Schiller como educador

En la sexta de sus Cartas para la educación estética del hombre, dice Schiller: "¿Por qué el individuo en Grecia es un representante calificado de su tiempo, mientras que no hay entre los modernos quien se atreva a pretender semejante galardón?" Y añade poco después: "La cultura misma es la que ha descargado ese golpe sobre la humanidad actual. Por una parte, la experiencia y el pensamiento, cada día más amplios y precisos, han hecho necesaria una división más estricta de las ciencias; por otra parte, la creciente complicación del mecanismo político ha exigido que se separen las clases y los oficios. Se ha roto la unidad interna de la naturaleza humana, una fatal hostilidad opone unas a otras sus armoniosas fuerzas" Estas cartas se escribieron hacia 1795. Schiller es optimista, pretende resolver esta ruptura con una educación en la Belleza que armonice, en lo posible, la naturaleza humana. A la vista de lo que vino después me temo que el idealista Schiller se equivocó por completo. No se aplicó jamás su remedio, por imposible. En cambio su lúcido análisis del hombre moderno es verdadero, de hecho esa ruptura de la armonía ideal (que para él se encarnó en Grecia) es total en nuestro tiempo. Bueno, yo diría que llevamos rotos más de 200 años. De catástrofe en catástrofe. Vivimos unos tiempos muy sombríos, en los que "ya no conviene, dice Schiller, el goce con el trabajo, el medio con el fin, el esfuerzo con la recompensa. Eternamente unido a una partícula del conjunto, el hombre se educa como mera partícula; llenos sus oídos del monótono rumor de la rueda que empuja, nunca desenvuelve la armonía de su esencia, y, lejos de imprimir a su trabajo el sello de lo humano, se torna él mismo un reflejo de su labor o de su ciencia". Como Chaplin en Tiempos Modernos. Lo mejor que puede pasarle a un esclavo que no tiene posibilidad de liberación es ignorar su penosa condición. Eso es lo que nos sucede. Pero, ¿no será aún más grave nuestra crisis? Lo que propone Schiller suena a música celestial.
         De la plenitud de los antiguos griegos hoy no tenemos ni idea (y fue una socidad esclavista, así que esa plenitud estaba reservada a los happy few). Que el Hombre, en tanto ideal, está arruinado es algo indiscutible. Aparte de que, por definición, es inalcanzable. No digo nada nuevo, desde luego: nada que no dijeran los poemas de Paul Celan y los maestros de la escuela de Frankfurt, Adorno y Horkheimer, hace unas cuantas décadas. No puede haber vida buena en lo falso. Si vivimos en un sistema que tritura ese ideal humano, en una época que lo hace imposible, no es de extrañar que seamos, cada uno de nosotros, fragmentos, seres incompletos, insignificantes piezas de un vasto y monstruoso engranaje. Estoy seguro de que Hölderlin tenía en mente las palabras anteriores de Schiller cuando atacó a los alemanes en su novela Hyperion. Concluyo con otra frase de la misma carta: "es preciso ser un espíritu nada vulgar para cumplir con las obligaciones profesionales y conservar, sin embargo, energías sobrantes aplicables a las libres aficiones" Al leer esta frase pensé en alguien, pero no diré en quién. 
         Schiller aún tenía un vago conocimiento de lo perdido. Que idealizó a los griegos es seguro. Nietzsche nos mostró que no eran tan maravillosos.

En tu loca juventud

Alguna clase de trastorno mental grave, una especie de romanticismo exacerbado o de Weltfremdheit (extrañamiento del mundo) debió de afectar a los muchachos nacidos en Alemania hacia 1890. Es el caso de una generación a la que le tocó mala fecha y mal lugar para nacer, porque estaban destinados a las trincheras en 1914. No me parece casualidad que dos importantes escritores alemanes, Hans Fallada y Johannes R. Becher, nacidos en 1893 y 1891 respectivamente, trataran de suicidarse cerca de los veinte años de edad: el primero en 1911 y el segundo en 1910. Lo singular del caso es que no lo hicieron solos: siguiendo el ejemplo de Heinrich von Kleist hicieron un pacto suicida con otra persona. Hans Fallada planeó con un amigo suyo, Hans Dietrich von Necker, un duelo a pistola en el que los dos deberían morir. Becher lo hizo con una chica llamada Fanny Fuss, en este caso a la manera de Kleist: primero él disparaba a la chica y luego a sí mismo. Para Fallada y Becher fue un suicidio frustrado: sobrevivieron de milagro, gravemente heridos. En cambio sus dos compañeros, el chico y la chica, murieron. Johannes R. Becher, conocido sobre todo como poeta, llegó a ser ministro de cultura de la DDR y Hans Fallada fue un autor de novelas de mucho éxito cuyos personajes eran gente sencilla, el hombre de la calle. Es casi seguro que ninguno de los dos se recuperó de ese trauma. Becher fue un comunista militante que buscó refugio en la URSS, el resultado fue que casi lo ejecutan durante la Gran Purga, acusado de trotskista. Intentó suicidarse varias veces. Durante la invasión nazi fue evacuado con otros alemanes al interior de la URSS, a Tashkent, donde hizo amistad con el filósofo marxista Lukács. Al acabar la guerra se instaló en la zona soviética de Berlín. En sus últimos días renegó del socialismo. Hans Fallada pasó muchas temporadas en psiquiátricos, en curas de desintoxicación (alcohol y morfina). Tuvo una vida sentimental turbulenta, en una bronca con su exmujer, estando borracho, disparó una pistola (esta vez, por fortuna, no acertó). Murió en Berlín en 1947 con su organismo arruinado por el consumo de las drogas y el alcohol. Su última novela, que es la mejor, la escribió de un tirón: se titula Jeder stirbt für sich allein, en la traducción castellana Solo en Berlín. Curioso título: "cada uno muere solo". ¿Recordaría Hans Fallada ese lejano episodio de su juventud? Becher falleció también en Berlín, en el sector oriental, de cáncer, en 1958.
       Quizá sea un fiel indicador de la salud de una época el estado mental de sus adolescentes.

El lugar del fusilamiento

En uno de los paseos errabundos que tanto nos gusta dar a mi sombra y a mí, pasé al lado de la antigua cárcel de la ciudad, hoy convertida en Archivo Provincial. Es un barrio que conocemos poco mi sombra y yo, así que es más interesante. Calles desoladas, edificios en ruinas, almacenes industriales y una vista interesante del resto de la urbe. Delicioso. Al pasar a lo largo de la calle de la cárcel vimos, en el patio del edificio, una placa conmemorativa. Mi sombra y yo somos cortos de vista, pero pudimos distinguir en la placa el rostro de un varón con gafas y un texto que se refería a algún hecho necesariamente trágico (en las cárceles no suceden cosas alegres, las prisiones son lugares dignos de respeto). Con mucho gusto nos hubiéramos acercado a la placa para leer las palabras que nos intrigaban, pero nos separaba la valla metálica que cierra el perímetro del edificio penitenciario. Es curioso querer y no poder entrar en el recinto de una prisión, pero así fue esta situación. 
      Nos quedó en la memoria esa placa y ahora puedo confirmar que mi intuición había acertado. Se trata de un recuerdo que conmemora el octogésimo aniversario del fusilamiento en la cárcel de Oviedo, el 20 de febrero de 1937, del rector de la Universidad de Oviedo, Leopoldo Alas Argüelles. Estamos en la Guerra Civil. La notoriedad y la inocencia de la víctima y el desenlace fatal nos recuerdan la pasión y muerte de García Lorca. Durante el proceso llegaron hasta del extranjero peticiones de indulto. Todo inútil. El primogénito del gran Clarín fue fusilado un sábado a las seis de la tarde. Ese mismo día otros detenidos fueron también pasados por las armas. 
     Hay una obra de teatro de Pedro de Silva, "El Rector", publicada en 2014, que trata de este trágico episodio y que ahora tengo curiosidad por leer. Recuerdo haber visto de manera distraída el cartel que anunciaba su estreno absoluto, en abril del 2018, en el teatro Campoamor. Haber pasado al lado de la cárcel, el lugar del fusilamiento, en el azar de un paseo matutino, me ha despertado a la trágica historia de esta figura de la Universidad.

Escritores inteligentes

Leyendo un ensayo de Joseph Brodsky encuentro esta frase: "el efecto de su instrumentación (se refiere a la poesía de Anna Ajmátova) en sus temas era similar al de una persona acostumbrada a que la coloquen frente a la pared cuando de pronto la colocan ante el horizonte". No entiendo lo que quiere decir, pero adivino una idea muy brillante, una espléndida comparación. Brodsky me parece un escritor especialmente inteligente. 
          Se me ocurren unos cuantos escritores más en los que la inteligencia brilla no por su ausencia, sino por su poderoso fulgor. En este blog apareció una cita de Gabriel Ferrater en la que hacía unas observaciones muy agudas sobre los cambios en las formas de relacionarse, a propósito de la correspondencia entre D'Alembert y Lagrange. Es fácil recordar a Borges, si buscamos un autor en el que la inteligencia destaque. Otro que podría añadirse es Cesare Pavese; también W. H. Auden (que según Brodsky era la mente más brillante del siglo XX).
        Todos ellos tienen en común la capacidad para relacionar ideas o fenómenos que a primera vista nada tienen en común, un excelente talento para la crítica (pueden triturar o de ensalzar a un autor con una frase), son políglotas y creo que entenderían las más abstractas teorías de la física o las matemáticas. Ahora se me ocurre Samuel Taylor Coleridge, que decía que asistía a las conferencias del químico Humphry Davy para aumentar su arsenal de metáforas. 
         Otra figura más, esta femenina, es Sor Juana Inés de la Cruz. En la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, demuestra una asombrosa capacidad intelectual, recuerdo ese pasaje en que dice: "Estaban en mi presencia dos niñas jugando con un trompo, y apenas yo vi el movimiento y la figura, cuando empecé, con esta mi locura, a considerar el fácil moto de la forma esférica, y cómo duraba el impulso ya impreso e independiente de su causa, pues distante la mano de la niña, que era la causa motiva, bailaba el trompillo; y no contenta con esto, hice traer harina y cernerla para que, en bailando el trompo encima, se conociese si eran círculos perfectos o no los que describía con su movimiento; y hallé que no eran sino unas líneas espirales que iban perdiendo lo circular cuanto se iba remitiendo el impulso" 
          En los aforismos esta cualidad es fundamental. Uno de los maestros de este género es el polaco Stanislaw Jerzy Lec. Un aforismo suyo: "La primera obligación de la inteligencia es desconfiar de ella misma" Y otro más, y termino para no cansar: Elias Canetti. También espléndido aforista y temible crítico. Y también Susan Sontag.

