamuno

Unamuno está de moda, quién lo iba a pensar. Durará poco la fiebre, por supuesto. El vértigo de la actualidad lo sumiriá pronto en el olvido. Vuelvo al cine a ver "Mientras dure la guerra" creo que por sexta vez. Todo cansa, no creo que incurra en una séptima, pero ya queda bastante claro que la película me gustó. No tenía una idea clara de Unamuno, lo que vi en la película de Amenábar me indica que ese Unamuno, salvo error, era el auténtico, es decir, un intelectual de prestigio, con numerosa familia, que se vio totalmente desbordado por los trágicos acontecimientos de julio de 1936. Si no recuerdo mal Unamuno escribió "Del sentimiento trágico de la vida" hacia 1912. En ese libro se toma en serio la cuestión de la inmortalidad personal, se da valor a la vida del individuo. Pero esa era una canción que perdió su música. Unamuno está abrumado, confundido, temeroso en esos meses de 1936 en los que se enfrentan dos ideologías totalitarias. Si fue durante décadas un faro de la sociedad de su tiempo ya no tenía luz. Sospecho que para Unamuno la catástrofe española fue un puñetazo en la cara. Debió de perder o al menos debieron de tambalearse sus creencias más íntimas. No tenía idea de lo que sucedía. Los poemas de Leopardi, poeta que tanto admiraba, parecen juegos románticos; el pesimismo cósmico, un lujo. Los tiempos eran -y son-  tan tenebrosos que no había lugar para el pesimismo más radical. El individuo había sido aniquilado y la muerte, como dijo Péguy, había sido envilecida. Envidio a Unamuno su familia, eso por lo que se mordía la lengua hasta que no pudo soportarlo más y se enfrentó con los generalotes que le consideraban "el más grande escritor español vivo". Como se sabe Unamuno murió repentinamente dos meses después, el 31 de diciembre de 1936. Entre fascistas y rojos, ¿qué podía decirle Kierkegaard?