Después de 32 años y medio le ha llegado la hora de dejar el empleo. Entró siendo un muchacho, sale hecho un personaje de Beckett. Fresco, a principios de los noventa; medio reventado -pero erguido- a mediados de los veinte del siglo XXI. Se va sin nostalgia, con la cabeza alta. Ha cumplido su tarea. No ha sido servil, ni tramposo. Cuántos días, cuántas horas de oficina. No fue entero mérito suyo este empleo: cada generación tiene el lote que le asignan los dioses; unas tienen más suerte que otras. Su generación ha sido mediocre pero afortunada. Aún conoció empleos estables y buenas condiciones de trabajo que son cosas necesarias para fundar una familia, el que tenga vocación de eso, de lo contrario es imposible. Las últimas horas de una costumbre casi diaria de más de treinta años, interrumpida periódicamente por los fines de semana y los festivos y las vacaciones. Al empezar había por delante un horizonte vasto, ilimitado; ahora ese horizonte revela su naturaleza verdadera: es un muro, un confín, un término. Se terminó lo que parecía interminable; lo que se creía eterno ha resultado efímero. El único testigo de su último día de trabajo será un compañero que no conoce, el que estaba con él desde hace unos meses se ha sentido indispuesto y no podrá despedirle mañana. La vida es imprevisible, juega con nosotros hasta el mismo final. Aquí viene al pelo recordar los versos de Quevedo: "como el que divertido el mar navega / y sin saberlo vuela con el viento / y antes que piense en acercarse, llega". Magnífico símil. Ir sumando años es ensayar una y otra vez la despedida final. Ahora pasa de veterano trabajador a jovencísimo jubilado. Constata que no se tiene en cuenta el valor de la experiencia. Se pregunta cuántas cosas está haciendo por última vez desde que apenas queda arena en la ampolla del reloj. El último fin de semana, el último lunes de trabajo, la última vez que ve a la limpiadora o a tal cliente habitual. La última vez que llama por teléfono, la última vez que sale a tomar el café a media mañana. Sin nostalgia. Va para trasto viejo, pero más viejo trasto es todo lo que está de moda, porque lleva en su principio su propia aniquilación.
Ruido y furia
Más de un año de ruido ya, durante 5 días a la semana. De miércoles a domingo. Un bar de ocio nocturno, un tugurio, un antro, que comienza su actividad a las once de la noche y la termina a las 4 ó 5 de la mañana. Dormir es imposible. La música retumba en los oídos. Se llama a la policía local y contestan que el bar tiene licencia. ¿Cuántas llamadas van? Decenas y decenas. No sirven para nada. Las denuncias de la comunidad de vecinos no obtienen respuesta del ayuntamiento. El ruido de la música de un bar latino hasta altas horas de la noche. Es sabido que el ruido te expulsa de tu propia casa. Una exposición larga al ruido -hablamos de un año, y sin visos de solución- termina provocando enfermedades graves; aquí, además, se da la circunstancia de que dura toda la noche. Mientras unos se divierten otros no pueden dormir. La injusticia es flagrante. Es escandaloso que suceda esto y nadie ponga remedio. El ayuntamiento no hace nada y el dueño del negocio es un sinvergüenza -tal vez algo peor- al que no le importa torturar a los vecinos que tienen derecho al descanso. Cuando llegue cansado a la cama que no le dejen dormir. Es asombroso el egoísmo. Es despreciable la sociedad que permite que actúen impunemente seres despreciables como el dueño o dueños de ese inmundo garito.
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