Del alemán al ruso

Quien tradujera al ruso la "Fenomenología del Espíritu" de Hegel acometía una tarea gigantesca. Geist, Bewusstsein, Aufheben, Wissenschaft, Gegenstand, Bewegung, Werden, Begriff, etc.: todos estos germánicos conceptos tuvieron que encontrar un equivalente en ruso. El intrincado y racionalísimo pensamiento de Hegel tuvo que acomodarse al espíritu de la lengua rusa. Está claro que la traducción del pensamiento de Marx a esta lengua fue la que tuvo consecuencias históricas; aunque el origen de Marx es Hegel. Entre las líneas de las versiones rusas de Marx y Engels, en ese traslado de ideas, tal vez se vislumbrara la figura de Lenin, la revolución de Octubre, Trotski, los procesos de Moscú, la hambruna de Ucrania, Stalin, Stalingrado, el Gulag, la Yezhovina, la NKVD, Gagarin, el pacto de Varsovia, la Guerra Fría, Cuba, la insurrección de Budapest, la primavera de Praga... y Pablo Iglesias. Todos estos fantasmas salieron de la cabeza de Marx y Marx salió de la cabeza de Hegel. ¿Qué falta en todo esto? Un poquito de humor. Aunque no faltó el humor negro.
     ¿Quién enseñó, por cierto, entre 1933 y 1939, a los intelectuales franceses cómo pensaba Hegel? Un ruso, Alexandre Kojève.

Profunda reflexión

Los hombres somos efímeros, lo eterno es el lenguaje. O dicho de otra forma: sólo existe el lenguaje.

El genio del feminismo

Sofía Kovalevskaya (1850-1891) fue una matemática rusa, la primera mujer en conseguir un puesto de profesora en la universidad. Nació niña, cierto, pero en el seno de una familia culta entre cuyas amistades se encontraba un tal Dostoievski. En Rusia encontró dificultades insalvables para desarrollar su talento: el remedio fue emigrar. Viajó por Europa, estudió en la erudita Alemania, recibió clases particulares del matemático berlinés Karl Weierstrass, ya que no podía asistir a las clases. Hay que decir que Weierstrass se portó muy bien con ella, reconoció su talento y la ayudó en lo que pudo. Así lo dice la historia. Kovalevskaya tuvo una vida corta, murió a los 41 años. (Tendría que escribirse una historia de vidas truncadas, pero sería interminable. ¡Qué pocos individuos se realizan!). Su matrimonio no parece que fuera feliz, su marido, Vladimir Kovalevski, paleontólogo, traductor de Darwin al ruso, se suicidó en Moscú, separado de su mujer y la hija que tenían en común. August Strindberg, el dramaturgo sueco, conocido por su misoginia, escribió ante la noticia del nombramiento de Kovalevskaya como profesora de la universidad de Estocolmo, en 1884: "que una mujer sea profesora de matemáticas es algo perjudicial y desagradable, incluso podría decirse que es una monstruosidad. La invitación de esta mujer a Suecia, que tiene profesores de sobra que la superan con mucho en conocimientos, sólo se puede explicar por la amabilidad de los suecos hacia el género femenino". Uno de estos amables suecos, el más amable, gracias al cual Kovalevskaya logró el puesto docente, fue el matemático Gösta Mittag-Leffler. Nada más pisar suelo sueco Sofía Kovalevskaya -que debía de tener una voluntad de hierro- se dedicó a estudiar a fondo el sueco, idioma que consiguió dominar, hasta poder hablarlo y escribirlo perfectamente, en menos de un año. En el siglo XIX el latín ya no era la lengua de los sabios. El sueño de esta mujer era dar clases en París, pero no lo vió realizado. Llegó a Estocolmo y allí se murió de neumonía (de vuelta de unas vacaciones en Niza) como el valetudinario Descartes. Ella murió un 10 de febrero; Descartes un 11 de febrero. ¡Cuidado con Estocolmo, que es una trampa para sabios! Ciertamente, Kovalevskaya era rusa, y los rusos entienden bastante de frío.
        Como habrá advertido el avisado lector, el título de esta entrada es un guiño a Chateaubriand.

Evocando a los clásicos

En alguna parte de las cartas a su amigo Ático (qué lecturas ya tan lejanas de mi juventud) dice Cicerón que no se le ocurre nada que escribirle y que eso es, precisamente, lo que le escribe. Ahora recuerdo algunos de los autores antiguos que leí hace veinte años: Platón, Aristóteles, Séneca, Cicerón, Luciano, Elio Arístides (que escribió un diario de sus sueños con fines terapéuticos), Lucano, Catulo, Eusebio de Cesarea, Marco Aurelio, Epicteto, fragmentos de los estoicos griegos -Cleantes, Crisipo (que murió de risa viendo a un burro comer no recuerdo qué)-, Diógenes Laercio, Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, San Agustín, San Jerónimo, Orígenes, Jámblico (que escribió una vida de Pitágoras), los presocráticos, Teofrasto, Virgilio, Horacio, Lucrecio, Porfirio, Plotino, Quinto Curcio (que escribió una vida de Alejandro Magno), Ovidio, Suetonio, Tácito, Tertuliano, San Justino, Plutarco, Ireneo de Lyon (para conocer a los gnósticos), Julio César, Calímaco, Juvenal, Hesíodo, Demóstenes, la Antología Palatina, algo de Tito Livio, Homero, Clemente de Alejandría, Jenófanes, los líricos arcaicos griegos, Heródoto, Tucídides, Teócrito, Polibio, Plauto, Terencio, Salustio, Petronio, Apuleyo, Boecio, los dos Plinios, Persio, Amiano Marcelino, Juliano el Apóstata, Símaco... me paro.
     Y también leí a aquellos que a lo largo de los siglos volvieron sobre ellos: Erasmo, Montaigne, Gibbon, Hume, Goethe, Schiller, Nietzsche, Schopenhauer, Shakespeare, San Isidoro, Fray Antonio de Guevara, Quevedo, Gracián, Cervantes, Dante, Petrarca, Pascal, Byron, Keats, algo de Rabelais, Voltaire... qué sé yo.
     Lista exhaustiva y tediosa. Pero a mí me gustan las listas, como a Umberto Eco. Con qué pasión los devoré, con qué frenesí llené de notas esas páginas. Cuando un pasaje me gustaba especialmente ponía al margen este signo (!). En general, los paganos tienen gracia; los Padres de la Iglesia me parecen antipáticos. Si algo hice en esta vida de lo que pueda estar orgulloso es de haber pasado tantas horas en compañía de estas sombras que son lo mejor que ha dado nuestra triste y cruel especie. Siempre me encontré más a gusto entre ellos que entre mis contemporáneos. Reparo en que, excepto Safo, no hay ninguna mujer. En fin, aspiro, modestamente, a no morirme imbécil. Quizá ellos me ayuden.

Zelif 2019

Olvidábasele al equipo de administradores, consejeros, redactores y relatores de este blog desear a los lectores que por aquí caigan un feliz año nuevo. Que les sea muy venturoso y que lo aprovechen. Los años pasan muy rápido. Feliz 2019.

Infancia

En la película Yo, la peor de todas sobre la vida de Sor Juana Inés de la Cruz hay una escena en la que la poeta mexicana toma en sus brazos a un niño recién nacido y dice, (cito de memoria): "supongo que Dios no se ha cansado de la Humanidad, pues aún nacen niños." A lo que contesta la madre, esposa del virrey de la Nueva España y gran amiga de sor Juana, sonriendo: "cómo eres, otra persona acariciaría al niño, pero a tí se te ocurre una reflexión" No hace mucho vi una escena infantil tal como ésta: un niño de unos 4 años llevaba de la mano un juguete, era un unicornio que daba unos pasos, hacía un ruido de cascabeles y relinchaba. Ante tal maravilla una niña de esa edad se acercó al fabuloso animal, atraída por la gracia de la criatura mecánica. Recuerdo ahora los versos de José Emilio Pacheco:

Hay minas especiales para no combatientes,
minas con forma de pelota y muñeca. 
Nadie podría decir nada más atroz
acerca de nosotros.

Un soneto de Keats

Cuando me asalta el miedo de morir
antes de la cosecha de mi fecunda mente,
antes de que los libros apilados
guarden como graneros el grano ya maduro;
cuando miro en el rostro de la noche estrellada
los símbolos enormes y nubosos de una pasión altiva
y pienso 
                 que ya no he de vivir jamás para trazar
sus sombras con la mano mágica del azar;
y cuando siento, hermosa criatura de una hora,
que ya no he de mirarte nunca más
ni sentir el deleite en la potencia mágica
del amor arrebatado, 
                                          entonces a la orilla
del ancho mundo quedo solo y pienso
hasta que Amor y Fama en la Nada se hunden.

When I have fears that I may cease to be
Before my pen has glean'd my teeming brain,
Before high-piled books, in charactery,
Hold like rich garners the full ripen'd grain;
When I behold, upon the night's starr'd face,
Huge cloudy symbols of a high romance,
And think that I may never live to trace
Their shadows, with the magic hand of chance;
And when I feel, fair creature of an hour,
That I shall never look upon thee more,
Never have relish in the faery power
Of unreflecting love; - then on the shore
Of the wide world I stand alone, and think
Till love and fame to nothingness do sink.

https://lyricstranslate.com/es/when-i-have-fears-cuando-tengo-miedos.html

When I have fears that I may cease to be
Before my pen has glean'd my teeming brain,
Before high-piled books, in charactery,
Hold like rich garners the full ripen'd grain;
When I behold, upon the night's starr'd face,
Huge cloudy symbols of a high romance,
And think that I may never live to trace
Their shadows, with the magic hand of chance;
And when I feel, fair creature of an hour,
That I shall never look upon thee more,
Never have relish in the faery power
Of unreflecting love; - then on the shore
Of the wide world I stand alone, and think
Till love and fame to nothingness do sink.
https://lyricstranslate.com/es/when-i-have-fears-cuando-tengo-miedos.html

When I have fears that I may cease to be
Before my pen has glean'd my teeming brain,
Before high-piled books, in charactery,
Hold like rich garners the full ripen'd grain;
When I behold, upon the night's starr'd face,
Huge cloudy symbols of a high romance,
And think that I may never live to trace
Their shadows, with the magic hand of chance;
And when I feel, fair creature of an hour,
That I shall never look upon thee more,
Never have relish in the faery power
Of unreflecting love; - then on the shore
Of the wide world I stand alone, and think
Till love and fame to nothingness do sink.
https://lyricstranslate.com/es/when-i-have-fears-cuando-tengo-miedos.html

When I have fears that I may cease to be
Before my pen has glean'd my teeming brain,
Before high-piled books, in charactery,
Hold like rich garners the full ripen'd grain;
When I behold, upon the night's starr'd face,
Huge cloudy symbols of a high romance,
And think that I may never live to trace
Their shadows, with the magic hand of chance;
And when I feel, fair creature of an hour,
That I shall never look upon thee more,
Never have relish in the faery power
Of unreflecting love; - then on the shore
Of the wide world I stand alone, and think
Till love and fame to nothingness do sink.
https://lyricstranslate.com/es/when-i-have-fears-cuando-tengo-miedos.html

When I have fears that I may cease to be
Before my pen has glean'd my teeming brain,
Before high-piled books, in charactery,
Hold like rich garners the full ripen'd grain;
When I behold, upon the night's starr'd face,
Huge cloudy symbols of a high romance,
And think that I may never live to trace
Their shadows, with the magic hand of chance;
And when I feel, fair creature of an hour,
That I shall never look upon thee more,
Never have relish in the faery power
Of unreflecting love; - then on the shore
Of the wide world I stand alone, and think
Till love and fame to nothingness do sink.

Poetas rusos

Si alguno de los poetas de nuestros días siente la tentación de quejarse de su suerte, creo que el mejor remedio es que piense en el destino de los poetas rusos. 
Pushkin cantó en El jinete de bronce la historia del pobre Eugenio. Eugenio pierde a su amada en una tempestad furiosa que inunda San Petersburgo y se vuelve loco: "a su cadáver frío, por caridad le dieron sepultura", termina su poema. Pushkin, que era un genio absoluto, murió en un duelo provocado por la envidia. Lérmontov, algo más joven, murió en otro duelo absurdo a los 26 años. De Alexander Blok dice el crítico Marc Slonim: "Durante los tormentosos días de la revolución de 1905 y de la reacción política que le siguió, despertó a un mundo odioso de dolor, sufrimiento e injusticia. En lugar de la Hermosa Dama, encontró prostitutas; en lugar de castillos de hadas, se encontró a sí mismo en las calles de la ciudad, frente a fábricas y cuarteles. Los sueños idealistas se quebraron ante la vulgaridad de la vida. Expresó su desesperación en punzantes y amargas baladas. La vida se le presentó como un espectáculo de títeres, como un insustancial juego de niños, y escribió acerca de la falta de armonía, de cuerpos viles, de corazones sin sangre" Y más adelante: "Enfrentado a explosiones de violencia y de odio, a la guerra civil y al terror gubernamental y, sobre todo, a la falta de libertad artística, se marchitó como una planta rara, cayó enfermo, sufrió accesos de depresión mental y murió destrozado en 1921".  Tenía 40 años. Osip Mandelstam desapareció en un campo de prisioneros, cerca de Vladivostok, probablemente loco. 
        Para qué seguir: Esenin y Mayakovski se quitaron la vida, igual de Marina Tsvetaeva. Los poetas rusos ofrecen numerosos ejemplos de un trágico destino, algo que, por otra parte, compartieron con innumerables, millones de compatriotas que no nacieron con el don de la lira. 
       Todo gran poeta tiene alcance universal. Llega un momento en que los sueños juveniles se destrozan y sólo queda, esfumado el amor, la realidad de un mundo frío, despiadado; la soledad y la muerte. Así lo dijo Hölderlin con toda su amargura: 

Das Angenehme dieser Welt hab' ich genossen,
Die Jugendstunden sind, wie lang! wie lang! verflossen
April und Mai und Julius sind ferne,
Ich bin nichts mehr, ich lebe nicht mehr gerne!

Disfruté lo agradable de este mundo,
Las horas juveniles pasaron hace tiempo,
Abril y Mayo y Julio quedan lejos,
He dejado de ser, ya no vivo con gusto.

Sí, ciertamente, no hay persona tan desgraciada que no haya reído alguna vez. 

Milagro fútil

Mi existencia es irrepetible: sólo se me da una vez. Naturaleza- Espíritu. En la vida cotidiana se oculta el valor de mi existencia irrepetible. La masificación aniquila el valor de mi existencia como individuo único. Vivo en una época que anula el valor de mi existencia como individuo único. Las redes sociales son un medio de ampliar ilusoriamente mi influencia como individuo más allá de mi cuerpo. Estoy presente para un conjunto de semejantes. Esto es recíproco. Esto aniquila el valor de mi existencia como individuo único. Trafican con mis datos, manifiesto mis opiniones, exhibo una identidad falsificada. Milagro fútil. 1) Es milagro desde el momento en que tengo conciencia de mi identidad y finitud. Los animales adquieren personalidad, son destino, cuando se les da un nombre. (La perra "Sota". El caballo "Trueno"). 2) Es fútil porque esta existencia como individuo está sujeta a innumerables accidentes. Vida que depende "del rebuzno de un asno" como decía Kleist. El hombre es el mayor obstáculo para su destino de hombre. En las grandes metrópolis la multitud aniquila el valor de mi existencia como individuo irrepetible. Cada individuo con el que me cruzo podría ser otro, es "cualquiera". En el cementerio de una metrópoli los nichos se multiplican: "nadie" está enterrado ahí. Son nichos anónimos. Otorga valor tener un nombre, salir del anonimato. En nuestra época quienes salen del anonimato y son conocidos por millones de individuos en todo el planeta (o en cada país -hay grados) son las "celebrities". Esta celebridad no se fundamenta en ningún logro o capacidad sobresaliente (esto suena a aristocratismo). La celebridad es una fabricación de los medios de masas, ya sea Cristiano Ronaldo, Madonna o  Belén Esteban. La rutina oculta el valor de mi existencia como individuo único. Esto podría hacerme estremecer, pero bostezo. Mi existencia única, breve e irrepetible es un  milagro fútil.

Treblinka

Vasili Grossman fue uno de los primeros combatientes del Ejército Rojo que llegaron, a principios de setiembre de 1944, al entonces desaparecido campo de exterminio de Treblinka. Sobre el terreno recogió testimonios de campesinos de aldeas vecinas, testigos, y, en fin, personas que pudieron contar lo que en aquel lugar desierto había sucedido durante 13 meses en los años 1942 y 1943. En El infierno de Treblinka dice Grossman: "En una ocasión llegó a Treblinka un tren con ciudadanos de Inglaterra, Canadá, Estados Unidos y Australia a los que la guerra había sorprendido en Polonia y en otros países de Europa. Después de largas gestiones acompañadas de la entrega de grandes sobornos consiguieron el visado para salir a los países neutrales. Durante todo el viaje a través de los países europeos fueron sin escolta con el acostumbrado personal de servicio. Estos trenes llevaban vagones cama y vagón restaurante. Los pasajeros tomaron consigo voluminosos cofres y maletas así como grandes reservas de productos alimenticios. Los niños bajaban en las estaciones intermedias y preguntaban si estaba próxima la de "Ober-Maidan" 
         Y poco después se hace una pregunta para la que creo que no hay respuesta. Esos viajeros extranjeros (judíos casi con toda seguridad) iban directos a las cámaras de gas. Dice Grossman: "Es difícil decir qué es más terrible, si ir a la muerte en medio de horribles sufrimientos, conociendo su inminencia, o si, con un completo desconocimiento de la propia perdición, estar mirando por la ventana de un vagón de primera clase, al tiempo mismo que se telefonea desde la estación de Treblinka al campo de concentración comunicando datos sobre la llegada del tren y la cantidad de personas que en él viaja" 
      Recuerdo la frase final de Memorias de Adriano: "tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos". Grossman estimaba que en Treblinka habían sido asesinadas unos tres millones de personas. Esto no podría haberse logrado si no se mantuvieran engañados, hasta el último momento, a todos los que llegaban a ese fatal destino. 
          Este texto de Grossman sirvió como prueba de cargo en los Juicios de Nuremberg. 

El rostro de los muertos

... de lo que puede concluirse que el cese total de los procesos vitales debe de ser un maravilloso alivio para la fuerza motora (la que nos mantiene vivos), quizá esto explique la expresión de dulce serenidad que tienen los rostros de la mayoría de los muertos. El instante de la muerte, por encima de todo, es semejante al despertar de un sueño pesado y lleno de pesadillas.  
       Esto dice Schopenhauer en su capítulo "Sobre la muerte" de El mundo como Voluntad y Representación.  
      Así describe Tólstoi a un difunto: Iván Illich yace en el ataúd después de padecer una dolorosa agonía: 
      El muerto yacía, como siempre yacen los muertos, de manera especialmente grávida, con los miembros rígidos hundidos en los blandos cojines del ataúd y con la cabeza sumida para siempre en la almohada. Al igual que suele ocurrir con los muertos, abultaba su frente, amarilla como la cera y con rodales calvos en las sienes hundidas, y sobresalía su nariz como si hiciera presión sobre el labio superior. Había cambiado mucho y enflaquecido aún más desde la última vez que Pyotr Ivanovích lo había visto; pero, como sucede con todos los muertos, su rostro era más hermoso y, sobre todo, más expresivo de lo que había sido en vida. La expresión de ese rostro quería decir que lo que había que hacer quedaba hecho y bien hecho. Además, ese semblante expresaba un reproche y una advertencia para los vivos. 
         El rostro de los muertos presenta una solemnidad que jamás se alcanza en vida. Y se tiene, efectivamente, la impresión de que lo que había que hacerse queda hecho y bien hecho, como dice magistralmente Tólstoi. Vista con esta objetividad la muerte resulta un perfeccionamiento. Perfecto es lo acabado, lo que cumple su designio. Aunque a veces la muerte llegue antes de tiempo y entonces, maldita la gracia. No se dan cuenta de lo que deshacen, decía Ángel González.

Amigo conductor

Llevo quince días sin tener que conducir y me noto más inteligente.

Malum signum

En esta ciudad del Cantábrico los autobuses llevan publicidad de tanatorios y asilos. Asturias es la región de Europa con la fecundidad más baja desde los últimos tres lustros. Tres tristes lustros. 

En Asturias la gente lleva un señor al lado que tiene un máster en decrepitud. Así anima a los contribuyentes: "¿sesenta años?, eres joven" Es su Catón el Viejo, del De Senectute.

En Asturias no hay delincuencia juvenil, por la sencilla razón de que no hay jóvenes. 

En Asturias hay muchos yacimientos de homínidos de la misma época, aproximadamente, que el Australopithecus. Basta con entrar en un chigre para hallarse en la Fosa de los Huesos.

Como las generaciones de las hojas, así se suceden los hombres. En Asturias es el mismo árbol el que está carcomido, ajado y deslucido.

Para la cigüeña, Asturias es una zona de exclusión aérea.

Existir es incómodo

Doy un paseo por la Calle Mayor de una ciudad castellana un domingo por la tarde. Está muy concurrida. Los comercios, cerrados. Imposible no recordar algunas escenas de "Calle Mayor" de J.A.Bardem. Llegué el día anterior y me iré el siguiente; no conozco a nadie y nadie me conoce (aquí todos se conocen). Esto me agrada y me disgusta. Nadie me espera en ningún lugar, en ningún hogar (hay unas cuantas personas que esperan que yo siga en la Tierra, eso es todo, y ninguna vive aquí). Llevo móvil pero no atiendo a sus poquísimas llamadas o whatsapp. Tal vez Nietzsche se sintió igual de solo en Turín a finales de 1888.
        Sería una lástima que me fuera sin visitar a la "bella desconocida". Al anochecer me acerco a la plaza y observo la potente fábrica del edificio donde se posan muchas cigüeñas (las cigüeñas tienen -no pretendo elevar esto a la categoría de aforismo- algo entrañable y siniestro a la vez). Camino sabiendo que mañana temprano me iré de esta ciudad para no volver, es casi seguro, nunca más. Todos esos paseantes (que me recuerdan el cuadro de Munch Atardecer en la Karl Johan, ese boulevard de espectros) son contingentes, ninguno ha sido causa de sí mismo. Ninguno, ni yo tampoco, es el responsable de su propia existencia. Lo mismo podrían ser estas personas que otras. O la calle podría estar desierta (lo estará a partir de la medianoche) o no haber calle, ni ciudad, ni mundo, ni yo, ni nada. Qué futilidad, ¿no? Bueno, ya está bien de hacer el Pessoa. Cada una de estas personas lleva su drama íntimo. Algunos serán felices y no se dan cuenta; los habrá que estén cansados de su vida monótona, dando siempre el mismo paseo con su pareja, repitiendo sus fórmulas de lorito real, oprimidos por esta sociedad cerrada. Acaso quisieran huir de esta ciudad, cambiar su suerte por la mía. Cette vie est un hôpital où chaque malade est possédé du désir de changer de lit.
        Tomo finalmente una calle transversal. Sin dejar de caminar me doy la vuelta y digo "adiós" en voz alta (aunque nadie me oye) a todos esos desconocidos. Cada uno de ellos es el centro del universo para sí mismo. Me alejo para siempre sospechando que ninguna de esas personas existe. Ni yo tampoco, aunque esté muy cansado. Somos el sueño de una sombra, que dijo el griego.

Función de la literatura

Si de algo sirve la literatura, a mi entender, es para formar ciudadanos libres, no borregos. Suponiendo que sirva para algo.

Un siglo después

Hoy hace cien años que se firmó el armisticio con el que terminó la I Guerra Mundial. La primera guerra que fue más una demolición que un combate entre ejércitos. ¿Cuál es la situación del mundo ahora, cien años después?

Provocación ilusoria de un accidente mortal

Como se dice (y es verdad) todo sucede muy rápido. El tiempo pierde su fluir monótono: en décimas de segundo se comprime una vida. Unos centímetros deciden entre el susto o el impacto fatal. Se desquician los ejes de la rutina, ¡oh instante de suprema lucidez! En el amor y en la violencia el corazón late muy fuerte. ¿Qué sabor singular tendrá la muerte? Ese sabor que no se niega a nadie.

Murphy censurado

En la novela "Murphy" del joven Samuel Beckett se encuentra, al final de la historia, una vez muerto el protagonista, este párrafo edificante: "unas cuantas horas más tarde, Cooper extrajo el paquete de cenizas de su bolsillo, donde lo había guardado para más seguridad, y lo arrojó con ira a un hombre que lo había ofendido gravemente. El paquete rebotó, estalló, cayó de la pared al suelo, y allí se convirtió enseguida en objeto de las patadas más variadas y científicas, muchos dribblings, pases, despejes, marcajes y desmarcajes e incluso obediencias al reglamento. A la hora de cerrar, el cuerpo, la mente y el alma de Murphy estaban liberalmente repartidos por el pavimento del salón; y antes de que otra aurora tiñera de gris la tierra habían sido barridos con la arena, la cerveza, las colillas, los vidrios, las cerillas, los escupitajos y los vómitos" Este párrafo lo recordaba de memoria James Joyce. La traducción es de Gabriel Ferrater. Como vivimos en tiempos de exquisita corrección política este texto resulta hoy ofensivo y no debe mostrarse a los adolescentes bajo pena de cárcel. Es que no nos morimos. Es que la vida tiene sentido. Aunque sólo la estupidez sea universal y eterna. En la Ilíada, corregida para escolares, Aquiles es cuidador de animales, Paris no rapta a Helena, Menelao es un cornudo tolerante y Héctor renuncia a defender Troya en aras del diálogo con los aqueos.

Una cita de Gabriel Ferrater

En el artículo titulado "Sobre la posibilidad de una crítica de arte" Gabriel Ferrater escribe: 
   "una pantagruélica sed de relaciones personales aqueja a los hombres de nuestro tiempo. Es difícil acertar los motivos esenciales de esta inmoderada alteración. Pero tal vez consigamos dibujar el contorno del fenómeno, recordando algún pasado hecho del que conservamos testimonio suficiente, y que no podemos imaginar repetido hoy día. Por ejemplo, la amistad entre d'Alembert y Lagrange. Al leer la admirable correspondencia de los dos grandes matemáticos, nos impresiona la constante implícita expresión de algo muy alejado de los hábitos y las inclinaciones de nuestra época. Por una parte, Lagrange y d'Alembert no utilizan su correspondencia como un procedimiento para intercambiar ecuaciones como si fueran naipes; se escriben, ante todo, para expresar la amistad y el respeto que sienten uno por el otro, y en sus cartas se observa una ininterrumpida fluencia de gentileza y cordialidad. Pero aquella amistad y aquel respeto no son nunca sentimentales, no operan nunca en el vacío; en cada una de sus manifestaciones, se percibe un duro núcleo de objetividad, y esta objetividad es casi siempre abstracta; los dos grandes hombres se ocupan de apoyar los derechos del amigo (en aquella época, en que estaba muy mal definida la situación jurídica y social de los científicos, éstos andaban siempre metidos en pleitos y reivindicaciones) y de facilitar su trabajo; se interesaban, en cambio, escasamente por sus deseos, e ignoran en absoluto sus sentimientos, en el estrecho sentido que hoy damos al término. Esta actitud no implica una deshumanización, como hoy dicen, o una represión de la intimidad, sino todo lo contrario: revela un formidable poder humanizador, una capacidad de incorporarse íntimamente las abstracciones, de convertirlas en savia y orientación vital. De esta fuerza humanizadora carece nuestro tiempo"
       Que cada cual reflexione sobre esto. A mí me parece que Gabriel Ferrater tiene bien ganada su fama de inteligente.

"El abrigo", de Gogol

Pocos escritores han descrito tan bien la miseria de ciertas vidas humanas. En "El abrigo" Gogol narra la historia de un hombre totalmente dominado por la maquinaria burocrática de la Rusia del siglo XIX. Es el hombre más triste de la Tierra, el más humilde e inofensivo. Naturalmente sus semejantes se burlan cruelmente de él, porque a todos nos gusta (salvo excepciones) hacer leña del árbol caído... El único suceso alegre de su vida es hacerse un abrigo nuevo con el cual soportar el clima de San Petersburgo. Quien se lo confecciona es un sastre borracho que pega a su mujer y desprecia a los alemanes. Su abrigo es la mayor felicidad que Akaki Akákievich ha conocido en la tierra. Gogol cuenta al principio los oscuros auspicios de su nacimiento, es un ser destinado a la tristeza, una vida fracasada antes de comenzar a caminar y hablar. Le espera la maquinaria del Estado, la miseria de un trabajo rutinario y esclavo (al que se entrega con pasión, si es que a Akaki Akákievich se le puede atribuir alguna pasión). Poco le dura la alegría a esta criatura, el mismo día que lo estrena, después de acudir a una fiesta (es muy tímido) unos desconocidos le roban el abrigo en la calle. Akaki Akákievich se desmorona. Vuelve muerto de frío al cuartucho donde vive. Se presenta ante un "personaje importante" como dice Gogol, pues este personaje no tiene nombre, es sólo un "personaje importante". Suplica se hagan las diligencias oportunas para recuperar el abrigo, pero el "personaje importante" le contesta con brutalidad "¿no sabe usted con quién está hablando"? Estas palabras rematan su destino. Nuestro héroe cae en la desesperación, enferma por el rigor del clima y muere en el delirio. Dice Gogol: "Akaki Akákievich fue trasladado al cementerio y enterrado. Y San Petersburgo siguió existiendo sin Akaki Akákievich, como si éste nunca hubiera vivido allí. Sencillamente, desapareció un ser humano sin dejar rastro, un ser humano a quien nadie pensó en proteger, a quien nadie tenía afecto, en quien nadie pensó interesarse, que ni siquiera llamó la atención de un naturalista de esos que nunca dejan de clavar un alfiler en una mosca ordinaria para examinarla bajo el microscopio; un hombre que aguantó mansamente las burlas e insultos de los funcionarios de su departamento y que fue a la tumba a consecuencia de un estúpido accidente".
      Este maravilloso relato tiene una especie de epílogo fantástico. Gogol convierte al pobre copista en un fantasma que aterra a la ciudad, un fantasma que va robando abrigos y que se venga del "personaje importante" apareciéndose ante él y quitándole también el abrigo. La piedad y la simpatía de Gogol por su pobre héroe le otorgaron esta satisfacción póstuma. 
     Pero pensemos en un Akaki Akákievich que no se convirtiera en fantasma. Ya no creemos en esas cosas.

Apuntes

"Si el paraíso terrenal existe en algún lado no puede estar muy lejos de aquí" escribió Zweig refiriéndose a Brasil. ¿A dónde tendría que irse hoy el bueno de Stefan Zweig para decir eso? Bolsonaro for President. Si hoy viviera Zweig tal vez hiciera el viaje de vuelta a Alemania, aunque me parece poco probable.

Sabiduría de los expertos en educación, pedagogía, psicología y otras artes de bien vivir. Dice el titular de una charla que ofrece uno de estos elementos: "merece la pena vivir la vida con aventura, con entusiasmo y con pasión". Nada que objetar. Suena de maravilla. Esto aparece en un espacio que patrocina, que paga, un banco, en un diario digital. El neoliberalismo llega a confundirse con Confucio. Qué sutil y astuto es. Como somos crédulos nos bajamos los pantalones y dejamos que penetre tal sabiduría por la vía rectal. 

En este mismo diario veo una noticia que dice: "la historia de la mujer que se jugaba la vida por Hitler tres veces al día". Supongo que sería una antes de desayunar, otra en la comida y otra a la cena. 

Un sueño: Thomas Bernhard tira por la ventana el contrato con su editor envuelto en un sobre.

Responsabilidad

En el corazón del hombre  (esto no lo conocen los niños ni los inocentes, los infelices, en el mejor sentido de la palabra) se libra una batalla entre el Bien y el Mal. ¿Sabemos por instinto o por educación cuál es cuál? En tiempos más o menos felices y de abundancia esta batalla permanece oculta; en tiempos difíciles no hay forma de eludirla. Si vivimos en un estado totalitario el dilema moral es continuo: ¿delataré a mi vecino? ¿Denuncio a mi padre? Siendo delator me recompensarán. Si me niego, me convierto en un traidor. ¿Admito ser instrumento de un poder arbitrario y cruel? ¿Odebezco las leyes si son injustas? Si la situación es desesperada, ¿doy mi trozo de pan a alguien que se muere de hambre? Eso no lo conocemos: no hemos llegado a esa degradación. No estamos en la Alemania nazi, ni en la Italia fascista, ni en la URSS de Stalin, ni en la Argentina de Videla. Son situaciones extremas, desde luego. En esos infiernos han vivido millones de personas. ¿Podemos elegir? Si nos ponen un arma en la mano y nos ordenan disparar a alguien indefenso, ¿apretaremos el gatillo? Brecht, que sabía de estas cosas, dijo con mucho acierto: "desdichado el país que necesita héroes". Un héroe puede ser, sencillamente, alguien que, contra la mayoría, dice: "no, esto no lo hago". Y asume las consecuencias.

Museo

Se les coge cariño a los museos. El de Bellas Artes de Asturias, en Oviedo, es estupendo. Uno de esos museos provincianos bien surtidos y muy tranquilos, donde todavía puede uno quedarse largo rato contemplando un cuadro en una sala vacía. La gente no agobia. Para mirar un cuadro se necesita calma, creo yo. No hace mucho me detuve un momento frente al cuadro de Eduardo Arroyo "Toda la ciudad habla de ello" . Un cuadro de grandes dimensiones. Es una escena nocturna, con una especie de gánster enano en primer plano, mirando al frente. Pensé en las superficies lisas del cuadro, en el dibujo de las caras. Cuando volví de la visita me enteré de que su autor había muerto ese mismo día unas dos horas antes de que yo mirara su cuadro. Los hombres pasan, pero las obras quedan. Si vamos más lejos también las obras perecerán, pero, en todo caso, duran más que sus creadores. Me conforta mirar pinturas antiguas, esas pinturas cuya mano ha desaparecido hace mucho tiempo. Paisajes, retratos, bodegones. En todo buen cuadro o escultura permanece una vibración que el tiempo no puede consumir. No importa que el artista sea poco conocido (no es Goya o Velázquez). Hay obras de gran mérito que no gozan de reputación ni prestigio. Son obras olvidadas y quizá por eso tengan más encanto. En este museo de Bellas Artes de Asturias hay muchas así, de pintores o escultores regionales del XVIII, del XIX y del XX. Ciertamente, prefiero ver tranquilo un buen cuadro de autor desconocido en este museo provinciano que hacer cola de cinco horas en el Louvre para ver de refilón, a distancia, entre empujones y ruido, a la Gioconda. La masificación echa a perder la intimidad que se requiere para admirarla.

Los cuentos de Kleist

E.T.A. Hoffmann escribió historias de fantasmas, dobles, diablos y demás criaturas fantásticas (o no tanto). Es sabido que Freud se inspiró en uno de sus cuentos para acuñar ese término alemán -das Unheimliche- que designa "lo siniestro". Hoffmann escribió envuelto en la nube de alcohol que necesitaba para escribir y que acabó matándolo antes de los 50 años. Para los hispanohablantes la literatura alemana es Goethe, Schiller o Thomas Mann. Fuera de Alemania están los austrohúngaros: Zweig, Joseph Roth, Kafka, Musil, Broch... y luego Bernhard o Handke. Si pensamos en autores de lengua alemana solemos irnos a los filósofos: Kant, Fichte, Hegel, Schopenhauer, Nietzsche, Wittgenstein o Heidegger. Si hablamos de poetas nos vienen a la memoria Novalis, Eichendorff, Heine, Hölderlin, Rilke. Hay otros (muy buenos) y menos conocidos como Mörike. Están, naturalmente, los expresionistas: Trakl, Heym, Benn, Ehrenstein, Stadler. Y ahora advierto que no he citado a mujeres (qué descuido): Droste-Hülshoff, Lasker-Schüler, Ingeborg Bachmann. 
      Quizá en esta enumeración de autores no echemos en falta un nombre que es fundamental: Heinrich von Kleist (otro genio muy poco conocido para nosotros es Georg Büchner, pero merece capítulo aparte). Kleist vivió en la época de la madurez de Goethe cuando aquel era un joven escritor que aspiraba a la gloria. Kleist no es ni clásico ni romántico, es un caso excepcional. Este autor de dramas y cuentos perfectos vivió entre 1777 y 1811. Acabó mal, como muchos de los citados: su suicidio en un parque de Berlín fue legendario. Durante un tiempo estuvo buscando una "todesgefährtin", una compañera en la muerte, y lo propuso a varias mujeres, que sensatamente rechazaron. Hasta que encontró a una mujer desahuciada de cáncer, Henriette Vogel, que aceptó. Primero le disparó a ella en el pecho, luego él se pegó un tiro en la boca. Por ese suceso y no por su obra literaria fue conocido de sus contemporáneos. Kleist tiene un lugar de honor en la literatura alemana. Sus dramas eran tan violentos que causaron repulsión en el viejo Goethe. Sencillamente no lo comprendió o no quiso comprenderlo. Este nuevo fracaso laceró a Kleist, su vida es una serie ininterrumpida de calamidades, hasta que dijo "basta". Conocí a Kleist por una cita de Cioran (mal asunto). Dejando de lado sus dramas, sus cuentos están escritos en una prosa perfecta, son joyas de un estilo inigualable. Para Marcel Reich-Ranicki es el mejor estilista de la lengua alemana. Kafka no se cansaba de leer su "Michael Kohlhaas" era uno de sus relatos preferidos. La literatura parte de una falta, no hay escritores felices, el acto de escribir es una rebelión contra el mundo. Kleist fue un atormentado. Incurable inadaptado, no encajó nunca en este planeta. Pero dejó esos cuentos, no muy largos, que son un grito contra la injusticia radical de la existencia. ¿Qué tienen en común sus historias? Sus protagonistas son personas buenas, inocentes, a los que las circunstancias empujan al crimen, a la deshonra, a la muerte violenta. Un suceso fortuito, una desgracia, una injusticia, desencadenan el mecanismo fatal. En el relato "El hijo adoptivo" un honrado comerciante italiano, de viaje a Ragusa, encuentra un muchacho enfermo de peste al que adopta. El chico contagia a su hijo natural, que muere. El muchacho será con el tiempo la causa de su ruina: lo mata por intentar seducir a su madre adoptiva. En el patíbulo Antonio Piachi se niega a arrepentirse (¿recuerdan al extranjero de Camus?) y grita que quiere ir al infierno para encontrar a ese monstruo y rematar su venganza. Hacia el final de este cuento, por cierto, hay una frase calcada del "Werther" de Goethe: "no lo acompañó ningún sacerdote". En otro de sus cuentos "El terremoto de Chile" a la ruina de la catástrofe natural se une el destino trágico de una pareja de amantes. En una escena el villano "maestro Pedrillo" estrella contra la pilastra de una iglesia al bebé de don Fernando y le revienta la cabeza. Esto delante de su padre. ¿Nos parece morboso? Nada es caprichoso, ni gratuito en estas desgracias, crueldades y excesos.
     Gran paradoja: Kleist muestra con un arte insuperable, con una prosa extremadamente precisa, compacta y bella, la fatalidad.

Lluvia de cuerpos

Vasto es el cielo. Del cielo comenzaron a caer cuerpos humanos. Primero unas gotas, luego la lluvia se intensificó. Caían cuerpos de niños, de jóvenes, de adultos y ancianos. Reventaban contra el suelo. Se esparcían los sesos, los intestinos, la sangre. Caían sobre la acera, sobre el asfalto, sobre los coches, sobre algunos transeúntes. Al principio hubo un asombro. Luego la gente dejó de sorprenderse y continuó como si nada. 

El extranjero

Si no me equivoco éste fue el libro que hizo célebre al joven Albert Camus. A los franceses de la metrópoli debió de resultarles muy chocante este relato que se desarrolla en Argelia, su colonia, y donde un francés (pied noir) relata en primera persona, monótonamente, la historia de su desgracia. Hace años que la leí y hace unos días volví a leerla. Es fresca, mantiene su potencia, me gustó mucho. Como es sabido forma parte de la trilogía que Camus preparó sobre el "absurdo". En un momento dado Meursault dice de sí mismo que no tiene imaginación, sin embargo no deja de asombrarnos la imaginación del joven Camus (debía de tener unos 27 años cuando la escribió). Su imaginación y su madurez. Entonces, cuando había pena de muerte, y el instrumento fatal era la guillotina: una guillotina que estaba a ras de suelo, no sobre un cadalso; una guillotina escondida en los muros de una cárcel. ¿Por qué mata Meursault al árabe en la playa? Es sincero cuando dice que no lo sabe: hacía mucho calor, fue el azar. Se encoge de hombros. Una serie de circunstancias fútiles llevan a un hombre a quitarle la vida a otro, y con eso el homicida se condena a muerte (o mejor dicho, "en nombre del pueblo francés" será ejecutado). Meursault es un hombre desarraigado, apático; narra su vida y su desgracia como si no fueran con él. Le daba igual casarse con María, la muerte de su madre no le hizo llorar.  Hasta que estalla al final del relato ante el capellán que viene a ofrecerle los "auxilios espirituales". A Meursault esto le parece ya el colmo, por una vez tiene un arranque de pasión (no la tenía cuando disparó los cuatro tiros) y protesta. Si no me equivoco la novelita se publicó en 1942, en plena guerra mundial. Un relato exótico para los europeos, pero que señala los rasgos esenciales del hombre moderno. Ya no podemos contar con Dios, la vida no tiene sentido. Da lo mismo. Bostezo. Monotonía de la naturaleza. Una vida mecánica, un proceso mecánico, una muerte mecánica. Ay, el absurdo y Camus. ¿Cómo no pensar en su trágica muerte? Qué triste y coherente final para un hombre que sintió como pocos la estupidez y la grandeza de nuestra "condición humana" (que diría Malraux). Visité su tumba en Lourmarin, un precioso pueblo de Provenza donde se había instalado. En la piedra su nombre era casi ilegible. No había nadie. El cielo estaba despejado aquella tarde.
    ¿Qué lector de nuestro tiempo no se siente reflejado en ese pobre hombre que espera en una cárcel argelina, bajo un sol cegador, la llegada del verdugo?

Cinco horas con Mario

Como tantas veces sucede leí este libro por azar. Entré en una librería de viejo y el libro me escogió. Edición de bolsillo, editorial Destino: "Cinco horas con Mario". Todos conocemos ese título, nos suena por la adaptación teatral. Lo compré por cuatro euros. En tres días lo leí. De Delibes apenas había leído nada, hace muchos años "El camino". Soy un ignorante delibesiano. Veo que el libro se publicó en 1966, en la España franquista. Quién iba a decirme a estas alturas que tendría un descubrimiento: el monólogo de Carmen ante el ataúd de su marido, muerto repentinamente a los 49 años, me capturó desde las primeras frases. Basta un libro para sostener a un escritor. Quedo asombrado por la penetración psicológica del autor, qué bien conoce el alma femenina, y qué retrato tremendo hace de la España de su tiempo, del asfixiante medio social en que viven sus personajes. Delibes es realista, salvo la escena en que a Menchu se le cae el diente postizo en la piscina (que parece un rasgo onírico) todo es inteligible. El monólogo de la recién viuda tiene repeticiones, frases que vuelven, calcadas, una y otra vez. No es lo que dice solamente sino la forma de decirlo, la maestría del lenguaje: eso es lo que hace al escritor. La verborrea de Menchu ante el cadáver de su marido tiene una gran fuerza trágica. Según avanza la lectura nos damos cuenta de que la mujer jamás ha entendido a su marido, que no estaba a su altura, que está llena de prejucios, no tiene ideas propias; al final constatamos que realmente lo quería. La pobre está abrumada por la pérdida de su hombre. Y esa mujer, que nos resultaba cada vez más antipática y tonta, nos despierta al final una profunda piedad y simpatía. Qué más decir: el libro es una maravilla y Delibes un gran, un enorme escritor. ¡Larga vida a don Miguel!

Filantropías gaseosas

Se encuentran casualmente entre los lácteos y la panadería; enfrente del pasillo de la lejía y los productos de limpieza. En ese templo de la abundancia y del recreo del intestino. En ese aquelarre de la sociedad de consumo y el cloroformo. No estamos en Venezuela. -¿Qué hace esta mosca aquí? -Vaya, el que faltaba. Se frotan el hocico. Se tocan con las antenas. Se dan la mano. Sonríen. -Tienes buen color, desgraciado. -Estás cada vez más delgado, da grima verte. Tras diez segundos de diarrea verbal ("sus fórmulas de lorito real" dijo el poeta, "monstruo gris, gris profundo, profundamente oculta sus amores, sus odios...") ya están hartos el uno del otro. La situación es violenta. El que tiene menos vergüenza y más habilidad social simula con una amistosa palmada en el hombro del conocido el manotazo con el que se espanta a una mosca: -vete ya, me molestas. Con esa brusquedad se termina el cordial diálogo, no precisamente platónico. ¿Quién tendrá el orgullo y la franqueza de un Diógenes? Te escupo a la cara porque es lo único sucio que veo. ¡Ah, Chéjov! ¡Ah, humanidad!

Divertirse

Siempre tuvo esta palabra "diversión" un atractivo significado. Divertirse es desviarse, salir por un momento del camino del trabajo, la responsabilidad, los negocios y las cosas serias de la vida. La vida es un asunto serio, finalmente. Hoy nos equivocamos en esta insistencia en la diversión, como si nos tomáramos en broma nuestra navegación terrenal. La vida es trágica y este mundo un valle de lágrimas. Felices aquellos que no lo saben todavía: los niños, los jóvenes, los inexpertos. Afirmar esto no significa negarse a la broma y el juego; el juego es lo más serio del hombre. Huizinga escribió un libro célebre sobre este asunto "Homo ludens" y Schiller, si no me equivoco, insistió en este aspecto importante del juego en sus "Cartas para la educación estética del hombre". Pascal dijo que no había que imaginarse a Platón y Aristóteles como hombres siempre graves, solemnes y serios, vestidos con ropas de pedantes y que cuando se habían "divertido" haciendo sus leyes y políticas lo habían hecho jugando. Que esta era la parte menos filosófica y seria de sus vidas, la más filósofica fue vivir simple y tranquilamente. Si escribieron de política, agregaba, fue como para ordenar un hospital de locos (hôpital de fous). Divertirse es conveniente, pero vivir siempre divirtiéndose (que es a lo que se nos incita constantemente) es un error. ¿Por qué? ¿Será porque somos mortales? ¿Será porque estamos solos al final? "Vive para tí solo, si pudieres/ pues sólo para tí si mueres, mueres" dijo el estoico Quevedo. Bien lo dijo también Antonio Machado: "un golpe de ataúd en tierra es algo/ perfectamente serio"

El ruido y la furia

De todas las novelas que Faulkner escribió "El ruido y la furia" era su novela predilecta. La estoy leyendo estos días. Hoy terminé el tremendo monólogo de Quentin Compson. Estoy seguro de que se me escapan muchísimos detalles. Es una lectura muy difícil, pero apasionante. Gracias a Jorge Ordaz (que señaló, como el excelente lector que es, este detalle en una de las entradas dedicadas al maestro en su blog "Obiter Dicta") reparé en que el pobre muchacho del Sur, abrumado por la vergüenza familiar, se lava los dientes unos minutos antes de suicidarse. A mi entender éste es un rasgo de genio. Cómo es posible que un escritor sea capaz de entrar en la mente de un retrasado mental que va a cumplir 33 años, pero que tiene el intelecto de un niño de 3. Faulkner realiza ese prodigio: el monólogo de Benjy es una página única de la literatura. Yo, al menos, no conozco nada parecido. Aparte de las innovaciones técnicas y la maestría narrativa esta "corriente de conciencia" de un niño blanco de 33 años al que cuidan los negros (de lectura tan exigente como fascinante) demuestra un conocimiento asombroso de la naturaleza humana. Esto, creo yo, es lo que distingue a los genios. Vivimos unos pocos años, somos muy frágiles, la muerte nos acecha, en cualquier momento podemos volver a la nada. Nos mueven las pasiones. De alguna forma Faulkner es todos los hombres. En Faulkner están los mayores sacrificios y villanías; la abnegación, la bondad, la crueldad, la maldad, la mezquindad, la vergüenza, la inocencia, la violencia y la ternura. El amor y el odio. La desesperación y el éxtasis. Faulkner, en esta vida, que es el cuento contado por un idiota, hizo su trabajo: escribir unos cuantos libros asombrosos. Si algo comprendo al leerlo es que nuestra vida tiene una dimensión trágica. Aquellos personajes suyos, esas intrincadas genealogías, los conflictos familiares, los ritmos de la naturaleza, las pasiones humanas; todo ese grandioso mosaico que el maestro desarrolló en aquel condado ficticio del sur de los Estados Unidos, tiene un alcance universal. Ahora no me quito de la cabeza a la familia Compson. Ellos son más reales que la gente que veo por la calle.

Exhumación

Sacar de la tumba a un muerto. Los muertos mueren dos veces: la primera sucede antes del funeral; la segunda es el olvido. Hace 40 años era inimaginable lo que hoy decreta un gobierno: cambian las costumbres, las ideas, las gentes. A nadie escandaliza. Todo viene y pasa. Aquello por lo que mataron y murieron no valía nada, era un poco de viento. Era mentira. Si aquello se ha revelado de tan nulo valor, ¿en qué puedo creer ahora? La vanidad y presunción humanas hace que nos tomemos en serio a nosotros mismos. ¡Pulga universal! ¡Quintaesencia de polvo! ¿Quién era ese Dios al que tanto se invocaba? ¿Dónde está? ¿Por qué no defiende a su defensor? Habitamos un momento en un universo frío, inhumano y hermético. También nosotros (inhumanos) creamos universos fríos y herméticos (la inteligencia artificial, los robots, etc) No existen absolutos. Ni esta aseveración tiene presunción de verdad, puedo equivocarme. No creo en nada, y tampoco creo que crea en nada. Todo es de una infinita vanidad. ¡Lao-Tsé! Inacción. Paradoja. Un hombre en China hace 2500 años ya sabía de qué iba este tinglado. Montoncito de huesos, ¿dónde van a colocarte ahora?

La gula y otros vicios

En la novela inacabada "Almas muertas" de Nikolai Gógol algo que sorprende es lo mucho que comen sus personajes. Uno de ellos se zampa un esturión entero. Ya sabemos que el escritor satírico muestra las debilidades humanas y una de ellas es la gula. Los personajes de Rabelais y Cervantes comen y beben o piensan en comer y beber. Eructos, borborigmos, flatulencias, vómitos, micciones y defecaciones. Si no recuerdo mal Vitelio, emperador de Roma (año 69), era un glotón tan tremendo que producía asco verle. Era capaz de comerse una vaca. A pesar de sus penosas súplicas lo mató la plebe de Roma y tiraron su cadáver a la Cloaca Máxima. En el cine "La gran comilona" de Marco Ferreri narra la historia de cuatro burgueses, hastiados de la vida y de sí mismos, nihilistas, que se reúnen en un palacete de París para comer hasta reventar. Esta película, como "Saló o los 120 días de Sodoma" de Pasolini no es apta para conciencias dignas. Ambas provocaron gran escándalo. Yo las considero altamente (o bajamente) morales, porque nos interpelan, nos sacuden, nos repugnan, son excesivas, intolerables. Nos ponen ante un espejo cuya imagen no soportamos. Y esto me trae a la memoria lo que escribió Baudelaire en "Mi corazón al desnudo": "No comprendo cómo una mano pura puede tocar el periódico sin una convulsión de asco". -"¿Dónde está la virtud? ¿No vivimos en la degradación?" se pregunta una conciencia sensible. Hace falta valor para mirar a la cara nuestra bajeza. "Sade, mi prójimo" tituló uno de sus libros Pierre Klossowski. Pasolini y Ferreri tuvieron el valor de mostrar (de forma exagerada y deliberadamente repugnante) lo que nos empeñamos en ocultar.

Un sueño

Nada extraño, estaban dando un paseo. No era un país en guerra. No había una catástrofe. Monotonía absoluta. Era una tarde de un martes de agosto, muy buena temperatura. El cielo se había despejado. Compraron un helado en un puesto. Ella llevaba pantalones cortos y playeros, tenía tatuajes en un brazo y en un muslo. Se puso las gafas de sol en un semáforo. Nada extraño. El acompañante no parecía poseído por la felicidad, no iba flotando (esto sí que le extrañó). Sus caras no expresaban nada. No se distinguían en nada del resto de la gente. Ella tuvo un golpe hace poco más de un año, una pérdida. (Nunca vemos pasear a los muertos de los que pasean, pero existen y pesan mucho, cada vez menos, hasta que desaparecen). Les adelantó cuando pasaron junto al hombre que tocaba la trompeta. En ese momento podría darse la vuelta, enfrentarlos,  y decir el nombre de ella y sus dos apellidos y el nombre de su pueblo. Los esperó más adelante junto a una fuente. Volvieron a aparecer. Caminaban despacio, ella levantó el brazo como indicando algo y luego tiró la tarrina del helado en una papelera de la plaza. Se acercaban o se alejaban de él según su voluntad. No iban cogidos de la mano, pero horas tiene el día para la intimidad. Iban charlando de cosas banales, aunque no se acercó tanto como para oírles. ¿Qué más? Ella llevaba un bolso amarillo en el brazo derecho. ¿Era el mismo bolso de entonces? No. Y esta vez lo llevaba colgado del hombro, no del codo. Se había teñido de verde un mechón del cabello. ¿Cómo era él? Corpulento, calvo, con barba blanca, camiseta negra, unos diez años mayor. Se perdieron calle abajo, se iban acercando a ese lugar horrible que nadie de los que estaban cerca conocía. Ni ellos tampoco. Les dejó irse, como si dijéramos. ¿Podría adivinar lo que iba pensando cada uno? Eso no. Eran las criaturas del sueño.

Noche serena

Subo de excursión con mi familia al puerto de San Lorenzo (1.327 m). Son las once y media de la noche. Me acompañan mi mujer (con la que no tengo relaciones desde hace meses) y mis dos hijos (la niña de 13 años a la que sorprendí viendo pornografía en el móvil) y el niño de 7 (al que abandono a su suerte frente a la TV durante horas). Mi hogar son gritos, facturas, farsas de reconciliación, ternura torpe, apuros económicos, visitas diarias al centro comercial, vacaciones en la costa, televisión, telediarios, grupos de padres de whatsapp, sonrisas a los vecinos, masturbaciones, comida para perros, facebook, ruido. Para salir de la rutina he llevado a mi mujer y a mis dos hijos al puerto San Lorenzo. Un poco de montaña les vendrá bien, cierto que la hora es poco acostumbrada y mañana es lunes. El cielo está despejado. La bóveda celeste. Le digo a mi hija: "mira, ése es Júpiter". Tengo que abofetearla. Dejamos el coche a dos kilómetros, demasiado lejos para recuperarlo. Vemos pasar aviones continuamente. Empieza a hacer bastante frío. Mi mujer me pregunta a gritos: "¿para qué nos trajiste aquí, imbécil?" Mis hijos se asustan, empiezan a llorar. No volveremos más a casa. No volveremos más a casa. Nos quedaremos los cuatro aquí, juntos, para siempre, lejos del mal, bajo la noche serena.

Otro hilo que se pierde

De vuelta del paseo por esta pequeña ciudad lluviosa reparé en que hace tiempo que no veo por las calles del antiguo a un catedrático emérito de Geografía de la Universidad de Oviedo, el profesor Quirós. Era un hombre barbicano, que llevaba boina, solitario, silencioso, tenía un aire triste. Una vez coincidimos en la barra de una cafetería: se sentó a mi lado, tomó un vino y se fue. Le conocía de vista, nunca le traté ni fue alumno suyo (era una eminencia en Geografía, uno de esos raros sabios del ámbito universitario). ¿Y por qué me llamaba la atención al verlo como me llamó hoy la atención el dejar de verle? Había sido profesor de Carmen cuando ella estudiaba Geografía en la Universidad y llegó a licenciarse. Mediados de los años ochenta. En alguna ocasión me habló de él. La estoy viendo ahora imitando a este hombre socarrón que a Carmen le imponía mucho respeto. Como internet resuelve muchos misterios, escribí su nombre en google, con un pálpito. Si dejamos de ver un tiempo a una persona vieja es muy probable que no volvamos a verla nunca más. Nunca más. Nunca más. Y eso, efectivamente, fue. Vi la noticia de su muerte en los diarios regionales ocurrida hace poco más de un mes. Era un hombre discreto, con cierta fama de huraño. Otro hilo que se pierde en la eternidad. Descanse en paz.

Recapitulación

Hay intelectuales que consideran que internet da oportunidad a cualquier imbécil de manifestar sus opiniones o escribir sus mamarrachadas. Una de las posibilidades que tiene cualquier imbécil es la muy sabrosa de llevar un blog (que parece que está en declive, frente a formas más atractivas como facebook o twitter). Y aquí me miro el ombligo y veo que este blog comenzó en el 2012 y que a lo tonto a lo tonto lleva seis años. Esperaba, cuando comencé, que con el tiempo me daría alguien una ínsula o un condado, en premio de mis valiosas contribuciones a la cultura. Toma, me dije, pues no es fácil la cosa: me pongo a hablar de algún poeta alemán, cito a Baudelaire, opino sobre algún suceso de actualidad, denuncio a Putin, me burlo de Trump, acreciento la fama de algún poeta amigo copiando un poema suyo, traduzco algún texto del alemán o el francés y me veré en un santiamén convertido en una figura de la talla de Umberto Eco, Fernando Savater o el mismo Borges, cargado de prestigio, acrecentada mi fama y apartando a los admirados lectores como si fueran moscas. Esto era cuando se me ocurrió la bendita idea de abrir un blog. Como el que no se consuela es porque no quiere me digo a mí mismo que tengo muy pocos lectores, pero que qué buenos son. Y si dejan comentarios (sobre todo si son anónimos) doy palmas de alegría.
     Y digo, declaro y certifico, a ese puñado de lectores míos, que "El Quijote" -que estoy leyendo estos días- es el mejor libro de cuantos se han escrito. Y que el que quiera leerlo que lo lea, y el que no que no lo haga, que nadie tiene obligación pero eso que se pierde y más estando escrito en la lengua que mamamos con la leche que nos dieron. Y que Dios os dé salud y a mí no olvide. Vale.

Rasgos fundamentales de nuestra época

Muy pretencioso sería uno si se figurara resolver un problema tan arduo como el de señalar los rasgos fundamentales del tiempo presente. Que los tiene, estoy seguro. ¿Cuáles son? Descubrirlos es harina de otro costal. Porque, ¿de qué rasgos hablamos? ¿Y qué sociedad consideramos? ¿Son rasgos universales; es decir, pueden servir para la Patagonia lo mismo que para una provincia interior de China o un archipiélago del Pacífico? Al plantear esta cuestión asoma el que podría ser un rasgo interesante: que ese rasgo o característica se puede suponer extendido a toda la redondez de la Tierra. Cada habitante de este planeta siente -de una forma más o menos consciente- que la Tierra se nos está quedando pequeña. Van desapareciendo -si queda alguna todavía- aquellas sociedades minoritarias, débiles, digamos "primitivas" para entendernos, que podrían servir como espejo; un espejo que permitía distinguir mejor unas culturas de otras. Tengo edad suficiente para haber conocido, aunque algo atenuada, la cultura rural del campo asturiano. Era otro mundo. Hoy puede uno estar en lo profundo de un bosque apartado y oír sobre su cabeza el paso continuo de los aviones mientras recibe mensajes en el móvil. El desdichado Cardenio del Quijote, que se retiró a las soledades de Sierra Morena por un amor desgraciado, estaría hoy perfectamente localizable... y a tratamiento.
A propósito de esto, recuerdo un par de textos que Paul Valéry escribió en 1919, titulados "La crisis del espíritu". Valéry habla, con admirable lucidez, de un universal y definitivo hormiguero. 
Voy al grano. Los rasgos que observo son: dominio absoluto de la ciencia y la tecnología; escepticismo creciente ante la idea de progreso; individualismo exacerbado; inquietante tendencia inquisitorial en materia de corrección política; una abrumadora cantidad de información que confunde; relación conflictiva con el pasado (especialmente el que se refiere a las atrocidades del siglo XX); incapacidad para la concentración, la reflexión y el silencio; sentimiento de exilio en relación a la naturaleza.
No sé si se me escapa algún rasgo más ni si estos que he señalado son los correctos. Lo único que sé es que ahora, mientras fumo un puro en mi exigua vivienda (o morienda) y empieza a oscurecer, intento comprender en qué clase de mundo vivo. La vida es frágil y breve. Me refiero a nuestra vida individual, la tuya y la mía. La desaparición de una hormiga no altera en absoluto la actividad frenética del hormiguero.

Harto de mí

Estoy harto de mi. Esto, amigo Sancho, lo digo para fastidiar a los psicólogos que se ganan la vida elevando nuestra "autoestima" como si fuera una proteína cualquiera. ¿De dónde habrán sacado esos diablos una idea tan descabellada? No, basta: digamos la verdad, estoy harto de mí. Pero, ¿cómo soportarse una vida entera, desde la cuna hasta la sepultura, sin poder tomarse de vez en cuando vacaciones de uno mismo? Peor cárcel que la de la identidad no hay. Creo que quien nunca estuvo alguna vez harto de sí mismo es un indecente. No confundamos esto con el odio a uno mismo; me refiero, amigo Sancho, a un emoción más tenue, más resignada. "Acéptate como eres", me dicen a coro. ¡No me da la gana! ¡Tengo muchos defectos! El principal de todos: tener los brazos delgados como alambres. Y siempre la misma jeta en el espejo y esta triste figura, que soy flaco como una escoba. El que inventó el espejo, amigo Sancho, envenenó el alma humana. Narcisos, narcisos todos. Me parece de perlas el epitafio de aquel filósofo que dice: "liberado de ser hombre". Tengo a este difunto fuera quien fuera, amigo Sancho, por un gran sabio. "Déjese de cavilaciones, mi señor Don Quijote, y apechugue con quien es sin más murrias ni melancolías, que todos somos hijos de Dios y ha de haber de todo en el mundo. Fíjese usted en mí, ¿creerá vuesa merced que a mi me sienta bien esta panza? Pues con ella me contento y no me cambiaría ni por el mesmo Amadís, ni por el rey de Ingalaterra"

Instantánea

Un paseante camina por el laberinto del parque urbano. Se fija en un hombre solo, apartado, sentado en un banco. Tiene la cabeza hundida, parece dormir, pero está tan inmóvil que podría tomarse por muerto. En todo caso es un hombre derrotado, nadie normal adopta esa postura a plena luz del día. El caminante se mueve y llega a un punto en el que ve, en el mismo eje, la cabeza hundida de ese desdichado y unos metros más allá, en otro banco, a una pareja de chicos, muy jóvenes, muy guapos, enamorados y felices, que se hacen un selfie.

De la fragilidad de la vida

No creo que haya cosa en la que más nos engañemos: me refiero al sentimiento de que la vida es algo sólido, indestructible y firme; que se da por supuesta nuestra supervivencia en plazo indefinido. La vida tiene algo propiamente loco o demencial, es una borrachera organizada, un engaño tenaz. Sería muy llamativo para una conciencia lúcida (una conciencia angélica, digamos) observar esa seguridad con la que caminamos los mortales por este laberinto, este desierto inclemente del tiempo en medio de una naturaleza hostil. Nos acechan innumerables peligros. Somos como el agua que cae de peña en peña, hacia lo incierto, hacia abajo. Ciertamente la vida sería insoportable de tener esa extremada lucidez: sería como si contáramos cada latido del corazón como si fuera el último. Para comprender cabalmente nuestra existencia, esta caída en el tiempo, tendríamos que situarnos fuera de ella, lo que es imposible. Todos los muertos de los siglos (una suma que no deja de crecer y de borrarse) no bastan para hacernos comprender la situación en la que estamos. 
        En definitiva: cuando podríamos darnos cuenta de nuestro precario existir ya no podremos darnos cuenta de nada.